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Bob Dylan en la Casa Blanca “The Times, They are a Changin”

Bob Dylan en la Casa Blanca “The Times, They are a Changin”

Video: Beyond Here Lies Nothin

Video: Bob Dylan: \"Beyond Here Lies Nothin\'\"

Together Through Life, lo nuevo de Dylan

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Together Through Life

El nuevo albúm de Bob Dylan Together Through Life será lanzado a finales de abril pero algunos pocos y afortunados periodistas lo han escuchado:

Los Angeles Times’s Ann Powers

The New Yorker’s Alex Ross

Mojo’s Michael Simmons:

“A pesar de lo que he oído, Dylan ofrece una amplia prueba de un artista con un pie en el pasado pero viviendo en el presente, consciente de todo, sin miedo de señalar con el dedo o reírse de los tontos o enamorarse.

“Es un poderoso trabajo personal hecho por un hombre que aún piensa por si mismo en una era de miedo, conformidad, y deshumanización. Eso mueve poderosamente y hace que el mensaje sea más conmovedor. Como sea que se llame, va a ser uno de los mejores álbumes del 2009.”

Fuente: http://www.bobdylan.com

El tiempo pasa

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El tiempo pasa… Añoranzas
Por: Claudio Ferrufino-Coqueugniot

La tecnología ha avanzado con desenfreno. También el arte. Si pienso en la música, creo que me volví obsoleto. Pareciera que la aparición de artistas con trazas de cambiar la historia ya se acabó. Posiblemente es un prejuicio de la edad que crea cánones a veces ya insalvables.
Me creo moderno en cuanto a música y sin embargo mis alcances no avanzan más lejos de Nirvana y Pearl Jam. ¿Y hace cuánto que murió Kurt Cobain? Catorce años: todo un espacio.
Por las mañanas, mientras manejo, escucho un programa llamado Breakfast with the Beatles. Un desayuno muy antiguo diría yo. Cruzando la avenida Habana tocaban en la radio My sweet Lord, de George Harrison. Aumenté el volumen, y en el signo de pare un grupo de colegiales me miró como algo antediluviano. Pensarían qué mierda son Hare Krishna y el dulce Señor. Con los pantalones en medio del ano se alejaron, caminando apenas porque debe de ser difícil caminar vestido así.
En 1975 traje de Córdoba, Argentina, un casete de los Doors. Tenía 15 años y aquello era nuevo. Lector de Pelo, conocía la historia nebulosa del cantante Jim Morrison. Entonces escuchábamos sobre todo a los Beatles, a Crosby, Stills, Nash & Young (mi madre trajo un disco del cuarteto desde el centro del KKK en Alabama: Tuscaloosa), Pink Floyd y, en las fiestas, bailábamos Chico Puntual de Deep Purple o guardábamos copias de Uriah Heep o Ten Years After. En otros lados ya había explosionado el punk, pero a Bolivia llegó cuando perecía, exceptuando quizá una canción de los Clash.
La música, como la literatura, en términos de novedad, llegó tarde a nuestra juventud. Quizá por ello nos formamos con los clásicos. Aún hoy cuesta ponerse al día con los libros. Esporádicamente recurro a algún novísimo pero mis lecturas trashuman todavía por los años cincuenta (Christopher Isherwood) o, detrás aún, por las bellas novelas de Joseph Roth en los campos de guerra de la Ucrania revolucionaria.
Las miles de canciones incluyen un máximo cronológico que señalaría a Violent Femmes. Anhelo todavía llenar el vacío de mi ignorancia de lo que se produce hoy… En parte lo debo a que en el exilio voluntario de los Estados Unidos, tal vez por la distancia pero más por la diversidad encontrada, me incliné con fervor hacia la música de América Latina y, en menor grado pero con igual expectativa, a cualquier tipo de música ‘étnica’ que me privó de seguir el tranco violento del rock and roll.
No era raro que manejáramos ebrios por el Distrito de Columbia, con Fernando Vargas en un viejo y grande V8 Cadillac. Atronábamos la mañana entonces con Born to be wild o, cuando llegaba el tiempo de reflexión y el crepúsculo se ceñía a las adustas hojas de los plátanos de la ciudad, cambiamos el estruendo de Steppenwolf por las líneas de Leonard Cohen. Pero luego de aquellos años de Hotel Chelsea #10, donde Cohen le canta con nostalgia al espectro de Janis Joplin, aparecieron Rubén Blades, Aymara, Los Fronterizos, que se embriagaron con los amigos en casa. El rock se estancó. Luego, ya ido yo de la comunidad boliviana -andaba en amores con Norteamérica en piel y en cultura- me arrimé a los últimos resabios del punk, no sólo en sus nombres ilustres sino en el punk local que funcionó como una gigantesca base redentora de la música moderna en el país. Pete Townshend -de los Who- decía que el punk había salvado al rock. Murió Ian Curtis, vocalista de Joy Division, y quienes le sobrevivieron crearon New Order: había nacido el New Wave, antecesor del rock alternativo que hoy, primera década del siglo XXI, aún aletea en simulacros de vida. El epitafio de Ian Curtis reza: “Love will tear us apart”, tal vez premonitorio, una secuela al fin del Flower Power que terminó en Altamont.
Había cerveza negra, en vasos de pinta, en El Gallo Negro, bar seudo-punk donde no sólo la cerveza era oscura: también los trajes de las muchachas. Buzzcocks, las sesiones Peel de The Cure, The Gang of Four, los recién aparecidos Mekons, The Pogues, The Pixies. Y siempre retornaba al Rey, Elvis, aunque ahora me gusta descubrir las canciones que cantaba y que eran composiciones de otros ni tan famosos del añejo R&B, sin quitarle mérito a Presley. También lo hicieron -esta suerte de copia- los Beatles y los Stones y de allí nació Bob Dylan, de la gran herencia negra, entre las muchas cosas que su talento cargaba.
Corté la lectura de Rolling Stone, que no sólo es una magnífica revista de música. El tiempo avasalla y resulta imposible perseguir ningún sueño de erudición en campo alguno. No sé siquiera si otra revista excelente del mismo estilo, Spin, sobrevivió al tiempo. La dirigía el hijo de Bob Guccione, de Penthouse y fracasos célebres como Calígula, pero hermosas e inolvidables mujeres: Janine Lindemulder, Leslie Glass que fue arrebatada de su desnudez y de su existencia por el cáncer. Spin denunció los crímenes de Roberto D’Abuisson cuando aún la guerra civil destrozaba a El Salvador.
El avance inexorable de la música moderna se diluye en los entreactos de un cambio de ritmo a otro: Blues, R&B, rock and roll, la música progresiva, el rock metálico, el Punk, el New wave, Alternative, y también las fechas de la historia personal con sus dosis de trabajo, de amor, de concentración, de sexo y de cansancio.
Fuente: www.eldeber.com.bo

Tras los pasos de Dylan en Sud América

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Tras los pasos de Dylan
Por: Juan Morris

(En Córdoba, Buenos Aires, Rosario y Punta del Este… Un cronista apunta caprichos y exigencias del viejo BOB en el extremo Sur de la escala latina de su Never Ending Tour.)
Un día antes de que Bob Dylan pisara Buenos Aires, sólo tres personas sabían donde iba a alojarse. “Nos van a avisar sobre la hora”, explicaban los responsables de la organización. Mientras tanto, el hotel encargado de hospedar al músico no ponía vallas en la entrada para no alentar a ningún dylonómano y la seguridad se sentía recién atravesando el lobby del Four Season, con el aliento en la nuca de unos muchachotes de traje y auricular en la oreja que fracasaban en su intento de pasar inadvertidos.
Después de visitar Chile y de que su avión privado aterrizara por un rato en Córdoba para tocar en el Orfeo Superdomo, el jueves 13 de marzo Dylan llegó a Buenos Aires y se alojó en la suite presidencial de la Mansión del hotel. El músico no tuvo exigencias porque de haberlas tenido hubiera implicado que se filtrara a la prensa; así que cuando llegó, en su habitación le esperaba un pequeño stock de aguas Perrier, bandejas de frutas constantemente recargadas por un mayordomo y un menú de almohadas entre las que Bob, antes de dormir, podía elegir si más duras o más blandas, si de plumas o antialérgicas.
Casi siempre comió en su suite. El menú: pastas o ensaladas. Sólo cambió el domingo, el día después del show en Buenos Aires, en el que a eso de las siete y media de la tarde hizo sonar el teléfono del room service y con su voz carrasposa pidió una sopa de vegetales, un wok de salmón y bizcochos de grasa. Su única salida fuera de agenda fue el sábado al mediodía, antes del recital, para hacer un poco de ejercicio en el Almagro Boxing Club, un gimnasio en Díaz Vélez y Yatay, con paredes despintadas, fotitos de viejas glorias pasadas y las radio puesta en los 40 principales. Dylan llegó con un gorrito de lana, anteojos negros y conjuntito de gimnasia, acompañado por su personal trainer y el bajista Tony Garnier. En el lugar estabán filmando un documental sobre las nuevas promesas del box, y Bob pidió que pagaran la cámara. Pedido concedido. “Los chicos no tenían ni idea quien era, tienen 17, 18 años. El tipo vino con su entrenador y otro más, y estuvo mirando un rato las fotos, mirando cómo peleaban los pibes, y después hizo guantes y bolsa. No habló con nadie”, cuenta Fernando Albelo, entrenador del lugar. Así que el viejo Bob, mientras le pegaba a la bolsa, pudo disfrutar de eso que tanto le gusta y, según ha dicho, ya no recordaba cómo era: que nadie le reconozca.
El martes decidió ir por tierra hasta Rosario, para poder ver algo del paisaje local, tocó en el Hipódromo de la ciudad, volvió y el miércoles, bien temprano, dejó el Four Seasons para seguir con su Never Ending Tour en el Hotel Conrad de Punta del Este. Todos esperaban que se alojara allí mismo, en el Conrad (incluso la gente del hotel), pero Bob prefirió quedarse en un lugar donde no fuera localizable. Durmió en el Aqua, un lugar cerca de la playa Mansa, muy onda desing, con pileta panorámica y cañas de bambú, al que no es fácil acceder. Para el camarín pidió comida orgánica y café Starbucks, pero tuvieron que explicarle que no, que su cadena favorita todavía no abrió ninguna sucursal en América Latina (explicación que ya le habían dado en Argentina). Después, distintas fuentes aseguraron que salió a andar en bicicleta por Punta del Este vestido de mujer, aunque resulte incomprobable y, además, qué necesidad: con una gorra y lentes oscuros alcanzaba. Es más fácil imaginárselo dentro de un auto con vidrios polarizados, yendo por la ruta que bordea el mar, con alguna canción sonando en el estéreo, alejándose sin dejar rastros, sin ninguna dirección.
Fuente: Rolling Stone. 10 años. Abril 2008. Año 11. Número 121.