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La biblioteca de mi padre




La biblioteca de mi padre
Por: Juan Cristóbal Mac Lean E.

“El único conocimiento exacto que hay, es el conocimiento de la fecha de publicación y el formato de los libros”. (Anatole France)

Mi padre, lector de toda la vida, va quedándose ciego (glaucoma irreversible), de manera que las cosas se le fueron poniendo muy difíciles en su casa, ya demasiado grande. Por tanto lo trasladamos, con mis hermanos, a un departamento más pequeño, cómodo, de mejor acceso. Achicando sus cosas. Entre los resultados de todo eso: me quedé con su biblioteca. Un par de grandes estantes de libros vinieron a parar a mi casa. Aquílos tengo ahora. Ya los conocía bien, pero al tenerlos aquí mismo, mientras paso y repaso la mirada por sus títulos, es toda una historia la que se me presenta.

Una historia de la lectura, de las casas por las que pasó esta biblioteca, de autores y de épocas, o de la suerte de antiguas editoriales argentinas, españolas, mexicanas, bolivianas (Sur, Revista de Occidente, FCE, los Amigos del Libro), mientras al mismo tiempo es casi como una biografía intelectual de mi padre la que se esconde entre las tapas y, dado el caso, hasta los inicios de la mía propia.

Buena parte de estos libros los conozco, (por lo menos sus tapas y títulos) desde que apenas aprendí a leer. Y aún antes de ya poder leer, me pasaba merodeando entre ellos. Siempre recuerdo, en determinada casa, cuando en el reglón más bajo de un estante muy hermoso (que desde hace mucho yo lo tengo) encontré la colección, en Sopena, de todos los libros de Julio Verne. ¡Sus tapas! La tapa de El secreto de Wilhem Storytz, en la que un caballero espadachín está luchando contra una espada sola, sin que se vea al que la maneja (invisible como me habría de enterar después).

O la cubierta del pirata Capitán Blood de Rafael Sabatini en Editorial Tor… Son muchas más las que podría recordar. Tapas e ilustraciones: por ahí se empieza, ya antes de aprender a leer.

En cuanto a esos mismos libros, esas tapas, hace mucho dejaron de existir, y quién sabe dónde se habrán perdido, aunque igual forman, hoy mismo, parte de esta biblioteca.

Es que una biblioteca también consta, perfectamente, de algunos libros que pueden ya no estar en ella. Los fantasmas la habitan tan persistentemente como a los castillos.

¿Y qué libros leía mi padre? ¿Qué cargamento me ha llegado, como una explosión inadvertida y que reverencio hoy con apego y memoria, repasando por milésima vez unos y otros títulos?

Pero antes hay que partir de aquí: a sus veintipocos años, mi padre estudiaba arquitectura en la Santa María de Chile y era una promesa de su carrera. Pero algún momento, entonces, se topó con Nietzsche, que le provocó tal estado de exaltación (acompañado con audiciones de Wagner en viniles de 78 rpm) que dejó la universidad. ¿Por qué no se convirtió luego en un escritor? Esa es una pregunta que quedó suspendida ahí, indefinidamente. De los peligros que entraña una vocación no correspondida es mejor no hablar aquí.

En todo caso, aquí están ahora las obras completas de Nietzsche en la gran edición de Aguilar de 1951 y traducida por Ovejero Maury. La que todos usaron por décadas, como por ejemplo Savater confiesa haberlo hecho. 14 tomos altos. Muchos están subrayados, todos ostentan en la primera página su caligrafía joven, cuando se compró estos libros, sin duda en Chile.

Avatares de los libros: aunque esto parezca estrafalario, la verdad es que hacia mis 12 años, conocí, muy impresionado y con la impresión de leer algo prohibido (Libro para todos y para ninguno) las dos primeras páginas de Así habló Zaratustra. ¿Pero qué niño no caería seducido por un hombre predicando rarezas en la montaña, caverna y todo?

De todas formas, parece que mi padre se volvió a Bolivia ya con su buen cargamento de libros. Varios de los que ahora llegaron a mi casa, todavía ostentan la “estampilla” o logo de una librería santiaguina, por ejemplo la Optica (o tratado de las reflexiones, refracciones, inflexiones y colores de la luz) de Issac Newton: Librería Pax, Huérfanos 770, Santiago. Todo tenazmente subrayado. Y además: Emecé, Argentina, 1947. Así que en el Buenos Aires de entonces ya se traducían y editaban libros así…

El resto de su vida mi padre la pasó en Cochabamba, aunque yendo mucho por La Paz. Y su biblioteca siguió creciendo. Siempre fue un ávido lector y comprador de libros. Cada viaje fuera, también siempre significó, para todos los que leíamos, volver con maletas de libros.

Pero antes de seguir con los libros, debo mencionar las colecciones de revistas. Mi padre siempre estuvo suscrito a las que podía. Así entonces tengo ahora aquí, por ejemplo, casi la colección completa de Mundo Nuevo, esa clásica revista en que fue apareciendo todo el boom. También está casi toda la colección de Cuadernos, de Aportes, y muchos números de la argentina Sur, la española Revista de Occidente, dirigida por Ortega, o la venezolana Zona Franca y algunas otras. Más tarde, casi completa, la Vuelta de Octavio Paz.

En cuanto a la participación de autores bolivianos en esas revistas, esas épocas, ésta era casi inexistente. En un Cuadernos de Febrero de 1965 , está La joven poesía boliviana. Selección y mini introducción de Enrique Arnal.

Poemas de Ervin Rojas (Suelo tenderme…), Jesús Urzagasti (Perfil acuático de una provincia), Edgar Ávila Echazú (Elegía a Carl Gustav Jung), Edmundo Camargo (largo poema El mar), Jorge Suárez (el soneto Canción del cuerpo al alma).

O aquí está el Mundo Nuevo 26-27, de ago-sept 1968, en el que sale (ya anunciado en portada) El aparapita de La Paz de Jaime Sáenz.

Cabe recalcar finalmente , que tanto Mundo Nuevo como Cuadernos (y hay otra, madrileña, también llamada Cuadernos hispanoamericanos) se editaron durante unos años en París, lo que les daba una gran equidistancia respecto al conjunto “hispanoamericano”, el mismo que aún era, entonces, todavía un sueño vivo, por lo menos entre los intelectuales.

Aún se soñaba con una “América” unitaria, joven, que se creía llena de promesas. La misma revolución cubana aportaba lo suyo, pues poco se sabía aún del infierno que Fidel habría de desatar sobre la isla. Y eran los tiempos del Canto General de Neruda y cuando Pellicer, en México, soñaba con Bolívar. Nadie se imaginaba, entonces, hasta qué punto todos los países “sudacas” conocerían diversos grados de espantoso horror.

Aparte de todos esos tesoros, finalmente, están por supuesto, las revistas bolivianas que aún quedan: muchos números de Nova, entonces dirigida por Diez de Medina, y aparte de números sueltos de otras (Kanata, Cultura boliviana, Sisipho, etcétera) muchos otros de Hipótesis, que fue importante en sus años, dirigida por Cachín Antezana y Gustavo Soto…

A través de las revistas, en todo caso, y peor aún si éstas son antiguas, o meramente viejas, se desliza, casi se escucha, como un viento, al tiempo. Cada una estuvo llena de historias y de gentes, llevando su contemporaneidad a cuestas. Al hojearlas se percibe, también e inevitablemente, cómo tantos nombres se olvidan, cuán pocos sobre viven a la grilla de las generaciones y los cambios. Fulanos que algo sonaron en sus días y hoy ya nadie más recuerda.

Al mismo tiempo, tantas de esas revistas, recibidas en la provinciana Bolivia, eran el canal por el que, entonces, uno podía enterarse de qué sucedía, en términos de letras, por el ancho mundo ahí fuera. Tiempos en que muy pocos libros llegaban a nuestras librerías, escasas y pequeñas. Así como pequeño y verdadera último rincón del mundo era este país. Personalmente, me encanta sobremanera ese su atributo o condición.

Pero volvamos a los libros.

Aquí están, entre otros y en ediciones muy bellas de tapa dura, libros que seguramente ya nadie ni yo, (excepto por ciertas partes) tendrá hoy mismo el valor de abrir, y de leerse enteros.

Libros como la Decadencia de Occidente de OswaldSpengler (2 tomos tapas duras Espasa Calpe Argentina 1952, traducción de García Morente) o, peor aún, qué tal este: la Introducción a las ciencias del espíritu, de W. Dilthey. Formato grande, tres tomos gordos, Fondo de Cultura Económica, México, 3era edición 1949). Ahora me doy cuenta de que nunca hurgueteé esos tomos: demasiado amenazadores. (Aunque sí leí hace mil años el capítulo Dilthey de Ortega –el mejor Ortega– y por una vez muy difícil).

Vayan esos tomotes al estante de Reliquias.

La existencia de los libros (antes de internet por supuesto) estuvo siempre muy enrevesada con las tapas de las ediciones, los tamaños, los olores. Los libros como objetos hermosos también supieron imponer su presencia. Así, no puedo dejar de mencionar algunas joyas que siempre me impresionaron, aunque casi las haya leído poco.

Vistos aún con los ojos de la infancia, había tomos que se imponían por su presencia, su elegante e imponente grosor: los clásicos libros de la española Aguilar. Con su papel biblia e infinitos, con los trágicos griegos o las obras completas de Shakespeare y las de Lord Byron, las de Goethe (tres tomos, traducción de Cansinos Assens, también de esa librería de Santiago) o las de Quevedo, las de Tirso de Molina.

Asomarse a sus páginas, en la niñez o saliendo de ella, era para sentir un vértigo y la palpitación de una promesa: ¿sería un día uno capaz de leer tanto, de leer todo un libro así? ¿Qué podría contener para ser tan largo?

Más adustos o misteriosos, igual de elegantes e imponentes estaban al lado, parecidos pero no en papel biblia, los de la argentina El Ateneo. Sófocles y Esquilo. Las tres críticas de Kant, cada una en un tomo. Y El mundo como voluntad y representación (¡qué título tan inquietante, aunque no se lo comprendiese!) de Schopenhauer.

En otro grupo, toda la colección de la argentina y prodigiosa editorial Sur. Dirigida desde finales de los 60, principio de los 70 por Gutierrez Girardot y H.A Murena, antes aún de que por ejemplo en Francia se enteren de quiénes eran estos grandes alemanes, pues en Sur ya se tradujo y publicó a Benjamin, Adorno, Horckheimer, Szondi, Habermas…(traducciones sobre todo de Murena y Vogelmann)… Bueno, pues aquí tengo ahora esos viejos ejemplares blancos y no muy gruesos.

En muchos libros, se da además como un placer táctil al tenerlos en las manos, sopesarlos, hojearlos, ver el índice, picotear por aquí y por allá, leer principios y finales de algunos capítulos. A los ortodoxos, quizá eso les parezca una herejía.

Como quiera, lleguemos de una vez a la gran lectura de mi padre, la que le ocupó media vida y sólo compartió con otra que ya diremos. Pues bien: José Ortega y Gasset. Él fue hasta cierta época su escritor más amado, y que se conocía muchísimo.

De ahí, entonces, que uno de los estantes más respetables que tengo ahí es el de los tomos, altos, gruesos y blancos (seguro que carísimos hoy en un anticuario de Madrid) de los libros de Ortega. La idea de principio en Leibniz, El hombre y la gente, Goethe desde dentro, etcétera, etcétera.

Pero al lado, en la misma editorial u otras del mismo tamaño (Nova y EFE): Jaspers, Huizinga, Marías, Rougemont, Jaspers (los 2 gruesos tomos de su Filosofía) Kant… y Heidegger, otro gran embelesamiento que sufrió mi padre. Y vienen Max Scheler, Husserl (Prolegómenos para una conciencia del tiempo inmanente; desde muy chico quise entender ese título y cuando lo hice, a medias, dejó de interesarme), Georg Simmel, Simone Weil…

¡Libros hermosos! ¿Quiénes eran entonces capaces de traducirlos, en épocas en que al traductor, además, se le pagaba muy poco o nunca?

Pues bien, vino luego como una especie de “segunda ola” sobre mi padre lector y con la que se quedó. Esta se resume en un solo nombre propio: H.A. Murena. Algún momento mi padre llegó a creer (incluso desde el particular libro El peca) mejor y todo del ser-americano y además descifraba con soltura lo esencial del mismo ser humano, de su relación con algo llamado Dios y el divorcio de Dios, al mismo tiempo que siempre atendía, esencialmente, a ese su irremediable ser-sudaca.

O también: tengo el tomo (de muchos que circularon) del G.H, un bárbaro entre la belleza, con su montón de notas y subrayados que él mismo hizo en sus años. Y él mismo, también, llegó a conocer a Murena cuando éste, una vez, llegó a La Paz. Urzagasti, Arnal, Canelas, también recordaron muy bien esta su venida.

De la poesía de Murena, en todo caso, mi padre nunca entendió nada (ni de ninguna otra poesía). Tuve que ser yo quien viniera recitarle, cuando yo mismo ya hacía mi propia biblioteca, abierta a la poesía, los versos más hermoso de Murena:

Quien busca sabe
Que no
Hallará
Que no debe
Dejar de buscar
Hasta
Que halle.

Recibir una biblioteca de herencia, como ven, no es fácil ni gratuito. No sólo se recibe una colección de libros materiales, de tales pesos y colores. Se reciben las lecturas que han pasado por ellos, sus subrayados e historias. Se recibe, además, la callada incitación que todo libro provoca y reclama: la de ser leído.

Y aún faltaría un par de páginas más para contar el posterior desenvolvimiento en temas y autores que fue acusando esta biblioteca. Pero ya está bien. Ahora, entre las dos bibliotecas sumadas, la mía propia y la de mi padre, mi casa está verdaderamente repleta de libros.

Y recuerdo lo mismo que recordaba y contaba Benjamin, aparte de citar el epígrafe de arriba y él mismo coleccionista de libros. Cuenta que al ver la biblioteca de Anatole France le habían preguntado a éste si había leído todos sus libros. A lo que France respondió: “Ni siquiera la décima parte de ellos. No usará usted cada día su porcelana de Sevres, no es cierto?”.

Fuente: Página Siete



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