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	<title>Ecdotica &#187; Crónica</title>
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	<description>Noticias literarias, descarga de libros gratuitos, selección de cuentos de manera mensual</description>
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		<title>Lucha libre versus fútbol</title>
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		<pubDate>Fri, 26 Feb 2010 22:04:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Paz Soldan</dc:creator>
				<category><![CDATA[Crónica]]></category>

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		<description><![CDATA[<p><center><a href="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2010/02/santo.jpg"><img src="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2010/02/santo.jpg" alt="" title="santo" width="246" height="320" class="aligncenter size-full wp-image-2631" /></a></center><br />
<strong>Lucha libre versus fútbol (en Quito)<br />
Por: Wilmer Urrelo Zárate</strong></p>
<p>Debo advertir, antes que nada, que no me gusta el fútbol. Me parece, en resumen, un deporte idiota. Además de ser una de las mafias mundiales peores de aquellas que aparecen en el libro <strong>Gomorra</strong> de Roberto Saviano. Sin embargo, y quizá por ello mismo, los caminos del fútbol son oscuros y no tuve más remedio, hace unas pocas semanas, que irle a la Liga de Quito por dos razones fundamentales: a) porque yo estaba en el Ecuador y por lo tanto jugaba de local y b) porque la Liga se enfrentaba al Fluminense, equipo poblado de brasileros, y si hay algo desagradable en este mundo es la mezcla de brasileros y fútbol (siempre ganan) o brasileros y carnaval (siempre tienen la suerte de llevar poca ropa).</p>
<p>En fin, la cosa es que la noche en que estos dos equipos se enfrentaban por alguna copa cuyo nombre no recuerdo (pero tenía, eso sí, nombre de marca de coche) abandonaba la Feria del Libro de Quito junto a dos colegas excepcionales: Naief Yehya de México y Miguel Ángel Oxlaj, de Guatemala. </p>
<p>Vamos caminando por las calles quiteñas (tan parecidas a las nuestras) y ya se siente el ambiente: están medio vacías, pues la mayor parte de la gente seguro está o en casa o metidos en algún bar con la tele encendida. Así que mientras nos dirigimos a nuestro hotel hablamos de muchas cosas: de cine, de libros, de los escritores o escritoras de nuestros países. Y yo evito que se hable de «ese deporte» (palabras que, en nuestro país y haciendo un paralelismo con las horribles suegras, podrían compararse a «esa mujer»). Tenemos tiempo y hambre y vamos a Sal y pimienta, un magnífico lugar donde se come como la gente y que cierra a las ocho de la noche. Creo que es Naief quien pregunta si lo hacen por el partido. La muchacha que atiende dice que no y se lamenta:</p>
<p>-La Liga está perdiendo.</p>
<p>¡Plop! El primer golpe bajo. Y es que ella es fanática de ese equipo y por razones que hasta ahora no logro comprender en el restaurante no hay un televisor donde poder ver las incidencias del partido. Pero está la ausencia de éste, que en el fondo es como verlo o tenerlo metido en las narices. Y hago filosofía barata: está la tensión en el ambiente, el silencio en las calles. Entonces pienso que el fútbol no tiene que estar solo en las canchas para hacerse notar, sino también en la ausencia de gente, en el vacío. Prefiero hacerme al gil. Y voy a pedir la cena, pues no quiero echar a perder este momento de excelente charla con una agresión mía innecesaria a «ese deporte». O al <em>fútbol</em> como dice Naief con su acento mexicano. Sin embargo, en medio de la comilona, no tengo más remedio que confesarlo: no soporto un solo partido de «ese deporte» y menos aún a los periodistas deportivos (pero ése es otro tema). </p>
<p>Por fortuna a estos dos colegas llenos de generosidad conmigo eso parece no importarles mucho. Miguel Ángel nos cuenta que él, de niño, jugaba fútbol, y que luego lo dejó y que ahora más bien le interesa la literatura y las computadoras. Naief nos confiesa que quiere irse a ver el partido a su habitación, empero en algún momento surge el tema que me apasiona: la lucha libre. Creo que lo solté en la fila del autoservicio o ya en la mesa donde nos sentamos a comer, y eso detiene su partida. </p>
<p>-Es el mejor deporte del mundo -creo que les digo-. Prefiero mil veces eso que al fútbol.</p>
<p>Ambos frente a frente. Lucha libre versus fútbol.</p>
<p>Luego lanzo una larga (y me parece que algo aburrida) disertación sobre la presencia de El Santo en Bolivia y de cómo hace poco tiempo nomás tuve la suerte de ver pelear a su nieto (Axel) nada más ni nada menos que en el Coliseo Cerrado de la ciudad de La Paz. Narro sin pudor cómo me temblaron las piernas cuando, mientras hacía una interminable fila para ingresar, la señora que se hallaba a mi lado me mostró la máscara que El Santo le regaló a su padre cuando estuvo por estas tierras en los años sesenta. En todo ese tiempo hablamos sólo de la lucha libre. Naief recuerda a las cholitas luchadoras y yo le digo que son espectaculares, y Miguel Ángel deja de comer su pizza y pregunta a qué no referimos con el término chola. Él viene de Centroamérica y cree, o más bien identifica a aquéllas con los cholos, los mareros, los tatuados esos que, si unos los tiene frente a frente es mejor salir corriendo. Le explico por dónde va la cosa y hasta ese momento me encuentro satisfecho, pues parece que la lucha al fin le ganó al fútbol, que le hizo una Huracarana y lo destrozó con la llave Deacaballo o el Martinete. Prosigo: le cuento a Naief y a Miguel Ángel que el mejor luchador de nuestros días, desde mi punto de vista, es el Místico y que La Mística, esa llave que él inventó es como un cuento bellísimo y perfecto de los escritos por Edgardo Rivera, y que es lo mejor que vi en los últimos años. Hacemos una pausa, o mejor dicho, la conversación va por otros rumbos: hablamos del Facebook, de Twitter, de los blogs que aún no logro comprender y aún así me siento satisfecho: espanté sin quererlo ese horrible fantasma futbolístico que parecía estar a punto de instalarse en esta noche quiteña, pero entonces (no recuerdo quién) pregunta por el partido. Quizá la muchacha que atiende las mesas se acerca y nos cuenta que la Liga va ganando. Que remontó el marcador y que va 2 a 1 ó 3 a 1. Lo único que me viene a la mente, en ese preciso instante, es la siguiente escena: yo metido en el bus que sale a la Feria del Libro, hoy por la tarde, y miren la coincidencia, los del Fluminense hospedados en el mismo hotel. Ahí, pegado a la ventanilla, mi rostro observando la parte trasera de la camioneta de los brasileros: bebidas energéticas, balones en su redes y, ay la altura, tres o cuatro garrafas de aire. Quito está, si no me equivoco, a casi 2 800 metros sobre el nivel de mal. Los del Fluminense se quejan de eso. Y los otros colegas que asisten a esta Feria sacan la lengua, una argentina se desmaya en el bus que nos lleva a una cena por la noche y yo me río: estos gauchos no aguantan nada. Aunque, como siempre me pasa, la venganza es dulce, pues al pisar suelo paceño estoy inutilizado por dos días, pálido y bruto. Y pienso: «es inhumano jugar en la altura». </p>
<p>Terminamos de cenar. No hablamos de esa pasión de multitudes, y caminamos un poco y entramos al hotel (en el trayecto la no-presencia del fútbol es aún más fuerte), en el bar hay un televisor y frente a él un montón de gente (quiteños o no) que justo en ese momento gritan un gol más de la Liga. Ya perdí, pienso, mientras veo a un botones sonriente correr hacia el bar porque el equipo va ganando y, al parecer, está cerca del campeonato. Es una derrota con sabor a victoria, pues hasta el momento el fútbol no ha logrado vencerme. La cosa es que los tres nos quedamos unos segundos viendo la algarabía de los futboleros: abrazos, vivas, brazos extendidos hacia el cielo. Ya nos despedimos, cansados. Llego a mi habitación y la tele me hace la última mala jugada del día (en realidad lo hizo desde que llegué): no puedo cambiar de canales, o no sé hacerlo con esta aparato y coloco Fox Sports y ahí el último gol de la Liga. Afuera, observando desde la ventana, se escuchan los cohetes, la noche será interminable, la fiesta recién comienza, el fútbol ha ganado. Y no hay lugar a la revancha. Durante toda la noche, mientras intento dormir, escucharé las bocinas por las calles, la no-presencia ya no está, ahora está una manifestación más, la Liga está haciendo historia, o dos veces historia, como me explica al día siguiente el vendedor de un stand allá en la Feria del Libro. Le digo que no vi todo el partido y que no pude dormir por la bulla. Él pregunta de dónde soy. Le contesto que de Bolivia, habla de la altura y lamenta que no vayamos al Mundial.</p>
<p>-Como nosotros -me dice-. Pero con lo de la Liga ya basta.</p>
<p>Entonces me pregunta quién, creo yo, ganará el Mundial.</p>
<p>-Sinceramente no sé quiénes juegan -le digo.</p>
<p>Me enumera, con esa amabilidad de los quiteños, los equipos que van a Sudáfrica. Japón, escucho. Y recuerdo a los <em>Supercampeones</em>. Mi venganza, pienso.</p>
<p>-Si es así tal vez gane Japón -le digo-. Tiene buenos jugadores.</p>
<p>-¿Y quiénes son? -pregunta.</p>
<p>-Oliver Átom, Benji Price, los hermanos Korioto. Con eso ganan seguro -digo.</p>
<p>Pago el libro. Me da la factura y me retiro, ahora sí seguro de haber ganado una batalla más contra el fútbol. Pero una vez más me invade esa inseguridad que tantos problemas me ha traído a lo largo de mi vida. ¿Ganó la lucha libre? ¿El fútbol? ¿Esto le importa realmente a alguien? A la semana me entero que la Liga es campeón. Me alegro por ellos y por Quito, se lo merece por su generosidad y su belleza, y por los libros que compré allá. Y también me alegro por los brasileros. Qué bueno que perdieron. Hago un recuento histórico y me doy cuenta que no hay ni un solo luchador brasilero que valga la pena. En eso por lo menos ganamos, pienso. Y en eso no hay revancha. Aunque a lo segundos dudo y me rasco la cabeza: ¿o no?</p>
<p><em>Fuente: Ecdótica</em></p>
]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><center><a href="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2010/02/santo.jpg"><img src="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2010/02/santo.jpg" alt="" title="santo" width="246" height="320" class="aligncenter size-full wp-image-2631" /></a></center><br />
<strong>Lucha libre versus fútbol (en Quito)<br />
Por: Wilmer Urrelo Zárate</strong></p>
<p>Debo advertir, antes que nada, que no me gusta el fútbol. Me parece, en resumen, un deporte idiota. Además de ser una de las mafias mundiales peores de aquellas que aparecen en el libro <strong>Gomorra</strong> de Roberto Saviano. Sin embargo, y quizá por ello mismo, los caminos del fútbol son oscuros y no tuve más remedio, hace unas pocas semanas, que irle a la Liga de Quito por dos razones fundamentales: a) porque yo estaba en el Ecuador y por lo tanto jugaba de local y b) porque la Liga se enfrentaba al Fluminense, equipo poblado de brasileros, y si hay algo desagradable en este mundo es la mezcla de brasileros y fútbol (siempre ganan) o brasileros y carnaval (siempre tienen la suerte de llevar poca ropa).</p>
<p>En fin, la cosa es que la noche en que estos dos equipos se enfrentaban por alguna copa cuyo nombre no recuerdo (pero tenía, eso sí, nombre de marca de coche) abandonaba la Feria del Libro de Quito junto a dos colegas excepcionales: Naief Yehya de México y Miguel Ángel Oxlaj, de Guatemala. </p>
<p>Vamos caminando por las calles quiteñas (tan parecidas a las nuestras) y ya se siente el ambiente: están medio vacías, pues la mayor parte de la gente seguro está o en casa o metidos en algún bar con la tele encendida. Así que mientras nos dirigimos a nuestro hotel hablamos de muchas cosas: de cine, de libros, de los escritores o escritoras de nuestros países. Y yo evito que se hable de «ese deporte» (palabras que, en nuestro país y haciendo un paralelismo con las horribles suegras, podrían compararse a «esa mujer»). Tenemos tiempo y hambre y vamos a Sal y pimienta, un magnífico lugar donde se come como la gente y que cierra a las ocho de la noche. Creo que es Naief quien pregunta si lo hacen por el partido. La muchacha que atiende dice que no y se lamenta:</p>
<p>-La Liga está perdiendo.</p>
<p>¡Plop! El primer golpe bajo. Y es que ella es fanática de ese equipo y por razones que hasta ahora no logro comprender en el restaurante no hay un televisor donde poder ver las incidencias del partido. Pero está la ausencia de éste, que en el fondo es como verlo o tenerlo metido en las narices. Y hago filosofía barata: está la tensión en el ambiente, el silencio en las calles. Entonces pienso que el fútbol no tiene que estar solo en las canchas para hacerse notar, sino también en la ausencia de gente, en el vacío. Prefiero hacerme al gil. Y voy a pedir la cena, pues no quiero echar a perder este momento de excelente charla con una agresión mía innecesaria a «ese deporte». O al <em>fútbol</em> como dice Naief con su acento mexicano. Sin embargo, en medio de la comilona, no tengo más remedio que confesarlo: no soporto un solo partido de «ese deporte» y menos aún a los periodistas deportivos (pero ése es otro tema). </p>
<p>Por fortuna a estos dos colegas llenos de generosidad conmigo eso parece no importarles mucho. Miguel Ángel nos cuenta que él, de niño, jugaba fútbol, y que luego lo dejó y que ahora más bien le interesa la literatura y las computadoras. Naief nos confiesa que quiere irse a ver el partido a su habitación, empero en algún momento surge el tema que me apasiona: la lucha libre. Creo que lo solté en la fila del autoservicio o ya en la mesa donde nos sentamos a comer, y eso detiene su partida. </p>
<p>-Es el mejor deporte del mundo -creo que les digo-. Prefiero mil veces eso que al fútbol.</p>
<p>Ambos frente a frente. Lucha libre versus fútbol.</p>
<p>Luego lanzo una larga (y me parece que algo aburrida) disertación sobre la presencia de El Santo en Bolivia y de cómo hace poco tiempo nomás tuve la suerte de ver pelear a su nieto (Axel) nada más ni nada menos que en el Coliseo Cerrado de la ciudad de La Paz. Narro sin pudor cómo me temblaron las piernas cuando, mientras hacía una interminable fila para ingresar, la señora que se hallaba a mi lado me mostró la máscara que El Santo le regaló a su padre cuando estuvo por estas tierras en los años sesenta. En todo ese tiempo hablamos sólo de la lucha libre. Naief recuerda a las cholitas luchadoras y yo le digo que son espectaculares, y Miguel Ángel deja de comer su pizza y pregunta a qué no referimos con el término chola. Él viene de Centroamérica y cree, o más bien identifica a aquéllas con los cholos, los mareros, los tatuados esos que, si unos los tiene frente a frente es mejor salir corriendo. Le explico por dónde va la cosa y hasta ese momento me encuentro satisfecho, pues parece que la lucha al fin le ganó al fútbol, que le hizo una Huracarana y lo destrozó con la llave Deacaballo o el Martinete. Prosigo: le cuento a Naief y a Miguel Ángel que el mejor luchador de nuestros días, desde mi punto de vista, es el Místico y que La Mística, esa llave que él inventó es como un cuento bellísimo y perfecto de los escritos por Edgardo Rivera, y que es lo mejor que vi en los últimos años. Hacemos una pausa, o mejor dicho, la conversación va por otros rumbos: hablamos del Facebook, de Twitter, de los blogs que aún no logro comprender y aún así me siento satisfecho: espanté sin quererlo ese horrible fantasma futbolístico que parecía estar a punto de instalarse en esta noche quiteña, pero entonces (no recuerdo quién) pregunta por el partido. Quizá la muchacha que atiende las mesas se acerca y nos cuenta que la Liga va ganando. Que remontó el marcador y que va 2 a 1 ó 3 a 1. Lo único que me viene a la mente, en ese preciso instante, es la siguiente escena: yo metido en el bus que sale a la Feria del Libro, hoy por la tarde, y miren la coincidencia, los del Fluminense hospedados en el mismo hotel. Ahí, pegado a la ventanilla, mi rostro observando la parte trasera de la camioneta de los brasileros: bebidas energéticas, balones en su redes y, ay la altura, tres o cuatro garrafas de aire. Quito está, si no me equivoco, a casi 2 800 metros sobre el nivel de mal. Los del Fluminense se quejan de eso. Y los otros colegas que asisten a esta Feria sacan la lengua, una argentina se desmaya en el bus que nos lleva a una cena por la noche y yo me río: estos gauchos no aguantan nada. Aunque, como siempre me pasa, la venganza es dulce, pues al pisar suelo paceño estoy inutilizado por dos días, pálido y bruto. Y pienso: «es inhumano jugar en la altura». </p>
<p>Terminamos de cenar. No hablamos de esa pasión de multitudes, y caminamos un poco y entramos al hotel (en el trayecto la no-presencia del fútbol es aún más fuerte), en el bar hay un televisor y frente a él un montón de gente (quiteños o no) que justo en ese momento gritan un gol más de la Liga. Ya perdí, pienso, mientras veo a un botones sonriente correr hacia el bar porque el equipo va ganando y, al parecer, está cerca del campeonato. Es una derrota con sabor a victoria, pues hasta el momento el fútbol no ha logrado vencerme. La cosa es que los tres nos quedamos unos segundos viendo la algarabía de los futboleros: abrazos, vivas, brazos extendidos hacia el cielo. Ya nos despedimos, cansados. Llego a mi habitación y la tele me hace la última mala jugada del día (en realidad lo hizo desde que llegué): no puedo cambiar de canales, o no sé hacerlo con esta aparato y coloco Fox Sports y ahí el último gol de la Liga. Afuera, observando desde la ventana, se escuchan los cohetes, la noche será interminable, la fiesta recién comienza, el fútbol ha ganado. Y no hay lugar a la revancha. Durante toda la noche, mientras intento dormir, escucharé las bocinas por las calles, la no-presencia ya no está, ahora está una manifestación más, la Liga está haciendo historia, o dos veces historia, como me explica al día siguiente el vendedor de un stand allá en la Feria del Libro. Le digo que no vi todo el partido y que no pude dormir por la bulla. Él pregunta de dónde soy. Le contesto que de Bolivia, habla de la altura y lamenta que no vayamos al Mundial.</p>
<p>-Como nosotros -me dice-. Pero con lo de la Liga ya basta.</p>
<p>Entonces me pregunta quién, creo yo, ganará el Mundial.</p>
<p>-Sinceramente no sé quiénes juegan -le digo.</p>
<p>Me enumera, con esa amabilidad de los quiteños, los equipos que van a Sudáfrica. Japón, escucho. Y recuerdo a los <em>Supercampeones</em>. Mi venganza, pienso.</p>
<p>-Si es así tal vez gane Japón -le digo-. Tiene buenos jugadores.</p>
<p>-¿Y quiénes son? -pregunta.</p>
<p>-Oliver Átom, Benji Price, los hermanos Korioto. Con eso ganan seguro -digo.</p>
<p>Pago el libro. Me da la factura y me retiro, ahora sí seguro de haber ganado una batalla más contra el fútbol. Pero una vez más me invade esa inseguridad que tantos problemas me ha traído a lo largo de mi vida. ¿Ganó la lucha libre? ¿El fútbol? ¿Esto le importa realmente a alguien? A la semana me entero que la Liga es campeón. Me alegro por ellos y por Quito, se lo merece por su generosidad y su belleza, y por los libros que compré allá. Y también me alegro por los brasileros. Qué bueno que perdieron. Hago un recuento histórico y me doy cuenta que no hay ni un solo luchador brasilero que valga la pena. En eso por lo menos ganamos, pienso. Y en eso no hay revancha. Aunque a lo segundos dudo y me rasco la cabeza: ¿o no?</p>
<p><em>Fuente: Ecdótica</em></p>
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		<title>Crónica: Pérdido en DF</title>
		<link>http://www.ecdotica.com/2010/02/24/cronica-perdido-en-df/</link>
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		<pubDate>Wed, 24 Feb 2010 23:35:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Paz Soldan</dc:creator>
				<category><![CDATA[Crónica]]></category>

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		<description><![CDATA[<p><center><a href="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2010/02/avenida-juárez1.jpg"><img src="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2010/02/avenida-juárez1.jpg" alt="" title="avenida juárez" width="135" height="150" class="aligncenter size-full wp-image-2625" /></a></center><br />
<strong>Miedo: perdido en el DF<br />
Por: Wilmer Urrelo Zárate</strong></p>
<p>-¿Cómo llego a la avenida Juárez?</p>
<p>La recepcionista del hotel Corinto sonríe con malicia y responde:</p>
<p>-Con cuidado.</p>
<p>Río sin ganas y pienso una vez más: ya van como diez veces que me dicen lo mismo. Luego ella hace su trabajo, llama a un botones y él es el encargado de darme las coordenadas (inútiles, porque igual me perderé). Salimos del hall, bajamos las gradas y señala una avenida infestada de coches y, casi al fondo, el monumento a la Revolución cruzado de escaleras: está siendo refaccionado. </p>
<p>-Váyase con cuidado -me dice antes de verme partir.</p>
<p>Le agradezco y salgo. Atravieso una construcción y ahí está el bullicio. O el ruido, como diría <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Antonio_Di_Benedetto">Di Benedetto</a> en <strong>El silenciero</strong>. Un montón de gente caminando apresurada, los camiones (o micros, como le decimos acá) pasando rápido, los taxis a los que no hay que subirse porque si no te asaltan, al decir de una de las amigas que conocí en Guanajuato. Camino sin fijarme mucho en la gente, paso esa venida y llego al enorme edificio de Sanborns, de ahí, derechito, dicen, está la avenida Juárez y en ella las librerías de las que me hablaron antes de hacer este viaje. Gandhi, El Sótano. Pero ya a esa altura el ambiente empieza a cambiar. Los mexicanos y las mexicanas son como nosotros. La misma contextura física, la misma cara, suspiro porque voy a pasar desapercibido, sin embargo la diferencia está en sus miradas, el defeño y la defeña (como escuché que se dicen a sí mismos) no se detienen a mirarte a los ojos. Tienen la mirada esquiva y uno cree que tiene estampada en la frente las siguientes palabras: te voy a robar.</p>
<p>Las cuadras son largas y, con pena y también ya resignado, me doy cuenta que estoy perdido. Me detengo un momento. A lo lejos, es decir, al frente, pasa velozmente una patrulla de la policía federal. Detrás de ella una ambulancia haciendo sonar la sirena. Saco del bolsillo trasero la libreta y anoto el quinto palito de mi estadística personal. Desde que llegué de León (hace menos de una hora), ya son cinco veces que escucho una sirena. En fin, veo un puesto de revistas, me acerco y observo Playboy, H, Proceso y debajo de esa hilera la primera gran alegría: Pancho Villa, una biografía narrativa del entrañable Paco Ignacio Taibo II.</p>
<p>-¿Y el precio? -le digo.</p>
<p>-200 varos -responde el vendedor.</p>
<p>Tomo el libro y pago. Entonces vuelvo a preguntar:</p>
<p>-¿Cómo llego a la avenida Juárez?</p>
<p>-Váyale con cuidado -sonríe. Y luego-: derechito y dobla a la izquierda.</p>
<p>Agradezco los nuevos datos. El libro pesa demasiado, así que me detengo, me quito la mochila y lo coloco dentro. La avenida por donde avanzo sigue llena de gente, una par de jóvenes caminan delante de mí tomados de la mano. Y ahí está el sexto sentido de los habitantes de está ciudad, ese sexto sentido que se ha desarrollado por algo que, en ese momento, no podía darle un nombre, pero ahora sí. El miedo. Él se da vuelta y luego lo hace ella. Me miran por un par de segundos y me dejan pasar. Acá en La Paz murmuraría un gracias, pero noto que en el DF eso sería más sospechoso aún. Paso sin decir nada y por ese incidente vuelvo a perderme. Una vez más me detengo. Todos son edificios gigantes, tiendas, una escultura amarilla llamada El Caballito. Entonces a lo lejos creo ver una puerta abierta y ahí algunos libros. ¡La avenida Juárez!, pienso. Me encamino hacia allá, esta vez casi corriendo. Al llegar compruebo que no es la avenida Juárez y que ahí hay, más bien, es una librería de saldos. No importa. Acá también deben haber cosas interesantes. Y sí. Leñero y Sainz y Sebald. Los compro agradecido por los precios y cuando intento hablar con el librero se me sale un paceñismo y él se percata que no soy de allá.</p>
<p>-¿De turismo? -me dice.</p>
<p>-Más o menos -le digo. Y luego vuelvo a lo mismo-: ¿esta es la avenida Juárez?</p>
<p>-No. Pero está cerca.</p>
<p>Una vez más las coordenadas. A esa altura comprendo que esta buena gente no es la culpable sino que soy yo y mi constante estado de despiste. Esta vez me resigno. Y camino ya sin rumbo: llego sin querer a una larga hilera de puestos de tacos. Son las cinco de la tarde y ahí el movimiento es incesante. Gente sentada, con platillos de plástico al frente. Se me hace agua la boca, pero pienso luego en la venganza de Moctezuma (de la que también nos advirtieron) y tan sólo me detengo a observar. Entonces una vez más el sexto sentido. Dos señores se dan vuelta para mirarme y la señora metida dentro del snack levanta la vista.</p>
<p>-Qué traes -dice uno de ellos en tono amenazante.</p>
<p>No digo nada y sigo caminando. ¿Creería que iba a robarle algo? ¿A lo mejor el taco que se estaba comiendo? ¿O me tenía miedo?</p>
<p>Y al fin uno se percata. La gente acá tiene miedo. Miedo al desconocido. Esa es la contante sensación que uno puede percibir cuando camina por sus calles. Cuando entra a los negocios. Cuando hace preguntas estúpidas como la ubicación de la avenida Juárez. Y no es que el habitante de esta enorme y desquiciada ciudad sea grosera, sino que toma sus precauciones. ¿Estadísticas de asaltos? ¿Para qué? ¿Para qué las necesitamos si basta encontrarse con las miradas de desconfianza? Acá está el narco. Están los zetas. Los secuestros. Las cabezas cortadas. Sé que una crónica chiquita como ésta no puede explicar la magnitud del DF. No sólo por ser gigantesco, imposible de conocer, sino porque siempre está un paso más allá de nosotros. Una ciudad encantadora, horrorosamente encantadora.</p>
<p>Al fin decido volver al hotel. Lástima que la tal avenida Juárez sea la única avenida en el mundo que se mueva de acá para allá. O lástima, más bien, que yo sea un estúpido cuya última gracia sea el sentido de la ubicuidad.</p>
<p>Pero tengo que regresar. Cerca de donde me hallo está un policía. Aunque nunca lo hice hablo mentalmente con mi perrita muerta y le digo: sácame de ésta, Nanita. Me acerco y pregunto:</p>
<p>-¿Cómo llego a la calle Vallarta?</p>
<p>Es un policía de la Federal. Piensa por un momento y se da cuenta que no soy de allá. Al fin habla por la radio que cuelga del chaleco y repite la pregunta que hice dando el lugar donde nos encontramos.</p>
<p>-Qué hotel busca, señor -me dice.</p>
<p>Le doy el nombre. Una vez más escucho que está cerca. Que debo cruzar un par de calles y luego doblar a la derecha. Cuando estoy a punto de partir el policía me advierte:</p>
<p>-Camínele con cuidado.</p>
<p>Ya no le digo nada. Tanto advertirme lo mismo y creo que ya fui contagiado por el Miedo (ahora con mayúscula). Avanzo ahora sí repitiendo mentalmente las indicaciones del policía, empero no se puede con la falta de inteligencia. Unos veinte minutos más tarde me doy cuenta que sigo perdido. Ya hay más gente por esa avenida sin nombre (y me pregunto ahora: ¿y si esa era la avenida Juárez?), aquélla todo el tiempo apresurada, algunos ríen, pero creo que la mayoría anda preocupada. ¿Cómo preguntarles la forma de llegar a mi hotel? ¿O estaré perdido acá para siempre? ¿Tanto que tendré el tiempo suficiente para leer el voluminoso libro de Paco Ignacio Taibo II? Al fin me acerco a un negocio (una peluquería). En la puerta se halla parado un diminuto guardia de seguridad privada. Le hago la pregunta de marras y él responde:</p>
<p>-Pos está acá a la vuelta.</p>
<p>Le agradezco y está vez giro donde debo girar. Al fin veo el nombre del hotel en la fachada. Suspiro aliviado. Ingreso y subo a mi habitación sin hablar con nadie. Una vez dentro decido no ver tele y escuchar radio. Alguien mató a alguien. Mañana habrá una marcha por lo de Tlatelolco. Poco a poco me quedo dormido y sueño que todas las personas con las que me topé hoy están en mi habitación registrando mis cosas. Ellos no se amilanan ante mi presencia y yo tampoco hago nada. Creo que, en el sueño o pesadilla, al fin pude encontrar la manera de intentar entender el DF: es mejor no hacer ese esfuerzo. Me despierto a las tres de la mañana. No sé si lo hago aliviado. Al fin y al cabo, ser robado o asaltado en esta maravillosa ciudad debe ser el derecho de piso que se tiene que pagar por vivir en ella.</p>
<p>Intento dormir, pero no puedo. No, pienso, esta vez no voy a recurrir a mis pastillas salvadoras. Prefiero pensar en la inmensidad de la ciudad. Enciendo la tele y en el canal de música una muchacha hermosa ataviada como un ángel interpreta una canción pop mientras baila con precisión. También el DF es esto, pienso, y entonces me quedo dormido.</p>
<p>Al día siguiente, en las pocas horas que me quedan en la ciudad, hago un nuevo intento por hallar la bendita avenida Juárez. Ahora tengo el Miedo en las venas, y eso es saludable. Es como quemarse con un objeto y tenerle luego respeto.</p>
<p>¿Encontré la avenida Juárez al fin?</p>
<p>Esa es otra historia.</p>
<p><em>Fuente: Ecdótica</em></p>
]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><center><a href="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2010/02/avenida-juárez1.jpg"><img src="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2010/02/avenida-juárez1.jpg" alt="" title="avenida juárez" width="135" height="150" class="aligncenter size-full wp-image-2625" /></a></center><br />
<strong>Miedo: perdido en el DF<br />
Por: Wilmer Urrelo Zárate</strong></p>
<p>-¿Cómo llego a la avenida Juárez?</p>
<p>La recepcionista del hotel Corinto sonríe con malicia y responde:</p>
<p>-Con cuidado.</p>
<p>Río sin ganas y pienso una vez más: ya van como diez veces que me dicen lo mismo. Luego ella hace su trabajo, llama a un botones y él es el encargado de darme las coordenadas (inútiles, porque igual me perderé). Salimos del hall, bajamos las gradas y señala una avenida infestada de coches y, casi al fondo, el monumento a la Revolución cruzado de escaleras: está siendo refaccionado. </p>
<p>-Váyase con cuidado -me dice antes de verme partir.</p>
<p>Le agradezco y salgo. Atravieso una construcción y ahí está el bullicio. O el ruido, como diría <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Antonio_Di_Benedetto">Di Benedetto</a> en <strong>El silenciero</strong>. Un montón de gente caminando apresurada, los camiones (o micros, como le decimos acá) pasando rápido, los taxis a los que no hay que subirse porque si no te asaltan, al decir de una de las amigas que conocí en Guanajuato. Camino sin fijarme mucho en la gente, paso esa venida y llego al enorme edificio de Sanborns, de ahí, derechito, dicen, está la avenida Juárez y en ella las librerías de las que me hablaron antes de hacer este viaje. Gandhi, El Sótano. Pero ya a esa altura el ambiente empieza a cambiar. Los mexicanos y las mexicanas son como nosotros. La misma contextura física, la misma cara, suspiro porque voy a pasar desapercibido, sin embargo la diferencia está en sus miradas, el defeño y la defeña (como escuché que se dicen a sí mismos) no se detienen a mirarte a los ojos. Tienen la mirada esquiva y uno cree que tiene estampada en la frente las siguientes palabras: te voy a robar.</p>
<p>Las cuadras son largas y, con pena y también ya resignado, me doy cuenta que estoy perdido. Me detengo un momento. A lo lejos, es decir, al frente, pasa velozmente una patrulla de la policía federal. Detrás de ella una ambulancia haciendo sonar la sirena. Saco del bolsillo trasero la libreta y anoto el quinto palito de mi estadística personal. Desde que llegué de León (hace menos de una hora), ya son cinco veces que escucho una sirena. En fin, veo un puesto de revistas, me acerco y observo Playboy, H, Proceso y debajo de esa hilera la primera gran alegría: Pancho Villa, una biografía narrativa del entrañable Paco Ignacio Taibo II.</p>
<p>-¿Y el precio? -le digo.</p>
<p>-200 varos -responde el vendedor.</p>
<p>Tomo el libro y pago. Entonces vuelvo a preguntar:</p>
<p>-¿Cómo llego a la avenida Juárez?</p>
<p>-Váyale con cuidado -sonríe. Y luego-: derechito y dobla a la izquierda.</p>
<p>Agradezco los nuevos datos. El libro pesa demasiado, así que me detengo, me quito la mochila y lo coloco dentro. La avenida por donde avanzo sigue llena de gente, una par de jóvenes caminan delante de mí tomados de la mano. Y ahí está el sexto sentido de los habitantes de está ciudad, ese sexto sentido que se ha desarrollado por algo que, en ese momento, no podía darle un nombre, pero ahora sí. El miedo. Él se da vuelta y luego lo hace ella. Me miran por un par de segundos y me dejan pasar. Acá en La Paz murmuraría un gracias, pero noto que en el DF eso sería más sospechoso aún. Paso sin decir nada y por ese incidente vuelvo a perderme. Una vez más me detengo. Todos son edificios gigantes, tiendas, una escultura amarilla llamada El Caballito. Entonces a lo lejos creo ver una puerta abierta y ahí algunos libros. ¡La avenida Juárez!, pienso. Me encamino hacia allá, esta vez casi corriendo. Al llegar compruebo que no es la avenida Juárez y que ahí hay, más bien, es una librería de saldos. No importa. Acá también deben haber cosas interesantes. Y sí. Leñero y Sainz y Sebald. Los compro agradecido por los precios y cuando intento hablar con el librero se me sale un paceñismo y él se percata que no soy de allá.</p>
<p>-¿De turismo? -me dice.</p>
<p>-Más o menos -le digo. Y luego vuelvo a lo mismo-: ¿esta es la avenida Juárez?</p>
<p>-No. Pero está cerca.</p>
<p>Una vez más las coordenadas. A esa altura comprendo que esta buena gente no es la culpable sino que soy yo y mi constante estado de despiste. Esta vez me resigno. Y camino ya sin rumbo: llego sin querer a una larga hilera de puestos de tacos. Son las cinco de la tarde y ahí el movimiento es incesante. Gente sentada, con platillos de plástico al frente. Se me hace agua la boca, pero pienso luego en la venganza de Moctezuma (de la que también nos advirtieron) y tan sólo me detengo a observar. Entonces una vez más el sexto sentido. Dos señores se dan vuelta para mirarme y la señora metida dentro del snack levanta la vista.</p>
<p>-Qué traes -dice uno de ellos en tono amenazante.</p>
<p>No digo nada y sigo caminando. ¿Creería que iba a robarle algo? ¿A lo mejor el taco que se estaba comiendo? ¿O me tenía miedo?</p>
<p>Y al fin uno se percata. La gente acá tiene miedo. Miedo al desconocido. Esa es la contante sensación que uno puede percibir cuando camina por sus calles. Cuando entra a los negocios. Cuando hace preguntas estúpidas como la ubicación de la avenida Juárez. Y no es que el habitante de esta enorme y desquiciada ciudad sea grosera, sino que toma sus precauciones. ¿Estadísticas de asaltos? ¿Para qué? ¿Para qué las necesitamos si basta encontrarse con las miradas de desconfianza? Acá está el narco. Están los zetas. Los secuestros. Las cabezas cortadas. Sé que una crónica chiquita como ésta no puede explicar la magnitud del DF. No sólo por ser gigantesco, imposible de conocer, sino porque siempre está un paso más allá de nosotros. Una ciudad encantadora, horrorosamente encantadora.</p>
<p>Al fin decido volver al hotel. Lástima que la tal avenida Juárez sea la única avenida en el mundo que se mueva de acá para allá. O lástima, más bien, que yo sea un estúpido cuya última gracia sea el sentido de la ubicuidad.</p>
<p>Pero tengo que regresar. Cerca de donde me hallo está un policía. Aunque nunca lo hice hablo mentalmente con mi perrita muerta y le digo: sácame de ésta, Nanita. Me acerco y pregunto:</p>
<p>-¿Cómo llego a la calle Vallarta?</p>
<p>Es un policía de la Federal. Piensa por un momento y se da cuenta que no soy de allá. Al fin habla por la radio que cuelga del chaleco y repite la pregunta que hice dando el lugar donde nos encontramos.</p>
<p>-Qué hotel busca, señor -me dice.</p>
<p>Le doy el nombre. Una vez más escucho que está cerca. Que debo cruzar un par de calles y luego doblar a la derecha. Cuando estoy a punto de partir el policía me advierte:</p>
<p>-Camínele con cuidado.</p>
<p>Ya no le digo nada. Tanto advertirme lo mismo y creo que ya fui contagiado por el Miedo (ahora con mayúscula). Avanzo ahora sí repitiendo mentalmente las indicaciones del policía, empero no se puede con la falta de inteligencia. Unos veinte minutos más tarde me doy cuenta que sigo perdido. Ya hay más gente por esa avenida sin nombre (y me pregunto ahora: ¿y si esa era la avenida Juárez?), aquélla todo el tiempo apresurada, algunos ríen, pero creo que la mayoría anda preocupada. ¿Cómo preguntarles la forma de llegar a mi hotel? ¿O estaré perdido acá para siempre? ¿Tanto que tendré el tiempo suficiente para leer el voluminoso libro de Paco Ignacio Taibo II? Al fin me acerco a un negocio (una peluquería). En la puerta se halla parado un diminuto guardia de seguridad privada. Le hago la pregunta de marras y él responde:</p>
<p>-Pos está acá a la vuelta.</p>
<p>Le agradezco y está vez giro donde debo girar. Al fin veo el nombre del hotel en la fachada. Suspiro aliviado. Ingreso y subo a mi habitación sin hablar con nadie. Una vez dentro decido no ver tele y escuchar radio. Alguien mató a alguien. Mañana habrá una marcha por lo de Tlatelolco. Poco a poco me quedo dormido y sueño que todas las personas con las que me topé hoy están en mi habitación registrando mis cosas. Ellos no se amilanan ante mi presencia y yo tampoco hago nada. Creo que, en el sueño o pesadilla, al fin pude encontrar la manera de intentar entender el DF: es mejor no hacer ese esfuerzo. Me despierto a las tres de la mañana. No sé si lo hago aliviado. Al fin y al cabo, ser robado o asaltado en esta maravillosa ciudad debe ser el derecho de piso que se tiene que pagar por vivir en ella.</p>
<p>Intento dormir, pero no puedo. No, pienso, esta vez no voy a recurrir a mis pastillas salvadoras. Prefiero pensar en la inmensidad de la ciudad. Enciendo la tele y en el canal de música una muchacha hermosa ataviada como un ángel interpreta una canción pop mientras baila con precisión. También el DF es esto, pienso, y entonces me quedo dormido.</p>
<p>Al día siguiente, en las pocas horas que me quedan en la ciudad, hago un nuevo intento por hallar la bendita avenida Juárez. Ahora tengo el Miedo en las venas, y eso es saludable. Es como quemarse con un objeto y tenerle luego respeto.</p>
<p>¿Encontré la avenida Juárez al fin?</p>
<p>Esa es otra historia.</p>
<p><em>Fuente: Ecdótica</em></p>
]]></content:encoded>
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		<title>Bolivia days</title>
		<link>http://www.ecdotica.com/2009/06/15/bolivia-days/</link>
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		<pubDate>Mon, 15 Jun 2009 15:54:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Paz Soldan</dc:creator>
				<category><![CDATA[Crónica]]></category>

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		<description><![CDATA[La novela de Hasbún trata de cómo agoniza una mujer, y de cómo escribe de modo terminal sobre sí misma mientras hace que su propia intimidad se parezca a un paisaje extraterrestre.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><center><img src="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2009/06/Alvaro-Bisama-128x150.jpg" alt="Alvaro-Bisama" title="Alvaro-Bisama" width="128" height="150" class="aligncenter size-thumbnail wp-image-1739" /></center><br />
<strong>Bolivia days<br />
Por: Álvaro Bisama</strong></p>
<p>1) Fui al Centro Cultural Simón I. Patiño de Santa Cruz de la Sierra a hablar de crónica latinoamericana y cuando me bajé del avión me enteré de que David Carradine había muerto. Sucedió momentos antes de que Rodrigo Hasbún me pasara <strong>El lugar del cuerpo</strong>, su primera novela. Carradine había muerto de autoasfixia y, por supuesto, hay tantos detalles sórdidos como estúpidos de por medio.</p>
<p>2) La novela de Hasbún trata de cómo agoniza una mujer, y de cómo escribe de modo terminal sobre sí misma mientras hace que su propia intimidad se parezca a un paisaje extraterrestre.</p>
<p>3) En su novela Hasbún practica el kung fu de la soledad.</p>
<p>4) Maximiliano Barrientos y Hasbún me hablan de Jaime Sáenz y de cómo escribió y construyó una mitología sobre los aparapitas, aquellos cargadores aimaras de La Paz, que zurcen su ropa con retazos de restos de vestimenta ajena y que se encierran a “sacar el cuerpo”, lo que quiere decir meterse en un cuarto lleno de latas de aguardiente para beber hasta morir.</p>
<p>5) Compro en la Feria del Libro de Santa Cruz un libro llamado Jesús Boliviano. Viene con CD de música incluido.</p>
<p>6) Santa Cruz no se parece a nada. O no se parece a Chile, lo que es, sin duda, magnífico.</p>
<p>7) Nadie se acuerda acá de la gripe porcina. Fabián Casas me dice que la porcina mató en Buenos Aires el miedo al dengue. Así estamos: cambiamos una paranoia por otra.</p>
<p> <img src='http://www.ecdotica.com/wp-includes/images/smilies/icon_cool.gif' alt='8)' class='wp-smiley' /> Leo en el hotel <strong>Conductas erráticas</strong>; la antología de no-ficción que Liliana Colanzi y el mismo Barrientos han armado a modo de mapa generacional y ajuste de cuentas.<strong> Conductas erráticas</strong> es una suerte de guía acelerada por la Bolivia contemporánea. Lo que contiene Conductas erráticas: bandas punks que tocan cumbia, drogas de todo tipo, comida chifa y música rave, “Paris Texas” de Wenders, la despedida del grunge y la bienvenida a Roberto Bolaño, gente perdida entre los anillos que diseñan la geografía de Santa Cruz y Bolivia completa, una larga búsqueda de las claves secretas que permiten comprender a Evo, las memorias de Edmundo Paz Soldán como futbolista en Estados Unidos, la fábula de un guitarrista que toca a Hendrix en una plaza, un infinito número de versiones de un país posible, una colección de mundos paralelos que chocan y estallan en el libro.</p>
<p>9) Rodrigo Hasbún en <strong>Conductas erráticas</strong>: “Nuestra guerra era leer doce horas seguidas. Nuestra guerra era ver cinco películas seguidas. Nuestra guerra era ignorar la realidad que nos rodeaba, borrarla abriendo los ojos lo más posible.</p>
<p>10) Max Barrientos en <strong>Conductas erráticas</strong>: “Una crónica sobre un paseo nocturno. Una crónica sobre los bares cerrados una noche de lunes. Sobre el barrio en que vivimos. Sobre los grandes supermercados. Una crónica sobre el frío y la lluvia y sobre cómo estos factores amenazan nuestra necesidad de compañía”.</p>
<p>11) Doy vueltas por Santa Cruz y saco fotos de los portales y los grafitis, de los escaparates y los libros piratas, de las palmeras que se mecen con el viento que remeda a un huracán que nunca llega, de una banda tocando en una plaza, de los detalles ínfimos de una ciudad tropical al mediodía donde todo se detiene.</p>
<p>12) Saco esas fotos con el celular. Son fotos nítidas y extrañas a la vez, como si esa extrañeza remedara mi propia deriva en esta ciudad desconocida, como si captaran con su ojo extraño las formas de la distancia, al modo de ese diario privado que me he prometido tener y que jamás he empezado en serio: un libro que nunca llegaré a leer, pero que estoy acá, lejos de casa, escribiendo. </p>
<p><em>Fuente: <a href="http://blogs.elmercurio.com/cultura/2008/04/28/quien-escribio-la-biblia.asp">http://blogs.elmercurio.com/</a></em></p>
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		<item>
		<title>África y Julitane (inédito) en la biblioteca</title>
		<link>http://www.ecdotica.com/2008/11/06/africa-y-julitane-inedito/</link>
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		<pubDate>Thu, 06 Nov 2008 19:34:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Paz Soldan</dc:creator>
				<category><![CDATA[Crónica]]></category>
		<category><![CDATA[h.c.f. mansilla]]></category>

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		<description><![CDATA[<p><center><a href='http://www.ecdotica.com/2008/11/06/africa-y-julitane-inedito/1202/' rel='attachment wp-att-1202' title='africa.jpg'><img src='http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2008/11/africa.thumbnail.jpg' alt='africa.jpg' /></a></center><br />
<strong>África y Julitane<br />
Por H.C.F. Mansilla</strong></p>
<p><em>(El Doctor Mansilla tuvo la gentileza de enviarnos una crónica de su estadía en África el que pueden descargarlo de: http://www.ecdotica.com/biblioteca/africa%20y%20julitane.pdf.. Este será un capítulo de sus memorias, los que se lo presentamos en calidad de primicia)</em></p>
<p>Los ríos de aguas mansas y oscuras, la estepa y el desierto, la selva y las ciudades del África Occidental están unidas en mi memoria al recuerdo de Julitane. No me gustó esa parte del continente, ni sus gentes, ni sus paisajes, y mucho menos su ámbito político. Y, sin embargo, cuando pienso en aquel tiempo, que fue el de mi segunda juventud, la remembranza de Julitane se sobrepone a todo y embellece una etapa que sin ella merecería ser calificada como mediocre y tediosa. He viajado por gran parte del ancho mundo, siempre en pos de cosas hermosas y dignas de verse, y aquella estadía en África debería ser considerada como una experiencia anodina según mis propios criterios estético-históricos. Pero ahí surge con fuerza la imagen de Julitane, el regalo de los dioses, y con ella la idea de felicidad plena y la necesidad de agradecer al universo por aquella dicha irrepetible. (Fragmento)</p>
<p><em>Fuente: Ecdótica</em></p>
]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><center><a href='http://www.ecdotica.com/2008/11/06/africa-y-julitane-inedito/1202/' rel='attachment wp-att-1202' title='africa.jpg'><img src='http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2008/11/africa.thumbnail.jpg' alt='africa.jpg' /></a></center><br />
<strong>África y Julitane<br />
Por H.C.F. Mansilla</strong></p>
<p><em>(El Doctor Mansilla tuvo la gentileza de enviarnos una crónica de su estadía en África el que pueden descargarlo de: http://www.ecdotica.com/biblioteca/africa%20y%20julitane.pdf.. Este será un capítulo de sus memorias, los que se lo presentamos en calidad de primicia)</em></p>
<p>Los ríos de aguas mansas y oscuras, la estepa y el desierto, la selva y las ciudades del África Occidental están unidas en mi memoria al recuerdo de Julitane. No me gustó esa parte del continente, ni sus gentes, ni sus paisajes, y mucho menos su ámbito político. Y, sin embargo, cuando pienso en aquel tiempo, que fue el de mi segunda juventud, la remembranza de Julitane se sobrepone a todo y embellece una etapa que sin ella merecería ser calificada como mediocre y tediosa. He viajado por gran parte del ancho mundo, siempre en pos de cosas hermosas y dignas de verse, y aquella estadía en África debería ser considerada como una experiencia anodina según mis propios criterios estético-históricos. Pero ahí surge con fuerza la imagen de Julitane, el regalo de los dioses, y con ella la idea de felicidad plena y la necesidad de agradecer al universo por aquella dicha irrepetible. (Fragmento)</p>
<p><em>Fuente: Ecdótica</em></p>
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		</item>
		<item>
		<title>Crónica</title>
		<link>http://www.ecdotica.com/2008/11/06/cronica/</link>
		<comments>http://www.ecdotica.com/2008/11/06/cronica/#comments</comments>
		<pubDate>Thu, 06 Nov 2008 18:51:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Paz Soldan</dc:creator>
				<category><![CDATA[Crónica]]></category>
		<category><![CDATA[edmundo paz soldán]]></category>

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		<description><![CDATA[<p><center><a href='http://www.ecdotica.com/2008/11/06/cronica/1201/' rel='attachment wp-att-1201' title='miss-bolivia.jpg'><img src='http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2008/11/miss-bolivia.thumbnail.jpg' alt='miss-bolivia.jpg' /></a></center><br />
<strong>Aventuras en el Miss Bolivia<br />
Por: Edmundo Paz Soldán</strong></p>
<p>La cálida y no tan remota noche del 18 de julio, me hallaba en un salón elegante de la ciudad de Santa Cruz, Bolivia, cuando, acosado por un grupo de exaltados, debí, como los árbitros que marcan un penal decisivo en los minutos finales del encuentro, escabullirme del lugar para salir indemne. Sabía que la actividad para la que me habían invitado desataba pasiones en todo el país, pero jamás se me ocurrió pensar que, como dice el lugar común, la sangre llegaría al río: antes de irme, vi mucha sangre en el piso del salón. Había vasos tirados, platos rotos, gente que se golpeaba con denuedo. Una vez fuera del salón, mientras llegaba agitado al lugar donde unas amigas tenían aparcado el coche, pensé que todo había ocurrido por un simple concurso de belleza. Acababa de confirmar en carne propia que, en América Latina, los concursos de belleza son cualquier cosa menos simples.</p>
<p>A principios de julio, cuando estaba de vacaciones en Cochabamba, recibí un llamado para formar parte del jurado del Miss Bolivia, que se llevaría a cabo el 18 de ese mismo mes en la ciudad de Santa Cruz. Aunque mi impulso inicial me pedía que aceptara la invitación, decidí pensarlo un poco: en un país en el que la literatura suele estar dominada por la solemnidad, sabía que sería atacado por mi gesto frívolo. Luego me justifiqué diciendo que el escritor debía explorar todos los rincones de la sociedad, y que si alguna vez había visitado el Palacio Presidencial y me había codeado con políticos incompetentes y mezquinos, era justo que visitara esa otra cara tan fundamental de Bolivia: para un país sin estrellas de cine ni de televisión, sin una industria cultural capaz de producir grandes cantantes, las misses y las modelos son nuestra precaria realeza.</p>
<p>Cuando llegué al salón Sirionó de la Feria Exposición de Santa Cruz, me topé con una alfombra roja, modelos en una pasarela, periodistas con cámaras y micrófonos. Me sorprendí: el concurso no sólo era importante, sino incluso trascendente. Debía haberlo sospechado, al enterarme que las representantes de Pando no participarían en protesta porque en el concurso del año interior miss Pando, una de las favoritas, no había ganado. Sí sabía que tendríamos, como siempre, a las representantes del Litoral, la provincia perdida en la guerra del Pacífico más de un siglo atrás. Así estaban las cosas en mi país: no había representantes de uno de los nueve departamentos, y sí la había de un departamento fantasma.</p>
<p>Éramos siete en el jurado. Otro de los miembros era Juan Claudio Lechín, escritor finalista del Rómulo Gallegos el 2004. ¿Era Bolivia el único país en que dos escritores habían llegado a formar parte al mismo tiempo de un jurado así? Eso decía mucho, o poco, del país. Como fuera, yo estaba sentado al lado de una ex Miss Bolivia y una ex Miss México. Mi compatriota derrochaba simpatía y, me enteraría luego, era una experta a la hora de defender a su candidata. La mexicana era de Monterrey y contó que trabajaba en Univisión; sólo abría la boca para pedirnos que le sacáramos fotos. Debió haber sacado trescientas esa noche. Era fotogénica, imaginé que no borraría ninguna. Le dije que quizás hubiera sido mejor que se trajera una filmadora, para que alguien la filme todo el tiempo. Se rió, pero no me contestó.</p>
<p>Del concurso, recuerdo haber pensado que, en la parte de los trajes típicos, las representantes del occidente y los valles estaban en desventaja en relación a las del oriente tropical: a la chica de Sucre su traje de indígena de Tarabuco apenas le dejaba ver el rostro, mientras que el traje ínfimo de la de Beni le aseguraba fácilmente un lugar entre las finalistas. En la parte de los trajes de baño, los hombres del jurado éramos tímidos, las mujeres no tanto (“esa miss no tiene cuello”; “esa otra tiene kilos de más”). En cuanto a la sección de preguntas y respuestas, me pregunté por qué chicas tan jóvenes no decían lo que querían decir, sino lo que pensaban que la gente quería escuchar, y terminaban enredadas en una respuesta más que falsa. Si tuviera la oportunidad de ser otra persona por un día, ¿quién quisiera ser una chica de veinte años? Pensé: Scarlett Johansson, Julieta Venegas, Evita. Una de las finalistas dijo: “Moisés”. Yo comencé a llamarla Miss Moisés. Ahí, y no cuando aparecieron los trajes típicos o los de baño, estaba la parte falsa del concurso.</p>
<p>Las deliberaciones del jurado hicieron que nos decantáramos por dos finalistas: Miss Beni, que no había terminado el colegio y tenía un aire de la-vecina-de-al-lado, si es que las vecinas fueran voluptuosas y se movieran como bailarinas de samba; y Miss Cochabamba, que era alta, tenía un cuello grácil de modelo y una seriedad que asustaba. En un país de gente no muy alta, los altos son reyes, me dije, y creí que la cochabambina lo tendría fácil. No fue así, después de la votación se encontraba en la minoría. Entonces apareció la ex Miss Bolivia en el jurado, y, con un tono experimentado de yo-estuve-ahí, arengó a los que defendían a miss Beni con el argumento de que la chica de Cochabamba tenía las virtudes que se necesitaban en un Miss Universo –era alta, tenía garbo y apostura. La mayoría colapsó y cambió su voto con una facilidad de espanto. Parece que es muy difícil decirle no a una miss decidida.</p>
<p>Entre el público había barras para todas las misses, pero al final, cuando se anunció que la ganadora era miss Cochabamba –rompiendo así un predominio de dos décadas de las representantes de Santa Cruz–, la mesa en la que se encontraba la familia de una de las que no había ganado reaccionó airada. De manera inocente, salí de la sección protegida del jurado para hablar con la gente que se acercaba; pensaba: ya se dio el veredicto, el resultado final no tiene trascendencia, lo importante es competir. De pronto, la madre de una de las misses me increpó; me dijo que, como Evo Morales estaba en el poder, su hija había sido discriminada por ser rubia, por no ser “originaria’. Traté de razonar con ella, le dije que no era cierto lo que decía; después de todo, la ganadora era de padre francés y se llamaba Dominique.</p>
<p>Era inútil. De pronto, volaron platos y puñetes; hubo sangre en el piso. Los organizadores del concurso no habían contratado personal de seguridad, por lo que algo que podía haberse detenido en cinco minutos tardó cincuenta en ser controlado. Me encontré rodeado y temí por lo que podría pasar. Ese fue en el momento en que me sentí como un árbitro amenazado y decidí escaparme por la puerta de atrás.</p>
<p>Esa noche aprendí mucho de la sociedad boliviana. Me dije que no lo volvería a hacer.</p>
<p><em>Fuente: Letras Libres</em><br />
<a href="http://www.letraslibres.com/index.php?art=13399"></p>
]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><center><a href='http://www.ecdotica.com/2008/11/06/cronica/1201/' rel='attachment wp-att-1201' title='miss-bolivia.jpg'><img src='http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2008/11/miss-bolivia.thumbnail.jpg' alt='miss-bolivia.jpg' /></a></center><br />
<strong>Aventuras en el Miss Bolivia<br />
Por: Edmundo Paz Soldán</strong></p>
<p>La cálida y no tan remota noche del 18 de julio, me hallaba en un salón elegante de la ciudad de Santa Cruz, Bolivia, cuando, acosado por un grupo de exaltados, debí, como los árbitros que marcan un penal decisivo en los minutos finales del encuentro, escabullirme del lugar para salir indemne. Sabía que la actividad para la que me habían invitado desataba pasiones en todo el país, pero jamás se me ocurrió pensar que, como dice el lugar común, la sangre llegaría al río: antes de irme, vi mucha sangre en el piso del salón. Había vasos tirados, platos rotos, gente que se golpeaba con denuedo. Una vez fuera del salón, mientras llegaba agitado al lugar donde unas amigas tenían aparcado el coche, pensé que todo había ocurrido por un simple concurso de belleza. Acababa de confirmar en carne propia que, en América Latina, los concursos de belleza son cualquier cosa menos simples.</p>
<p>A principios de julio, cuando estaba de vacaciones en Cochabamba, recibí un llamado para formar parte del jurado del Miss Bolivia, que se llevaría a cabo el 18 de ese mismo mes en la ciudad de Santa Cruz. Aunque mi impulso inicial me pedía que aceptara la invitación, decidí pensarlo un poco: en un país en el que la literatura suele estar dominada por la solemnidad, sabía que sería atacado por mi gesto frívolo. Luego me justifiqué diciendo que el escritor debía explorar todos los rincones de la sociedad, y que si alguna vez había visitado el Palacio Presidencial y me había codeado con políticos incompetentes y mezquinos, era justo que visitara esa otra cara tan fundamental de Bolivia: para un país sin estrellas de cine ni de televisión, sin una industria cultural capaz de producir grandes cantantes, las misses y las modelos son nuestra precaria realeza.</p>
<p>Cuando llegué al salón Sirionó de la Feria Exposición de Santa Cruz, me topé con una alfombra roja, modelos en una pasarela, periodistas con cámaras y micrófonos. Me sorprendí: el concurso no sólo era importante, sino incluso trascendente. Debía haberlo sospechado, al enterarme que las representantes de Pando no participarían en protesta porque en el concurso del año interior miss Pando, una de las favoritas, no había ganado. Sí sabía que tendríamos, como siempre, a las representantes del Litoral, la provincia perdida en la guerra del Pacífico más de un siglo atrás. Así estaban las cosas en mi país: no había representantes de uno de los nueve departamentos, y sí la había de un departamento fantasma.</p>
<p>Éramos siete en el jurado. Otro de los miembros era Juan Claudio Lechín, escritor finalista del Rómulo Gallegos el 2004. ¿Era Bolivia el único país en que dos escritores habían llegado a formar parte al mismo tiempo de un jurado así? Eso decía mucho, o poco, del país. Como fuera, yo estaba sentado al lado de una ex Miss Bolivia y una ex Miss México. Mi compatriota derrochaba simpatía y, me enteraría luego, era una experta a la hora de defender a su candidata. La mexicana era de Monterrey y contó que trabajaba en Univisión; sólo abría la boca para pedirnos que le sacáramos fotos. Debió haber sacado trescientas esa noche. Era fotogénica, imaginé que no borraría ninguna. Le dije que quizás hubiera sido mejor que se trajera una filmadora, para que alguien la filme todo el tiempo. Se rió, pero no me contestó.</p>
<p>Del concurso, recuerdo haber pensado que, en la parte de los trajes típicos, las representantes del occidente y los valles estaban en desventaja en relación a las del oriente tropical: a la chica de Sucre su traje de indígena de Tarabuco apenas le dejaba ver el rostro, mientras que el traje ínfimo de la de Beni le aseguraba fácilmente un lugar entre las finalistas. En la parte de los trajes de baño, los hombres del jurado éramos tímidos, las mujeres no tanto (“esa miss no tiene cuello”; “esa otra tiene kilos de más”). En cuanto a la sección de preguntas y respuestas, me pregunté por qué chicas tan jóvenes no decían lo que querían decir, sino lo que pensaban que la gente quería escuchar, y terminaban enredadas en una respuesta más que falsa. Si tuviera la oportunidad de ser otra persona por un día, ¿quién quisiera ser una chica de veinte años? Pensé: Scarlett Johansson, Julieta Venegas, Evita. Una de las finalistas dijo: “Moisés”. Yo comencé a llamarla Miss Moisés. Ahí, y no cuando aparecieron los trajes típicos o los de baño, estaba la parte falsa del concurso.</p>
<p>Las deliberaciones del jurado hicieron que nos decantáramos por dos finalistas: Miss Beni, que no había terminado el colegio y tenía un aire de la-vecina-de-al-lado, si es que las vecinas fueran voluptuosas y se movieran como bailarinas de samba; y Miss Cochabamba, que era alta, tenía un cuello grácil de modelo y una seriedad que asustaba. En un país de gente no muy alta, los altos son reyes, me dije, y creí que la cochabambina lo tendría fácil. No fue así, después de la votación se encontraba en la minoría. Entonces apareció la ex Miss Bolivia en el jurado, y, con un tono experimentado de yo-estuve-ahí, arengó a los que defendían a miss Beni con el argumento de que la chica de Cochabamba tenía las virtudes que se necesitaban en un Miss Universo –era alta, tenía garbo y apostura. La mayoría colapsó y cambió su voto con una facilidad de espanto. Parece que es muy difícil decirle no a una miss decidida.</p>
<p>Entre el público había barras para todas las misses, pero al final, cuando se anunció que la ganadora era miss Cochabamba –rompiendo así un predominio de dos décadas de las representantes de Santa Cruz–, la mesa en la que se encontraba la familia de una de las que no había ganado reaccionó airada. De manera inocente, salí de la sección protegida del jurado para hablar con la gente que se acercaba; pensaba: ya se dio el veredicto, el resultado final no tiene trascendencia, lo importante es competir. De pronto, la madre de una de las misses me increpó; me dijo que, como Evo Morales estaba en el poder, su hija había sido discriminada por ser rubia, por no ser “originaria’. Traté de razonar con ella, le dije que no era cierto lo que decía; después de todo, la ganadora era de padre francés y se llamaba Dominique.</p>
<p>Era inútil. De pronto, volaron platos y puñetes; hubo sangre en el piso. Los organizadores del concurso no habían contratado personal de seguridad, por lo que algo que podía haberse detenido en cinco minutos tardó cincuenta en ser controlado. Me encontré rodeado y temí por lo que podría pasar. Ese fue en el momento en que me sentí como un árbitro amenazado y decidí escaparme por la puerta de atrás.</p>
<p>Esa noche aprendí mucho de la sociedad boliviana. Me dije que no lo volvería a hacer.</p>
<p><em>Fuente: Letras Libres</em><br />
<a href="http://www.letraslibres.com/index.php?art=13399"></p>
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