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Aprendiendo a olvidar a Ramona



El poeta Jaime Saenz junto a su esposa Erika.

Aprendiendo a olvidar a Ramona
Por: Oscar Martinez

A fines del año 2000 existía un bar, ahí por las casas Vickers en la avenida 20 de Octubre, en La Paz. Se llamaba el Kisch, creo. No recuerdo muy bien, y si recuerdo el lugar es porque esa noche, en medio de una borrachera que ya llevaba varias horas gestándose, un amigo me llevó a un rincón diciéndome que tenía algo que mostrarme. Todo solemne y farfullante llevó su mano al bolsillo trasero, sacó su billetera y la abrió. Buscó luz. Pensé, equivocadamente, que se trataba de algo que no era. —No le meto a esas cosas, broder. —¿No le metes a la poesía? —Llámale como quieras, pero no jalo.

No era lo que pensaba. Lo que Jorge sacó de su billetera era un recorte del periódico con el título Personajes literarios del Siglo XX y entre ellos estaba Jaime Saenz. Leyó un poema de La noche. Me impactó. No sé si porque estaba con más de cuatro horas de cerveza encima pero digamos que esa noche me inicié.

Me obsesioné con la historia de este individuo que dicen era alcohólico. Después de leer todos sus libros, finalmente estuve listo para leer Felipe Delgado, que me llevó una buena vacación de invierno y no sabría decir si disfruté la lectura o la sufrí. Lo que es cierto es que me dejó pensando en el amor. En ese amor que Felipe Delgado sentía por Ramona Escalera.

Sucede que Felipe estaba enamorado de Ramona Escalera. Ramona, la “Dama del Circo”, le roba el espacio en blanco –o quizá en negro– donde alguna vez estuvo el corazón de Felipe. Éste presiente que quizá después de todo, detrás de las pesadas puertas y patios de esa inmensa casona vigilada por hombres con las caras pintadas de negro, vive el amor en cautiverio. El amor que reside en Ramona Escalera, quien a su vez vive cautiva de su esposo, un tal Prudencio. Un individuo sombrío metido en negocios turbios que le han dado mucho poder y cuyo fetiche es coleccionar muñecas a las cuales aparentemente trata como a seres vivos. Entre esas posesiones se encuentra prisionera Ramona.

¿Habría inspirado alguien a Jaime Saenz el personaje de Ramona Escalera? Tenía que averiguar. Tenía curiosidad por saber si la relación con su esposa guardaba algún nexo con su personaje ficticio. Entonces me fui con cierta regularidad a la Hemeroteca Municipal de La Paz. Así obtuve alguna información que consideraba importante y que resultó irrelevante, aunque en ese momento cualquier dato me hacía pensar que era algún tipo de señal metafísica cuando lo que pasaba era que me estaba volviendo un fanático. Me preguntaba: ¿Qué sucedía en La Paz el tiempo en el que Saenz escribió Felipe Delgado? ¿Habrá existido Ramona Escalera así como existió Ismael Sotomayor, mejor conocido como Ismael Peña y Lillo?

Lo cierto es que Jaime Saenz estuvo casado con una alemana de nombre Erika quien decidió marcharse a Europa con la única hija del matrimonio. Tal cosa sucedió después de que Saenz apareció en su casa completamente borracho y con una bestia extraña metida en una jaula. Era un día de octubre de 1948 y Saenz había estado bebiendo en una feria en la Plaza San Martín acompañado por Arturo Borda, con quien compartía, dicen, ciertas aficiones como esa de subir al tranvía e importunar con sus divagaciones a los viajantes. Ese día, el tigre enjaulado que el poeta había llevado a su casa, atacó. Fue la gota que rebalsó el vaso: ¡La copa o yo!, gritó Érika. Y entonces Saenz cogió una botella y le mostró que el destino siempre está en aquellas decisiones que se toman.

Según la novela, en la noche de San Juan y aprovechando el cumpleaños de Ramona Escalera, Felipe decidió llevarla a que conociera a los eternos habitantes de la bodega. En ese momento se presiente la inminente separación. Esa sombra que es pero no es. Todo lo aparente que resulta definitivo termina por dilucidar un pronto adiós. Ramona está enferma y además debe lidiar con algunas de las extravagancias de Felipe Delgado, así como con su situación de encierro a la que la tenía sometida su esposo, el tal Prudencio. Entonces Ramona pide a Felipe que le escriba su epitafio, algo a lo que éste finalmente accede.

Leí por ahí que, de tanto en tanto, Erika escribía a Saenz con la nostalgia de esos tiempos perdidos y con cierto encanto o desencanto que a Jaime le hacía pensar que el amor era siempre un partir inminente. Una forma de recorrer esta distancia.

Jaime y Felipe quedaron atrapados en un devenir colmado de destrucción y soledad. Ramona murió y Erika se fue. Queda entonces la tristeza y la copa. ¿Quién no ha transitado por esas muertes de amor, del que apenas ha quedado el poema (En lo alto de la ciudad oscura) para una hija que nunca más se volvió a ver? Un poema que nos hace comprender, finalmente, el amor.

Fuente: Rascacielos



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