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«He de morir de cosas así» de Eduardo Scott-Moreno



«He de morir de cosas así» de Eduardo Scott-Moreno
Por: Cecilia Romero Mérida

(Texto leído en la presentación de la segunda edición de «He de morir de cosas así», que se llevó a cabo en el Centro Simon I. Patiño, diciembre del 2019)

Aspirar el aire del mundo en una sola bocanada eso es He de morir de cosas así, novela de Eduardo Scott Moreno, ganadora del Premio Nacional de Novela el 2009. El aire es el de solitarias y gélidas playas, el de habitaciones donde la luz se cuela sin permiso, cocinas solitarias y calles de medianoche en la “Gran Manzana”. Entonces, el paisaje será presagio, espacio que como los edificios se eleva sin miedo a las alturas y el mar que tiene inciertas sombras y una melancolía intensa, algo así como la condición humana; reflejo de un espejo persuadido.

Un aire que hace de aquello que no se puede fagocitar, un motivo. Un zoom a la memoria de familias donde se proscribe la falsa piedad y se instaura en los lugares que fueron y que siguen permaneciendo sin quedar inmóviles o petrificados en la memoria. Además, en este escrito las protagonistas deambulan entre lugares puntillosamente descritos por Scott, un voyeur que, sospecho, sabe que no hay mayor goce que la contemplación solitaria de los otros. Tres voluptuosidades: Marion, Adriana y Michelle.

Marion, Adriana y Michelle: los bordes de una trinidad, ángulos que se rozan en un triángulo. Tres caminos a un paso de la integración con la sombra. Tres encuentros con la sombra, el descenso al abismo, la colación con la penumbra y sin embargo, la redención inesperada.

Tres exuberancias. Ellas despojadas del saco de idealización, no son la perfección anhelada o las habitantes típicas del dolor que alguna literatura configura. Ninguna de ellas: la almohada con la que se dialoga. Mucho menos el espejo con el que el que Dios ensaya. Y tampoco eso que Francisco Umbral menciona: La forma en que el escritor habla consigo mismo. Personajes que han despegado como piel de serpiente de su creador y nos recuerdan a madres perdidas en el infierno doméstico, hermanos que se someten al poder de la fe, familias ancladas en un mundo antediluviano, que traducen los dolores y goces de ciertas imposturas del “deber ser”. Y están los infaltables muertos que llaman y hablan desde ultratumba para recordarnos que bajo la impostura de sus muertes todavía se procurarán lugares de aparición.

Marion, Adriana y Michelle, rondan las deslumbrantes escenografías del primer mundo, uno de proactividad y resultados, esos que los sociólogos advierten como espacios de vigilancia y cansancio, con un exceso de positividad y consecuente angustia. Esos lugares/no lugares que Scott transfigura bajo la misma luz con la que ilumina sábanas, museos y playas.

Presenciamos de igual manera una intensa “pulsión regresiva” que abre la puerta a eso que los personajes perdieron y que añoran, eso de regresar o recomponer un pasado y así doblegar la impostura del tiempo. En este universo tenemos un horizonte de palabras que se mueven con nosotros.

Si viajar es una imagen de aspiración, en esta novela la trama argumental expone el anhelo nunca saciado del viaje, el que moviliza al cuerpo y al cuerpo de la escritura como también al viaje que se hace al interior de uno mismo. Cabe resaltar que, en la configuración narrativa de esta novela, hay dos viajes, el primero que inicia Eduardo Scott Moreno transitando la geografía surreal de las ciudades inalcanzables, ahí donde el jazz se combina con contemplación y goce además de obsesiones y neurosis. El segundo viaje se hace hacia la interioridad de un lenguaje que como afirma Roland Barthes goza tocándose así mismo, ahí donde permanece el deseo que nos produce lo inasible, aquello que se escapa como la vida un hijo, la fidelidad de una amante o la fugacidad de las palabras que rondan las preguntas filosóficas que ellas se hacen, seres de palabras, seres del lenguaje, ese que para Heidegger no es solo lo que nos abre al mundo, sino es lo que nos sitúa en el mundo…

En este sentido, la eficacia narrativa de Scott es simplemente arrolladora. Ante esta novela nos encontrarnos en presencia de un mecanismo de magnífica precisión, su estilo narrativo eleva a las situaciones cotidianas a lugares de enorme fuerza simbólica y poética donde se supera definitivamente la superficie de lo inmediato.

La palabra será el médium del proceso evocador, un territorio donde se retiene lo efímero y las historias serán laberintos sin límite y también un territorio abierto, he ahí el oficio del verdadero escritor convierte el lenguaje en bisagra y revelación. Eso que Silvio Mignano, afirma: “La literatura boliviana, como cualquier otra, necesita alejarse de vez en cuando de los confines de su territorialidad, respirar atmosferas ajenas, y alcanzar sin embargo ese mestizaje entre lenguajes universal y local que constituye la principal riqueza de la creación artística contemporánea. Eduardo Scott Moreno logra conseguir este resultado de una manera convincente”.

El escenario de Scott es el escenario del mundo. En el epílogo de la historia asistimos a un lugar que normalmente no esperaríamos. Constatamos al final aún más los rasgos vitales de esta trinidad de mujeres y en este punto admitimos el arribo del misterio y lo imprevisible, eso que la buena literatura tiene, así como la vida misma.

Fuente: Editorial Nuevo Milenio



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