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Evo Morales, Martín Sivak y Jefazo

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Evo Morales, Martín Sivak y el Jefazo (1/4)
Por: Carlos Hugo Molina

Martín:

Leí Jefazo con interés literario y político, y no he sido defraudado.

En lo literario, es un aporte de lectura apasionante, y a diferencia de otros libros sobre la personalidad del Presidente, ha sido escrito para ser gustado y entendido también, por un lector más allá de Bolivia. Las claves que utilizás, los datos y las anécdotas, ofrecen una descripción inteligente de situaciones, fácilmente comprensibles, y que le dan un contexto sencillo y amigable.

Describís a Evo con un zoon de 50/500 mm, y lo matizás con situaciones y personajes locales, nacionales y mundiales, de una manera francamente amena y cinematográfica. Por la platea discurren actores filmados en movimiento y en fotos fijas. Y las dos situaciones aportan información valiosísima.

En lo político, ayudás a desentrañar los códigos íntimos con los que se mueve el boliviano más universal de nuestra historia política. Esta calidad, antes de Evo, la tenía el Ché Guevara. Y podrá competir con ventajas en razón de su edad, y del resultado final de su actuación, con Andrés de Santa Cruz o don Víctor Paz, políticos bolivianos de dimensión mayor a nuestras fronteras. Ese es el volumen potencial del ciudadano al que has retratado.

Cuando terminé de leerlo, me enfrenté con algunas constataciones:

La forma cómo lograste esta información, de primerísima fuente, te muestra como interlocutor y partícipe de muchas situaciones, y depositario de la confianza de los interlocutores, en todas las demás. Tus opiniones, por lo tanto, desde tu personal forma de analizar y describir los acontecimientos, tienen la evidencia de lo empírico, privilegio exclusivo para quién tiene que haberse ganado ese espacio por méritos propios.

Si eso es correcto, debo asumir que esta evidencia es válida para todas tus afirmaciones. Para decirlo coloquialmente, no te estás inventando nada de lo que estás diciendo. Sos parte de la construcción del Mito. Y ahí no puede haber inocencia. No se trata de un anciano frente a su conciencia. Y precisamente, por estar vos al margen de nuestras miserias cotidianas, no puedo verte de otra manera.

Además de lo que decís y compartís, está lo que no decís. Luego de leer el detalle de situaciones microscópicas, extraño la ausencia de otras materias fundamentales que no adquieren el mismo grado de profundidad periodística, asumiendo que se trata del mismo personaje y el mismo escenario. La Asamblea Constituyente, por ejemplo. O luces sobre Santa Cruz, el mayor opositor real a Evo, que podrías haber ampliado sobre todo por tu calidad de conocedor de una realidad sobre la que escribiste tu tesis doctoral. Otro tema, el Indígena, ¿no sentís que por ahí podría ser la ruptura del proceso?

La visión humana del personaje retratado, Evo Morales Ayma, que inspira respeto por su posición ideológica, origen, lucha y consecuencia, en la realidad cotidiana adquiere dificultades por los actos que ejecuta al asumir la calidad de Dignatario de Estado y fé pública su palabra. Dejó de ser dirigente sindical sin darse cuenta y todavía, sin asumirlo. Ahí está mi mayor dificultad. Reconociendo la calidad de cambio que identifica, de revolución que genera, de soberanía que encarna discursivamente, no puedo ver a Evo, luego de dos años y medio de gobierno, solamente como un personaje de ficción, de la literatura o de la investigación social. Es un decidor/definidor de políticas públicas y todas las circunstancias que lo acompañan positivamente, necesitan verse como parte de procesos, de gestión y de resultados. Eso es lo que analizará la Historia cuando pase esta etapa. Como le correspondió a los Sandinistas del 79, lo será con Lula o Tavaré.

Tomá mis reflexiones como una exploración personal en los ámbitos en los que escribiste tu libro. Tengo, si, una línea de base que se expresa en la búsqueda de explicaciones y alternativas para no llegar a una guerra civil. Siento que hay demasiado material válido para ser utilizado de manera responsable, y no me perdonaría el desaprovecharlo. (1/4, sigue)

Fuente: http://www.agora.com.bo/2008/06/29/evo-morales-martin-sivak-y-el-jefazo-14/


Un k’urpaso al Jefazo

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Martín Sivak, el sicario de las letras
Por: Ignacio Urioste

Mal informado por alguna nota periodística que destacaba el interés del último libro de Martín Sivak, el otro día me dirigí a una librería para comprar la publicación, que lleva el horrible título de Jefazo.
Grande fue mi decepción cuando después de leerla por un buen rato comprobé que se trata de otra de las tantas biografías publicitarias de Evo Morales, escrita por un nuevo ‘llunk’azo’ (superlativo de ‘llunk’u’ o ‘servil’ en aimara), que viene a sumarse a la lista integrada por Álex Contreras, Darwin Pinto, Roberto Navia, Pablo Stefanoni, Hervé do Alto, Malu Sierra y Elizabeth Subercaseaux.
Para colmo de males y a pesar de que Sivak se jacta en cada página de la cercanía con su ‘jefazo’, comprobé que el libro ni siquiera contiene datos novedosos que no conociéramos por las biografías anteriores.
Después de lamentar la mala inversión realizada y decidir que volveré a la librería para pedir un reembolso, me conecté a Google y busqué más datos sobre el autor. Como resultado, me enteré de que Martín Sivak fue contactado el 25 de marzo de 1995 por el dirigente mirista Jorge Torres Obleas mediante una llamada a Buenos Aires.
Torres Obleas era el director del diario Hoy, para el que Sivak trabajaba como corresponsal en la capital argentina. Tenía un encargo que hacerle: escribir un reportaje sobre su padre, el ex dictador militar Juan José Torres, muerto a tiros en Buenos Aires en la década de los 70. Sivak hizo tan buena letra con su jefe que de la investigación no sólo salió un artículo, sino un libro entero, El asesinato de Juan José Torres.
Dos años después, Sivak reincidiría en sus prácticas mercenarias, esta vez por encargo del MNR. El gonismo acababa de pasar a la oposición y Hugo Banzer había vuelto al poder por medio de las urnas. Era oportuno revivir su pasado autoritario con un libro y el resultado fue El dictador elegido.
Siguiendo mi recorrido por la Internet, encontré algunos datos que terminaron derrumbando la credibilidad de Sivak, que fue despedido por la revista porteña TXT y por el conocido periodista Jorge Lanata a causa de su enfoque sesgado.
Ahora, el MAS y el chavismo parecen haberle hecho un nuevo encarguito. La última página del libro, llena de agradecimientos a Juan Ramón Quintana, Álvaro García Linera, Sacha Llorenti y a su entrañable amigo, Wálter Chávez, deja clara su convivencia con el poder y también cuáles son las fuentes bolivianas, o quizás ‘bolivarianas’, que financian al sicario de las letras Martín Sivak, como a otros ‘llunk’azos’ nacionales que lo festejan.
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Pesquisa policial en el Cusco el Rey de Bartolomé Leal

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Bartolomé Leal: Pesquisa policial en el Cusco
Por: Ramón Díaz Eterovic

La narrativa del escritor chileno Bartolomé Leal está definida por su apego a la novela negra, y en especial a una de sus corrientes denominada el policial etnológico, que junto con el desarrollo de alguna pesquisa criminal se preocupa de profundizar en factores de tipo racial o explorar en las condiciones de marginalidad en la que sobreviven algunos pueblos y culturas originarias. Dentro de esta línea y de manera paralela a las novelas escritas en conjunto con Eugenio Díaz y firmadas con el seudónimo de Mauro Yberra, Bartolomé Leal publicó hace algunos años su novela Linchamiento de negro, ambientada en un país africano, y luego Morir en La Paz, publicada en España por la Editorial Umbriel y posteriormente traducida al alemán. Su último trabajo, editado a fines del año 2007 en Bolivia, es la novela En el Cusco el Rey, situada en el Perú y con una trama centrada en el robo y comercio ilícito de pinturas coloniales que forman parte del patrimonio cultural peruano.
En el Cusco el Rey gira en torno a José Leal Cocharcas, un limeño que fue criado por los microbuseros de una línea que lleva ese mismo nombre y que con el devenir de los años se ha convertido en un experto en arte colonial y en una suerte de investigador privado que no rehuye el peligro cuando se trata de indagar negociados ilícitos o certificar la autenticidad de una obra de arte. El experto recibe la solicitud de un amigo sacerdote para que se encargue de investigar el robo de algunas pinturas religiosas mal conservadas en la iglesia de un poblado próximo al Cusco, y a partir de eso se desencadena una investigación en la que participa una galería atractiva de personajes y que lleva al descubrimiento de una pandilla chileno-brasilera dedicada al robo y contrabando de obras artísticas.
Bartolomé Leal narra con gracia y fluidez. Conoce los códigos del género policial y los desarrolla generando un genuino y permanente suspenso. También introduce al lector en los ambientes pueblerinos en el que viven los personajes y en el conocimiento de distintos antecedentes relacionados con la cultura cusqueña. Descripciones de pueblos y paisajes, comentarios sobre expresiones artísticas, y referencias políticas dan peso a esta novela que junto con la intriga policial tiene su fuerza en el mundo que recrea, y en la personalidad del protagonista y otros personajes secundarios que son desarrollados con buenas pinceladas y dosificado humor. En una época en la que la narrativa parece centrarse en espacios urbanos, Bartolomé Leal propone una mirada hacia ambientes pueblerinos donde la vida se desarrolla de manera precaria, pero más marcada por la autenticidad y el apego a las tradiciones. Una vida aparentemente plácida, pero no exenta de marcadas injusticias ni alejada de la mano del crimen, como queda demostrada en esta novela en la que su autor se muestra una vez más fiel a su estilo y a los temas etnológicos que caracterizan a su ya amplia producción literaria.
Fuente: Publicado en la Revista Punto Final N° 657
Santiago, 7 al 21 de marzo de 2008.


Relatos y leyendas amazónicos

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Otro libro de la selva
Por: Pedro Shimose

Carmelo Rivero Lens (Riberalta, 09/10/1936), médico cirujano graduado en la universidad argentina de Córdoba (1958-1964), desciende de familias cruceñas y francesas que contribuyeron a la colonización del norte de Bolivia. Su padre, don Santos Rivero Rojas, y su madre, doña Criselda Lens Suárez (los Lens provienen del norte de Francia), sentaron plaza en la barraca San Juan, en el departamento de Pando; él, como administrador de las propiedades de la Casa Sonnenschein Hnos. y ella, como ángel civilizador que enseñó a vivir bien y a ser mejores a todos los oriundos de aquella alejada e inhóspita región de Bolivia.
Después de cumplimentar su año de provincia en Guayaramerín, viajó a Chile, en cuya capital se especializó en ortopedia y traumatología (1967-1976). Un año después se instaló en la ciudad de Santa Cruz de la Sierra, donde vive, enseña, escribe y ejerce su profesión. Es autor de dos libros científicos: Ortopedia pediátrica y Manual de Medicina para estudiantes, a los cuales se suma, ahora, el libro de ficción Relatos y leyendas amazónicos (Santa Cruz, Imprenta Landívar, 2007).
Articulista, colabora habitualmente en periódicos y revistas especializadas de Bolivia. Pertenece a ese grupo de médicos bolivianos que, como Eduardo Wilde, Jaime Mendoza, Enrique Saint-Loup, Mariano Morales Dávila, Rolando Costa Arduz y Hans Dellien, han combinado ciencia y arte al servicio de la humanidad.
Rivero Lens carece del oficio de Juan B. Coimbra, Roger de Barneville, Raúl Botelho Gosálvez, Porfirio Díaz Machicao, Humberto Guzmán Arze o Ignacio Callaú Barbery –narradores bolivianos fascinados por la selva–, pero ahora que ha publicado su libro Relatos y leyendas amazónicos puede que un día se les una. No es escritor profesional y se le nota. Su prosa es imperfecta aún, porque la literatura es como la cirugía, requiere estudios, práctica y dedicación. Provisto de talento natural, de un considerable bagaje cultural y de experiencias acumuladas en sus viajes alrededor del mundo, el autor de Relatos y leyendas amazónicos necesita liberarse de ataduras costumbristas, regionales y folclóricas (la oralidad de los contadores de cuentos populares) para renovar su lenguaje en busca de un tono literario adecuado a la época. Esto es evidente en sus relatos, cuentos, leyendas y, sobre todo, en su novelita (de ‘nouvelle’/ ‘noveletta’/ ‘short story’) Mi amada inmortal (37 páginas), con que cierra su libro. Ella parece más bien un guión cinematográfico, muy a lo ‘love story’ –cáncer incluido–, con escenas truculentas y ramalazos de pasión, erotismo y ternura, propias de culebrones televisivos. Si alguien se animara a adaptarla para la televisión, sería un bombazo, un éxito seguro.
Varios cuentos de Relatos y leyendas amazónicos son memorables porque, a pesar de algunos defectos expresivos de orden retórico, están dotados de sutilezas y logros estilísticos (Fue en los días de la patria y Sólo vos), de impacto psicológico (Mi amigo se está muriendo), de tensión dramática (De muerte natural, el crimen perfecto), de simbolismos (La fortuna y Corazona Tibubay), de terror y suspenso (La carnicería, El ropero y Unas vacaciones inolvidables) y de humor (Todo por amor y Mi gran amigo, el mentiroso).
Entre las leyendas, cabe resaltar Mi bisabuela Rosaura, mito de la mujer blanca raptada/capturada por los bárbaros, de larga tradición en la literatura hispanoamericana, desde Esteban Echevarría hasta Borges. Esta historia fue relatada también por el explorador inglés Percy H. Fawcett en su crónica de viajes A través de la selva amazónica y por el escritor boliviano Gilfredo Carrasco Rivera en una de sus novelas.
Si les interesa mi opinión, deben leer el relato Mi maravillosa viejita. En él está el mejor Carmelo Rivero Lens, escritor capaz de conmovernos y maravillarnos con su prosa viva, cálida y directa. // Madrid, 07/03/2008.
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Crítica a Misteria pavoria. Cuento de terror de Velia Calvimontes

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Miedo y espanto en la obra de Velia Calvimontes
Por: Víctor Montoya

[(n. del e.)Esta reseña ya fue publicada con anterioridad en ecdotica, pero lamentablemente omitimos el nombre de quien la escribió: Víctor Montoya. El mismo nos manda nuevamente el artículo en su versión completa y le pedimos disculpas por la omisión]
El libro “Misteria pavoria. Cuentos de terror”, publicado por la editorial colombiana Panamericana e ilustrado por Luz Stella Rodríguez, es una verdadera cajita de sorpresas. Se trata de una obra compuesta por cinco cuentos de espanto y aparecidos, reunidos bajo un título sugestivo que atrapa de inmediato la atención del lector. La narrativa de Velia Calvimontes, avalada por un estilo limpio de ripios, hace gala de un lenguaje sencillo y ofrece una lectura amena a los lectores de todas las edades.
Los cuentos, que destacan por el buen manejo del hilo discursivo, nos relatan las historias de muertos, almas en pena y personajes del mundo esotérico, poniendo en boca de sus personajes palabras apropiadas y recreando situaciones sobrecogedoras, como en los cuentos “A dedo” y “El fraile encapuchado”. Los relatos más tétricos discurren en ámbitos insólitos, que van desde un cementerio hasta el patio trasero de una casona de antaño. No faltan los gallos y caballos, el tañido de la campana, el llanto de los difuntos, el lamento de los condenados, el viento y la tormenta, que son también personajes secundarios. Todo esto recuerda a esos seres que estando muertos, según la tradición y creencia popular, retornan al reino de los vivos para vengarse de sus enemigos y ajustar cuentas con sus deudores. Son cuentos de la más pura tradición oral que los niños bolivianos, hasta el día de hoy, se siguen contando sentados en un ruedo y bajo el resplandor de la luna.
Así ocurría en las tabernas coloniales, donde se daban cita truhanes y cuenteros, músicos y ciudadanos de vida alegre, en afán de confabular los sucesos más inverosímiles que imaginarse pueda. Los parroquianos, blandiendo el verbo cual espada de doble filo, abordaban temas de miedo y espanto, con una imaginación desbordante y acaso proclive a las supersticiones. Muchos de esos relatos llegaron con los colonizadores que se asentaron en la Villa Imperial de Potosí una vez descubiertos los ricos yacimientos de plata. De ahí que Velia Calvimontes, en su cuento “Un aullido en el cementerio”, ambientando en el siglo XVII, nos recuerda que las naves llegadas de allende los mares, además de traer noticias del Viejo Mundo, venían cargadas de historias que fascinaban a propios y extraños
Las consejas coloniales, atravesadas por personaje que aparecían y desaparecían de un modo misterioso y sin ninguna explicación lógica, se mezclaban con la chismografía sobre la vida privada de los habitantes de las urbes, sobre todo, de las familias consideradas poderosas, donde aparentemente sucedían hechos increíbles y macabros, como ocurre en “Un aullido en el cementerio”, cuyo argumento gira en torno a un hombre que, siendo en vida rico pero avaro, se condena a poco de ser sepultado. Las beatas dicen que se trata de un castigo por haberle negado al cura una contribución para reparar la campana de la iglesia. Los vecinos saben también que los aullidos lastimeros son de don Crisanto, quien, presa de su avaricia, no encuentra paz en su tumba. Mientras esto se comenta de boca en boca, los jóvenes parroquianos, reunidos en la taberna y en plan de desafío, hacen apuestas por quien se atreva a entrar en el cementerio a medianoche y, en señal de su valentía, dejar un puñal sobre la tumba de don Crisanto; un reto que no pocos rechazan atravesado por un temor que les recorre el espinazo. Sin embargo, como en todo cuento bien contado, no falta uno que, luciendo espada al cinto y aspecto de valiente mancebo, se atreve a probar su bravura. Entra en el camposanto, se acerca a la tumba de don Crisanto y, en el justo instante en que va a clavar el puñal en el lugar preciso, se le aparece el muerto envuelto en un manto oscuro. El mancebo se lleva tal susto que cae fulminado por un ataque al corazón. A la mañana siguiente, sus amigos que apostaron por él, lo encuentran con el rostro ensangrentado y sin un hálito de vida.
En el cuento “Las tres vueltas del gallo”, escrito con un halo de misterio y contextualizado en una casona colonial de la ciudad de Sucre, nos transporta al mundo fascinante de Eliza, la joven protagonista, quien cuida de sus hermanas menores hasta altas horas de la noche, mientras su madre trabaja como empleada doméstica. Eliza, luego de acostar a sus hermanas, se reúne con un grupo de amigas que se transmiten cuentos de espanto y aparecidos. Una de esas noches, al retornar a su hogar, cruza ante su mirada atónica un gallo de alas desplegadas. El animal se acerca a una tapia y, dando tres vueltas, escarba la tierra. Luego desaparece con el mismo misterio con el que aparece. Eliza le relata a su madre lo acaecido, pero ésta guarda silencio y espera la mejor oportunidad para cerciorarse personalmente del hecho, hasta que llega la festividad de la Virgen de Guadalupe. Entonces, en tanto el pueblo asiste a la celebración, madre e hija deciden revelar el misterio que representa el gallo y, justo allí donde éste escarbaba la tierra, encuentran enterrada una petaca de cuero que contiene joyas y monedas de oro y de plata.
En “El fraile encapuchado”, donde el suspenso y la curiosidad se apoderan del lector, se recrea un suceso que se arrastra desde la época colonial en Potosí, donde años más tarde, en el patio de una escuela, Elvira avista a un fraile con el rostro cubierto por la capucha de su hábito. La protagonista, como suele suceder en las historias de aparecidos, se queda helada y con el grito atascado en la garganta. No obstante, y sin salir de su asombro ante tal aparición, guarda el secreto por un tiempo. No se lo cuenta al cura de la parroquia ni a su marido. Primero decide comprobar que la aparición del fantasma no es una aberración de su mente sino un caso real. Para comprobarlo, un día arroja una piedra contra el hábito del fraile; la piedra atraviesa la vestidura y deja un impacto en la pared a modo de señal. Sólo entonces Elvira decide revelarle el secreto a su marido, quien, a pesar del miedo que se le mete entre pecho y espalda, no tiene más remedio que ayudarle a descifrar el misterio de aquella extraña aparición.
Una noche acuden al lugar donde el fraile hacia acto de presencia. Abren a fuerza de pico un boquete en la pared de adobe, se deslizan por él y, apenas iluminados por la luz mortecina de la luna, distinguen a sus pies una entrada que conduce hacia un sótano. Para continuar su pesquisa, se arman de velas y mecheros. Una vez en el fondo del sótano, quedan deslumbrados ante una abundante riqueza junto a “una docena de ropajes de altos prelados de la iglesia cubiertos de pedrería”. Durante tres largas noches, Elvira y su marido acarrean a su casa el tesoro escondido, y, una vez convertidos en ciudadanos prósperos, abandonan Potosí para disfrutar de su fortuna en una ciudad valluna. Hasta aquí, todo parece tener un final feliz como en los clásicos cuentos de hadas, pero no, en “El fraile encapuchado” los sueños se tornan en pesadillas; primero se desvanece la dicha en la familia de la pareja, y después Elvira, la protagonista principal, acaba enloquecida por haber visto y tocado lo que no debía.
En “La muerte azul”, inspirado en un acápite del libro “Exploración Fawcett” del explorador inglés Robert Fawcett, nos arrima a finales del siglo XIX y al peligroso trayecto entre La Paz y los Yungas; un recorrido que los aventureros, arrieros y errantes hacían a lomo de bestias. En este territorio, cubierto de niebla, precipitaciones y vegetación exuberante, el protagonismo recae en un jinete buscador de fortunas, quien, en procura de pasar la noche, pide hospedaje en un aposento. El posadero le niega arguyendo que todos los cuartos están ocupados, mas el forastero, pistola al cinto y sin darse por vencido, solicita el último que queda, justo aquél donde todo quien entra no sale con vida. Aquí valga destacar que la sola descripción del cuarto, como en las historias de crímenes y terror, constituye un excelente recurso literario que le permite al lector ubicarse en un contexto escalofriante.
Entrada la noche, y mientras afuera la tormenta ruge como bestia herida, en el cuarto de la muerte, donde descansa el forastero, se oye el estampido de un disparo. El dueño de la posada, que apenas alcanzó a cerrar los ojos, salta de la cama y se dirige al temible lugar, donde el forastero sigue con vida, aunque visiblemente pálido. Ante semejante realidad, el posadero no se lo puede creer, pero el protagonista del cuento se encarga de explicarle que estando en la cama, todavía despierto, vio que por el orificio del cielo raso descendía una gigantesca tarántula, que era la causante de las muertes que se producían en ese cuarto, donde todos aparecían al nacer el día con la cara y el cuello azules.
“Misteria pavoria. Cuentos de terror” (2005) es una obra breve que tiene la propiedad de suspender al lector en el terror de la imaginación, con narraciones que descubren un mundo de misterios y se sumergen en el subconsciente colectivo, lejos del maniqueísmo didáctico y las normas de moralización, tan propias en la mayoría de los libros destinados a los jóvenes y niños.
Velia Calvimontes Salinas (Cochabamba, Bolivia, 1935). Escritora y profesora de idiomas. Figura destacada de la narrativa infantil y juvenil. Según reveló en una entrevista, desde niña supo que sería escritora pero no fue sino hasta 1963, cuando residía en Chicago, Estados Unidos, que empezó a escribir. Debutó con su libro “Y el mundo sigue girando…” (1975). Obtuvo premios nacionales e internacionales. Entre sus obras destacan: “Abre la tapa y destapa un cuento” (1991), “La ronda de los niños” (1991), “El uniforme” (1993), “Amigo de papel” (1995), “Lágrimas y risas” (1995), “Cuentos de la vida” (1997), “En busca de hogar” (2002), “Sabor a Navidad” (2005), “Nueve noches y un día” (2007), “El niño de la pérgola” (2007) y la serie de libros sobre Babirusa que, desde el año en que empezó a publicarse (1993), se ha convertido en una referente de la literatura infantil boliviana, como “Papelucho”, la clásica obra de Marcela Paz, es un referente del cuento infantil chileno.
Fuente: www.ecdotica.com por gentileza de Víctor Montoya




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