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Música para rinocerontes


Los rinocerontes de Terranova
Por: Wilmer Urrelo Zárate

Debo confesar que me gustan los libros raros. Los inclasificables. Me refiero a aquellos que ya la gente pasó al olvido y no los recuerda ni por si acaso. Esos libros que fueron creación de personas ya descartadas por el tiempo y por la literatura llamada «seria». (Eça de Queiroz nos vemos en el cielo). ¿Las razones? No las sé. Puede ser por la esperanza de hallar una gran sorpresa o bien un enorme desencanto. Ya lo dije: lo raro me gusta. Me atrae sin contemplaciones.

Algo así me pasó con Música para rinocerontes (Editorial El Cuervo, 2010) de Juan Terranova. El autor es argentino, nacido en 1975, porteño (pero buena gente, me dijeron). Tiene ya en su carrera un buen número de títulos, sobre todo novelas, aunque también le dio por el lado de la poesía y la crónica. Sin embargo, acá en Bolivia lo empezamos a conocer por estos ¿relatos?, ¿cuentitos?, ¿principios de ensayo?

Ahí, en esas incógnitas, está parte de la fuerza de Música para rinocerontes. Se trata de una serie de doce «historias» a secas que componen este libro. Títulos, de inicio, estrambóticos y por lo tanto desconcertantes: «Una remera con la cara de Stalin», «¿Dónde están los delfines?», «Hombres que saltan en jaulas de animales salvajes». Casi todas estas «historias» tienen como trasfondo a la melancolía, a la gente sola, dos temas que, dicho sea de paso, empiezan a ponerse no sé si de moda, pero sí de «estoy a la orden para lo que usted guste, señor» en aquellos escritores menores de cincuenta años.

Lo bueno es que ambos aspectos están presentes con lucidez en las «historias» de Terranova. Muchas de ellas tienen que ver con lo cotidiano, también, con la vida periodística (y una frase, ojo, lapidaria y premonitoria para todo aquel que desee dedicarse a los medios de comunicación: «Se lo veía feliz de haber dejado el periodismo») o bien con aquellas películas que de niños entusiasmaron tanto a los que ya somos peligrosamente treintañeros: «El planeta de los simios», por ejemplo, de lejos la mejor «historia» de este libro.

Se refiere, por su puesto, a esa obra maestra que fue la primera versión del film (la más contemporánea es mejor olvidarla). Fue gratificante cómo gracias a esta «historia» pude recordar parte de mi niñez olvidada: yo quería convertirme, y ya mismo, en un simio al terminar de ver por primera vez la peli en cuestión; aunque lo malo del efecto Terranova es que me di cuenta ahora, con tristeza y resignación, una veintena de años después, que lo logré.

Y también está aquella imagen del final del largometraje que vuelve siempre a mi mente cuando pasan esas irritantes imágenes turísticas de EE. UU. (¿la fantasía erótica de Bin Laden y de los movimientos sociales?); obvio, me refiero a la Estatua de la Libertad hundida en el mar, derrotada, casi inexistente, un símbolo de que no todo es eterno. Y Terranova rescata esa clave en su esencia, no sólo a lo largo de esta «historia», sino, sobre todo, por una frase que me dejó helado: «…El planeta de los simios es una contradicción del peronismo».

Por suerte, el libro vale la pena ser leído también por Fuego chino, La máquina idiota y Pornopunk.

De manera que lo irresistible reside, pues, en lo desconcertante del argumento de cada pequeña «historia». No me refiero al efecto sorpresa que ya todos conocemos sino al hecho de preguntarte de pronto en medio de la lectura lo siguiente: «¿cómo no se me ocurrió que podía escribirse de esto antes?». En fin, son «historias» que se las disfruta por su rapidez, aunque ante todo por descolocarnos en medio de una realidad que cada día que pasa se parece más a un cuartel militar.
Eso sí, no entendí (una banalidad, ya lo sé) por qué llamarla Música para rinocerontes. ¿Valdrá la pena averiguarlo? Si se puede ojalá alguien me saque de la duda.

Fuente: Ecdótica

Cuento: El sacrificio. Escrito por Claudia Azcuy


El sacrificio
Por: Claudia Azcuy

N. del E. Celebramos la generosidad de Claudia Ascuy por dejarnos compartir con nuestros lectores uno de sus cuentos, que esperamos, sinceramente, sea de su total agrado.

Unos ojos vidriosos que parecían pedir perdón desde el más allá, un charco de sangre y, hacia la derecha, sobre la pared, dos o tres palabras escritas con ella; y, sin embargo, nada.

Hacía unos días había leído en el periódico que dos adolescentes cubanos se habían metido en el tren de aterrizaje de un avión de British Airways, donde murieron congelados por las bajas temperaturas y, aunque la historia lo inspiró un poco, no pudo escribir ni una página.

En África, según informaba un canal de noticias local, se expandía la creencia de que teniendo relaciones con niños se disminuía considerablemente el riesgo de contraer el SIDA. Ésta le llamó mucho la atención, porque se imaginó entonces un montón de negros violando a otro montón de niños, a la multitud excitada y, entre aquellos, un pequeño de seis o siete años con un pantaloncito rojo que ya andaba por el suelo. Pensó entonces en “La lista de Schindler”, así que se desencantó enseguida ante la inconsciente asociación.

Llevaba ya semanas revisando los diarios, sintonizando las emisoras más bizarras y sensacionalistas, recorriendo las calles más peligrosas de la ciudad e, incluso, visitando parques y plazas concurridas donde se quedaba durante horas, sentado, viendo la gente pasar e imaginando sus vidas; y aún no tenía una historia. Lo había intentado todo: desde el insomnio provocado hasta largas jornadas de interminable consumo de todo lo que debería hacerle volar, pero nada; lo mejor que lograba era aterrizar en blanco, sin hambre y con ganas de tirarse a la vecina.

También había intentado con la acupuntura, la homeopatía y las prostitutas (curiosamente, un mismo amigo le había recomendado las tres alternativas). Se suponía que las dos primeras le permitirían hallar el equilibrio faltante en sus funciones orgánicas para luego librarse del bloqueo emocional que lo mantenía aislado de la inspiración; la tercera la utilizaría en caso de que ninguna de las anteriores funcionara y era mucho más simple: pagarle a una mujer para que le contara su vida y, eventualmente, cogérsela. De la última experiencia solo consiguió escribir lo que más o menos fue el diálogo con la puta:

―Es tu primera vez aquí, ¿verdad? ―preguntó ella mientras jugaba con su lengua, los dientes y unos dedos que amenazaban con ser introducidos en su culo. Él, con un tímido gesto, asintió.

―No te preocupes, mañana estarás aquí otra vez… sólo tienes que probarme. ―dijo, con una seguridad y confidencia que no le ayudaban a excitarse. En ese momento Augusto pensó en que una un poco más sumisa hubiese sido probablemente mejor, pero ya había escogido a ésta y no quería perder más tiempo; por último, ella también tenía lo que necesitaba.

―Empecemos de una vez. Desnúdate. Hazlo despacio y luego voltéate, apóyate en el sillón y abre las piernas ―vociferó, recuperando el control y anunciando que durante los próximos cincuenta y siete minutos la situación no sería diferente.

Cuando el sexo concluyó, intentó que la mujer le contara algo ―real o inventado, cualquier cosa que le cediese la facultad de desencadenar una serie de motivos, causas y consecuencias que en algún momento de la noche pudieran convertirse en una historia― y lo único que esta alcanzó a narrarle fue cómo llegó a la prostitución, y ya a nadie le interesa saber cómo una joven de 20 años decide vender su cuerpo por dinero. Al menos no desde que alguien, alguna vez, afirmó que lo hacía por placer.

Agotadas sus opciones, esa noche llegó a la casa y, después de escribir tres o cuatro párrafos sobre el encuentro, abrió una botella de scotch y se fue a sentar a su cama, mirando al techo. Así se pasó casi media hora y, cuando el cuello comenzó a molestarle, alguna sensación divina se le aproximó. Fue a la cocina, agarró el cuchillo de la carne y comenzó a hacerse incisiones en su brazo izquierdo. Los cortes no eran profundos, pero dejaban brotar la sangre.

Unas horas más tarde, ya había avanzado a las piernas, las heridas eran crecidamente hondas y a su lado una pila de papeles escritos comenzaba a amontonarse. Cuando llegó al tobillo, justo cerca del hueso, no pudo más: escribió con tal excitación que las lágrimas que caían de sus ojos no eran de dolor, sino de felicidad.

La tarde siguiente, satisfecho con el resultado de la víspera, intentó reproducir el sacrificio. Esta vez escribiría sobre la importancia de sentir el dolor; no interesaba en ese momento cuál sería la historia, ésta llegaría en cuanto la sangre comenzara a salir o, en el peor de los casos, en cuanto atacara al tobillo. Comenzó de la misma forma: primero los brazos, luego las piernas, tajos delgados y superficiales seguidos de otros agudos. Pero llegó al talón con apenas media página escrita.

Entonces insistió, esta vez procurándose incisiones peligrosas. Los sangrados se intensificaron y, al rozar la una de la mañana, su cuerpo parecía finalmente vaciado. La habitación era un desastre, el flujo rojizo había invadido hasta las pocas palabras escritas y navegaba ahora, despacio, por debajo de la cama y la mesa de noche. Estaría muerto a eso de la 1.10 am. y, aproximadamente a esa misma hora, pero dos días después, el cadáver fue hallado.

Luego de varias jornadas de investigación policial, los detectives descartaron la idea del sacrificio satánico cuando encontraron la narración nacida de la primera noche de cortaduras; en ella, algunas ideas escritas al margen del papel, a manera de diario, esbozaban el origen de la extraña práctica y cuáles habían sido las motivaciones.

Pasaron dos horas y, en el canal local, los periódicos y las emisoras más bizarras, ya se transmitía la noticia. Ese mismo rato, en alguna parte, dicen que otro escritor encontró la historia que buscaba.

Fuente: Ecdótica

Tercera edición de Las máscaras de la nada, veinte años después


Prólogo a la tercera edición de Las máscaras de la nada
Edmundo Paz Soldán

Hoy, 10 de agosto de 2010, a las 7:00 PM en el auditorio de Los Tiempos –Plaza Quintanilla, Cochabamba, Bolivia–, Edmundo Paz Soldán firmará ejemplares de la tercera edición de su primer libro Las máscaras de la nada que se publicó por primera vez, bajo el sello Los amigos del libro, en 1990. A continuación los dejamos con el prólogo del libro de cuentos

A principios de 1985 me fui a la Argentina a estudiar ingeniería en petróleos. Cuando pienso que durante todo un año me dediqué a hacer algo que no me gustaba en lo más mínimo, siento cierta compasión por el adolescente confundido que alguna vez fui. Digo cierta, porque uno no debería tener pena de sus errores; debería, más bien, asumirlos, y ni siquiera verlos como errores. De alguna manera, los caminos equivocados que alguna vez tomamos son los que luego sirvieron para convertirnos en lo que somos.

Ese año de ingeniería en Mendoza, lejos del mundo protector de la Cochabamba de mi infancia y adolescencia, con pocos amigos cerca y lejos de mi familia, salía a divertirme poco. Me quedaba hasta tarde resolviendo problemas de cálculo y álgebra. Y leía. Comencé a coleccionar una colección de clásicos de Seix Barral que se vendían en los quioscos. Me deslumbré con Santuario, me encantó la obra de Henry Miller.

Ese año de crisis y confusión, sin embargo, el autor más importante para mí fue Ernesto Sábato. No lo he vuelto a leer, pero entonces, a los diecinueve, un libro como Abbadón el exterminador podía cambiarme la vida. En esa novela, cuya trama hoy invento libremente, uno de los personajes principales, un trasunto del mismo Sábato, es un científico que vive soñando con el arte (la pintura, en su caso). Un día, en el laboratorio en el que trabaja, se produce un accidente debido a que el científico se hallaba perdido en la ensoñación de su mundo artístico. Este accidente lo lleva a cuestionar su vocación, y a abandonar la ciencia para seguir sus inclinaciones artísticas.

Cuando terminé la novela, se me ocurrió que yo me hallaba ante el mismo dilema. Y llegué a la conclusión de que debía abandonar la ingeniería. Igual, lo raro fue que no me hubiera metido de golpe a una carrera literaria. En 1986 me fui a Buenos Aires a estudiar Relaciones Internacionales, lo cual, supuse, me permitiría estar más inmerso en el mundo de los libros. Comencé a ir de oyente a clases de literatura en la Universidad de Buenos Aires (U.B.A.)

Mi cambio de carrera me hizo bien. De pronto, tenía mucho tiempo libre para pasear por librerías y cafés. Comencé una novela. Rellené por cuenta propia mis huecos en la lectura de los clásicos. Fueron años de Camus, Faulkner, Hemingway, Carpentier, Onetti. Como la novela no iba a ninguna parte, me puse a escribir cuentos breves. Me atraían las alegorías morales de Kafka, que solían ser de una o dos páginas. Quería el cinismo de Onetti, la desazón existencial de Camus y los fuegos artificiales de los finales de Cortázar. Quería muchas cosas en muy poco espacio. No me interesaba tanto el desarrollo de los personajes ni la evocación de un espacio geográfico; lo que sí me parecía fundamental era la trama. Y así fue como yo, que era de los que pensaban que para ser un escritor uno debía escribir una novela, me convertí en un cuentista.

En las ferias del libro de Buenos Aires me dejaba impresionar ante tanta pasión lectura, y cuando veía chicos de mi edad que querían ser escritores, me visitaba una envidia saludable y me preguntaba por qué ellos sí y yo no. En esas ferias tuve la oportunidad de entrevistar a escritores importantes a quienes veía de lejos desde Bolivia, como monstruos intocables –Bioy Casares, José Donoso, el mismo Sábato. A todos ellos les preguntaba cosas que me interesaban como escritor más que como periodista; ¿qué libros le recomendaría a un joven lector? ¿Qué consejos le daría a un adolescente que quiere convertirse en escritor? Para entonces, yo me había olvidado de las limitaciones de mi medio, que decían que ser escritor no era una opción válida para mí. Y tampoco me preocupaba mucho saber que estaba estudiando Relaciones Internacionales, que en los papeles esa carrera podía llevarme a derroteros alejados de la literatura. Después de todo, cuando me preguntaban qué haría una vez terminada la licenciatura, yo decía que quería volver a Bolivia e ingresar al servicio diplomático, pero, cuando pensaba en términos más realistas, decía que la política en Bolivia terminaría por ganarle la partida a la literatura, y que era muy probable que yo me convirtiera en un político más.

De todos los escritores que conocí en Buenos Aires, el más importante desde el punto de vista de mi vocación fue José Donoso. Uno de los grandes del Boom, el escritor chileno asistía regularmente a las ferias del libro, pues tenía un numeroso grupo de lectores en Buenos Aires. Todas las noches de la feria de 1988, durante dos semanas, se lo podía ver sentado en la caseta de Seix Barral, a veces firmando ejemplares o hablando con alguno de los escritores que se le acercaban a brindarle sus respetos o a dejarle su manuscrito, a veces solo. Le pedí una entrevista y me sorprendió que aceptara dármela. Después, cuando vio, a través de mis preguntas, mi deseo transparente de convertirme en escritor, me dijo que podía acercarme a charlar con él cuando quisiera. Así, durante dos semanas, yo llegaba a la feria del libro e iba directamente a la caseta de Seix Barral. Buscaba una silla y me sentaba al lado de Donoso, que me presentaba a escritores importantes y hablaba conmigo mientras atendía a la gente. Me habló de escritores que yo no conocía (Henry James, el barón Corvo), expresó su frustración ante el éxito de Vargas Llosa (sus últimas novelas eran “pan y circo” para las masas, decía), me dio consejos, me tomó en serio.
En esos días, creí haber terminado el manuscrito de mi primer libro de cuentos. Se llamaba Cristales en la noche y se lo entregué a Donoso. Al poco tiempo, con él ya en Chile, recibí una escueta nota suya, en la que me decía que había terminado el manuscrito, que le había parecido muy flojo, pero que no me desanimara. Volví a leer el manuscrito, constaté que Donoso tenía razón, me deshice de la mayoría de los cuentos, y con los sobrevivientes inicié un nuevo manuscrito. Debía continuar, pues recordaba una de las lecciones de Donoso, que me había dicho que todos podían escribir, pero que lo que él consideraba escribir, era en verdad reescribir. Debía retrabajar los manuscritos, corregir, pelearme frente a la máquina de escribir.

Durante mis años porteños gané, con “La transformación”, un concurso de cuento en la universidad de El Salvador, donde yo estudiaba. Eso fue un aliciente enorme para mi autoestima. No importaba que se tratara de un concurso de una universidad que no tenía una carrera relevante de literatura; lo fundamental era que había ganado algo en esa ciudad que admiraba tanto como me intimidaba. Eso, pensé, me validaba como escritor, al igual que el hecho de que la revista Puro Cuento, que dirigía el escritor argentino Mempo Giardinelli, decidiera publicar tres de mis cuentos breves.

Hacia 1988, había asumido al fin mi vocación literaria en Buenos Aires. Podía sentirme un escritor de verdad. Incluso había enviado el manuscrito de Cristales en la noche a una editorial en Cochabamba, Los Amigos del Libro. Don Werner Guttentag se mostró interesado, pero dictaminó que sólo una sección del libro era rescatable. Ese mismo año me fui a estudiar a los Estados Unidos y continué escribiendo cuentos. A mediados de 1989, sentí que tenía un libro listo, al que esta vez titulé Las máscaras de la nada. Don Werner aceptó el manuscrito, y me dijo que saldría al año siguiente, con prólogo de Adolfo Cáceres Romero. De pronto me sentí menos solo: era mi primer libro, pero mucha gente me apoyaba para convertirlo en realidad. Estaba listo para la siguiente etapa de mi vida. O al menos eso creía.

Fuente: Editorial Nuevo Milenio

Cuento: Duerme pablito de Carla Angelo


Duerme Pablito
Por: Carla Angelo

Luz, sombra, y de nuevo la luz se colaba entre las rendijas del camión. El cambio del clima comenzaba a notarse en la presencia del alba. Aquel frío seco del altiplano acariciaba sus mejillas paspadas por última vez; el olor a tierra de las papas se colaba en su nariz, haciéndolo sentirse aún en casa.

Pablo dormía sobre los costales, su cabello negro cubierto por un lluchito se dejaba ver apenas, y sus manos morenas se cerraban sobre una chuspa. El camión paró pausadamente mientras bajaban la carga.

—Despertate, ya estamos en el Rodríguez —el chofer le dio un brusco empujón y sacó el costal sobre el que Pablo apoyaba la cabeza.

El niño abrió los ojos con pesadez, incorporándose. Los ruidos tan diferentes al del campo se escuchaban. Bocinazos, habladurías, gritos, motores… El aire también era diferente, más pesado; menos frío.

— ¡Ya bajete pues! —le gritaron.

Apenas bajó del camión, los puestos llenos de verduras que las vendedoras acomodaban le parecieron curiosos. El suelo empedrado se sentía diferente a la fría tierra altiplánica bajo sus abarcas. No levantó la vista del suelo, una papa rodaba por la inclinada calle hasta detenerse bajo sus pies. Se agachó a recogerla e inmediatamente se la arrebataron de las manos. Levantó la vista hacia la cholita que lo contemplaba como si fuese un ladrón.

— ¡Pablo! ¡Ven pues! —escuchó el grito de su madrina. Buscó en varias direcciones y la vio junto al chofer del camión que lo había llevado a la ciudad.

Se aproximó con cautela, un poco cansado.

—Apúrate pues.

Caminó tras ella. Su madrina, la hermana de su mamá, era una cholita simpaticona que atendía un puesto en el mercado. Era tan activa y vivaracha que siempre andaba de un lado al otro con paso apresurado. Aquel momento no era la excepción. Recorría la ruta que se sabía de memoria, casi al trote, mientras su ahijado trataba de seguirle el ritmo, abriéndose paso entre la gente, sin la costumbre de encontrarse inmerso en la multitud.

—Tomá, con hambre debes estar —le extendió una naranja de su puesto, el cual estaba siendo atendido por la Sarita.

Se colgó bien la chuspita al hombro y peló la naranja con sus manitos llenas de tierra por el viaje. Chupando la fruta se sentó en el suelo junto al puesto. Curioso y expectante miraba pasar a la gente. Todos parecían apresurados; muchas señoras de todas clases caminaban de puesto en puesto, llenando sus bolsas de mercado con los productos de Rodríguez.

A sus diez años Pablo realizaba su primera visita a la ciudad. En realidad, migraba del campo a casa de sus padrinos, puesto que sus padres no podían mantener siete hijos. Pablo iba a trabajar con Félix, su padrino, quien era chofer de minibús.

En la mañana se la pasó acompañando a su madrina y a su prima Sarita. Al medio día le ofrecieron un platito de metal y una cuchara con una sajta de pollo. Muerto de hambre devoró la comida, en su pueblito cerca al lago no había comido nunca ese plato tan típico de la ciudad.

No hablaba mucho, era tímido, desconfiado y mucha autoestima no tenía. Entendía que se había ido lejos de su hogar porque era un gasto y, de alguna forma, desde la ciudad debía ayudar a su familia del campo, como su hermana había hecho hacía algunos años atrás.

En la noche ayudó como pudo a cerrar el puesto y su madrina le cargó el aguayo con frutas a su espalda. Caminaron a la parada y esperaron un minibús, cargaron todo adelante y se dirigieron a Rio Seco, donde se encontraba su nueva casa. El ajetreo del bus sobre la calle lo hacía brincar, pero el muchacho que gritaba la ruta por la ventanilla le llamaba más la atención, lo suficiente como para contemplarlo; inmerso en sus cavilaciones asimilaba cada acción, cada gesto, cada señal de su futuro símil.

Llegaron a la casita, el niño ingresó con timidez a saludar a su padrino. Al Félix no lo veía desde que era chiquito; le impresionó un poco el verlo después de tanto tiempo. Era grande y fornido, muy grande en comparación a Pablito. El hombre lo tomó del hombro, con fuerza, mirándolo desde arriba.

—Mañana temprano te vas a despertar —le avisó —, desde las siete hacemos la ruta, desde la Ceja.

Después de una breve explicación de calles que no conocía y apenas el nombre recordaba, se durmió en el catre que iba a compartir con sus primitos. Sarita era la mayor, una niñita de su edad, después venía Paloma, de cinco años y por último el Miguel, de un año.

Pablo durmió tranquilo, aunque extrañaba su hogar. En la noche soñó con su casa, una pequeña de ladrillo, la cual mostraba orgullosa su fachada. Cerca estaba la escuelita del pueblo, una construcción pintada de celeste, con una cancha de tierra donde jugaba en los recreos. A lo lejos se divisaba el altiplano. Llano, seco, con la paja que adornaba el suelo como hilos descoloridos de oro. En sus sueños se vio corriendo nuevamente detrás de la pelota de trapo; mientras el sol se ocultaba en la planicie y se reflejaba en el agua azul del ancestral lago.

Acostumbrado a madrugar se levantó temprano. Se limpió con el agua helada que salía de una pila del patio y su madrina le dio una marraqueta y un trocito de queso que comió en el camino.

— ¿Sabes sumar no? —le preguntó Félix en un tono autoritario.

El niño afirmó con la cabeza y el hombre estiró su mano, mostrándole y depositando monedas en su palma.

—De la ceja a la Pérez, es dos cincuenta el pasaje; desde la tranca si no hay pasajero cobras uno cincuenta —explicó mostrando las monedas—. Te vas a acordar bien de quiénes se suben, cuidado te estén mamando, que no se bajen sin pagar —caminó hacia el minibús, un Toyota blanco que esperaba en el terreno.

La parada no estaba lejos. Un puesto de comida ya estaba abierto y otros choferes conversaban. En otro grupo conversaban tres muchachos, voceadores, que como él, trabajaban en el transporte público durante las vacaciones, feriados y fines de semana.

—Andate con el Felipe, que te explique —lo empujó de los hombros hacia el muchacho más grande de todos.

Él le hizo una seña y lo llevó hacia el minibús. Le mostró lo fundamental: cómo abrir la puerta, cuándo cobrar y cuándo gritar. Pablo escuchaba atento, si algo sabía hacer era escuchar.

— Mañuda es la puerta del minibús del Félix, con fuerza tienes que empujar —le recomendó por último, caminado a su puesto laboral mientras los choferes hacían lo mismo.

Tratando de recordar todo: lo que le había indicado su padrino, Felipe y lo que había visto el día anterior, se dispuso a trabajar. Una y otra vez repetía la ruta; en más de una ocasión el chofer le sopló el nombre de las calles. El frío viento entraba en su garganta mientras gritaba, apaciguando con torpeza su voz infantil.

— ¡Qué pasa Pablo, grita pues! —al llegar a la tranca, el minibús donde iba Felipe les dio alcance. A diferencia de Pablo, él ya estaba acostumbrado, su garganta dolía a veces, pero se encontraba curtida tras realizar el mismo trabajo varios días al año.

—Pasajes —pidió Pablo tímidamente, era la primera vez que iba a cobrar y tenía miedo de hacerlo mal; que le pagasen menos o que directamente no le pagaran.

El transporte ya estaba lleno. Algunos sacaban dinero y se lo alcanzaban. Él intentaba separarlo y dar el cambio antes de olvidarse, entre la cantidad de monedas y manos, quién le había dado qué.

—Su pasaje —dijo a una señora que no se había ni inmutado.

— ¡En la Pérez voy a bajar!—protestó con un acentuado mal humor —. No me voy a bajar sin pagar, ¿Qué me crees, ladrona? —hizo un gesto retador con la cabeza.

El niño volvió a sentarse dirigiendo la mirada hacia el chofer, este lo vio de vuelta desde el espejo, soltando una sonrisa disimulada, era costumbre ese tipo de reacciones entre los pasajeros.

— ¡Oye, mi cambio! No te hagas al gil —demando un señor desde el último asiento.

Pablo miró las monedas, ya todo estaba mezclado y confuso. Con temor le preguntó cuánto le había dado.

—Acordate pues —fue la fría respuesta. Al ver el desconcierto aún vigente del niño, dijo con mala gana—.Cinco pesos te he dado.

—Estos llokallas qué no se van a acordar, por quedarse el cambio se hacen a los locos —intervino la mujer de antes.

Terminadas las primeras rutas del día volvieron a la parada. En unas cuantas horas Pablo había lidiado con toda la juntucha de gente de la ciudad; presenciado un desfile de miradas, actitudes, humores y vestimentas; desde quienes pasaban casi desapercibidos en el transporte, hasta quienes llamaban la atención con sus protestas y griteríos, ya fuera por el tráfico o el Gobierno. Pablo se dio cuenta que habían muchas cosas por las cuales protestar.

— ¿Cuánto has juntado? —preguntó Felipe a otro niño del mismo oficio.

Pícaramente sacó varias moneditas de su bolsillo y las mostró al resto de chicos, como si fuera un tesoro.

—Dos pesos.

—Yo tres, ¿Vos Pablo?

—Nada —explicó con desconcierto, no sabía que podía quedarse con algo.

—Que sonso eres —le dio un golpe en la nuca—. A veces se olvidan de pedir el cambio, si no te piden después de un rato, luego no se acuerdan.

Los chicos le sonrieron con burla; caminaron a un kiosco. Se compraron una gaseosa y la compartieron, aun con Pablo. Después de un compartimiento y un modesto almuercito invitado por los choferes, regresaron a su trabajo.

Con el pasar de los días, Pablo se acostumbraba. Poco a poco se avivaba y, aunque todavía lo lastimaba, intentaba ignorar los malos tratos de algunos pasajeros, quienes olvidaban su condición de niño y lo regañaban como si fuese su obligación servirles.

Entre las arriesgadas y veloces maniobras del Félix, Pablo mantenía el equilibrio parado junto a la puerta. El movimiento violento del minibús al meterse entre los autos se sentía aun en el más terrible embotellamiento, causando decepción a los curiosos personajes que ayudaban a controlar el tráfico. Pablo reía cada vez que uno de esos sujetos disfrazados, de lo que él consideraba un burrito rayado, se aproxime a Félix para reclamarle el pisar la línea de cebra.

Mientras una señora de edad subía al transporte, el niño voceador contaba monedas.

—Tomá —le extendió un dulce, con un rostro más bien severo.

El chico lo recibió con desconfianza, era la primera vez que un pasajero le ofrecía algo. Lo observó un momento, antes de que la anciana volviera a hablar.

—Gracias se dice. Eso se saca uno por ser amable con estos, malcriados son —refunfuñó, hablándole a la señorita de su lado, quien intentaba no prestarle atención.

—Gracias —repitió Pablo en vos bajita, casi en un susurro, sintiéndose amedrentado.

La pesada puerta la volvió a abrir, le costaba esfuerzo hacerlo tantas veces al día, pero cada vez sacaba más fuerza. Una señora con un niño de la edad de Pablo ingresó.

—Ayudame a levantar el asiento.

Rápidamente se aproximó a levantarlo, mientras la señora guiaba a su hijo al fondo.

—Tienes que ayudar ¿No ves que estoy con el chiquito? —reclamó, y más de uno soltó una sonrisa irónica.

—Él también es wawa, no es tu sirviente, con cariñito pedile pues que te ayude —lo defendió una cholita, quien miraba a Pablito con rostro maternal.

—Tú que te metes —respondió desde atrás.

Una pequeña discusión se llevaba a cabo. El niño continuó cobrando pasajes a quienes reían ante la situación. De nuevo las peleas entre desconocidos se hacían presentes en el minibús del Félix. Pablo ya no hacía caso, él no había pedido que peleasen por él, ¿Por qué tenía que meterse?

Sacó la cabeza por la ventanilla, gritando de rato en rato, sintiendo el viento mover su cabello. Ya ingresaban a la Camacho. La avenida que más le gustaba. Le encantaba atravesar ese pasaje mágico, donde la modernidad y conglomeración de la ciudad se juntaban con el Illimani. La montaña le recordaba a su casa, desde donde también podía ver la cordillera, tan grande, tan lejana y cercana a la vez. Por la perspectiva parecía que podía estrujar la suave nieve entre sus manos, sin embargo, no importaba cuanto caminase, el tamaño se mantenía y la distancia se agrandaba. Perdido en su sueño, ajeno al ruido estridente de la música, el parloteo y griterío de las discusiones, cerraba los ojos, sintiendo la velocidad del minibús, asociado a las que él consideraba, expertas maniobras de su padrino.

Sin embargo, a Félix se le olvidaba que las normas y el intento de orden que aquellos personajes de quienes se burlaba intentaban establecer; eran necesarios además de la pericia y destreza.

Una luz amarilla, en la que aumentó la velocidad, un cambio rápido al rojo, otro minibús que realizó la misma imprudente acción, ocasionó lo inevitable.

El sonido de la cumbia saliendo de la radio aún se escuchaba. La alborotada reacción de los curiosos no tardó en hacerse presente. Los cuchicheos de asombro, los bocinazos de quienes no sabían del motivo para detener al tráfico, la gente que bajaba de los buses accidentados, todo era confuso y atosigante.

Ahí, al pie del Illimani, Pablito dormía por última vez; regresando a casa como cada noche, pasando las manos por la paja brava, corriendo en la tierra con nuevos amigos, tras una pelota nueva esta vez, mientras abajo, la multitud se dispersaba.

—Qué pena —comentaban algunos, siguiendo su camino, mirando de reojo hacia atrás, esperando llegar a casa a contar como habían presenciado una de las tantas anécdotas de la ciudad.

Fuente: Ecdótica

Vacaciones permanentes, una reseña de Giovanna Rivero


Contraépica, Vacaciones permanentes
Por: Giovanna Rivero

No siempre en un primer libro de cuentos se intuye el proyecto que el escritor o la escritora ha decidido entregar, a pesar de los secretos pudores, al lector. Vacaciones permanentes, sin embargo, es un libro transparente en ese sentido. Conseguir esa transparencia ha debido significarle a su autora, Liliana Colanzi, horas de trabajo, corrección, relectura, concentrada inteligencia y otras batallas no menos intensas.

Pero, ¿de qué está hecha esa transparencia? ¿Acaso sólo de la renuncia a una pretenciosa opacidad, a una retórica densa y a veces innecesaria? Sí, también de eso. Aunque en el caso de Colanzi, como en el de otros escritores de su generación, la decisión de trabajar con registros domésticos y composiciones lingüísticas mínimas, en ocasiones aparentemente incompletas, pasa más bien por el deseo de priorizar la vida, la vida misma, entendida como eso que nos ocurre a veces violentamente, a veces en la más alocada inconsciencia, más allá de las leyes del lenguaje.

Esto que podríamos considerar una saga, un diario íntimo de viaje o la autobiografía de una generación, tiene, como debe ser, un punto de partida, una fecha-hito: 1997 se titula el cuento que hace de cinta inaugural de esa brillante y demasiado efímera road movie que es la primera juventud vivida justo en el cruce de milenios, cuando la caída de los viejos paradigmas y la euforia de la globalización generaron otro tipo de crisis, otro tipo de dolor, entre ellos el desconcertante conocimiento de que ser joven ahora sólo servía para eso: para ser joven (¿y era aquello suficiente como gesto político?). En ese sentido, me atrevo a decir que hay una dimensión apocalíptica, astutamente matizada por la prosa limpia de Liliana, en este plano secuencia de siete cabalísticos cuentos.

En efecto, si prestamos atención a la línea biográfica que la narradora traza para su protagonista, Analía, esa suerte de alter ego que en las narrativas intimistas o confesionales sirve para poner en acción los infinitos juegos especulares de la autorreferencialidad, la mentira, la fe del lector y los límites de la honestidad, notaremos que su veloz descenso a los infiernos de la adultez es algo así como una ‘picaresca negativa’. La joven Analía es la privilegiada testigo del lento pero implacable deterioro de la clase alta boliviana que, claro, a diferencia del resto de Latinoamérica, está siempre más contaminada por el roce continuo y a veces gozoso con el vulgo.

Este primer desmontaje es clave para entregar al lector a una Analía ya corrompida por la prematura desilusión. El resto será la supervivencia emocional y económica, las concesiones morales, el veloz aprendizaje del mundo ‘real’ y la manía de la huida.

De modo que cuentos como Rezo por vos, El fin de semana estaré bien o Banbury Road nos muestran la contraépica de una Analía que ha decidido agotar el capital de su juventud en eso que el primer mundo valora y teme: la experiencia.

Con un aborto de por medio, ruptura para nada gratuita del máximo continuom, el de la maternidad, lo que sigue es una serie de programas fallidos, como si en la potencia del ‘no’ los personajes de Colanzi encontraran ese gesto político antisistémico que reclamábamos en las primeras líneas de esta reseña.

Analía abandona sus amores en pos de un ideal siempre inalcanzable, y este ansioso nomadismo, tan a tono con los relatos transmigratorios del siglo XXI, parece rebotar una y otra vez contra el vacío. La experiencia se atesora, pero su acumulación debe ser frenética y no plantearse ningún tipo de objetivo didáctico.

Sin embargo, y he aquí una exégesis, quizás a pesar de la ruidosa consigna de desequilibrada y perpetua juventud que los siete cuentos proclaman: es probable que el mejor triunfo sea el de la preservación de la individualidad. Aun en medio de la anónima muchedumbre y de las convencionales propuestas para ‘ser parte de la sociedad’ -hacer una pareja, establecerse, progresar-, Analía, la melancólica heroína, no manifiesta ningún vicio esquizoide (tal vez porque los discursos esquizoides son propios de la modernidad antes que de la posmodernidad). Analía es una sólida unidad, no hay contradicciones o humor que debiliten su empecinado viaje, en soledad, hacia el corazón de las tinieblas. Analía es una flecha que hiere lo que toca.

Hay mucho, mucho más que decir de este precioso volumen. Si sólo nos detenemos a mirar los personajes secundarios, descubriremos en un par de ellos las consecuencias de negarse a crecer, el modo en que lo que era fuerza negativa vital se convierte en una triste mueca del pasado. Adultos inmaduros, decadencia, y en el mejor de los casos, el romántico suicidio, parecen constituir la perspectiva más segura. Ecos carverianos se escuchan en el soundtrack de Vacaciones permanentes, pero a diferencia del minimalismo fundacional de Carver, cuyos personajes han sido mutilados (por obra del editor, ahora lo sabemos) de todo pasado y tal vez de todo futuro, en Liliana, los personajes todavía están dispuestos a salvarse, a trazar vínculos, ‘de amor’ o ‘de odio’, no importa, para hacer la última apuesta: descubrir si después de la juventud todavía hay felicidad posible o algo que se le parezca. Si dejar de ser herederos para tomar la posta puede regalar un poco, un poquito de satisfacción.

Fuente: El Deber



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