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Muere la tía Julia


Fallece en Santa Cruz [Bolivia] la mujer que inspiró a Vargas Llosa
Por: Juan Pablo Rodríguez

En un ambiente discreto, con la única presencia de sus familiares más cercanos, Julia Urquidi Illanes, la ‘Tía Julia’, ese personaje que el escritor peruano Mario Vargas Llosa inmortalizó desde 1977 cuando publicó la novela que reflejó su historia de amor [La tía Julia y el escribidor], falleció ayer, a las 11:30, víctima de una complicación respiratoria, a los 84 años de edad.

Hija de Carlos Urquidi y Carmen Illanes, Julia era la cuarta de cinco hermanos. La cochabambina fue la primera esposa del ‘eterno candidato al Premio Nobel’ y según afirmaba ella misma, la responsable de su éxito. “Yo lo hice a él. El talento era de Mario, pero el sacrificio fue mío. Me costó mucho. Sin mi ayuda no hubiera sido escritor. El copiar sus borradores, el obligarlo a que se sentara a escribir. Bueno, fue algo mutuo, creo que los dos nos necesitábamos”, dijo en una entrevista para EL DEBER, en enero de 2003.

Sus familiares la recuerdan como una mujer delgada, levemente encorvada, de mirada firme y dueña de una sonrisa astuta que delataba a un ser de personalidad excitante. “Leía muchísimo, era una mujer muy culta. Fumaba todo el tiempo largos cigarrillos Big Ben que le complicaron la vida”, dijo Wanda Zegarra, que se considera su nieta, pero que en realidad es nieta de su hermana Irma, pues ‘La Tía Julia’ no tuvo hijos.

Sus últimos días los dedicó a la lectura y a realizar obras de caridad. Trabajó como jefa de protocolo en la Alcaldía de La Paz por mucho tiempo y fue secretaria personal de varias primeras damas de Bolivia. En 1955 se casó con el que fuese su sobrino político (Mario Vargas Llosa) luego de divorciarse de Jaime Alcázar. Vargas tenía 19 años y ella, 29. Llosa se separó de Julia en 1964, para casarse con su actual mujer, Patricia Llosa, prima carnal del escritor.

En 1983, publicó Lo que Varguitas no dijo, un libro desde la perspectiva de una mujer abandonada, que se sintió engañada y agraviada ‘re-escribió’ la historia que Vargas Llosa hizo conocer al mundo entero.

Desde ese año perdió contacto con el peruano, pues según relató, Vargas se enojó con ella con lo que publicó hasta quitarle los derechos de su novela La ciudad y los perros, que hasta el momento compartía. “No puedo guardar odios ni rencores”, llegó a decir la ‘Tía Julia’.

Fuente: El Deber

Los fantasmas de Estocolmo


Los fantasmas de Estocolmo
Por: Javier Claure C.

Las historias de fantasmas datan de épocas remotas, y son precisamente éstas que bien se acomodan a la literatura, a series televisivas y a un sin fin de películas. En cualquier parte del mundo que nos encontremos, hay cuentos relacionados con fantasmas. En algunos lugares lo llaman la viuda, el hombre del saco, la k´achachola (chola hermosa y elegante) etc., pero todos esos personajes tienen algo en común: un poder mágico o una belleza inigualable.

Unas veces desaparecen misteriosamente dejando atónitos a los espectadores. O bien, se valen de sus atributos extraterrestres. Atraen a su presa para luego, en un punto determinado, hacerle desaparecer en las tinieblas.

¿Serán estos seres sobrenaturales producto de nuestra imaginación? ¿O realmente existen? Hay muchas opiniones al respecto. Sin embargo, hay gente que dice haber tomado fotos a estos seres de extraña dimensión.

Uno de los casos más antiguos pertenece a la mitología griega. Un joven de nombre Plinio relató en una carta los andares del filósofo estoico Atenodoro: Atenodoro había llegado a Atenas de visita y andaba en busca de vivienda. Por esas cosas del destino, se entera que había una enorme casa desocupada. Se dirige a dicha casa y tomando en cuenta el bajo precio, decide alquilarla. Una vez instalado en el recinto, se dedica a su tarea. Por las noches escribe sus pensamientos. De repente una de esas noches, escucha el ruido de unas cadenas y observa a lo lejos la imagen de un anciano barbudo y crespo que gesticulaba con los brazos. El anciano se iba acercando cada vez más, y cuando se encontraba a pocos metros de Atenodoro, le hace una seña para que lo siga. El filósofo accede a su pedido y camina por su detrás. Al cruzar el patio de la casa, el anciano y las cadenas desaparecen, como por arte de magia, dejándolo perplejo al filósofo.

Historias como estas hemos escuchado alguna vez en nuestra vida. Muchos suecos también creen en los fantasmas y tienen leyendas de esta naturaleza. En el centro de Estocolmo, más exactamente, en la calle Drottninggatan número 116, existe un edifico llamdo ”El castillo de los fantasmas” que pertenece a la Universidad de Estocolmo. En una parte de la edificación están las oficinas de administración y en la parte central hay un museo. Según la leyenda esta casa se construyó en el siglo XVI por ordenes de Hans Petter Scheffler, un comerciante adinerado de aquella época. Sus iniciales HPS están aun inscritas en acero y forma parte de la puerta central. Las leyendas de fantasmas, que corresponden a este lugar, se desataron a principios del siglo XVIII. Los estocolmenses comentaban diversas hazañas ocurridas en el edificio. Pero los rumores se intensificaron cuando encontraron una tumba en el patio de la casa.

Se comentaba que el esqueleto en el ataúd pertenecía al primer dueño de la residencia. Es decir, a Hans Peter Scheffler que deambulaba, en las oscuridades, como alma en pena. Se mostraba en forma de fantasma chillando, haciendo caer cosas, apagando luces y provocando ruidos extaños por las noches. Despedía un olor a muerto y solía romper espejos y cristales. La historia cuenta que un cura intentó ahuyentar, por medio de oraciónes y plegarias, a este espectro, pero fue extrañamente arrojado desde un balcón. Un inquilino se suicidó después de haber tocado piano toda la noche.

Posteriormente, Jakob von Balthazar Knigge, fue dueño de la casa. Dicen que había hecho pacto con el diablo y poseía una gran fortuna. Gracias a este pacto ocultaba, en las paredes y los techos, lingotes de oro y plata. Una mañana de invierno una carroza, tirada por caballos negros, paró a las afueras de la casa. Balthazar Knigge salió con una capa negra que le colgaba desde el cuello, y se acomodó en la carroza. Luego empezaron los caballos a correr a toda velocidad sacando chispas de las ruedas de la carroza. La gente que andaba por esa calle, observaron que el jinete tenía cuernos en la frente y una larga cola. Decían que el diablo se lo llevó y nunca más se lo volvió a ver. En realidad, Balthazar Knigge murió tranquilo en su cama, y lo enterraron en el Cementerio Central de Estocolmo (Adolf Fredriks kyrkogård). Su tumba está allí. Fue un hombre generoso y en su testamento declaró que todos sus bienes debieran ser entregados a un fondo para ayudar a enfermos, ancianos, niños y pobres. El primer dueño de la casa, Hans Petter Scheffler, también tuvo una muerte natural y nunca fue enterrado en su casa como aseguraban. Pero esos hechos paranormales se fueron transmitiendo de boca en boca entre la gente.

La residencia de la calle Drottninggatan 116, es una de las más tétricas de Estocolmo. El personal que trabaja en este recinto, explica que aún se perciben cosas extrañas dentro la tenebrosa mansión que un día albergó a seres que descansan bajo el cielo de Estocolmo.

Fuente: Ecdótica

Roberto Bolaño: El escritor del mal


Roberto Bolaño: El escritor del mal
Por: Mauricio Rodríguez Medrano

Su vida la dejó junto a la cajetilla de sus inseparables cigarrillos, aunque no fue por esa razón que La Soberana lo llamó. El beso de la muerte le quitó el último suspiro la madrugada del 15 de julio del 2003. Un mal hepático lo dejó en el confín de la soledad donde no existen los finales, al igual que en sus escritos.
Nacido en su Santiago de días nublados, a los 13 años se fue a vivir a México. En la adolescencia aprendió el valor de los libros encerrado en una biblioteca pública. Pasaba los días descubriendo páginas y más páginas de historias (Pierre Louis, Sade, Cervantes) y el alma de la poesía, a pesar de tener dislexia. Descubrió los mundos laberínticos de Borges, las habitaciones místicas de Cortazar y el corazón de Nicanor Parra, Pablo Neruda y Vicente Huidoro.

En 1973 regreso a su natal Chile para apoyar el proceso gubernamental de Salvador Allende. Llegó tarde. Pinochet estaba en el poder y había destruido el gobierno de Allende con bombas lanzadas desde aviones que se perdieron entre las nubes de humo que recorrían la ciudad. Roberto Bolaño fue apresado.
Pasaron ocho días y, gracias a un compañero de la infancia, que en ese momento era detective, fue liberado y pudo escapar de la dictadura. Ese acontecimiento le ayudaría a escribir un cuento: Detectives de su libro publicado en 1997, Llamadas telefónicas.

Migró a España donde su madre ya vivía allí. Trabajó de vendimiador en verano en los campos de Cataluña, vigilante nocturno y vendedor de un almacén de barrio, hasta que al fin pudo dedicarse a la literatura, a tiempo completo, porque sus obras fueron ganadoras de premios que le sustentaban el vivir, su alma se nutría con sus escritos.

Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, obra escrita a cuatro manos, su primera novela publicada. Después vinieron La pista de hielo, La literatura nazi en América, La estrella distante y Llamadas telefónicas, antes de su consagrada: Los Detectives Salvajes que ganó el premio Rómulo Gallegos y sólo pudo ser sobrepasada por su novela póstuma 2666 que tiene 1129 páginas dedicadas el subgénero negro de la literatura.

Obras que se inmiscuyen en el mal, en el misterio, las desapariciones y asesinatos (el desierto de Sonora como espacio de un espejismo donde todo puede ocurrir), reflejan a un Roberto Bolaño, de respuestas irónicas para cada entrevista, como un ser humano: El bien y el mal fundidos sin fronteras que los delimiten.

Fuente: Ecdótica

Víctor Hugo Viscarra


La noche de Viscarra
Por: Mauricio Rodríguez Medrano
Foto: Marcelo Paz Soldán (en La bodega de Jaime Saenz)

Un muerto se ha muerto
Los muertos, tal como los vivos, también pueden morir otra vez.
Tal la revelación del niño epiléptico, durante una tarde de sol.
Los muertos tienen la capacidad de morirse.
El hecho de morir no le priva a uno del derecho de morir otra vez. Ahí está el
secreto de la existencia.
Es por eso que los muertos se han muerto.
Por eso es también que, en cierto modo, los muertos son precoces.

Jaime Saenz

Lo guardó la noche. Fue tragado por sus entrañas y recorrió aquellas calles de miseria, las cicatrices, los gritos que eran silenciados en la oscuridad de los callejones, cuando la luna guiñaba a La Paz, y las fogatas eran avivadas con desechos, cartones y soledad, para tratar de mitigar el frío, sobre todo, el frío.

Víctor Hugo Viscarra escribió como vivió y, tal vez, como murió. Nació un dos de enero del 1958 en la ciudad de La Paz, ciudad de murmullos que sólo son escuchados al caer la noche, y las cantinas apenas son luces percudidas y los pasos de fantasmas son reales, reales para los que viven y mueren todos los días en las calles.

A los doce años fue echado de casa por su padre, así lo cuenta en Borracho estaba, pero me acuerdo. Tal vez, ese fue otro nacimiento, el peor de todos: uno que no eligió. La calle y la bebida lo acogieron. Allí descubrió que las mejores amistades eran las que compartían su forma de vida.

Putas, rateros, aparapitas, vagabundos, despechados, solitarios lo acompañaron mientras descubría todos los laberintos (a manera de esa ciudad de Londres descrita por Borges) más oscuros de La Paz. A veces encontraba en la parroquia de la Max Paredes, San Francisco y Villa Victoria algún sitio para amagar al frío, pero en su mayoría debía soportarlo debajo de un puente o en algún puesto de mercado.

En 1981 su primera obra Coba: lenguaje secreto del hampa boliviano fue rescatada de los policías que decían ser los autores. Luego vinieron los Relatos de Víctor Hugo en 1996. El cronista nos sumerge en la oscuridad de La Paz y nos muestra aquello que callamos.

Muchos de los críticos literarios consideraron que sus escritos no eran literatura, pero a él no le importaba esos comentarios, le satisfacía saber que sus relatos rescataban al lumpen paceño, mostrando pasadizos que pocos conocían.

Aquellas palabras fueron escritas en la nostalgia del Cementerio General. El 2001 publicó Alcoholatum y otros drinks. Otra vez, en los textos desplegó la crueldad habitual que tienen unos y que sólo era soportable gracias a la bebida y a un gran sentido del humor.

Para el 2002, después de publicar Borracho estaba, pero me acuerdo empezó a sentir el precio que se debía pagar por adentrarse en la oscuridad. El hígado ya no soportaba los avatares del alcohol. Aún así, Víctor continuó el camino (la Literatura). Ya no podía dejarlo. Ch’aqui Fulero (obra póstuma) fue un último intento.

Con libros en mano entraba a los pub’s para vender o hacer trueque, por un trago, a otros escritores, artistas, periodistas o algún conocido que ganó su aprecio. Otros lo recuerdan en la San Francisco mirando el caminar de la gente, o comprando un periódico para recortar alguna fotografía sobre él.

Conocía lo más patético de todas las calles y en una de ellas fue dejando, poco a poco, su vida. Ayudado por algunos amigos fue trasladado a la parroquia de Villa Victoria. Los últimos días estuvo en cama, tal vez recordando que en uno de sus escritos decía que esperaba morir antes de los cincuenta años. Lo logró.
Víctor dejó este mundo un 24 de mayo del 2006. Rosones negros. Un amigo dijo: “Murió solo”, alzó la copa y brindó por él. Algunos que lo acompañaron en su último trayecto lloraban, no por la muerte, sino porque, otra vez, la calles, callejones, cantinas, puentes, la noche, la sombra, la violencia, iban a ser sepultados con él.

Fuente: Ecdótica

Gomorra de Roberto Saviano

Gomorra de Roberto Saviano
Por: Wilmer Urrelo Zárate

Hay libros peligrosos no para quienes lo leen, sino para sus autores. Éste es, precisamente, el caso de Gomorra (Mondadori, 2009), del joven periodista Roberto Saviano. ¿Por qué? Porque lo quieren matar. Y lo quieren matar precisamente quienes aparecen en su libro: la camorra napolitana. Por Gomorra transitan traficantes de todo. De armas, de ropa, de drogas, y también gente de alto vuelo, que en el fondo son los que manejan el negocio. Lo bueno de este libro es que nos muestra de una manera descarnada el interior del crimen organizado y para mi gusto hace algo que el periodismo de los años noventa no hacía: buscar en lo alto, en las estructuras económicas de esas organizaciones y no sólo meterse con los más chicos, con los que están en la base y quienes siempre salen en la tele. No por nada Saviano anda de acá para allá con seguridad, peor que jefe de Estado. Pero ese no es el punto. El punto está en lo que decía más arriba: Gomorra nos muestra toda la estructura del crimen organizado. Y es que la Camorra napolitana es poderosa, muy poderosa, mueve millones de euros en diversos negocios y Saviano los identifica sin pudor. Acá está la Europa moderna, parece decirnos, esa Europa que todos los de este lado del charco colocamos como ejemplo de un futuro mejor. Hace poco lo vi en una entrevista en el programa Página 2 y me dio la impresión de ser un hombre agotado, martirizado y algo intratable. Cuando le preguntaron qué hacía para sobrellevar tantas horas encerrado en un departamento contestó algo así: «practico boxeo con mis custodios». Saviano pegó y ahora espera la respuesta.

Fuente: Ecdótica (previa publicación en el dipló. Febrero 2010) y Youtube



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