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Entrevista a Sebastián Antezana II

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El manuscrito de Antezana Galardonado
Por: Marcelo Suárez Ramírez

Aunque el jurado calificador del Nacional de Novela afirme que La toma del manuscrito tiene una estrategia narrativa sólida y original, y las historias y personajes se convierten en la excusa para contar por el sólo placer de hacerlo, Sebastián Antezana prefiere no marearse con los halagos y, manteniendo un perfil bajo, se remite a disfrutar de la noticia que recibió. A sus 25 años se convirtió en el ganador del premio más importante de las letras nacionales, con una obra que superó a las de postulantes más experimentados, como Néstor Taboada Terán, que recibió una mención por La virgen de los deseos.
- ¿Cómo nace La toma del manuscrito?
- Fue a raíz de una inquietud que se me presentó a principios de 2004. La elaboración de la obra se dio en varias etapas, desde la investigación sobre la historia central que me interesaba contar, hasta el planteamiento esquemático. La novela aglutina mis influencias literarias del género de aventuras y el policial; en ella se entrelazan varias historias que se unen para contar el descubrimiento de un antiguo manuscrito y una expedición que parte de Europa hacia África alrededor de 1870, durante la colonización de ese continente.
- ¿El hecho de que la obra aglutine algunas de tus influencias literarias se puede interpretar como una autobiografía?
- Tengo un montón de influencias que he intentado dejar explícitas en la obra, pero la novela es autobiográfica en un sentido literario. No he pretendido contar mi propia historia, ni las vivencias de Sebastián Antezana, sino más bien hacer una especie de homenaje a escritores y obras que me han influenciado al momento de escribir.
- El jurado la calificó como una novela con una estructura narrativa original. ¿Cómo lo ves tú?
- Considero que en esencia es bastante difícil ser original, en cuestión de estructura. No sé si la estructura sea tan novedosa, pues en estos tiempos es difícil decir que una obra pueda ser original en cuanto a su forma narrativa, pues todo ya está casi hecho, pero sí me interesó darle un significado más profundo a la historia de este personaje.
- ¿Qué te motivó a participar en el concurso?
- Básicamente el tema de la difusión, porque tanto el Premio Nacional de Novela como el de poesía y de cuento dan la oportunidad de difundir la obra de los escritores noveles como yo. También para que gente que pretende seguir un camino dedicado a la producción literaria cuente con un respaldo económico importante.
- ¿Qué autores has leído últimamente?
- Se me pueden venir a la mente unos 25 autores, pero en mi mesa de noche ahora tengo dos libros, uno es de Rose Macdonald, titulado El martillo azul, y otro de Harold Bloom, que se llama El canon occidental.
- ¿Te inclinas más por algún tipo de literatura en particular?
- Me considero más bien un lector bastante amplio, pues no quiero encasillarme en algo específico. Por ello intento leer toda clase de autores y corrientes literarias. Eso me parece adecuado para que más adelante me encamine por algo más definido. Eso es lo bueno de la literatura, que la posibilidad de una mayor apertura.
- ¿Qué escritores bolivianos están entre tus lecturas?
- Desde los clásicos, como Jaime Saenz, Óscar Cerruto y Edmundo Camargo, hasta las obras más nuevas como las de Ramón Rocha Monroy y Cé Mendizábal.
- ¿Cómo ves el panorama de la literatura latinoamericana en la actualidad?
- Siempre he considerado al territorio latinoamericano muy rico en el tema literario. Creo que por ser un continente que no ocupa un primer plano a nivel mundial, los escritores tienen una identidad propia. Históricamente se ha probado, primero con Borges y luego con García Márquez, que la literatura latinoamericana puede ocupar un lugar preponderante en Europa y otras regiones.
- ¿Ves algún elemento en común en los nuevos autores con los de la época del boom?
- No lo creo, más bien considero que hay muchas diferencias estilísticas e incluso diferencias temáticas. Todo es parte de un proceso de cambio natural que se ha ido dando en el continente, tanto por las historias sociales y políticas de los países, como por el crecimiento literario en cada nación.
Datos del autor
- Sebastián Antezana nació el 11 de diciembre de 1982 en México, durante el exilio en ese país de sus padres, Mauricio Antezana y María Soledad Quiroga, que fue ministra de Educación en Bolivia en la gestión de Carlos Mesa (2003-2005)
- El joven escritor anteriormente recibió una mención en un concurso de cuento corto policial del diario paceño La Prensa.
- La toma del manuscrito relata una expedición europea a África en el siglo XIX. El personaje central mata para robar un álbum de fotos y poco a poco se van introduciendo en la vida de cada una de las personas que aparecen en las fotografías.
- Antezana es nieto del líder socialista Marcelo Quiroga Santa Cruz, que fue asesinado en 1980.
Fuente: www.eldeber.com.bo


Sobre René Moreno

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Para leer a Gabriel René Moreno, una propuesta de Marcelo Urioste
Por: René Danilo Arze A.

E n 1987, tras defender su doctorado (Ph.D.) en la Universidad de Gainesville, Florida, Marcelo Urioste —insigne poeta, escritor, prematuramente fallecido en Washington en 1994—preparó una versión más depurada de su tesis con el propósito de dar a conocer su contenido en Washington, en una editorial que soñaba crear con el nombre de ´José Martí´. El deseo del poeta no pudo plasmarse por razones económicas. Poco tiempo después sus páginas merecieron la Mención Honrosa de la OEA, que convocó a un concurso internacional en homenaje al sesquicentenario del nacimiento de Gabriel René-Moreno (1834-1908).
La obra permanece inédita y desconocida en su real dimensión, con excepción de unos fascículos publicados por El Deber en 1987 (dato del historiador Gustavo Adolfo Prado).
Por la novedad de su contenido y calidad literaria (prosa poética) sobre temas tan áridos como son los textos del insigne historiador y polígrafo boliviano —cuyo centenario de desaparición se recuerda este año—, nos permitimos recomendar a las autoridades de la Universidad Autónoma Gabriel René-Moreno la publicación y divulgación en el presente 2008 de esta invalorable tesis inédita.
Fragmento de la obra
´Tres hombres distintos pueden verse en el cristal del tiempo. El primer hombre se alojó en un albergue potosino en el año 1880, año en el que un viento derrotado llegó de las costas del Pacífico. Mientras ciertos panfletos anónimos maldecían a ese ´infame traidor vendido al enemigo´, una multitud enfurecida se congregó ante el albergue para matarlo. Por milagro, nadie divisó una escurridiza silueta en los tejados; una silueta que buscaba deslizarse hacia una discreta callejuela colonial, una silueta que corría por su vida (Ramiro Condarco, 1971, pp. 270-271). El segundo hombre recibió un visitante en su despacho atiborrado de libros y papeles. El visitante, Jaime Mendoza, lo describió en detalle: bigote patriarcal, paso tardo, mediano de estatura, despejado de frente, altivo de maneras, directo en el mirar, tenaz de hábitos, delicado de piel, con idéntico aliño en el hablar y el vestir, replegado sobre sí, y preguntando siempre, con imperceptible tristeza, por la patria lejana (J. Mendoza, 1937, pp. 101-108). El tercer hombre, embozado, atravesó los acantilados de los Andes utilizando rutas de contrabandistas de vinos, con el revólver al cinto, con espuelas, con botas de montar, y un poncho negro. A lomo de mula recorrió el largo viaje de Sucre a Buenos Aires. Gonzalo Bulnes, en su Historia de la Guerra del Pacífico, describió aquella estación de lluvias en la que los aguaceros humedecían senderos que ni las mulas mendocinas se atrevían a cruzar. Un edicto de captura, firmado el 3 de febrero de 1881, galopaba detrás del fugitivo (G. Bulnes, 1890).
El espía que escapó del linchamiento escurriéndose a través de los quejumbrosos tejados potosinos; el bibliógrafo que recorrió medio siglo de libros, poblando su antigua soledad y prosa y crónica; y el esbozado jinete contrabandista que atravesó los acantilados de los Andes, solamente tienen una cosa en común: se llaman Gabriel René-Moreno. Los vecinos de la Villa Imperial que iban a colgar sin más trámite al ´espía´ en la Plaza del Regocijo, bajo el resplandor de una noche azul seca, se habrían sorprendido al saber que el peligrosísimo sujeto era un inofensivo bibliotecario, tan erudito como tímido. Su silueta, la de un solterón empedernido; su corazón, el de un amante de la exótica y aromática flor de los escombros, ese perfume que atrae irresistiblemente a quienes recolectan los documentos que la historia abandona malheridos de tiempo (Moreno, 1983, p. 37). No en vano corría la segunda mitad del siglo XIX, siglo de pólvora que vio deportado a Montalvo, encarcelado a Palma, sobre el caballo a Sarmiento, y en la máquina a Martí: ´Estos tiempos no son para acostarse con el pañuelo a la cabeza, sino con las armas de almohada´ (Martí, 1891).
[…] Moreno papelista, Moreno crítico literario, Moreno cronista, Moreno escritor, Moreno ideólogo. He aquí los temas que debemos volver a repensar. He aquí las dimensiones sustanciales de una obra comprometida con todas las oscuras y radiantes efervescencias de la sociedad latinoamericana. Éste no es un fervor anacrónico, puesto que el siglo XIX es la raíz de nuestra época, pero es riesgoso, porque Gabriel René-Moreno, con esa mezcla explosiva de mordacidad chuquisaqueña y picardía cruceña, desacreditan a todos los que se acercan a su estatua para quemar incienso y entonarle himnos de alabanza. Así increpó en 1907, a un crítico zalamero: Se entra de rondón al palacio de la apología, en momentos de haber la sindéresis y el sentido moral hecho abandono de la guardia (Moreno, 1905, p. 252).
Por todas estas razones, propongo sacar de las bibliotecas olvidadas al controvertido cronista; propongo desempolvar sus libros; propongo reiniciar el juicio a sus prejuicios; propongo acceder al recinto de su escultórica erudición, propongo replantear lo que en René-Moreno cabe de actual y válido; propongo criticar su crítica; propongo remontar los enconos y alabanzas que provocó esta amarga y bella prosa, en una sociedad hostil al acto de escribir.´.
Fuente: www.la-razon.com


Avances editoriales

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Río Fugitivo de Edmundo Paz Soldán en edición española
LIBROS DEL ASTEROIDE

En la ciudad boliviana de Cochabamba una clase de muchachos inicia su último curso en el Don Bosco, un colegio privado y católico al que asisten sobre todo hijos de familias acomodadas.
Las borracheras, los primeros escarceos con las drogas y el sexo, las fanfarronadas, y las continuas faltas de disciplina son algunos de los ritos de paso con que los alumnos intentan, sin saberlo, afirmar su individualidad y liquidar su adolescencia. Al fondo, ligeramente atenuada por los muros del colegio, aparece la realidad boliviana de los ochenta: huelgas, inestabilidad política, racismo, desigualdades sociales, etcétera. De todo ello va dando cuenta Roby, el narrador de la novela: aprendiz de escritor y cronista oficial del curso, autor de novelitas policíacas y fanzines subversivos que circulan de mano en mano. Cuando la muerte de una persona cercana le sorprende, las certidumbres en las que hasta entonces se apoyaba -familia, colegio, amigos- se tornan irreales; en su intento por resolver el enigma de la muerte, Roby buscará su camino hacia la madurez.
Novela finalista del premio Rómulo Gallegos, hasta ahora inédita en España, y crónica sentimental de toda una generación, Río Fugitivo es el libro que confirmó a Edmundo Paz Soldán como uno de los valores más sólidos de la reciente literatura latinoamericana.

Capítulo 1
En aquellos días ya lejanos -pero todavía recuperables para mi memoria-, yo pensaba en el crimen perfecto. Un crimen que sucediera en las primeras páginas de una novela, preferiblemente en un cuarto cerrado, de manera que detective y lector tuvieran que aguzar el ingenio para descubrir al criminal que, por otra parte, debía ser alguien del que nadie sospechara, pero que, una vez descubierto, obligaría a decir al lector «cómo no lo pensé antes». Un crimen que fuera capaz de sostener toda la trama de una historia, poblado de pistas y detalles a su alrededor, todo debía reverberar, cualquier detalle debía estar cargado de múltiples significados: por qué se detuvo el reloj de péndulo del comedor a las once y cincuenta y tres de la noche, qué hacía esa corbata roja tirada en el piso al lado del muerto, por qué no ladró Hércules esa aciaga noche de tormenta, tan incapaz Hércules de hacer otra cosa que ladrar en las noches de tormenta. Un crimen perfecto sólo hasta el último capítulo, porque al final se descubre, descubrimos todos, que ningún crimen es perfecto. Si lo fuera no habría novela, el invento no se entiende sin el accidente, las pistas están ahí para que al final cobren sentido en una estructura general, la pregunta del porqué debe ser respondida, las muertes sin solución están exiliadas en el torpe y transitorio mundo en el que habitamos todos.
Pensaba en el crimen perfecto ese lunes, a las ocho y media de la mañana, en el que los alumnos de los ciclos Intermedio y Medio del Don Bosco nos encontrábamos formados en el patio del colegio, entonando el himno nacional. «Es ya libre, ya libre este suelo», era el primer día de clases «y ya cesó su servil condición». La bandera tricolor era izada lentamente por Cardona, el mejor alumno de mi curso, de ese curso al que me asomaba con expectativa el primer día del último año. Bandera e himno al mismo tiempo, toda la parafernalia simbólica de la nación mientras el Conejo Zambrana mascaba chicle y Lanza seguro que pensaba en Michelle y alguien decía «el que baña a su hermana paralítica tiene el secreto de la inmortalidad» y Chino le daba un codazo al Borracho Gómez y le contaba que esa tarde se iba a tirar a su empleada y Aldunate revisaba su maleta en busca de su tablero de ajedrez y Murciélago no paraba de mencionar su flamante chamarra Members Only y Camaleón decía que el domingo había visto Risky Business con Tom Cruise y le había parecido alucinante y Torres comentaba que se acababa de comprar el casete de Cindy Lauper, Girls Just Wanna Have Fun, y el Salvaje se acomodaba la cristalería y yo pensaba en el crimen perfecto. Nublado cielo de marzo, día de aire inmóvil, «y en sus aras, de nuevo juremos, morir antes que esclavos vivir, morir antes que esclavos vivir, morir antes que esclavos vivir».
Fuente: http://www.elboomeran.com/obra/56/rio-fugitivo/


Bolaño Salvaje de Edmundo Paz Soldán y Gustavo Faverón

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Bolaño Salvaje
Por: Edmundo Paz Soldán

Hace exactamente tres años, en marzo del 2005, en un encuentro de literatura latinoamericana en Lleida (Lérida) conocí a Paco Robles y Olga Martínez, editores de Candaya, una casa editorial independiente que en poco tiempo se ha consolidado como una de las más interesantes en el panorama español. Ellos me contaron que tenían previsto iniciar una colección de libros dedicados a autores españoles y latinoamericanos contemporáneos. Me dijeron que el primer volumen, sobre Enrique Vila-Matas, ya estaba en marcha, y que vendría acompañado por un documental en DVD con una entrevista y un acercamiento en imágenes al mundo del autor. Mientras caminábamos hacia al hotel, se me ocurrió ofrecerles editar para esa colección un volumen de ensayos sobre Roberto Bolaño. Antes de llegar al hotel, la decisión había sido tomada, y el proyecto se ponía en marcha.
Cuando volví a los Estados Unidos, me dí cuenta de lo abrumador del trabajo: los libros de Celina Manzoni (Roberto Bolaño: la literatura como tauromaquia, 2002) y Patricia Espinosa (Territorios en fuga: estudios críticos sobre la obra de Roberto Bolaño, 2003), habían abierto notables sendas de estudio, pero la muerte de Bolaño en 2003 y la publicación en 2004 de la monumental novela 2666 lo habían convertido rápidamente en un autor canónico, central no sólo para la literatura latinoamericana sino también más allá del continente americano. Se me ocurrió preguntarle a Gustavo Faverón si estaba interesado en coeditar el libro. Entusiasmado, Gustavo aceptó. Con él, nos pusimos a pensar en los lineamientos principales del libro. Gustavo escribiría un ensayo sobre las relaciones de Bolaño con la literatura argentina, yo me haría cargo de la introducción. Pensamos que un buen título sería Bolaño salvaje, pues no sólo hacía referencia a Los detectives salvajes; también quería sugerir lo poco domesticado que había sido Bolaño en su paso fugaz por el mundillo literario, su vocación de francotirador.
Candaya estaba interesada en un volumen que fuera más allá del público académico; había que seleccionar los mejores textos en la cada vez más profusa bibliografía sobre Bolaño, de escritores y críticos de referencia en el universo del escritor chileno, y hacer una convocatoria pública en procura de recibir trabajos de académicos que en ese momento estaban analizando la obra de Bolaño. Mientras Gustavo y yo nos dedicábamos a ello a lo largo del 2006, Candaya comenzó a preparar el documental sobre Bolaño, consiguiendo para ello que fuera dirigida por Eric Haasnoot, un holandés radicado hace un buen tiempo en Barcelona.
Nos sorprendió la cantidad de trabajos académicos que llegaron. Provenían de América Latina, de Estados Unidos, de Europa. Seleccionar los mejores, los más representativos, no fue fácil; había que pensar en un balance y tratar de cubrir toda la obra –por ejemplo, llegaron varios trabajos muy buenos sobre Estrella distante, por lo que alguno de primer nivel tuvo que ser excluido–, y a la vez dar cuenta del “estado de la cuestión”: una radiografía de cómo se estaba leyendo a Bolaño hoy. Así, pudimos contar con, entre otros, Manzoni (una pionera en los estudios sobre Bolaño), Chris Andrews (uno de los traductores de Bolaño), el crítico y escritor peruano Peter Elmore, y críticos chilenos jóvenes como Valeria de los Ríos y Matías Ayala. A esos trabajos se añadían los textos de críticos y escritores conocidos: Vila-Matas, Fresán, Villoro, Boullosa, Pauls, Franz, Iwasaki, Volpi, Echevarría, Masoliver Rodenas.
Enviamos el manuscrito a mediados del 2007. Meses después, Candaya respondió con sus observaciones y comentarios. En el intercambio de opiniones, el libro fue encontrando su forma final: más de 500 páginas, veinticinco ensayos que dan muestra de lo complejo que es el mundo literario del escritor chileno, y de la fascinación que ejerce su persona. Apareció una entrevista inédita, ofrecida por Sonia Hernández y Marta Puig. El documental, “Bolaño cercano”, fue creciendo hasta llegar a los 40 minutos; Carolina López, la viuda de Bolaño, colaboró permitiendo el acceso de Eric a los archivos.
Como suele ocurrir con las antologías, habrá discusiones: por qué se incluyó este texto, por qué se excluyeron estos otros. Gustavo y yo asumimos el riesgo y confiamos en que Bolaño salvaje sea un libro de referencia que ayude a dar una visión más cabal de Roberto Bolaño, y permita seguir disfrutando y analizando un universo narrativo y poético que todavía tiene muchas sorpresas por ofrecer. El documental, filmado en Blanes, Barcelona y la ciudad de México, servirá para una mejor contextualización de la obra.
Bolaño salvaje, acompañado por el DVD, será publicado a principios de abril. Paco y Olga, mientras tanto, prosiguen con su trabajo fervoroso e incansable: Candaya publicará también en abril El lugar de Piglia (editado por Jorge Carrión), y para octubre se anuncia un libro sobre Juan Marsé.
(Publicado en Reportajes de La Tercera, 23 de marzo 2008)
Fuente: http://riofugitivo.blogspot.com/


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El profeta de la simplez
Por: Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Escribía yo en diciembre de 1991 acerca de la inauguración de un parque dedicado al poeta libanés Khalil Gibrán en Washington D.C. Lo inauguraba George Bush padre, entonces presidente. Era una muestra de buena voluntad hacia los árabes para aplacar los ánimos en Medio Oriente por La Tormenta del Desierto, la primera guerra iraquí.
Transcribo: “Al inicio del parque pusieron una fuente, y, allí, una escultura-busto del poeta libanés Khalil Gibrán, cuyo nombre llevarían los jardines. Asistió el presidente en persona y habló del amor, de las líneas bellas de Gibrán que eran tan, tan ajenas a él”. Desde aquellos Cuadernos de Norteamérica donde se publicó el texto no he vuelto a hablar del enigmático profeta. En febrero del 2007 llevé uno de sus libros a Cochabamba, en procura de un amor que, según el tiempo lo afirmó, ya estaba perdido. Sus parábolas no sirvieron de mucho, aquel ejemplar jamás se abrió.
Dice Joan Acocella, del New Yorker, que los tres poetas más vendidos de la historia son Shakespeare, Lao Tsé y Khalil Gibrán (por El Profeta).
El texto de Acocella sobre Gibrán es de mucho interés. Analiza la calidad literaria del autor, la pone en duda a veces. Añade su destreza para dar con donaire y preciosismo consejos que apelan básicamente al sentido común y al romantismo del vulgo. Quizá por ello Gibrán no es muy leído entre las élites y sí popular entre los populares. Lo compara a un émulo actual, Paulo Coelho, en semejanza que me parece injusta.
El Profeta, El jardín del Profeta, y otros textos son libros que sin ser enigmáticos, como era o aparentaba ser su creador, despiertan sentimientos próximos a la espiritualidad. Su placidez carece de violencia, se remonta a una práctica religioso-filosófica propia de oriente, se acerca a las también parábolas del Nazareno, y, de acuerdo al crítico, imita de algún modo el Sermón de la Montaña, una de las piezas literarias más hermosas. Gibrán aducía que Cristo se presentaba ante él y al parecer se consideró heredero de la dulce y punzante voz del crucificado.
Su vida privada fue más que la de un iluminado -al menos en principio-, la de un afortunado. Gracias a una belleza física particular, de acuerdo a una foto de 1897 tomada por su amigo y mecenas Fred Holland Day, logró eludir el destino de un muchacho libanés nacido de hogar modesto. La suerte no le tendió trampas, lo siguió; fue pródiga en mujeres, fama y dinero. Gibrán no necesitó del esfuerzo físico, propio en un inmigrante de entonces en los Estados Unidos, para crecer. Se creó un halo místico que sedujo a dos mujeres en particular que se desvivieron por hacerlo estudiar, prodigarle cuidados, alabarlo, adorarlo, para quienes la retribución en vida no fue extensa. Una de ellas, Mary Haskell, hacía las correcciones a sus textos en inglés y se desconoce cuánto fue el aporte suyo, literariamente hablando, ya que el inglés no era la lengua de mayor dominio del poeta, sino el árabe. Haskell recibió, de acuerdo al testamento de Gibrán, sus manuscritos y sus pinturas. Mariana recibió su dinero, mientras que el villorrio de Bsharri, donde nació, las regalías que como autor le correspondieran por la venta de sus libros.
Gibrán es un autor que siempre será leído. Eco de los sentimientos personales de todos y que todos no pueden expresar. Su rebuscada simpleza (¡paradoja!) lo hace accesible a un gran público y no es extraño escuchar las admoniciones de su profeta en boca de gente en cada rincón del mundo. Si comparamos su voz a aquella de Zoroastro en letra de Nietzsche, no es difícil encontrar que la densa filosofía de uno lo priva de lectores, mientras que las palabras de Khalil Gibrán tocan lo íntimo de manera sencilla y poética.
Gibrán recibió los honores de héroe cuando su cuerpo muerto se trasladó a su tierra natal. Dice Acocella que Robin Waterfield visitó su féretro de piedra, y que por una rajadura contempló la ausencia de su cuerpo: Khalil Gibrán no estaba allí; se sumaba al misterio de los grandes desaparecidos, comenzando por Cristo y pasando por Vlad Drácula. La materialización de la soledad es el vacío.
Pidieron al Profeta que hablase de los hijos: “Tus hijos no son tus hijos -respondió- son hijos de la vida deseosa de si misma”.
Fuente: www.eldeber.com.bo


Franz Tamayo, el insigne poeta boliviano

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Franz Tamayo, el insigne poeta boliviano
Por: Víctor Montoya

(Encuentre su Obra escogida en la B¡blioteca gratuita de ecdotica para su descarga)
Escribir una apretada síntesis sobre una de las figuras más descollantes de la literatura boliviana parece fácil, pero resulta una tarea difícil, debido a su personalidad polifacética y a la complejidad de su prolífica obra que, hasta el día de hoy, sigue siendo motivo de interpretaciones y controversias.
Sobre la vida y la obra de Franz Tamayo se han escrito libros, pero ninguno logra atraparlo en su verdadera dimensión, que es la de un genio alzándose como una cumbre en medio de la planicie intelectual de su medio, donde algunos lo consideran un simple mortal de carne y hueso, con virtudes y defectos; en tanto otros lo mantienen en un pedestal, convirtiéndolo en un mito y hasta en un tabú.
A tiempo de dedicarle estas líneas, quiero dejar constancia de que la obra de Tamayo es una de las joyas mejor pulidas en el cofre literario de un país que, a pesar de la desidia y los cercos de silencio que soportó durante siglos, aprendió a distinguir las luces de la genialidad en medio de las tinieblas. Asimismo, por razones didácticas y sentido común, he optado por dividir su trayectoria en tres facetas: la familia, el político y el poeta.
La familia
Franz Tamayo nació en la ciudad de La Paz el 28 de febrero de 1879 —en pleno conflicto internacional con Chile—, y murió en la misma ciudad el 29 de julio de 1956. Fue el primogénito del abogado, político y diplomático Isaac Tamayo Sanjinés, quien, después del desastre de la Guerra del Pacífico, partió rumbo a Europa con sus propios recursos, como lo haría años más tarde, estableciéndose en París con su familia durante la revolución federalista de 1899.
Según sus biógrafos, Isaac Tamayo Sanjinés sirvió al gobierno de Hilarión Daza y llegó a ser prefecto de La Paz y ministro de Hacienda del presidente conservador Aniceto Arce. Aunque fue un estudioso entroncado en el gamonalismo, tuvo certeros atisbos sobre el problema del indio, al que consideraba, a pesar de las corrientes racistas y antiindigenistas profesadas por las clases dominantes de la época, el núcleo fundamental de la nación boliviana. Su obra sociológica Habla Melgarejo (1914), firmada con el seudónimo Thajmara, explaya la tesis fundamental de que el tirano fue el producto de la sociedad boliviana, de todos sus vicios y no un hecho accidental.
Franz Tamayo asimiló desde su infancia las ideas y experiencias de su padre, el mismo que, consciente de la aguda inteligencia y la enorme capacidad asimilativa de su primogénito, le procuró una educación privada de humanidades, con asignaturas que incluían lecciones de piano, alemán, inglés y francés.
De su madre, doña Felicidad Solares, se sabe poco y lo poco que se sabe es que fue una mujer de sangre indígena y dedicada íntegramente a la crianza de sus siete hijos. Mas por el amor y la admiración con que Franz Tamayo se refiere a ella, se deduce que, a través de sus sentimientos maternales y hablándole en la dulce lengua de sus antepasados, le transmitió la sensibilidad para captar las vibraciones de la naturaleza, la belleza del paisaje altiplánico, la nobleza de una raza injustamente menospreciada por los colonialistas; pero, ante todo, con ella aprendió a sentir orgullo por su abolengo aymara y a no tener desdén por los valores culturales de sus ancestros. No en vano, en un furibundo documento de respuesta a Fernando Diez de Medina, apuntó: “Por la línea materna en mi raza y en mi sangre no hay birlochaje —muchacha proveniente del cruce de la chola y el criollo, y que ya cambió la pollera por el vestido occidental— (…). En mi madre por ningún lado aparece el mestizo, el híbrido ni la mula (…). En mis venas y gracias a mi madre, no hay una gota de birlochaje putrefacto”.1
La infancia de Franz Tamayo, que transcurrió entre la casa solariega de la ciudad y las propiedades rurales de su padre, estaba marcada por el amor de sus progenitores y la grata compañía de sus hermanos, con quienes compartía los juegos y las fantasías propias de su edad. En su adolescencia entró en contacto con las culturas, las lenguas y los escritores del Viejo Mundo. Uno de los que mejor supieron tocar sus fibras íntimas fue Víctor Hugo, cuyas obras leía en francés y con pasión inusitada.
Franz Tamayo retornó a Bolivia en 1904, pero se ausentó nuevamente gracias al sostén económico de su padre, quien lo mandó a estudiar en La Sorbona de París. En Londres conoció a la joven francesa Blanca Bouyon, con la que contrajo matrimonio sin el previo consentimiento paterno. Tras vivir un tiempo en Europa, la pareja se trasladó a Bolivia, donde convivió algunos años más, combinando el ambiente urbano con el rural, hasta que la unión se rompió de manera inevitable, debido, en parte, a desavenencias culturales. Las dos hijas del matrimonio, Blanca y Anita, fallecieron a temprana edad. El amor que Tamayo sentía por la francesa, según algunos, inspiró el célebre poema “Balada de Claribel”, una auténtica joya de la lírica hispanoamericana.
Tiempo después, al cumplir los treinta años de edad, Tamayo conoció a Luisa Galindo, una mujer de singular belleza y carácter afable, que le cautivó el corazón y le alivió el dolor sentimental de su matrimonio anterior. Y, a pesar de la oposición de su madre y sus hermanos, Tamayo, en una actitud que denotaba su rebeldía juvenil, formalizó su relación con Galindo, sin necesidad de acudir al registro civil ni a la iglesia católica. Así, y por varias décadas, empezaron a compartir los instantes más felices junto a sus hijos, pero también las adversidades que la actividad pública le deparó al insigne poeta y pensador fecundo, quien acabó siendo admirado por unos y criticado por otros, sobre todo por quienes en los corredores del poder político se declaraban sus adversarios ideológicos. Vivió en una casona de La Paz y en su hacienda de Yaurichambi —situada cerca del majestuoso Illampu y el lago Titicaca—, que adquirió en 1910 y donde creó gran parte de su producción literaria.
El político
De Franz Tamayo, personaje de tendencias liberales en la cultura y la política, se sabe que terminó sus estudios secundarios en el Colegio Nacional Ayacucho de La Paz, que obtuvo su título de abogado en un examen de excepción rendido en la Universidad Mayor de San Andrés y que durante su estadía en Europa cursó estudios de filosofía, literatura y ciencias políticas, aparte de que aprendió el griego y el latín.
A partir de 1910, compaginó su vocación literaria con su participación activa en la política. Fundó, junto con otros jóvenes intelectuales, el Partido Radical en 1911, que tuvo existencia efímera por la falta de experiencia y solidez organizativa. Su pasión por los problemas nacionales y sus deseos de terminar con el “bandidismo gubernativo”, lo llevaron a desempeñar numerosas tareas en la administración pública: presidente de la Cámara de Diputados, delegado de Bolivia ante la Liga de las Naciones para presentar y debatir los reclamos marítimos, asesor jurídico del Ministro de Relaciones Exteriores y canciller de la República.
Tanto sus simpatizantes como sus adversarios lo recordaban siempre protagonizando memorables discusiones con el también poeta Ricardo Jaimes Freyre en el Parlamento y con otros representantes del Partido Republicano de Saavedra. Sus poses y su retórica, capaces de deleitar, persuadir y conmover, lo destacaban como a un orador consumado y polemista temible. Claro que detrás de la actitud del político estaban los conocimientos y la inteligencia de un hombre que supo ganarse el respeto a fuerza de medir sus argumentos con la mediocridad de sus contrincantes.
Franz Tamayo desarrolló una amplia labor como periodista. Fue fundador de El Fígaro (1913), El Hombre Libre (1917) y director del matutino El Diario. Asimismo, ejerció la cátedra de sociología en la Universidad Mayor de San Andrés de La Paz y colaboró con varias publicaciones nacionales y con el Amauta del peruano José Carlos Mariátegui, entre otras.
El 11 de noviembre de 1934, en plena Guerra del Chaco, fue elegido presidente de Bolivia por imposición de Daniel Salamanca. Y si no asumió el cargo, a punto de ser investido, fue debido a un golpe militar que anuló la elección considerándola ilegítima. De todos modos, aquí surgen las preguntas obligadas: ¿qué hubiera hecho el poeta desde la silla presidencial? ¿Hubiera acabado con la oligarquía minero-feudal, que por entonces ostentaba el poder político y económico del país? ¿Hubiera proclamado la justicia social para los desposeídos? La incógnita de esa historia no se llegará a saber nunca, aunque por todos es conocido que Tamayo no fue pobre sino un señor. “Un gran señor feudal, dueño de haciendas y de indios”, como irónicamente lo definió Tristán Marof. Más todavía: “Tamayo fue un burgués liberal (…). Un señor de sombrero de copa, un conservador de los privilegios de su casta y de su país”.2
Franz Tamayo, a pesar de las críticas insensatas y los comentarios malintencionados, ha sido uno de los propulsores del nacionalismo boliviano que, años más tarde, se vio reflejado en la revolución de 1952; un proceso que impulsó la nacionalización de las minas, el voto universal y la reforma agraria, pero sin resolver plenamente las tareas democráticas burguesas pendientes.
El político en Tamayo se frustró mucho antes de que empezaran las reformas de la revolución nacionalista presidida por Víctor Paz Estenssoro. Nadie sabe exactamente cuáles fueron las causas que motivaron su alejamiento de la vida pública. Probablemente se debió a la desilusión que sintió por los políticos de turno o al fracaso en su intento por forjar un país con una visión que se extendía más allá de la mente chata de sus contemporáneos, quienes tenían la impresión de que Tamayo, acostumbrado a sentir el dolor metafísico ante los enigmas del mundo y sus asuntos, contemplaba la realidad montado sobre las nubes, como todo genio que no siempre encuentra la compresión entre el resto de los mortales.
La prueba de su genialidad aparece citada en el Diccionario de la literatura boliviana, donde se refiere la siguiente anécdota: “En 1954, el Departamento ‘This I’ Belive’, de una empresa norteamericana de revista y radio, invitó a un grupo selecto de intelectuales y científicos, entre ellos a Einstein y Tamayo, para explicar en forma sintética su pensamiento filosófico. Así, a comienzos de 1955, El Diario de La Paz registró en sus páginas este acontecimiento, relievando la participación de Tamayo. Frente a los hechos de entonces, exponía una concepción vitalista, manifestando que la inteligencia y la acción del hombre se perdían ‘en un mar de síntomas y detalles, en el fondo secundarios, pero por otra parte indispensables para la polémica conducción de la vida. Pocos se abstenían del vértigo de la luna’ —decía—, ‘porque abstenerse del todo es también imposible (el Apekhou griego). Pocos tienen la fuerza de alcanzar un plano superior al plano superficial en que todos vivimos y luchamos, y alcanzar un plano superior de mejor verdad y mayor realidad (una cosa triste: hasta en la verdad hay gradaciones)”.3
Apartado del compromiso político, y ante la necesidad de seguir transmitiendo su erudición a través de los versos, se recluyó en su casa vetusta y colonial de la calle Loayza y, como su padre, se entregó a la soledad, rechazando los compromisos sociales y el trato con la gente. Se cuenta que en las postrimerías de su vida, pasaba los días sólo en compañía de sus seres más allegados, dedicado a la meditación filosófica, a su quehacer literario y a tocar las notas de Chopin en el piano; un instrumento que amó desde niño y a través del cual aprendió a amar la música clásica.
Franz Tamayo, por mucho que haya muerto en la soledad, quedó para siempre en el corazón palpitante de un pueblo que, en honor a la verdad, sabe reconocer y defender a los hombres cuyas mentes iluminadas son el mayor orgullo de una nación en busca de su propio destino. Tamayo fue el poeta más grande de Bolivia, un defensor de la raza aymara, un estadista honesto y un ejemplo para las generaciones de ayer y de siempre. Su incursión en la política, casi en desmedro de su creación literaria, no impidió que su gran legado de intelectual trascendiera como una luz brillante en la tierra que tanto ocupó su tiempo y su talento.
El poeta
El modernismo en la poesía boliviana irrumpió con figuras como Manuel María Pinto, Ricardo Jaimes Freyre (con su ya famosa Castalia Bárbara), Gregorio Reynolds y, el mayor de todos, Franz Tamayo; una verdadera revelación que sacudió los cimientos de la versificación castellana junto a casos geniales como Rubén Darío y Leopoldo Lugones.
Los críticos aseveran que algunas de sus obras, aun perteneciendo al género dramático, se han analizado siempre como piezas líricas, debido a su gran carga poética tanto en la forma como en el contenido. De ahí que La Prometheida (1917), al lado de Scherzos (1932), Scopas (1939) y Epigramas griegos (1945), es una de las creaciones donde más resplandece el talento poético de Tamayo, no sólo porque representa una grandiosa tragedia humana, con personajes de la mitología grecorromana, sino también porque constituye una sinfonía lírica en la cual la musicalidad del idioma encuentra su más alta expresión, unida a una sinestesia, cuya imagen o sensación subjetiva, propia de un sentido, está determinada por otra sensación que afecta a un sentido diferente, como una suerte de disco cromático en el cual las palabras expresan la diversidad de los colores. “Tamayo pretende hablar con los sonidos de las palabras que emplea, y en ello estriba buena parte de su originalidad”. Por ejemplo, el canto de Melifrón “es de una armonía imitativa de tan certeros efectos que demuestra cómo se puede expresar, con el sonido de las palabras antes que con el sentido de éstas, largamente, la melancólica voz de un ruiseñor en el preciso momento en que va a producirse la muerte de la protagonista”.4
Así como su poesía destaca por la cadencia de las palabras y la armonía musical, destaca también por las transgresiones literarias y su deslumbrante dominio del idioma que le permite, además de desnudar su alma de manera sabia y profunda, ensayar nuevos giros idiomáticos y técnicas literarias sin precedentes.
Como todo hombre universal, con un vasto bagaje cultural y una hipersensibilidad a toda prueba, cultivó la mayoría de los géneros y en todos ellos fue innovador y creativo. Sus libros, escritos en verso y en prosa, abordan temas con un alto valor ético y estético. En ellos revela la fuerza de su inteligencia, su amplio conocimiento de las ciencias filosóficas y las artes en general. Algunos lo consideran el poeta boliviano por excelencia, mientras otros lo tratan como al vate iberoamericano digno de ser conocido, leído y difundido más allá de sus fronteras nacionales. Nadie pone en duda que fue supremo artífice del arte de versificar con la precisión de un orfebre.
El crítico literario Nicolás Fernández Naranjo, con respeto y admiración ante una obra y un autor de proyecciones universales, afirma en su comentario: “Tamayo es un poeta de extraordinaria dimensión artística. Su conocimiento de la lengua castellana asombra; nos deja atónitos su maestría y culto de la perfección. Formado en la escuela de Goethe, habría ‘preferido una revolución a un desorden’; no se hallan ripios, lugares comunes ni ‘rellenos’, ni tampoco prosaísmos en su obra poética (…). Los metros favoritos de Tamayo fueron el endecasílabo y el heptasílabo. Sus rimas son ricas, magistrales. Sensorialmente, era colorista: hay en sus versos derroche de sensaciones de color. Sentía atractivo y cultivaba a la perfección las figuras: las aliteraciones, las ‘derivaciones’, las onomatopeyas; en el retruécano no tiene rival; sus metáforas son igualmente ricas, inesperadas, asombrosas (…). Leyendo sus versos, se nota el trabajo de síntesis: sentía predilección por las fórmulas lapidarias, los pensamientos más densos expresados en pocas palabras”.5
Por otra parte, es preciso señalar que el poeta andino, aunque empapado de una sabiduría grecolatina, no dejó de rendirle homenaje a su ascendencia escribiendo, a veces con un dejo de melancolía y pesimismo, versos que reflejan el espíritu de los habitantes del kollasuyo y la geografía física de una nación enclavada entre las cumbres nevadas de la cordillera andina, sin acceso al litoral, rodeado de llanuras y de selvas.
Estaba convencido de que había una profundidad y grandeza en el espíritu aymara y en los enigmas telúricos del altiplano. Por eso mismo, con una dicción impecable y una intuición natural para el manejo del lenguaje figurativo, en su poesía elevó un canto sinfónico a las virtudes y costumbres de su raza, a las imponentes montañas, a las pampas yermas y, por último, a la belleza de un país mágico y secreto, que Tamayo supo interpretar por medio de su inteligencia innata y sus metáforas, como quien posee una personalidad prodigiosa que deja estelas por doquier.
Si bien es cierto que su búsqueda de un lenguaje efectivo, basado en las lenguas clásicas y modernas, lo convirtió en un innovador del arte poético, es cierto también que el manejo excesivo de un vocabulario rebuscado, lleno de neologismos y voces extrañas, lo convirtió en un poeta casi impenetrable para la mayoría de los lectores, pues, paradójicamente, siendo uno de los poetas bolivianos más renombrados, es uno de los menos leídos.
El hermetismo de Tamayo, de manera consciente o inconsciente, ha contribuido a que su poesía sea poco conocida en el continente americano y casi desconocida internacionalmente. Sus obras no han circulado debidamente, ni siquiera en las bibliotecas públicas ni académicas. Y, claro está, menos entre los lectores que por razones económicas no tienen acceso a la literatura en general, y menos aun a los libros de poesía; un género apreciado apenas por un reducido círculo de lectores acostumbrados a pasarse los libros de mano en mano, de reunión en reunión, de tertulia en tertulia.
Sin embargo, valga reconocer que la limitada difusión de la poesía de Tamayo obedece, por otro lado, a factores socioeconómicos, históricos e incluso geográficos. Según Mariano Baptista Gumucio, por citar un caso, el desconocimiento de Tamayo “tiene que ver con el encierro físico y espiritual en que se halla Bolivia y con el menosprecio que los poderes públicos y los empresarios del nuevo riquismo vacunado sólidamente contra cualquier expresión del espíritu, manifiestan hacia la cultura. Para las gentes obnubiladas con el nuevo becerro de oro del desarrollo bien poco importa que la obra de autores como Tamayo, sea divulgada en el exterior. Si no hay una sola reedición de sus libros de poemas y hasta ahora no se ha recopilado sus ensayos y artículos dispersos en diarios y revistas, ¿cómo podemos imaginar que se le conozca fuera del país?”.6
De sus trabajos en prosa es necesario citar Horacio y el arte lírico (1915), Proverbios sobre la vida, el arte y la ciencia (2 vols. 1905-1924) y, como no podía faltar, su polémica Creación de la pedagogía nacional (1910), conformada por una serie de 55 editoriales publicadas en El Diario de La Paz, y que, contrariamente a lo planteado por Alcides Arguedas en Pueblo enfermo, aborda con lucidez aspectos de la educación boliviana desde una perspectiva indigenista y nacional; se trata de un auténtico ensayo filosófico que, por su trascendencia y por el impacto que tuvo —y sigue teniendo—, merece un análisis profundo y una nota aparte.

Notas
1) Cita tomada de: Baptista Gumucio, Mariano: Yo fui el orgullo. Vida y pensamiento de Franz Tamayo, Ed. Los Amigos del Libro, La Paz-Cochabamba, 1983, p. 40.
2) Marof, Tristán: Ensayos y críticas, Ed. Juventud, La Paz, 1961, p. 161.
3) Cáceres Romero, Adolfo: Diccionario de la literatura boliviana, Ed. Los Amigos del Libro, La Paz-Cochabamba, 1997, p. 235.
4) Castañón Barrientos, Carlos: Literatura de Bolivia, Ediciones Signo, La Paz, 1990, p. 105.
5) Fernández Naranjo, Nicolás y Gómez de Fernández, Dora: Los géneros literarios, Ed. Juventud, La Paz, 1973, p. 80.
6) Baptista Gumucio, Mariano: Yo fui el orgullo. Vida y pensamiento de Franz Tamayo, Ed. Los Amigos del Libro, Cochabamba-La Paz, 1983, pp. 21-22.
Fuente: www.letralia.com


Ulysses de James Joyce

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128 años del viajero sin patria: Ulises
Por: Darwin Pinto

Dios era un gran ruido en la calle… Dios era un rayo que caía sobre las casas y entraba por las ventanas sin pedir permiso. Eso lo llenaba de terror en sus años de infancia y lo hacía encerrarse en los armarios y hablar consigo mismo, lo hacía monologar interiormente, lo entrenaba para ser el creador de una de las prosas más complejas del idioma inglés y uno de los escritores más llamativos del mundo.
Hijo de un padre irresponsable, borracho y anticlerical, y de una madre ferozmente católica y demasiado débil, como buen irlandés, James Joyce era un ser humano de ésos que entienden las cosas a su manera y les importa un comino pararse a pensar cómo complacer a los que no lo entienden y se quedan por detrás ladrando su descontento.
Sólo así se puede entender que haya popularizado, pese a las críticas, el estilo literario del monólogo interior, que tiene su máxima expresión en su novela Ulises, escrita con estilos diferentes en cada uno de sus capítulos.
A James Joyce, acostumbrado a lidiar con los demonios interiores de su amor desmedido a su padre alcohólico y al desdén por su madre católica, jamás le hicieron mella las críticas feroces de detractores de elevados quilates, como la de la escritora inglesa Virginia Wolf, que cierta vez lo calificó de “pobre proletario ignorante”. Su frivolidad céltica lo hizo sobrevivir al dolor físico que le causaba su ceguera provocada por el alcohol barato y a la miseria de su vida, que desde el principio fue la triste crónica de un alma sosegada en una marcha inevitable hacia la decandencia y la autodestrucción.
Pese a su extraña característica de caerle mal a la gente de su época, el tiempo le dio la razón. El 2 de febrero este dublinés, que se autoexilió de su país y se declaró ciudadano de sí mismo, hubiera cumplido 128 años de no haber muerto en 1941 por una complicación en las entrañas, casi ciego y sin patria en un hospital de pobres de Zurich (Suiza). Extraña coincidencia, allí iría a morir en 1986 Jorge Luis Borges, uno de los estudiosos más importantes de la obra de Joyce.
Ulises
Aún su familia no había perdido lo poco de dignidad que le restaba tras el descalabro emocional del padre de los 11 niños. Cuando el pequeño James en la escuela escuchó el relato de su maestro sobre las aventuras de Ulises, el personaje de Homero que aparece tanto en la Iliada como en la Odisea. Odiseo, que es el otro nombre de Ulises, eran un griego que no tenía la fuerza del rey Agamenón, ni la fiereza de Aquiles, pero tuvo la audacia de idear la estrategia de entrar en la sitiada Troya en el interior de un gran caballo de madera.
Cuando el maestro preguntó a los chicos con qué héroe de la historia homérica se identificaban, el chico Joyce dijo simplemente: Ulises, que en nada se parecía a los musculosos héroes homéricos.
Ulises (Ulysses) novela experimental en la que intentó que cada uno de sus episodios o aventuras no sólo condicionara, sino también “generara” su propia técnica literaria: así, al lado del “flujo de conciencia” o monólogo interior (básicamente se trata de escribir lo que se piensa en estados de duermevela) se encuentran capítulos escritos al modo periodístico, teatral, el ensayo científico, o incluso imitando las series de preguntas y respuestas de los catecismos.
Sus ataques a las instituciones, principalmente a la Iglesia católica y al Estado, son continuas, y muchos de sus pasajes fueron declarados obscenos por sus contemporáneos.
Las fobias
Joyce, hermano mayor en una familia católica irlandesa (minoría dominada por el protestantismo en un país desgarrado por la ocupación inglesa), detestaba el rugby, el boxeo, la lucha, los deportes de contacto físico que para los ingleses servían para dominar el temperamento, pero le gustaba la natación. Le aterrorizaban los truenos, porque a él le habían enseñado desde niño que Dios era un gran ruido en la calle y justificaba sus arranques de pánico en las jornadas de tormenta diciendo que los rayos entraban en las casas sin pedir permiso. Al preguntársele por el porqué de su temor a las tormentas cuando niño, mientras que sus hijos no, James respondió: “Ah, ellos no tienen religión”.
Fuente: El deber / Brújula. Edición del sábado 28 de enero de 2008


Buena leche

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Los amores blancos de Borges
Por: Ramón Rocha Monroy

En 1963, Jorge Luis Borges se enamoró de María Esther Vázquez. Cuando su amigo Adolfo Bioy Casares se enteró ya era tarde; Borges sufría y de pronto encontró una receta inesperada aunque poco aconsejable. Un día le propuso matrimonio, pero ella dijo que había otro, y eso le afectó mucho. “Estoy triste con todo el cuerpo. Lo siento en las rodillas, en la espalda”, se quejó, y Silvina, la esposa de Bioy, comentó: “Borges está de nuevo mal. Está pálido”.
“Parece un destino circular al que estoy condenado. Esta situación se repite, cada tantos años…”, agregó Borges, y esto le dio pie a Bioy para pensar una clave del drama, que la registró así en su diario: “Tengo aquí una intuición: la relación con esta mujer debe de ser un noviazgo blanco. Con noviazgo blanco quiere retener a las mujeres… Sin comprender la realidad, habla de su trágico destino repetido y de que por una fatalidad siempre aparece un hombre y se las quita. (Una mujer que le dura un año o dos con amor blanco dura mucho; Borges no puede quejarse: debería jactarse.)”.
¿Cuántos amores blancos tuvo Borges?¿Y cuántos amores de color? De estos últimos, probablemente ninguno: lo dominaba la imagen de la madre, pero también una ausencia de vocación por el amor carnal, que le hacía preferir la épica y desechar con asco incluso la insinuación de una escena literaria erótica.
La posibilidad de casarse con esa muchacha incluso lo habría animado a conocer Bolivia. Así lo comentaba Borges: “Como ese viaje a Bolivia, para el que me invitaron ahora. Te imaginás, qué ironía. Porque si hubiera podido ir con esta chica, casado con ella, hubiera sido maravilloso…”
Por entonces dictaba sin cobrar un peso un seminario de inglés antiguo, y se quejaba: “A las muchachas, cuando van a inscribirse, les dicen: No hay orden. Y el seminario no tiene ningún valor académico; desde el punto de vista de la carrera, las muchachas pierden su tiempo conmigo”. Una de ellas, María Kodama, se casaría veinte años después con él y lo llevaría a morir a Ginebra, lejos del Buenos Aires que amó y de la amistad de Bioy, que cultivó durante medio siglo.
Por esos días, la ceguera debió agobiarlo como nunca. Bioy se quejó de leer con anteojos. “Qué clavo esto de no ver sin anteojos”, dijo, y Borges respondió: “Qué clavo esto de no ver con anteojos”.
Borges tocó fondo en su pena de amor, y entonces encontró un curioso remedio. “Hoy andaba deshecho -le confió a Bioy-, y de pronto recordé las palabras de Shakespeare: ‘Sweet are the uses of adversity’ y pensé que de algún modo debería aprovechar mi desventura. ¿Comprendés? No quería aprovecharla literariamente, sino en algo más real. Entonces me acordé de que tengo una muela que me incomoda”… y se la hizo sacar. “Salí a la calle bastante contento con la experiencia, y de pronto me acordé de esa mujer y la magia de la muela desapareció”, comentó.
Otro día, Borges comió en casa de Bioy y dijo: “Seguía muy deprimido. Resolví insistir con mi sistema de aprovechar la desdicha. ¡Me saqué otra muela!”.
n.del e.: La foto es de Borges con María Esther Vasquez


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Cien años del nacimiento de Fernando Diez de Medina
Hace casi una semana se recordó el nacimiento del escritor Fernando Diez de Medina (La Paz, 14/01/1908– 21/09/1990). Miembro de la llamada Generación del Centenario, bautizada por él como ‘Generación de la fe’, pertenece a una dinastía de bolivianos ilustres, según comenta en un artículo publicado por El Deber, el escritor Pedro Shimose.
Desde el memorialista Tadeo Diez de Medina (siglo XVIII) hasta el periodista Raúl Diez de Medina (siglo XX), pasando por el historiador Lucio Diez de Medina, el arqueólogo Federico Diez de Medina y el diplomático e internacionalista Eduardo Diez de Medina –padre del escritor–, los Diez de Medina prestaron servicios distinguidos a la cultura boliviana.
Periodista, polemista, conferencista. Por espacio de más de sesenta años practicó el periodismo cotidiano o eventual. Fue reportero, crítico, redactor, columnista y editorialista en varios diarios de Bolivia. Emprendió numerosas campañas cívicas y de reforma social. Esta labor persistente no se puede evaluar porque en su mayor parte fue anónima y no está recogida en ningún libro.
Como polemista impugnó ideas de Papini, Toynbee, Madariaga, Assis de Chateaubriand, Menéndez Pidal, L.A. Sánchez, Arnade, Rodó y otros. En Bolivia refutó conceptos de Tamayo, Arguedas, Canelas, Céspedes, Espada, Arze Quiroga, aparte de muchas intervenciones periodísticas sobre temas políticos y literarios.
Dictó más de 50 conferencias, políticas unas, otras de carácter cultural, en las principales universidades y teatros del país, así como en Lima, Nueva York, Madrid, Génova, Roma y en entidades culturales. Algunas conferencias fueron dadas en las minas y las cinco que dictó sobre la reivindicación marítima de Bolivia, reproducidas en diarios y libros.
Publicaciones
Diez de Medina colaboró en muchos diarios y revistas de Francia, Italia, España, Estados Unidos, México, Cuba, Venezuela, Colombia, Ecuador, Argentina, Chile, Perú y Uruguay. Principalmente en “Cuadernos Hispanoamericanos” y “Mundo Hispánico” de Madrid; “Bolívar” y “El Tiempo” de Bogotá; “Cuadernos Americanos” de México; “Revista Nacional de Cultura” y “El Nacional” de Caracas; “Américas” de Washington; “Cuadernos” de París y con mayor asiduidad en “La Nación” y en “La Prensa” de Buenos Aires. Figura en más de 30 historias, diccionarios de literatura y antologías en diversos idiomas.
Su producción intelectual ha sido ampliamente comentada por escritores de prestigio y publicaciones en Europa y de las tres Américas. Las críticas a sus libros pasan de varios centenares en el país y el exterior.
Capítulos de sus libros se tradujeron al francés, italiano, alemán, inglés, danés y portugués.
En la política
De 1948 a 1951 fundó y dirigió el Grupo Cívico “Pachakuti”, que inspirado en ideas vernáculas, postuló una democracia responsable, la revolución integral y justicia económica para las mayorías postergadas.
Perteneció al Movimiento Nacionalista Revolucionario durante cinco años, como invitado en 1955 y fue expulsado “por desviacionismo” en 1960, por haber pedido amnistía general, freno a la violencia y la moralización del partido.
Sólo actuó durante cuatro años en las postrimerías del primer período de Paz Estenssoro, durante el gobierno de Siles Zuazo y otros cuatro años durante el gobierno del General Barrientos Ortuño.
“Fernando Diez de Medina es recordado y juzgado más por su agitada y controvertida actividad política que por su vasta, importante y dispar obra literaria. Entusiasta, fantasioso y audaz, su vida fue una sucesión de experiencias fallidas en oficios ajenos a la literatura”, dice Shimose, en el mencionado artículo.
Espoleado por un ambicioso proyecto vital, escribió 40 libros. Abarcó todos los géneros literarios posibles –desde el poema hasta el manifiesto polémico–, pero su fuerte fue el ensayo literario. Sus ensayos políticos son discursos moralizantes escritos con afectación y estilo sentencioso. Su crítica impresionista de la literatura boliviana se halla condensada en el libro Literatura boliviana (La Paz, 1953/Madrid, 1954), escribe Shimose.
Fuente: www.lostiempos.com


Sobre H.C.F. Mansilla

Un escritor entre el amor a los clásicos (y a los animales) y la prosaica realidad de la política (como en todos los tiempos)
Por: María Luisa Amuchástegui (con datos del autor, parientes y colegas)

(Hemos recibido una nota del Dr. Mansiila sobre el arículo que publicamos en www.ecdotica.com el 12 de diciembre titulado Algunas influencias de H.C.F. Mansilla, la que reproducimos: Distinguidos miembros del proyecto: Por pura casualidad un pariente me avisó que Ustedes habían subido a la red un breve texto de la joven historiadora argentina María Luisa Amuchástegui sobre mi persona y obra.
Como el texto salió en LA PRENSA bastante mutilado y con título cambiado por la redacción, me permito hacerles llegar el texto completo y otros dos acerca de mi obras que pueden interesar a los lectores de su proyecto (por el cual los felicito de la manera más cordial). Muy atentamente, Felipe Mansilla)

Se puede decir que la obra de H. C. F. Mansilla está influida por un estímulo de la filosofía clásica: la senda fructífera del conocimiento es aquella generada por la conciliación de eros y logos, camino que fue seguido por Sócrates y sus discípulos. La admiración ante la belleza del cosmos y el asombro frente a las patologías de la vida social fueron los impulsos primigenios de la filosofía. Según Aristóteles, la admiración por el universo se combina con el intento de explicar con rigor y disciplina lo que parece incomprensible. De esta unión de asombro y rigor nace el espíritu crítico. Uno de pensadores más apreciados por Mansilla, Theodor W. Adorno, solía decir que todo conocimiento está fundado en el amor, y siguiendo a Platón, afirmaba que el momento constitutivo de la filosofía era el entusiasmo, la emoción que se siente por las ideas, aunque la constelación actual de la sobriedad y el desencanto nos sugiera una visión muy distinta. Parece que nuestro autor reconoce que si bien no podemos pretender una comprensión cabal de la realidad, podemos en cambio usar nuestros esfuerzos intelectuales para construir un camino precario y provisorio que nos permita vislumbrar algo cercano a la verdad, si es que existe algo tan inasible como la verdad.

El profundo afecto que Mansilla siente por la filosofía representaría la parte del eros. Desde la primera juventud tuvo una gran simpatía por autores como Edward Gibbon y Edmund Burke. Por los testimonios de parientes y amigos parece que nuestro autor se preguntaba a menudo por qué las sociedades se desarrollan de forma tan diferente unas de otras; la cuestión tiene que ver con el hecho de que Mansilla creció entre dos mundos. Una vez, de vacaciones en La Plata (provincia de Buenos Aires), leyó en pocos días dos gruesos volúmenes de Manuel Gálvez, el conocido historiador y novelista argentino: una biografía de Domingo Faustino Sarmiento y otra de Hipólito Yrigoyen, el primer presidente del Partido Radical. Esta lectura tuvo una notable influencia en su carrera. Mansilla quedó profundamente impresionado por la erudición de Gálvez, por el manejo soberano de fuentes y testimonios y por la bella prosa, pero desde un primer momento creyó que se trataba de una maniobra endiabladamente sutil (y por ello muy interesante y digna de ser estudiada) destinada a desacreditar y a ensuciar la labor de la clase dirigente argentina que había construido entre 1862 y 1943 un modelo muy bien logrado de desarrollo económico, que incluía vigorosos elementos democráticos y una cultura cosmopolita, por la que Mansilla siempre sintió mucho cariño. El análisis y la crítica de autores como Gálvez se convirtieron en un impulso constante en el quehacer de Mansilla. Gálvez atacó el “imperialismo cultural” de las potencias occidentales, defendió el nacionalismo y el peronismo y terminó alabando los campos de concentración de la Alemania nazi: una combinación que no es tan rara entre intelectuales latinoamericanos.

Mansilla se percibe como uno de los últimos herederos de la tradición instituida por la ensayística latinoamericana – línea opuesta al revisionismo de Gálvez –, cuyo representante más conocido es precisamente Domingo F. Sarmiento y cuyo autor favorito es Octavio Paz. A partir de la obra de Gálvez y del ascenso del peronismo en la Argentina, Sarmiento dejó de ser el prócer nacional y se convirtió en la bête noire de nacionalistas y socialistas. Se lo acusó de ser el importador de la cultura dominante del Norte y el admirador incondicional de la civilización europea, pero se pasa por alto que él instituyó tempranamente la educación primaria obligatoria, gratuita y laica y se olvida fácilmente las razones que Sarmiento tenía en su tiempo para oponerse a las montoneras arbitrarias e impredecibles de los pequeños caudillos provincianos.

Mansilla leyó muy joven el Facundo de Sarmiento, y debe a este autor la primera inspiración para una crítica de la cultura política del autoritarismo y para la necesidad y prioridad de construir instituciones sólidas de carácter liberal-democrático. En la provincia de Santa Fe, de donde era oriundo Gálvez y donde Mansilla ha publicado muchos artículos en revistas culturales, se dice que la obra de este último se reduce, en el fondo, a ser una reivindicación del liberalismo de Sarmiento frente al nacionalismo identitario de Gálvez, que está otra vez en medio de un curioso renacimiento. Aquí se recuerda la proverbial frase de Mansilla: “En la Argentina toda política posterior a 1943 es sólo decadencia”. Parece que es una actualización de un bon mot del general y escritor Lucio V. Mansilla, héroe nacional argentino.

Durante sus estudios en Alemania (1962-1973) conoció muchos estudiantes latinoamericanos, asiáticos y africanos. Le llamó la atención el hecho de que nacionalistas e izquierdistas de toda laya despreciaran la esfera de los derechos individuales y las libertades públicas, consagrándose a una retórica altisonante y muy popular que celebraba las maldades del imperialismo, pero que soslayaba los factores negativos de las propias tradiciones culturales.

Para volver al comienzo: la porción del logos en la obra de Mansilla está conformada por esfuerzos teóricos y analíticos. Con sus libros nuestro autor ha intentado realizar un aporte a la construcción de una consciencia crítica de problemas. Su enfoque puede ser visto como una contribución al debate contemporáneo entre las teorías que postulan la preeminencia de un modelo normativo de desarrollo (el surgido primeramente en Europa Occidental) y aquellas que proclaman la diversidad fundamental de todos los regímenes civilizatorios, que serían entre sí inconmensurables, incomparables e irreductibles a un metacriterio de entendimiento común.

Mansilla se ha situado, con algunas reservas, en la tradición crítica de las ciencias sociales, poniendo en duda las bondades de la modernidad. Ha intentado rescatar lo valioso del orden premoderno, como la religión (en cuanto fuente de sentido), la estética de lo bello y las normativas aristocráticas en variados campos. (Este es el tema de su último libro.) Su intención general – si existe algo así – ha sido proponer una teoría del sentido común guiado críticamente, aplicable al espacio de los asuntos histórico-sociales. Siguiendo a sus maestros de la Escuela de Frankfurt, ha evitado definiciones de los conceptos centrales, y más bien ha tratado de explicitarlos a lo largo de sus textos, a menudo de manera indirecta. Para ello menciona numerosos ejemplos políticos e históricos, que son analizados en algún detalle. Mansilla ha mostrado un marcado interés por datos empíricos y aspectos testimoniales (una herencia de su padre), y desconfía de meros edificios de palabras, por más brillantes que estas parezcan ser.

Aquí parece relevante intercalar algunos datos personales. Mansilla nació en La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires, el 17 de noviembre de 1942. Tanto en Argentina como en Bolivia sus antepasados pertenecieron a la clase dirigente del ancien régime. La mejor herencia de su infancia fue el amor que recibió de sus padres, Hugo Mansilla Romero y Josefina Ferret d’Ara. Su padre fue ingeniero civil e hidráulico, graduado con máximos honores en la Universidad Nacional de La Plata. Durante cincuenta años fue catedrático de la Universidad Mayor de San Andrés, de la cual también fue rector en varias oportunidades. De sus padres Mansilla heredó la gran pasión por los libros, las bibliotecas y los idiomas. Hasta hoy admira los prolijos cuadernos llenos de ejercicios para aprender lenguas extranjeras de Don Hugo. Quizás se deba a este legado el interés del hijo por los detalles empíricos y la desconfianza por los edificios teóricos sin sustento tangible. Del padre dice Mansilla también haber heredado la pasión por la música clásica (sus compositores preferidos son los del padre: Mozart, Haydn, Beethoven y Tchaikovsky). De la madre admiró su religiosidad interior, exenta de ritos y supersticiones, el cariño hacia la naturaleza y la predilección por los gatos. De su hermana Graciela, quien también adora a los felinos, aprendió el valor imperecedero de las obras clásicas, tan diferente de las modas y los productos efímeros y comerciales del arte contemporáneo.

Durante la infancia viajó numerosas veces a la Argentina por ferrocarril. Aún hoy recuerda cada estación y cada paisaje del largo trayecto La Paz – Buenos Aires, que por aquel entonces duraba cinco días. Era una travesía que empezaba en el orden premoderno boliviano y terminaba en la evidente modernidad argentina: un viaje que vinculaba dos mundos muy diferentes entre sí. Sus abuelos españoles, su madre argentina, el conocimiento temprano de dos ámbitos civilizatorios muy distintos y la lectura de innumerables autores de la más diversa procedencia generaron en Mansilla un talante cosmopolita, una desconfianza hacia los nacionalismos de todo tipo y una distancia frente a las apologías del terruño, la sangre, las costumbres y la raza.

Mansilla asistió a la escuela primaria y secundaria en La Paz, en el Colegio Alemán (1949-1961). A partir de 1962 estudió ciencias políticas y obtuvo su doctorado en filosofía en la Universidad Libre de Berlin (1973). Fueron los años más dichosos de su vida, libres de problemas financieros y llenos de promesas y esperanzas. La vida, como en casi todos los mortales, se encargó de ensombrecer paulatinamente este panorama de felicidad despreocupada. La juventud preserva, aunque equivocadamente, la ilusión de la esperanza, que se diluye paulatinamente, y con ella el sentido de la existencia. Como no tuvo que trabajar regularmente, Mansilla dispuso de mucho tiempo para viajar y pensar. Puso su pie en los cinco continentes. Hoy confiesa tener una relación lúdico-erótica con la escritura y la lectura: el hecho de escribir y leer le brinda una satisfacción intensa, gratificante y duradera. Y hasta dice no le preocupan los modestos y hasta inexistentes frutos materiales que genera la actividad intelectual. Desde su primera juventud él siempre soñó con ser escritor y particularmente ensayista. Quizás a esto se deba su pasión por los moralistas franceses como Michel de Montaigne, el Cardenal de Retz, La Rochefoucauld y Voltaire, además de ensayistas contemporáneos como Hannah Arendt, Isaiah Berlin, Octavio Paz, Hans Magnus Enzensberger y Mario Vargas Llosa, con quienes nuestro autor ha reconocido una gran deuda intelectual.

En la obra de Mansilla es evidente el peso de corrientes y autores alemanes. Los filósofos clásicos alemanes, pero también Max Weber y la denominada Escuela de Frankfurt han ejercido en él una gran influencia. Sus profesores del entonces famoso Instituto de Ciencias Políticas (Otto-Suhr-Institut) de la Universidad Libre de Berlín moldearon también sus ideas y el trasfondo de sus concepciones. Muchos de sus maestros eran partidarios de la socialdemocracia alemana y fueron víctimas del nazismo, como Ernst Fraenkel y Richard Löwenthal, quienes fueron importantes teóricos del pluralismo ideológico y adversarios acérrimos de todo totalitarismo. Tal vez por ello Mansilla adoptó como las bases fundamentales de su filosofía el Estado de Derecho, el alto valor de la institucionalidad, una aversión marcada por toda forma de autoritarismo, la relevancia de los derechos humanos y la alta estimación de la Constitución alemana de mayo de 1949.

Sus largos años en la Alliance Française y sus incansables viajes por Francia le han ganado fama de ser un admirador acrítico de la civilización francesa, pero en realidad Mansilla es tributario de la cultura alemana. En el fondo comparte la opinión de Hannah Arendt, citada a menudo en sus escritos, de que los intelectuales franceses son brillantes, pero superficiales, en comparación con la profundidad de los filósofos alemanes. Esta contraposición entre la civilización francesa y la cultura alemana es algo que se pega a casi toda persona que haya estudiado en tierras germánicas. El se cree curiosamente heredero de las tradiciones culturales francesas, pero lo cierto es que su relación con el pensamiento francés es por demás ambigua y hasta fragmentaria. El aprecio de Mansilla – su clara admiración – por la civilización francesa termina con la Ilustración del siglo XVIII. En todo caso se trata más bien de un amor por un estilo literario y de vida encarnado por la nobleza francesa y sus grupos intelectuales, un estilo que ya se diluyó durante el siglo XIX. Es más bien una nostalgia a la manera de Balzac, que Mansilla ha tematizado en varias obras que elogian las usanzas y los valores de la antigua aristocracia y que censuran, al mismo tiempo, los hábitos de las nuevas élites plutocráticas y cleptocráticas, que sólo piensan a corto plazo en el enriquecimiento personal y no dejan una huella en el universo cultural.

Bajo la influencia de la Escuela de Frankfurt Mansilla desarrolló su Teoría crítica de la modernización (1986) y una Teoría crítica del poder (aparecida en 1994). En ellas pone en duda, por un lado, la trinidad sagrada de progreso, crecimiento y desarrollo, y por otro la modernidad occidental como único paradigma. De igual manera intenta preservar lo rescatable del orden premoderno y nos recuerda que los anhelos de autenticidad y autonomía terminan a menudo en resultados de mediocridad e imitación (título de uno de sus libros). En conclusión: lo criticable es un resultado perceptible en muchos países del Tercer Mundo, los cuales pretenden establecer modelos autónomos de desarrollo (la identidad colectiva está a menudo basada en un curioso pero vano designio de originalidad), pero que después de todo se limitan a imitar los paradigmas occidentales de evolución, con especial énfasis en sus aspectos técnico-económicos.

El otro de los grandes temas de Mansilla es la ecología política, derivada de una incursión a la selva tropical y del enorme cariño que en su niñez tuvo por los animales domésticos. El libro pionero de Dennis L. Meadows: The Limits to Growth (1972) le impresionó vivamente. Esta obra emergió como innovadora e importante a causa de su enfoque. En lugar de presuponer, como casi todas las teorías, que la naturaleza y sus recursos son casi ilimitados y están al servicio del desarrollo, este estudio invierte los términos en forma realista y se pregunta por las consecuencias de un desarrollo perenne a la vista de recursos finitos y de una degradación gigantesca del medio ambiente, motivada precisamente por el progreso material y sus secuelas, como el crecimiento demográfico en el Tercer Mundo (parcialmente aun de orden exponencial), que se debe también a mejoras en la salud e higiene públicas, mejoras ciertamente modestas, pero de consecuencias imprevisibles en otros ámbitos de la vida social.

El núcleo de la teoría de Mansilla es el siguiente. Desde que existe una seria reflexión histórico-filosófica de alcance mundial, es decir desde mediados del siglo XVIII, se pensaba que el desenvolvimiento de Asia, Africa y del Nuevo Mundo era explicable mediante leyes evolutivas y principios teóricos generales originados en Europa, que podrían ser aplicados, con algunas reservas, a las sociedades extra-europeas, teniendo en cuenta naturalmente un retraso típico e irremediable en las tierras de ultramar. Hasta hace pocas décadas se daba por cierto que esas normas universales eran idénticas con las secuencias de desarrollo diseñadas para Europa Occidental, donde culminaría indefectiblemente la gran historia comenzada en la Grecia clásica. No sólo las tendencias hegeliano-marxistas compartían esta idea central; derechistas de toda laya y tecnócratas apolíticos creían y creen firmemente que las naciones de Asia, Africa y América Latina están destinadas a repetir ─ con una lamentable demora ─ el adelanto ejemplar que exhibían Europa y Estados Unidos.

Mansilla pasó los años 1988 y 1989 en Europa y experimentó de cerca la declinación del comunismo y la caída del muro de Berlin. (Nos imaginamos que fue un tiempo feliz para él.) La evolución político-social posterior a 1989 y la decadencia de las grandes teorías han significado un claro rechazo a las leyes de una evolución histórica única y obligatoria, lo que conlleva también una negación de las esperanzas mesiánicas secularizadas y de las revoluciones radicales. Hay cada vez más dudas en torno a doctrinas que predican, en el fondo, un propósito y fin comunes a todos los pueblos del planeta. Este ideal de un progreso perenne satisface, por otra parte, requerimientos psíquicos elementales y por ello inevitables en todos los hombres: la seguridad de haber encontrado su lugar en el cosmos, la superación de las dudas y los conflictos, la justificación de decisiones dolorosas e inciertas. De ahí se derivó la inmensa popularidad y divulgación de esas teorías monistas del desarrollo universal.

La teoría crítica de la modernización de Mansilla quiere seguir un camino intermedio. No admite un solo precepto organizador o una visión unitaria del mundo social; trata más bien (a) de poner en cuestión los paradigmas teóricos que subyacen a todo monismo, es decir al postulado de una unidad primigenia de todos los fenómenos y, simultáneamente, (b) de postular algunas hipótesis críticas acerca de decursos evolutivos válidos para numerosos casos. Precisamente el análisis de las monstruosidades del siglo XX parece apoyar las siguientes convicciones provisorias de Mansilla: un claro escepticismo ante la dominación del mundo contemporáneo por la tecnología (la crítica de la razón instrumentalista), la desconfianza frente a los decursos evolutivos obligatorios y a las presuntas bondades del desarrollo acelerado, y finalmente la concepción de que los valores estéticos, contenidos sobre todo en la literatura y en el arte, permiten un conocimiento tan veraz y genuino como la filosofía y la ciencia. Esto ayuda a evitar dos extremos: el suponer que la realidad se reduce a lo inmediato, externo y cuantificable según datos estadísticos y el afirmar que la dimensión del presente y de la experiencia empírica es algo deleznable, efímero, superficial y sin mucha relevancia. La devaluación de la historia no llega a convencer plenamente, como tampoco la creencia en leyes evolutivas y en metas inevitables del desarrollo humano.

Para terminar: nuestro autor se mueve entre la rigurosidad académica y la pasión estética. Su vida es un nexo entre construcciones abstractas y dilemas existenciales, un intento de examinar cómo la existencia es configurada por la razón y deteriorada por el sinsentido. Pero aun así Mansilla se adhiere a una frase de Sir Isaiah Berlin, quien dijo que los escritores pueden clasificarse en zorros y erizos: “El zorro sabe muchas cosas, pero el erizo sabe una gran cosa”. La simpatía de Mansilla está del lado de los simpáticos y bellos zorros.


Sobre Nocturno de Chile de Roberto Bolaño

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Nocturno de Roberto Bolaño
Por: Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Nocturno de Chile marca mi primer encuentro con Roberto Bolaño.
Había estado leyendo a Poniatowska, Pérez Reverte, Paola Kaufmann. Pérez Reverte deslumbró con su manejo extraordinario de los hilos de la novela; Poniatowska no ha cambiado mucho; su talento, como su persona, es plácido. De la bella Kaufmann poco puedo decir ahora.
Como hecho anecdótico anoto que Roberto Bolaño ha sido recién traducido al inglés, tanto en Estados Unidos como en el Reino Unido. Los detectives salvajes tuvo una soberbia crítica en el Book Review del New York Times, y Nocturno de Chile lo mismo en las islas británicas. Excesivo retraso para un autor que quizá no tenga par entre los de su generación. Bolaño, como alguna vez Faulkner, no andaba a la caza de fama y fortuna. Su ácido humor afirma la presencia de un infinito desdén por la gloria.
Bolaño se me asemeja una bofetada al insulso ‘realismo virtual’, término acuñado por Alberto Fuguet y Sergio Gómez, y a una absurda división entre lo que somos (en ámbitos político-sociales) y lo que soy (en lo personal). Bolaño vendría a ser como un escritor serio -si no clásico-contrapuesto a un movimiento leve, histórica y psicológicamente comprensible, cuyos estertores presenciamos y cuya herencia será incluso menor que la del nouveau roman francés.
Nocturno de Chile, obra de 150 páginas y dos párrafos - el segundo de una sola línea-, relata el febril paseo por la memoria de un oscuro crítico literario, sacerdote además, durante unas horas. Su incómodo ensueño trajina por la vena abierta de Chile en un momento crucial de su existencia, el golpe militar de 1973. Como antelación a lo que considero el núcleo del texto, el padre Sebastián Urrutia Lacroix, miembro del Opus Dei, reflexiona mientras recuerda acerca del panorama literario del país. Lo hace a través, o conjuntamente, con Farewell, crítico de renombre.
Bolaño, en la voz del cura, ejerce fina ironía, repetidas veces, acerca de Pablo Neruda. Su ambivalencia respecto al poeta no se define. Supongo que es el lector quien sujeta los mandos del juicio. Vaga Urrutia Lacroix por una suerte de páramo literario. Comenta, critica, adula, sugiere, todo en un ambiente de mediocridad disfrazada, casi de agonía, quizá los preámbulos de una debacle que tendría consecuencias funestas y, quién sabe, a la vez reparadoras en la literatura nacional.
La deleznable presencia del genio… o su ausencia, en un entorno melancólico y gris que recuerda las páginas de María Luisa Bombal. Misterio y desolación del sur que se acentúan hacia el final, cuando los hilos de la novela van juntando cabos en una realidad espantosa de tortura y muerte, meollo que descubre el autor luego de desviarnos por antecedentes en apariencia ilógicos, con mucho de onírico, de iglesias medievales europeas, de frailes sangrientos y cetreros, de mediocre o mala literatura.
Urrutia Lacroix como testigo inmutable, con poca autoestima, en medio de una negativa apoteosis histórica que definirá el Chile futuro. Nuestro personaje, gracias a la influencia de dos señores extraños: el señor Odeim (Miedo) y el señor Oido (Odio), termina dando clases de marxismo básico a los miembros de la junta militar. Con Marta Harnecker, también chilena, bajo el brazo, explica en diez lecciones los rudimentos de esta doctrina política. Un sesudo Pinochet, a tiempo de agradecerle, le explica que quiere conocer al enemigo. Despotrica contra la ignorancia de sus predecesores: Alessandri, Frei, Allende, que ni leían ni escribían, contrariamente a él, dueño ya de tres libros y con lecturas tan amplias que incluyen hasta Palomita Blanca, de Enrique Lafourcade.
Toque de queda. Impera el silencio. Pero para la intelectualidad chilena se abre un espacio delicioso en casa de una aspirante a escritora llamada María Canales. En su finca de las afueras de Santiago, y a veces con la compañía de su amable esposo norteamericano, Jimmy, una horrible empleada mapuche y sus hermosos hijos, María Canales recibe y sirve sin límite de tiempo a sus colegas. Raro que la policía secreta permita tal relajamiento.
María Canales ha escrito un cuento premiado que Urrutia hace leer a su mentor Farewell. Éste dice que el texto es pésimo, “indigno incluso de recibir un premio en Bolivia”. Pero María es una anfitriona de clase y así se suceden las veladas hasta que alguno de los invitados, perdido en los sótanos de la casona buscando el baño, entra a una habitación donde en un catre de hierro está acostado un hombre con los ojos vendados y señales de martirio. Resulta que Jimmy, el atento gringo que escuchaba a los malos poetas de visita, era miembro conspicuo de la DINA y allí se torturaba, casi nunca mataba, a los opositores; el mismo Jimmy que hará volar a un diplomático de Allende y a su secretaria en los Estados Unidos, amén de atentados similares.
La historia no necesita explicación. ¿Ha escrito Bolaño una novela acerca del terror de Estado en América Latina? Si lo ha hecho, lo logró de forma magnífica en un enlazado continuo e impredecible, sin apuntar de entrada al sujeto tenebroso de la época. En sus páginas se unen y reúnen los temas de la literatura, del compromiso, del mal.
“Y después se desata la tormenta de mierda”. (Último párrafo del libro)…
Fuente: El Deber (Brújula)


Breve biografía de Edmundo Camargo de Elías Blanco

El poeta Edmundo Camargo
Por: Elías Blanco

Edmundo Camargo pasó de la vida a la muerte conscientemente. El sabía que “el ser es desde el momento en que tiene la capacidad de morir”, como define su pariente literario Jaime Saenz. Al igual que Guillermo Bedregal García o René Bascopé Aspiazu, su tiempo de vida fue corta, sin embargo, su obra se prolonga sobre la muerte a la que dominó con sus escritos.
Su existencia fue intensa de literatura desde su niñez, devorando todo cuanto llegara a sus manos, de manera urgente, como presintiendo lo corto del tiempo. La vida lo valoró desde que tenía cinco años de edad, al ser atacado por una de esas enfermedades que le dieron más de un susto a su frágil humanidad. Así, reconocida la magia de la vida y la literatura, se apuró en elaborar su obra.
En sus jóvenes años le cantaría a la vida, a la esperanza, con poemas como “Atahuallpa naciendo de los surcos”, escrita en homenaje a la dictación de la Ley de Reforma Agraria, o “Canto a Stalin”, en que se descubre partidario de los intentos de cambio social y político en los años 50. Y ésta su esperanza también se traduce de su familia, aquella que intentó construir junto a Francoise Vaervele, dama francesa que conoció en París, y con quien tuviera dos hijos. Tal su amor a la vida que gustaba de la pintura, de los impresionistas y surrealistas. También la música fueron sus aguas, en especial la clásica de la etapa barroca.
Pero el otro lado de la vida: la muerte, vestida de una rara enfermedad, se adelantó a su tiempo. Entonces empezó a repetir con certeza: “Yo sé que he de morir un día en que no encuentre mi soledad junto a mi sombra…”.
Fueron pocos pero largos años, en los que vivió la muerte de su ser. Escribía para denunciar el drama que lo atormentaba. Prosiguió acumulando versos que serían presentados de manera póstuma en el libro “Del tiempo de la muerte” (1964); allí su testimonio estaría plasmado en 53 composiciones, presentados según ordenamiento pedido por el mismo autor a su amigo Jorge Suárez, quien oficio de editor y prologuista.
De esta manera, 28 años de existencia le bastaron para sobrevivir a la muerte. La obra, su obra, todavía lo hace permanecer entre los suyos. Solo que ahora “el tiempo traza la tenebrosa sombra de otro tiempo”.
“Entre nosotros –afirma el crítico nacional Eduardo Mitre–, ninguna obra como la de Carmago se instala con tanta claridad y contundencia en los ámbitos de la poesía de vanguardia inaugurados por los surrealistas y, en Hispanoamérica, por Vicente Huidobro. Como ellos, la poesía de Camargo hace de la imagen entendida como invención maravillosa o revelación de analogías inéditas para los ojos lagañosos de la costumbre, la piedra de toque del poema”.
Uno de los versos de Camargo, titulado “Yaceremos aquí”, expresa: “La muerte nos cosió los costados / la carne es telaraña revistiendo los huesos / el corazón sacude sus cadáveres / como un hacinado crematorio. / Miro tu rostro, han volado los pájaros / mis manos se hunden en ti, / lodo adherido a mi lodo / tu carne segrega cuervos a mis costados”.
Edmundo Camargo nació en Sucre el 21 de enero de 1936. Falleció el 27 de marzo de 1964 en Cochabamba.


Sobre el poeta Edmundo Camargo

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Homenaje a Edmundo Camargo
El 6 de diciembre, en el salón principal del Centro Patiño de Cochabamba, se realizará el homenaje al poeta Edmundo Camargo, siguiendo con el ciclo que el Centro de Literatura Boliviana ha iniciado hace dos años.
El programa tiene el objetivo de difundir la literatura a estudiantes universitarios, investigadores y particularmente a los interesados en las letras bolivianas.
Según Jackeline Mejía, responsable del Centro de Literatura Boliviana, estos homenajes que se caracterizan porque se hace un trabajo de producción audio visual, a través del cual se transmite la vida y la obra del escritor, también se realiza una exposición fotográfica y bibliográfica de las etapas del escritor.
“Este trabajo no sería posible sin la ayuda de la familia de Camargo, que ha colaborado facilitándonos fotografías, documentos, manuscritos y sobre todo sus recuerdos y emociones”, dijo Mejía.
(Fuente: www.lostiempos.com)


Edmundo Paz Soldán en Chile

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Reverbero sobre Palacio Quemado
Por: Bartolomé Leal

La novela Palacio Quemado de Edmundo Paz Soldán se presentó el 4 de noviembre en la jornada de cierre de la 27a Feria Internacional del Libro de Santiago. El evento se abrió con una pobre introducción a cargo de un crítico de la farándula literaria chilena, quien en lugar de aludir al autor y a su obra, se permitió un balbuceo superficial sobre política boliviana; lo cual no impidió a Edmundo desplegar su agudeza de profesor universitario y escritor consagrado. Se metió pues en la onda y explicó algo del complicado contexto político durante el período que cubre Palacio Quemado, brindando al público una visión a menudo sarcástica sobre las turbulencias sociales y étnicas que quiso retratar en el libro, donde mezcla personajes históricos conocidos con otros ficticios.
Pero yo quedé reverberando acerca de dónde radicaba lo esencial, lo profundo, lo original de la novela de Edmundo Paz Soldán. Pues no se trata de un texto de historia ni tampoco de una novela histórica, ese subgénero a menudo espurio y, en ocasiones, infame. La lectura posterior de Palacio Quemado me mostró cosas totalmente diferentes, que deseo expresar a continuación, aunque no garantizo la coherencia de lo que sigue.
Para mí, que me gano la vida como plumario a sueldo, produciendo, editando o sintetizando textos acerca de la realidad socioeconómica de América Latina, siempre me ha inquietado el destino final de aquellos escritos (que deben corresponder a tres cuartas partes de lo que escribo)… Algunos permanecen por un tiempo en las bibliotecas o en las estanterías de otros burócratas, a menudo son descartados y ulteriormente reciclados y, a veces, aunque raramente, logran ganarse un espacio en las librerías de segunda mano o los mercados de las pulgas. Nadie busca leer ese tipo de escritos, son aburridos para unos, periclitados por naturaleza para otros, letra muerta, papel con tinta. En esta categoría caben los informes especializados, los proyectos de ley, los decretos, las cartas abiertas, los testamentos, los obituarios y, en forma destacada, los discursos.
Es precisamente la vida de uno de estos escribidores mercenarios y anónimos, aunque consciente de su abyección literaria, el que recrea Edmundo. Uno de esos personajes oscuros, no exentos de ambición, serviles, maestros del oportunismo, que deambulan por los corredores del poder, aprovechando la que constituye quizá su única ventaja comparativa: el dominio de la técnica de enganchar sujeto y predicado. El protagonista de Palacio Quemado no desconoce las miserias de su oficio de autor de discursos, y sabe que se ha convertido en un traidor integral, en un bufón al mejor postor. Vive en el infierno de la neutralidad. Se involucra fríamente en la corrupción. Se trata del ventrílocuo como una suerte de Prometeo en clave oral. Y eso no tiene nada que ver con la historia. La sede de gobierno, la política boliviana, los movimientos sociales, las intrigas y escándalos, no son sino un decorado. El tema significativo es la identidad, tan lejana y tan cercana. Por mucho que el personaje busque nuestra solidaridad, se preocupe de tópicos fuertes como el suicidio de su hermano, el hijo de quien se hace cargo o la distancia frente al padre, no logra concertar simpatía. Sus devaneos provocan una cierta sensación de repugnancia. Y eso me parece un contenido central en la novela.
Pero hay otro tema, no menos viscoso. Me refiero a la problemática del ego. Lo he comprobado personalmente. Hay gente a la cual no le disgusta emerger como personaje de una obra de ficción (o como base de un personaje), pero siempre que la imagen que se entrega de ellos sea la adecuada, o que sea coherente con la visión que cada cual tiene de sí mismo y de sus méritos de cualquier laya (intelectuales, genéticos, morales o físicos). Ese ego o visión íntima que cada quien construye sobre sí, es materia de grandes penurias. Es difícil de mantener. El temor al ridículo, a que otros vean una imagen que no corresponde a los deseos (o ilusiones) más íntimas, el odio a las tergiversaciones o ajustes de cuenta, el destape de hechos vergonzosos, provocan reacciones en ocasiones tremebundas. Muchos políticos bolivianos, por ejemplo, transcritos en Palacio Quemado, deben haber quedado profundamente ofendidos por la forma en que ellos han creído verse retratados en esos nombres en clave. Tal vez eso explique ciertas reacciones.
Lo anterior me parece que suena, además, acorde con la mirada olímpica del escritor de oficio (en genérico), del poder de su palabra, de su nombre y su prestigio, en suma, de su impunidad para fustigar a la dupla persona/personaje. La novela se sitúa en esa posición, la del demiurgo, que se considera con licencia para distorsionar, calificar o vituperar a los políticos de su país, reales o imaginarios; qué importa, son todos títeres creados por mi imaginación y mi memoria. Sin perdonar, en tal degüello, a las esposas eternas, las amantes oficiales/clandestinas, o las putas de categoría. El escribidor está convencido que él dirige los hilos de la historia, el que a través de los discursos dirige las movidas estratégicas de esos políticos convertidos en sus monigotes. Pero eso es una fantasía. Los políticos son unos tiburones ávidos que saben bien lo que quieren, las palabras son sólo un medio. Ellos están continuamente devorando a sus edecanes y amanuenses, sin que éstos siquiera se percaten.
Pero el escribi