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El minimalismo de Wilmer Urrelo



El minimalismo de Wilmer Urrelo
Por: Adolfo Cáceres Romero

Decir mucho, en pocas palabras o, mejor, contar una historia, con lo estrictamente necesario, para cautivar al lector, es lo que saben hacer los minimalistas. ¿Quiénes? Los minimalistas, cuyo estilo narrativo –escueto y sugestivo– se desarrolla desde diversas y singulares perspectivas, de modo que sus textos inducen al lector a involucrarse en la historia narrada.

Chuck Palanhiuk, periodista y narrador norteamericano, al analizar el estilo de Amy Hempel –célebre escritora estadounidense, alabada por sus cuentos, especialmente La cosecha–, dice: “En el minimalismo, un relato es una sinfonía, que crece y crece, pero nunca pierde la línea melódica original (…) El minimalismo también hace uso de la ‘lengua quemada’, que es una forma de decir algo, pero diciéndolo mal, retorciéndolo para hacer que el lector tenga que ir más despacio, obligándolo a leer con más atención”.

Ernest Hemingway, en su teoría del iceberg, propone una nueva forma de escribir relatos cortos: “Yo siempre trato de escribir de acuerdo al principio del témpano de hielo. El témpano conserva siete octavas partes de su masa debajo del agua, por cada parte que deja ver. Uno puede eliminar cualquier parte, y eso sólo fortalece el témpano de uno. Es la parte que no se deja ver. Si un escritor omite algo, porque no lo conoce, entonces se abre un boquete en el relato”.

Raymond Carver, por su parte, dice: “Pienso que es bueno que en el relato haya un leve aire de amenaza… Debe haber tensión, una sensación de que algo es inminente”. Cabe aclarar que Hemingway y Carver son la cumbre del estilo minimalista; desde luego que también existen otras figuras.

Además de Amy Hempel, podemos citar a Boris Vian, en su novela El arranca corazones (1991); a Olga Tokarczuc, premio Nobel 2018, especialmente en Sobre los huesos de los muertos (2009) y a Peter Handke, premio Nobel 2019, con sus novelas El momento de la sensación verdadera (1975), La tarde de un escritor (2019) y El juego de las preguntas (2019). (La referencia de los años de publicación corresponde a su versión en español).

Urrelo, en los 17 cuentos de Todo el mundo cumple sus sueños menos yo (2015), no deja de fascinar al lector que tiene la posibilidad de encontrarse con Thayli y con “el lanudito”, mascotas de sus cuentos. Urrelo maneja la intriga y el suspenso con una singular conjunción de recursos expresivos, con frases cortas, especialmente en los diálogos. La soltura de su estilo, que contrasta con la de su novela Hablar con los perros, nos recuerda a Boris Viany su mundo de fábula poética; Urrelo, en una atmósfera tensa y velada, muestra la experiencia de unos niños que condicionan los valores de los adultos.

Niños corriendo en el piso de arriba, el primer cuento de Todo el mundo cumple sus sueños…, se desarrolla en primera persona. Su fórmula minimalista comienza con: “Los oímos una mañana. Oímos los ruidos en el piso de arriba. Digo los oímos porque Thayli , mi perrita, una Cooker Spaniel, estaba conmigo. Creímos que se trataba de una familia nueva. Qué desgracia, le dije a Thayli , ya se acabaron los días de paz. Y es que los ruidos provenientes del piso de arriba eran, sin duda, los que hacen los niños”.

Urrelo, que ciertamente no es un escritor clase B, saca de su amplio mundo imaginario personajes y hechos alucinantes y fantasmagóricos; así lo muestra en el siguiente pasaje: “En algún momento se descolgaron a nuestro balcón. Thayli les lamió las manos. Me ignoraron. Estuvieron así por un rato. Afuera estaba el ruido de la ciudad. La gente espeluznante. El Gran Danés rompedor de corazones. Ella pensando en todo menos en mí.

“¿Qué quieren?, pregunté de forma estúpida.

“La niña me miró. Traía un vestido azul colocado al revés: la espalda en el pecho y viceversa.

“Me llamo Dina, dijo, y estoy muerta.

El niño se acercó. Me miró de pies a cabeza. Tocó el bastón metálico que utilizo todo el tiempo. Dijo:

“Yo soy Claudio y también estoy muerto. Hace años ya.

“¿Dónde están sus padres?, les dije.

“No sabemos, comentaron, a lo mejor en el cielo”.

Vocablos más, vocablos menos, la serie de secuencias es la misma en cada pasaje de sus cuentos. En comparación con Handke, advertimos la uniformidad de técnica y estilo, que algunos críticos consideran propios de la Nueva Subjetividad, corriente literaria imperante en nuestros días. Veamos un pasaje de El momento de la sensación verdadera, donde Keuschnig, –el personaje central– se halla en un taxi:

“Resultaba inimaginable decirse a uno mismo, amablemente, ‘¿qué tal?’. Por otro lado –y la idea le hizo incorporarse en el asiento–, ¡con esta cara podría permitirse los sentimientos que hasta ahora sólo habían surgido en sueños! Enseguida recordó con qué extraño placer se había orinado en sueños sobre una mujer. Entonces había sentido vergüenza al despertar. Ése no era yo, había pensado inmediatamente. Pero aquel placer encajaba muy bien en su cara recién descubierta; no le resultaba extraño aquel placer era él. Y así comprendió: con la cara desenmascarada, nada, pero nada, debía resultarle extraño”.

Pero antes de seguir, me parece necesario aclarar la alusión de clase B, recordando el siguiente pasaje de una memorable disertación de Urrelo, en el Centro Pedagógico y Cultural Simón Patiño, en octubre del 2012, al hablar sobre José María Arguedas: “El elemento clave en Arguedas –dijo– es la tristeza, que las películas clase B, obviamente, carecen. El elemento clave, si ustedes me permiten el atrevimiento, para no ser escritor clase B –como las películas–, era ése. ¿Lo habré logrado? Quién sabe. ¿Lo lograré alguna vez? Ese es un gran misterio”.

Misterio que queda resuelto, no sólo con su novela Fantasmas asesinos (2006) que ganó el Premio Nacional de Novela, el año de la edición, en Alfaguara, sino también con sus cuentos y su novela Hablar con los perros (2011).

En sus cuentos, Urrelo no sólo urde historias fantásticas, sino también trabaja con historias incidentales, ya sea en una carretera atestada de vehículos, como Algunas cosas que ocurren; o el despertar una mañana, con hábitos domésticos que pronto se rompen con la presencia de los mifrosotgs (invento de Urrelo como los cronopios, de Cortázar), en Habitando en el inadvertido mundo de los mifrosotgs; en fin, también nos ubica en el ámbito del absurdo camusino de El extranjero, de Albert Camus, en Todas las preguntas sobre el fascinante mundo de las termitas, de E. G. Humberto Sacristán.

Asimismo, Urrelo nos presenta situaciones de humor negro, con seres extraños, de ultratumba –casi siempre niños, como los de Henry James, en Otra vuelta de tuerca–, donde el diseño de la trama, con un lenguaje aparentemente displicente se hace relevante, como en sus cuentos: Niños corriendo en el piso de arriba, ¿Será el momento para quemar a quien tanto temo?, Aventuras del pequeño niño blasfemo (Primera comunión) y Todo el mundo cumple sus sueños menos yo.

Finalmente, la atmósfera de tensión, con personajes caricaturescos, insólitos, forman parte –sin ser minimalista– de la “estética del esperpento” concebida por el poeta, narrador y dramaturgo español Ramón del Valle Inclán, ya sea en sus Comedias bárbaras (Romance de lobos) o en su originalísimo y desconcertante género de los esperpentos, donde mezcla lo grotesco con lo trágico y lo espeluznante.

Fuente: Letra Siete



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