Ecdotica en twitter

Siguenos en @ecdotica

Donaciones

Ayudanos a difundir libros gratuitos

Recomendamos

Vacaciones permanentes, una reseña de Giovanna Rivero


Contraépica, Vacaciones permanentes
Por: Giovanna Rivero

No siempre en un primer libro de cuentos se intuye el proyecto que el escritor o la escritora ha decidido entregar, a pesar de los secretos pudores, al lector. Vacaciones permanentes, sin embargo, es un libro transparente en ese sentido. Conseguir esa transparencia ha debido significarle a su autora, Liliana Colanzi, horas de trabajo, corrección, relectura, concentrada inteligencia y otras batallas no menos intensas.

Pero, ¿de qué está hecha esa transparencia? ¿Acaso sólo de la renuncia a una pretenciosa opacidad, a una retórica densa y a veces innecesaria? Sí, también de eso. Aunque en el caso de Colanzi, como en el de otros escritores de su generación, la decisión de trabajar con registros domésticos y composiciones lingüísticas mínimas, en ocasiones aparentemente incompletas, pasa más bien por el deseo de priorizar la vida, la vida misma, entendida como eso que nos ocurre a veces violentamente, a veces en la más alocada inconsciencia, más allá de las leyes del lenguaje.

Esto que podríamos considerar una saga, un diario íntimo de viaje o la autobiografía de una generación, tiene, como debe ser, un punto de partida, una fecha-hito: 1997 se titula el cuento que hace de cinta inaugural de esa brillante y demasiado efímera road movie que es la primera juventud vivida justo en el cruce de milenios, cuando la caída de los viejos paradigmas y la euforia de la globalización generaron otro tipo de crisis, otro tipo de dolor, entre ellos el desconcertante conocimiento de que ser joven ahora sólo servía para eso: para ser joven (¿y era aquello suficiente como gesto político?). En ese sentido, me atrevo a decir que hay una dimensión apocalíptica, astutamente matizada por la prosa limpia de Liliana, en este plano secuencia de siete cabalísticos cuentos.

En efecto, si prestamos atención a la línea biográfica que la narradora traza para su protagonista, Analía, esa suerte de alter ego que en las narrativas intimistas o confesionales sirve para poner en acción los infinitos juegos especulares de la autorreferencialidad, la mentira, la fe del lector y los límites de la honestidad, notaremos que su veloz descenso a los infiernos de la adultez es algo así como una ‘picaresca negativa’. La joven Analía es la privilegiada testigo del lento pero implacable deterioro de la clase alta boliviana que, claro, a diferencia del resto de Latinoamérica, está siempre más contaminada por el roce continuo y a veces gozoso con el vulgo.

Este primer desmontaje es clave para entregar al lector a una Analía ya corrompida por la prematura desilusión. El resto será la supervivencia emocional y económica, las concesiones morales, el veloz aprendizaje del mundo ‘real’ y la manía de la huida.

De modo que cuentos como Rezo por vos, El fin de semana estaré bien o Banbury Road nos muestran la contraépica de una Analía que ha decidido agotar el capital de su juventud en eso que el primer mundo valora y teme: la experiencia.

Con un aborto de por medio, ruptura para nada gratuita del máximo continuom, el de la maternidad, lo que sigue es una serie de programas fallidos, como si en la potencia del ‘no’ los personajes de Colanzi encontraran ese gesto político antisistémico que reclamábamos en las primeras líneas de esta reseña.

Analía abandona sus amores en pos de un ideal siempre inalcanzable, y este ansioso nomadismo, tan a tono con los relatos transmigratorios del siglo XXI, parece rebotar una y otra vez contra el vacío. La experiencia se atesora, pero su acumulación debe ser frenética y no plantearse ningún tipo de objetivo didáctico.

Sin embargo, y he aquí una exégesis, quizás a pesar de la ruidosa consigna de desequilibrada y perpetua juventud que los siete cuentos proclaman: es probable que el mejor triunfo sea el de la preservación de la individualidad. Aun en medio de la anónima muchedumbre y de las convencionales propuestas para ‘ser parte de la sociedad’ -hacer una pareja, establecerse, progresar-, Analía, la melancólica heroína, no manifiesta ningún vicio esquizoide (tal vez porque los discursos esquizoides son propios de la modernidad antes que de la posmodernidad). Analía es una sólida unidad, no hay contradicciones o humor que debiliten su empecinado viaje, en soledad, hacia el corazón de las tinieblas. Analía es una flecha que hiere lo que toca.

Hay mucho, mucho más que decir de este precioso volumen. Si sólo nos detenemos a mirar los personajes secundarios, descubriremos en un par de ellos las consecuencias de negarse a crecer, el modo en que lo que era fuerza negativa vital se convierte en una triste mueca del pasado. Adultos inmaduros, decadencia, y en el mejor de los casos, el romántico suicidio, parecen constituir la perspectiva más segura. Ecos carverianos se escuchan en el soundtrack de Vacaciones permanentes, pero a diferencia del minimalismo fundacional de Carver, cuyos personajes han sido mutilados (por obra del editor, ahora lo sabemos) de todo pasado y tal vez de todo futuro, en Liliana, los personajes todavía están dispuestos a salvarse, a trazar vínculos, ‘de amor’ o ‘de odio’, no importa, para hacer la última apuesta: descubrir si después de la juventud todavía hay felicidad posible o algo que se le parezca. Si dejar de ser herederos para tomar la posta puede regalar un poco, un poquito de satisfacción.

Fuente: El Deber

Víctor Montoya ganó concurso internacional de relato erótico

El escritor boliviano Víctor Montoya, residente en Estocolmo desde hace más de tres décadas, fue uno de los cinco autores latinoamericanos ganadores del Concurso Sexto Continente de Relato Erótico, convocado por Ediciones Irreverentes y el programa “Sexto Continente”, de Radio Exterior de España.

Revisitando a Caicedo, esta vez con música


Revisitando a Caicedo, esta vez con música
Por: Christian J. Kanahuaty

Caicedo es inigualable, escribe la novela ¡Que viva la música! de marzo de 1973 a diciembre de 1974 la que a mi gusto se convierte en aguas silenciosas, o mejor, en una bomba de tiempo que estallará sin que nadie se dé mucha cuenta de ello.

Escribí en una nota anterior de Caicedo al referirnos al libro que montó Alberto Fuguet alrededor de sus cartas y sus notas sobre cine, pero ahora nos ocupa para reflexionar sobre algunos puntos de su escritura y de su propuesta. Para empezar, habrá que decir que la novela ¡Que viva la música! está narrada por una mujer, un personaje femenino bastante explosivo, una chica que sólo quiere divertirse, pasar la noche en una sala de baile y no importa si ésta es de un salón concurrido o en las cuatro paredes de una casa oscura ubicada en algún lugar remoto de la ciudad. Ahí radica todo: en el espacio, porque Caicedo se preocupa de otros detalles, no se establece el espacio de por sí, sino a partir de ciertas acciones de sus personajes, es decir, que la ciudad que él crea es el lugar donde pertenecen sus creaciones lo que se va armando poco a poco, a medida que ingresan en ella, se podría decir incluso que los mismos personajes no conocen a ciencia cierta la ciudad dónde están entrando.

Otro detalle es el audio, no sólo las referencias musicales, que oscilan desde el rock hasta la salsa, el merengue o el ballenato, sino la oralidad de sus personajes, se entiende al instante que sí son colombianos, pero influenciados por la música y el inglés, aparecen a momentos ciertas palabras que hacen una suerte de spanglish socializador y catalizador. El lenguaje y las referencias musicales son lugares que configurarán la identidad de éstos jóvenes.

Y así uno podría leer que la novela está construida en tono de ajusticiamientos contra los sistemas culturales o los medios de comunicación o la gran maquinaria que nos da cosas materiales y objetos culturales pop para sentirnos parte de un mundo que somos incapaces de (re)conocer. Un mundo que sólo se entiende a partir de lo que se puede consumir, o de lo que se espera consumir. Pero no, porque la música, las radiograbadora o los dicos de vinil son sólo el decorado, pienso que Caicedo está poniendo esos objetos ahí como ahora lo haríamos con un ipod, o un DVD, o una camisa estampada con la cara de Leonard Cohen, es decir, son objetos, símbolos que representan más que las palabras a quienes se quiere representar: los personajes. Ellos y sólo ellos poseen la verdad en Caicedo, por eso la voz de la narradora es importante, por eso la dosis extra de que sea mujer y su “sensibilidad” sea, por decirlo de alguna manera, dócil y a la vez aguerrida y sumamente juguetona. Cosa que no sucedería con una voz masculina, aunque claro que ha habido casos posteriores, ciertos cuentos de Rodrigo Fresán, o algunos pasajes de novelas como Mala Onda o Por Favor, rebobinar, o pasajes de Río Fugitivo e incluso momentos en que hay una tónica que nos recuerda Vargas Llosa y Donoso, claro que sólo éstos dos últimos podrían de alguna manera definirse como contemporáneos a Caicedo.

La narrativa versaba en otros temas ya que eran tiempos de dictaduras y de compromiso político, de ideologías y de historicidad en la literatura. La literatura al servicio de la sociedad más, incluso, que el periodismo o más incluso que la misma historia o las sociologías existentes fue la narrativa de los países latinoaméricanos la que funcionó como un sistema de interpelación en muchos casos, bastante sólido, hacia los regimenes totalitarios. Pero Caicedo se desmarca de todo eso y escribe la novela urbana que nosotros, hoy, en pleno 2010, deseamos leer y escribir. Lo hace bajo una sola consigna, entregarlo todo en ese manuscrito, no quiere ser total, no estará TODA la ciudad en su novela, pero sí la que él entiende como suya.

Y ahí radica su apuesta mayor. Es un rompe aguas dijimos con anterioridad y se debe también a ésta apuesta que mueve el punto de mira y pide que se ponga atención a esas otras cosas que estaban pasando en una ciudad como Cali que ahí sí se convierte en el microcosmos ejemplar de lo que podía estar pasando en las ciudades que no eran la capital del país o el centro del poder político. El peso de la periferia es importante porque le permite pensarse de una forma nueva y radicalmente despojada de imposturas políticas, lo que no hay en Caicedo es política, hay aires nuevos de descubridor de una época que se siente está cambiando, pero que al mismo tiempo, no se pretende entenderla, sino sumergirse en ella, ser parte de los tiempos que van cambiando.

Ese Caicedo es importante, es un detonador capaz de adelantarse en el tiempo y poner por escrito los debates que se tendrán en Bolivia, Perú, Argentina y Chile con respecto a los “nuevos” escritores latinoamericanos y su rol dentro de sus países. O la forma que tendrá su compromiso político dentro de sus escritos. Ese debate que nos cuestiona sobre el terreno de la literatura y sus temas, Caicedo ya lo resolvió sin hacerse tanto problema. Caicedo la única preocupación que tenía era la de dejar una obra antes de partir, o sea, de matarse luego de cumplir los 25 años. Su apuesta y su vida giran sobre esto, dejar una obra y escribirla y escribirla y escribirla, sin importa cómo, pero hacerlo, porque sólo así podría dejar un testimonio de su paso por éstas tierras. Y al mismo tiempo quería entender su condición de joven, tartamudo, tímido, lúcido y diferente dentro de sus textos, de las películas que veía y de los libros que fue leyendo y analizando.

Y quizá en ese espacio radica su imperfección. El apresuramiento, que muchos de nosotros sentimos por publicar, más y más, para que nos lean y conozcan fue también un signo de Caicedo; hay pasajes en ¡Que viva la música! que son de una belleza incalculable y de una fuerza visual fortísima, pero se pueden leer otros que hubieran podido ser mejores, como si el manuscrito descansando un poco habría tenido el chance de madurar más y convertirse en algo mejor, pero eso, lo sabemos bien, en literatura y más que todo, en la novela, es también ser demasiado especulador; porque nunca lo podremos saber y mucho menos comprobar. Lo que tenemos es lo que hay y punto. Y sí, por supuesto habrán quienes nos digan que a veces la imperfección es un acto conciente del escritor, porque no desea entregarnos una novela perfecta, sino una novela honesta, real y si eso depende de sus imperfecciones y cuestiones irresueltas, pues el precio es menos del que se pensó. No importan las imperfecciones a la larga, lo relevante es lo que esa novela es capaz de hacer: que se la lea. No es cuestión de estilo o de uso del lenguaje, es lo que se dice. Y lo que Caicedo dice en esos momentos es sorprendente.

En www.ecdotica.com y en el suplemento Fondo Negro leí que también Liliana Colanzi estaba visitando la obra de Caicedo y me parece mucha coincidencia, de esas que me hacen pensar “que no se está razonando fuera del recipiente”, Colanzi decía que Caicedo se parece mucho a algunos de los personajes de J. D. Salinger por estar al margen, sentirse excluido y tomar la decisión de matarse. Y sí el símil me parece interesante, no estoy tan de acuerdo en su apreciación. En principio su lúcides no es como la de los hermanos Glass, incluso Seymour es diferente a Caicedo, ni que decir de Franny o Zooey, que son niños cuando los conocemos y que disfrutan mucho de participar en programas de televisión donde prueban su inteligencia. A Caicedo eso no le hubiera interesado, no era cuestión de probar su inteligencia, ni de divertirse sabiendo cosas, por lo que sabemos de él a través de las cartas que dejó y que recogió Fuguet y las notas que están en El libro negro, podemos inferir que a él su inteligencia le pesaba y quería más que todo distribuir el conocimiento antes que jactarse de él. Pero volviendo al tema, Seymour y los antes mencionados deciden vivir en el mundo, acomodarse a él, sin muchas pretensiones, sin esperar dar mucho de sí porque simplemente están hartos. Me recuerda una secuencia de Antes del atardecer, cuando Céline le dice a Jessy que “las personas que tienen mayores habilidades y capacidades para hacer que las cosas mejores son justamente aquellas que no tienen la ambición de hacerlo, porque no quieren el reconocimiento, quieren hacer cosas pequeñas”; es un poca esa la salida de los hermanos Glass. Para Caicedo esa no es la salida, hubiera continuado con su revista Ojo al cine, o el videoclub o los trabajos de corresponsalía cultural para los periódicos en los cuales ya estaba trabajando y de alguna forma, forjándose un nombre, pero su destino o lo que él entendía cómo su destino, era otro.

Ni si quiera el personaje emblemático de Salinger, Holden Caulfield, es capaz de resolver las cosas a la manera de Caicedo. En el guardián en el centeno, Caulfield, luego de algunas peripecias, en el parque central o preguntándose adónde van los patos en invierno o frente a la prostituta, está irremediablemente a terminar mal, contándonos lo que fue de él desde un centro psiquiátrico y es como si él mismo hubiera precipitado su final, hay, o mejor dicho, subyace una decisión/apuesta por la autodestrucción única que en el caso de Caicedo es aparentemente así, pero no, bueno, sabemos que Caicedo terminó en una oportunidad en un psiquiátrico, no por locura, sino por desintoxicación. Luego sabemos que Caicedo adoraba la música y la escritura, cosas que a Caulfield no parecen impórtale demasiado, a Caicedo le apasionan las mujeres, su amor con Patricia será inenarrable incluso para él, y Holden bueno, él, las detesta. A los demás miembros de la familia Glass salvo algunas cosas de música clásica o de cierto tipo de jazz o ciertas filosofías orientales nada parece importarles mucho, ni siquiera el dinero, posee, un miramiento extraño a quien tiene mucho dinero y cree además que gracias a él puede llegar a ser feliz. En Caicedo y en sus personajes no hay eso, el dinero, sólo es una forma más por las cuales la vida y las relaciones adquieren denominación, no es un medio ni es un fin, quizá tan sólo un accesorio. Pero ya en la vida el peso del dinero es importante para Caicedo es por él que saca a flote su revista y el cine club y el viaje a Los Ángeles. Caicedo y sus personajes se metan más a la droga que a la reflexión sobre su sociedad, no hay ese desencanto que posee Caulfield, hay un cierto sentido de que sólo importa el momento, el ahora y lo demás tras la resaca ya se verá cómo es.

Caicedo podría haberse retirado lúcidamente del juego y decir, “bueno, yo me conformo con estar aquí en un periódico y sacar mi revista y publicar un libro de cuando en cuando”, pero no, esa salida a él no le sirve, no es un tipo que puede seguir las reglas de juego ni de la sociedad ni del mercado, como lo hacen algunos de los personajes de Salinger. Caicedo prefiere sustraerse del mundo. No vivir en su margen. Ya conoció el margen y lo narró y lo convirtió además en un centro. Eso es suficiente, entonces, debía hacer algo verdaderamente importante: eliminarse.

No ver nada, a pesar de haberlo visto casi todo. Los personajes de Salinger se van a resistir a dejar de ver, son tentados, pero al final es mejor para ellos tener una mirada crítica, irónica y desencantada de lo que les rodea que no ver nada.

Habría que seguir estudiando el caso de Caicedo, no como antropología literaria, sino como un antecedente inmediato de lo que estamos viviendo en términos de narratividad en nuestro continente. Ver hasta qué punto el silencio del cuál gozó la obra de Caicedo hizo que la búsqueda de la “nueva generación” de narradores pase por esa misma propuesta: la de Caicedo, el silencioso. Creo que más que cerrar el umbral sobre el cuál se podría hablar de Caicedo habría que abrirlo y modificar un poco los parámetros, preguntarnos si no habrán habido más Andrés(es) Caicedo(s) por ahí, olvidados. Redescubrirlos, revisitarlos. Entendernos a través de ellos y reconocernos como parte de algo ya no boom o McOndo, sino sustancialmente diferente no sólo por precursor sino por la mirada que se ha planteado Caicedo desplegar a lo largo de sus cartas, artículos, novelas y apuntes que realizaba en su libro negro.

Finalmente, que sea él quien nos diga lo que se propuso: “lo único que yo quiero es dejar un testimonio, primero a mí de mí, luego a dos o tres personas que me hayan conocido y quieran divertirse con las historias que yo cuento, aunque sean familiares míos, no importa, pero trabajar, escribir aunque sea mal, aunque lo que escriba no sirva de nada, que si sirve para salir de este infierno (ja, ja) por el que voy bajando, que sea esa la razón verdadera por la que he existido, por la que me ha tocado conocer (aunque de lejitos) a la gente que he conocido”. Gracias y hasta pronto.

Para leer la novela de Andrés Caicedo Que viva la música pulse aquí
Fuente: Ecdótica

Que viva la música! de Andrés Caicedo en la biblioteca de Ecdótica


Que viva la música de Andrés Caicedo en la biblioteca de Ecdótica

Andrés Caicedo se había propuesto morir joven y dejar obra: así lo hizo. Que viva la música! fue la única novela que concluyó y es, quizá, su mejor obra literaria, sorprendente por su consistencia narrativa y ritmo desbordante. Cuenta la historia de María del Carmen Huerta, una joven proveniente de una familia acomodada de Cali que conoce los barrios populares y reniega de los valores sociales establecidos para entregarse a los excesos y al delirio. Ella, como Caicedo, sigue despertando fascinación y asombro entre los lectores de todas las edades como símbolo de la trasgresión y el frenesí.

Para descargar la novela Que viva la música! de Andrés Caicedo pulse aqui o visite nuestra biblioteca gratuita

Fuente: Ecdótica

Andrés Caicedo: “Mi cuerpo es una celda”


Memorialistas & Viajeros
Por: Bartolomé Leal, desde Armenia, Colombia

Tras su primer intento de suicidio, un joven escritor colombiano, nacido en 1951, escribía a su madre una carta de despedida: “Yo no estaba hecho para vivir más tiempo. Estoy enormemente cansado, decepcionado y triste”. Corría el año 1975, el escritor tenía 24 años. Su tercer intento sería exitoso: el 4 de marzo de 1977 ponía fin a su vida tras una ingestión letal de tranquilizantes. Nacía así el mito de un autor que no era sino una promesa; pero una promesa sólida en las letras de su país. Ese mismo día había recibido por fin una copia de la edición de su novela ¡Que viva la música!, tras años de esfuerzos por lograr que se la publicaran. Una novela imprescindible, conmovedor testimonio de una generación desgarrada.

Andrés Caicedo es una auténtica metáfora viviente del drama de un pueblo hermano, como el colombiano, que se ha debatido durante siglos con la violencia, el narcotráfico, la corrupción y la injusticia. Todo ello fue asumido con dolor por este autor nacido en Cali, uno de los centros de tal violencia. Un joven intelectual, culto, cinéfilo, ultrasensible, inestable, creativo, huraño y sincero. Son inmensas las decepciones que sufrió, aunque lo fueron a la medida de sus ambiciones. Trató, en su cinefilia cuasi fundamentalista, de vender guiones a las productoras de Hollywood. Y para allá se fue. Se los rechazaron una y otra vez. Desde ya, porque estaban mal escritos en inglés (traducidos por él con ayuda de su hermana, residente en Estados Unidos). Una ingenuidad sin límites lo llevó a esta aventura destinada al fracaso.

Afirma en un poema del libro: “Hay gente que puede ser poeta y bailarín al mismo tiempo. Pero yo no puedo. Yo soy un hombre melancólico”. Y en otro poema, un texto que es un credo (manifiesto): “Creo en fantasmas, vampiros y en empleados públicos que una mañana salen volando de su casa… Tengo 19 años y escribo cuentos fantásticos”. La pasión por la escritura nunca lo abandona, aunque siempre se cuestiona lo que hace. No ceja: “Escribir aunque sea mal, aunque lo que escriba no sirva de nada, que si sirve para salir de este infierno (ja, ja) por el que voy bajando, que sea esa la razón verdadera por la que he existido…”. Sus lecturas son caóticas, sin embargo persistentes.

Un aspecto que caracteriza el arte de Caicedo es su relación con el cine. Autocalificado de “cinépata”, cuenta sobre las extensas jornadas que pasó, desde niño, metido en un teatro de proyecciones, de la mañana a la noche, sin comer ni dormir, mirándolo todo. De allí conformó un gusto estético sólido, hizo descubrimientos e identificó supercherías, engendró amores fulminantes (parecidos a los de muchos de su generación: Truffaut, Ford, Bergman, Kazan, Nicholas Ray…). Llegó a crear una revista de cine, cuyos escasos números son objeto de colección. A propósito, uno de sus referentes fue la revista peruana “Hablemos de cine”, un hito de la cinefilia latinoamericana. La figura de su director, Isaac León Frías, fue fundamental para Caicedo y uno de los grandes sufrimientos de su vida fue no haber podido recibir a adecuadamente a este crítico, de visita en Colombia, por encontrarse en ese momento internado en una clínica siquiátrica,donde su familia lo había metido tras sucesivas crisis de drogas, alcohol y violencia. (Es curiosa la filiación que se puede hacer entre este libro de Caicedo, “Mi cuerpo es una celda”, y la cinefilia latinoamericana. Se trata de una autobiografía montada a la manera de un guión por el narrador y cineasta chileno Alberto Fuguet. Fascinado por la figura de Andrés Caicedo, Fuguet consiguió materiales inéditos, cartas, trozos de diarios, reflexiones íntimas, poemas. Cabe señalar que las primeras armas en la escritura las hizo Fuguet en una revista de cine chilena, llamada “Enfoque”, que por los años 80 se orientó en líneas parecidas a la mencionada revista peruana, que incluso se relacionó con una colombiana, “Arcadia va al cine”, de algún modo sucesora de “Ojo al cine”, la revista de Caicedo. Un colaborador de “Enfoque” fue Pedro Susz, desde la Cinemateca Boliviana).

A medida que se va desquiciando, Caicedo comienza a recibir el acoso de su familia, sus amigos, sus novias, sus admiradores mismos. Se transforma en un tipo insoportable, no puede vivir sin marihuana ni Valium. Se siente perseguido y menospreciado. Llora con o sin razón. Se refocila en describir sus intentos fracasados de suicidio. Acosa a sus amigas con cartas llenas de acusaciones y pedidos de perdón. Él mismo se reconoce en frases que revelan una desesperación profunda: “Me da miedo atroz pensar en que se está debilitando mi interés por todo. No resisto esta soledad, busco compañía y no resisto la compañía”. Odia a su ciudad natal: “Calicalobozo” la llama, pero sufre fuera de ella. Sus estadías en Bogotá lo dejan exhausto y deprimido: “Tengo la ponzoña en los bronquios y la nariz y la pared de la boca y el conducto urinario y tengo la ponzoña en mi semen escaso y en la forma que tengo de abrirme de piernas cada vez que defeco. Huelo la ponzoña en lo que defeco, y en el color de bosque nuevo que tienen mis excrementos adivino allí todo el sentido de mis nostalgias…”.

Andrés Caicedo no fue propiamente un drogadicto. Uno lo podría afirmar al leer textos como éste: “Probé los hongos y tuve experiencias maravillosas (pero inútiles, a no ser que se encaminaran hacia la mística), con sonido y con furia”. Amores extraños fueron a veces los suyos: circula escandalosamente con una pareja de niños, los hermanos Clarisol y Guillermo Lemos, “superprecoces y superperversos”. Caicedo inventa con ellos un juego altamente explosivo: “Tú aparentas mi edad y yo la tuya”. Hay frases que son devastadoras para el lector: “Quiero volver a ser el que era antes, quiero que mi tristeza se encamine por la creación”. Un libro que se lee de principio a fin con un nudo en la garganta.

Para los que quieren descargar la novela de Andrés Caicedo ¡Que viva la música! pulse aquí
Fuente: http://www.mauroyberra.cl / La Ramona



Close
E-mail It