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Fragmento de Familia, cuento ganador de Unión Latina de Rodrigo Hasbún

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Familia
Por: Rodrigo Hasbún

(Fragmento del cuento ganador Unión Latina).
Hay una mujer en medio de la calle, tirada, temblando, y a su alrededor se han agrupado cinco peatones, pero sólo uno de ellos, también en el suelo, de rodillas, agitado, intenta hacerla reaccionar. Quizá es médico o enfermero, aunque de lejos no lo parece, precisamente por la agitación, por la tensión que revelan todos los movimientos que a unos pasos todavía del gentío logro entrever. Va de terno, al igual que dos de los del grupo de observadores, y la mujer, más vieja a medida que me aproximo, más demacrada y perdida en la confusión que experimenta, todavía temblando, pero también cada vez menos, porque quizá el corazón siente fatiga y añora detenerse, va vestida con un grueso vestido que cubre el cuerpo entero y que seguramente propicia, con su peso y textura, una vaga sensación de seguridad. Esto sucede en la acera izquierda de una avenida de ocho carriles, los conductores de autobuses y coches no se dan cuenta de nada, pensando en la cena o la discusión, en algún encuentro previsto, en el partido de fútbol que verán a las ocho, y hay alrededor, envolviéndonos en su espesura, un bullicio habitual de viernes por la noche. Un adolescente habla por su celular. Sólo cuando larga una risotada estruendosa descubro que no ha llamado a ningún servicio de ambulancias sino a algún amigo al que le causa gracia oír ese tipo de historias de gente que desfallece o muere en la ciudad. Incluyéndome e incluyendo al adolescente, ahora somos más, quizá diez o doce, pero el único que sigue haciendo algo es el hombre arrodillado, que se ha quitado el saco bruscamente y que luego de decidir que es imprescindible hacerlo, intenta practicarle a la mujer respiración boca a boca. Anochece y hay una mujer en medio de la calle que recorro todos los días a esta misma hora, un poco abatido siempre y dándole vueltas a las mismas preguntas y a los mismos recuerdos, pensando también qué haré cuando llegue a casa y abra la puerta que da a esa pequeña sala silenciosa sin cuadros ni muebles, cómo ocuparé el tiempo obligándolo con esas ocupaciones a que pase desapercibido y pese menos. Abran campo, grita uno de los recién llegados, así no le llega el aire, pero nadie parece oírlo, quizá porque nadie está dispuesto a ceder unos centímetros de proximidad con esa realidad que intentarán reproducir luego, a sus maridos y mujeres y amigos y amantes, y que nos hace sentir un poco más vivos, incluyéndome, porque felizmente no somos aún la que agoniza en el suelo sino uno de los que la mira. No debería pero pienso en mi hija justo cuando empiezan a oírse unas sirenas que paralizan el tráfico, la mayoría de los conductores se apea para dar paso. Miro a los que tengo cerca queriendo saber, sólo por medio de sus gestos y miradas, cuál de ellos llamó y cuándo, si he visto alguna vez a alguno en el restaurante, en qué momento decidirán retomar la caminata. El hombre que baja de la ambulancia y despeja al grupo es menos joven de lo que se espera de esa gente, calvo y de barba, pero se desempeña eficientemente y en lo que tarda decirlo está al lado de la mujer, midiendo sus signos vitales. Su compañera, una muchacha de rasgos duros y angulosos, baja la camilla y nos pide que retrocedamos. Perdido el interés, varios empiezan a irse y en la avenida los autobuses y coches ya circulan con la misma furia de unos minutos atrás. Cargan a la mujer, que no sé si sigue viva, y se la llevan pronto. El hombre que estuvo socorriéndola se acomoda el saco, coge su maletín del suelo y se aleja, agitado pero quizá secretamente orgulloso de sí mismo, a pesar de no haberlo hecho bien. El adolescente del celular, de nuevo llamando a alguien, también se va. El gentío se dispersa y es como si no hubiera sucedido nada. Empiezo a caminar hacia casa pero decidiendo o descubriendo que no quiero llegar a casa aún…
Fuente: www.laprensa.com.bo


Enigmas de la esfinge en la biblioteca de ecdotica

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Enigmas de la esfinge
Por Rosse Marie Caballero

En nuestra biblioteca usted podrá encontrar el cuento ganadador del Primer premio en el Concurso de Departamental de cuento «Comteco orgullosamente nuestro», Cochabamba, Bolivia, 2006
Un párrafo:
Cuando usted llama mi cuerpo siempre está, mi alma vaga. Una de mis almas me posee ahora, me domina, me manda a no contestar su llamado. A descolgar todos los teléfonos de la ciudad y que nadie diga que me conoce y que nadie mencione mi nombre, ninguno de mis nombres cuando usted llame. Esta vez quiero desconocerlo, desconectarlo de mi cerebro y no pensar que existe. Para mí usted ha muerto. Peón cuatro alfil dama.
Fuente: www.ecdotica.com


Un cuento de Óscar Barbery. Parte II

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2080
Por: Óscar Barbery

Un arma de tres puntas para liquidar las aspiraciones cada vez más amenazantes de los cruceños, enfrentándolas, primero, con un apoyo efectivo al indigenismo y a la revolución racial; segundo, una nueva versión discursiva de la lucha de clases cuyo objeto era destruir el sistema productivo de Santa Cruz, y tercero, la promesa electoral de repartir el territorio del oriente y sus recursos naturales, éste como el espacio vital que había que conquistar para entregarlo a los habitantes empobrecidos de occidente. Un plan perfecto, dada las circunstancias. Un ente que empezó a moverse como se movía el ingeniero antes del accidente. Pero al ingeniero le cayó encima un vagón del tren, despedazándolo. Y al ente, ese invento familiar, le cayó encima un movimiento político que al principio fue un aliado eventual menospreciado, pero luego se volvió indomable y poderoso. El mango del “Tridente” le fue arrebatado a su clase, y blandido como un arma por un puño indigenista, acabó con la larga permanencia en el poder de los Recacochea y sus amigos.
Los médicos consideraban que con la nanotecnología estaban logrando sorprendentes avances en la recomposición del sistema neurológico del ingeniero, quien ya podía pestañear a gusto. Para él fue un gran alivio ver y dejar de ver a voluntad las cosas, ventanas, puertas, aparatos, objetos persistentes. Recuperada la facultad de pestañear, durmió por primer a vez en ocho meses. Maritza, con su particular sentido del humor, le decía: “A ver, querido , haceme ojitos, haceme ojitos” y Recacochea, dentro de su escafandra, se los hacía, ante el regocijo de médicos y enfermeras. Si él hubiera podido sonreír, lo hubiera hecho, pues estaba feliz de dominar la luz y la sombra como un efecto mágico de sus parpadeos.
A veces parpadeaba rápidamente, sin querer. O se le cerraba un ojo en la vigilia, o a mitad del sueño se le abría. Es que los eslabones nanotecnológicos de su sistema eran inestables debido a la extrema sensibilidad de sus componentes. La corriente eléctrica, incluso la estática, podía provocar en ellos un caos de vínculos erráticos que se expresaban en gestos faciales vigorosos, graciosos e inútiles, y de miradas punzantes, desprovistas de párpados, o cubiertas por éstos de manera enfática y recurrente. Esta accidental indomabilidad de la luz le provocaba ,con sus relámpagos, efectos hipnóticos que hacían surgir en su conciencia escenas llevadas en lo más íntimo de su ser, fogonazos de múltiples disparos a mitad de la noche, explosión de morteros , estela súbita de los aviones que caían del cielo, o helicópteros reventados por algún misil tierra-aire; imágenes de la Segunda Guerra Federal que tenía profundamente grabadas en sus pupilas, producto de la guerra de occidente contra oriente que sumió al país en la peor crisis de su historia.
La Segunda Guerra Federal terminó en un empate catastrófico provisional. El oriente se recuperó antes que el occidente del shock apocalíptico, y usó su capacidad para producir y distribuir alimentos como un arma más para someter a La Paz, Oruro y Potosí. Así, el empate derivó en una victoria pírrica, pero suficiente para la creación de una nación federal, con la ciudad de Sucre como capital de la república reconstituida, en donde volvieron a localizarse los tres poderes del Estado. El Alto se constituyó en un nuevo Estado Federal y la ex capital, La Paz, se volvió un exitoso municipio turístico.
Libre de sus ataduras, Santa Cruz de la Sierra inició un intenso proceso de reconstrucción de la mano de los cruceños, a los que se sumarían gentes venidas de todas partes, incluyendo la familia Recacochea, algo recuperada de las sacudidas históricas. La hermana del ingeniero insistió en el negocio de las consultorías, mientras que él fundó la empresa constructora “Recacochea y asociados”, unas veces unida a otras empresas constructoras de menor capacidad pero con mayor influencia en el gobierno municipal, y otras veces asociada con los mismísimos alcaldes, según los tiempos. De esta forma, una llamativa capacidad de gestión vinculada a la influencia directa de los alcaldes de turno, lograron que “Recacochea y asociados” obtuviera los contratos de construcción de las más grandes obras de ingeniería de la ciudad, entre ellas, el tren colgante de levitación magnética que recorría el séptimo anillo de circunvalación, suspendido a una altura de dieciséis metros, desde donde el desprendimiento de un vagón con veinte pasajeros adentro podía ser mortal.
Al cumplir un año en el quinto hospital Japonés, le llevaron una torta. Sin que fuera su cumpleaños, su hermana, dos sobrinos y Maritza, encendieron una velita y le cantaron el cumpleaños feliz, en ruso. Recacochea lo tomó con filosofía, diciéndose a sí mismo, con una voz interior bastante metálica que ya reconocía como suya, que al final de cuentas cumplía un año en su nueva vida cibernética. Condescendientemente aceptó, sumergido en los líquidos de su escafandra, que Maritza acercara la torta al cristal de su visor gritando “ que la muerda, que la muerda”, y cuando graciosamente pidió que Recacochea piense en tres deseos y apague la velita, el primer deseo del ingeniero fue que Maritza desapareciera de su vida para siempre. El segundo deseo fue el recuperar sus capacidades, pues esa vela encendida y la imposible hazaña de apagarla estimulaba el insondable dolor por sus dones perdidos. El tercer deseo fue no escuchar más las voces, no aquellas metalizadas que asumía como propias, o las de Maritza, de los médicos o las enfermeras. Tampoco eran aquellas voces lejanas que le contaban la historia de su familia. Éstas eran voces más torturantes, tan íntimas como sus microelectrodos: las voces de los veinte muertos del vagón, que según suponía Recacochea, al impactar sobre su Hammer 2080 fundió chatarras con órganos, y almas con almas.
Los médicos estaban inclinados a creer que había más alma en el resoplido del aire comprimido y en el zumbido de la electricidad impulsora de movimientos, que en esas voces de ultratumba. Por eso Recacochea no dio más explicaciones y se dedicó a escuchar a estas almas de mujeres y hombres metidos en su cabeza, quienes le hablaban de lo inhumano que era vivir en esta ciudad cuyas grandes obras de ingeniería dividían, segregaban, conducían al desasosiego absoluto con su automatismo robótico. Las voces le declamaban poemas. Soy la ciudad, me he bebido el río. Mi piel de cocodrilo se levanta para besar las nubes. Los satélites escudriñan mis entrañas para saber cuánta miseria ha digerido hoy. El hombre es el barro con el que Dios construye las ciudades a su imagen y semejanza. Y el ingeniero visualizaba anonadado las obras de “Recacochea y asociados” de las que era cómplice : las cintas sin fin transportadoras, radio concéntricas, que distribuyen gentes, bienes y servicios, desde el Primer Anillo de Circunvalación al centro, luego de recibir su caudal de muchedumbres provenientes de “ los Topos”, esos trenes que bajo tierra recorren el Segundo, Tercer y Cuarto anillo de circunvalación depositando su carga y recargándose, radial por radial, en cada una de las 28 intercepciones subterráneas de su circuito, mientras circunvalan la ciudad, las 24 horas. Bajo el cielo, sobre la superficie de los anillos y las radiales, se mueven velozmente los vehículos unifamiliar con permisos especiales conferidos por el municipio a quienes pueden pagar sus altas tasas por el uso de las vías al aire libre. El tren colgante de levitación magnética, como una arteria fundamental del organismo urbano, transporta gentes y mercaderías, impulsado a gran velocidad por el séptimo anillo, con escasas paradas en puntos estratégicos localizados en la doble avenida que bordea el río, llamada la Costanera. El tren va cargando y descargando vidas y bienes en los influyentes nudos de las autopistas Santos Dumont, doble vía a La Guardia, Prolongación Roca y Coronado, el Cristo Redentor y la avenida Virgen de Cotoca, para después bifurcarse en dos líneas de trenes que pasando por encima del jardín botánico, circulan en línea recta hacia dos extremos: la Estación Norte y la Estación Sur, dos grandes estaciones antípodas localizadas en el gran anillo de circunvalación internacional que forma parte del sistema vial “Bioceánico” cuya función es unir el océano Pacífico con el Atlántico.
Recacochea les dijo a sus voces “ por qué más bien no me ayudan a apagar la velita”, y Maritza, como si le hubiera adivinado el pensamiento, la apagó con un resoplido que empañó el cristal de la escafandra. Después uno de los médicos dijo: “ Felicidades; en su primer año de vida usted empezará a andar” y Maritza empezó a corear: “Que se pare, que se pare”. El ingeniero empezó a caminar. Las voces de las almas acallaron. Una especie de sonidos hidráulicos fueron la música de fondo para su júbilo. Caminaba. Escuchó a Maritza preguntarle al médico si esas patas no le rayarían el piso de madera de la casa. Una enfermera tomó una de sus grandes manos y lo guió hasta un objeto envuelto en papel de regalo, puesto sobre una mesa, cinco metros más allá. Maritza se apresuró a abrirlo, temiendo que Recacochea, en su torpeza, rompa el regalo. Abierto, emergió un tablero inalámbrico, con una serie de botones, cada uno de ellos era una causa, con una etiqueta que informaba sobre un efecto en el cerebro del ingeniero. Maritza le dijo: “te beso, te beso” y apretó el botón con la etiqueta “beso” y el ingeniero, por primera vez en esa eternidad de su calvario, sintió en su cerebro un beso tierno, prolongado, tibio, suave, humano. “También hay caricias”, decía Maritza con entusiasmo infantil y al tocar el botón correspondiente, logró que Recacochea entrecerrara los ojos, abandonándose a una caricia maternal, fundamental, entrañable. “Cosquillitas, cosquillitas” decía Maritza, apretando otro botón, y el ingeniero respingaba con placer ante el hormigueo de unos dedos invisible que lo puncionaban. Maritza seguía: “Rasca, rasca” y al pulsar le botón “rascar”, el ingeniero sintió que algo le rascaba todo el cuerpo que ya no tenía, devolviéndole la certidumbre sobre su condición humana.
Maritza dejó el tablero para invitarle torta a su cuñada, a sus sobrinos, médicos y enfermeras. Recacochea no se recuperaba del placer de sentir, y bajo ese influjo, hablando consigo mismo le habló a las voces de su prosapia y a las voces de ultratumba, diciéndoles que a lo mejor esta nueva vida no será tan mala. Luego, como para verificarlo, con pesado índice apretó el botón “orgasmo”.
Fin
Fuente: www.eldeber.com.bo


Un cuento de Oscar Barbery. Parte I

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2080
Por: Óscar Barbery

(El escritor Óscar Barbery nos presenta la primera parte de uno sus cuentos. La obra forma parte de su nuevo libro, Crónicas Anilladas. El también creador de El duende y su camarilla nos entrega un relato futurista, pero con matices muy propios de nuestra realidad.)

Un año antes de su torta y su titilante velita de cumpleaños, el Ing. José Belisario Recacochea conducía su Hammer 2080 a doscientos kilómetros por hora, por el séptimo anillo de circunvalación, cuando un vagón del tren colgante de levitación magnética se desprendió del resto de los vagones, y al zafar del acero y del magnetismo de los polos que lo mantenían pegado a las rieles, cayó desde dieciséis metros de altura como un rayo mortal , estrellándose contra el techo del vehículo. Del Ing. Recacochea sólo pudo rescatarse su cabeza, milagrosamente sana. El resto del cuerpo se fundió, con un alto intimismo molecular, a la chatarra y a los cuerpos destrozados de veinte pasajeros que viajaban en el vagón .
La cabeza fue colocada en un cuerpo provisto por la robótica, de fabricación china, con treinta años de garantía, en cuya escafandra Recacochea pervivió, y desde donde observaba tratando de entender su condición, presa del pánico, esa porción del mundo que le presentaba el laboratorio del hospital, lleno de objetos extraños, tan lejanos a su conocimiento como a su tacto pinzar, y a los que examinaba una y otra vez , recorriendo con la mirada la sala en donde estaba internado, ayudado por los movimientos accidentados de su cuello metálico que emitía una especie de suspiro al girar sobre articulaciones plásticas, engranajes de cuarzo , músculos de nailon y tendones de aire comprimido.
Las visitas de Maritza lo angustiaban especialmente. Qué aberrantes caricias podían nacer de sus manos pinzares, en sus desesperados intentos por demostrarle amor a su esposa. Cómo correrle el mechón rubio de su frente, o acariciar sus hombros o tomarla de la cintura para el abrazo, o del cuello para el beso, con su brazos abisagrados y su boca distante, sellada para siempre, como dibujada en esa cabeza prisionera dentro de una escafandra, sumergida en líquidos alimentadores y oxigenantes, transparentes, puestos allí para evitar que muera lo único orgánico que le quedaba.

Ni llorar le era posible. La ausencia de un cuerpo generador de pulsiones fundamentales erradicó de su vida los humores a los que estaba acostumbrado, suplantándolos por unos cosquilleos ubicuos, invasores de su cabeza: cráneo, nuca, frente, sienes, rostro, oídos, ojos, boca. Con la cara sumergida en la esfera acuosa de la escafandra, aún si pudiera llorar no sentiría el lento desplazarse de una lágrima por su mejilla, cuyo rastro en la piel sería todo un símbolo de su existencia humana tan necesitada de significados.
Gracias a Dios, Maritza era incapaz de ver el sentido trágico de la vida. Aún no se habían acallado las voces de los medios de comunicación con sus escandalosas acusaciones de culpabilidad contra la empresa “Recacochea y asociados” por el descarrilamiento del vagón y los veinte muertos, y ya Maritza, en un alarde de optimismo y buen humor, le decía al Ingeniero “mi marionetita”,al verlo colgado de unos cables que posibilitaban el paulatino ensamblaje del cuerpo metálico. Celebraba con énfasis que, seis meses después, el ingeniero Recacochea fuera capaz de pensar que movía un brazo y otro, y que los brazos metálicos se movieran, a la orden, después de que la intermediación de una computadora decodificara el mensaje cerebral convirtiéndolo en mensajes electromecánicos. Gustosa se ofrecía para los ensayos motrices de esos brazos, ante el terror de las enfermeras, quienes secretamente esperaban ver a Maritza hecha papilla por la presión de esas dos tenazas que fungían de brazos y que Recacochea aún no dominaba. Pegada al pecho del robot, abrazada por sus brazos, decía quedamente: “te amo mi Frankenstein”, aprovechando el momento íntimo para agregar, casi susurrando: “el gobierno municipal nos está demandando por incumplimiento de contrato en la construcción del sistema de seguridad del tren colgante de levitación magnética”.

Las largas sesiones de fisioterapia electrónica, con sus numerosísimas descargas eléctricas en el cerebro, lo sumían en un profundo trance filosófico mientras sus grandes y pesados brazos se movían como aspas, en una sucesión de acciones y reacciones promovidas por una computadora que pretendía poner a punto sus reflejos locomotrices. El quién soy, de dónde vengo, adónde voy, no obtenía respuestas ni racionales ni metafísicas, pero servían para fijar un punto de confluencia en la vida de Recacochea, al que llegaba, gracias al ejercicio de una memoria estimulada por las acalambradas descargas de los rayos, toda su parentela ascendente trayendo consigo a través de la historia familiar, sus aportes. Entonces el ingeniero Recacochea combatía la desazón arremolinada en las aspas de esos brazos, con la recordación de los éxitos de su prosapia. Porque ya hubo un Recacochea cuando Bolívar y cuando Sucre, que si bien no fue mano derecha ni izquierda de ninguno de estos personajes, estuvo detrás de ellos, detracito del poder, casi planchándoles los faldones del frac, obteniendo a cambio su cuota de influencias. Hizo fortuna como escribiente, manipulando los títulos de propiedad de los realistas caídos en desgracia y de los criollos caídos en gracia; y marcó el derrotero de toda una familia que a través de los tiempos aprendió y llevó a su más alto nivel el arte de traficar, trocar, alquilar y vender influencias.
Bajo el principio de la concentración de riquezas, los Recacochea fueron familias cuya propensión a no tener descendencia hizo desparecer a más de una de sus ramas genealógicas, y aquellas que persistieron no tuvieron más de uno o dos hijos, siempre bendecidos por la buena salud, contrastando con las numerosas proles con que las familias criollas poblaban Sucre y La Paz, por placer, por descuido, y muchas veces movidos por la necesidad de supervivencia familiar en épocas donde los hijos eran considerados un capital amenazado al que había que multiplicar, puesto que la gente se moría por nada.

Con la cabeza puesta en un cuerpo de robot, más prisionero de sus imposibilidades y temores que del metal antropomorfo, se repetía que los Recacochea fueron unos incansables luchadores y recordó que un Recacochea defendió valientemente la condición de capital de Sucre, para pasarse después, aún más valientemente, al bando de los paceños cuando La Paz ganó la Primera Guerra Federal, y radicado en La Paz, al influjo de los grandes mineros luchó denodadamente para que el Gobierno se olvidara del federalismo y se convirtiera en unitario, ayudando a construir una Bolivia centralizada, minera y burócrata, es decir, propicia a sus habilidades. Otros de la familia lucharon por pertenecer a ciertas élites y se enriquecieron en simbiosis con grupos de poder diversos, cambiantes según las épocas, agrupaciones dinámicas de burócratas, mineros, militares, políticos de profesión, contrabandistas y latifundistas ambiciosos.
No te des por vencido, se decía a sí mismo con conciencia vívida. Sobrevivir le demandaría un esfuerzo sobrehumano y con esta certeza convocaba a sus ancestros como fuente de valentía para afrontar el terror que le provocaba el ser y no ser. Era él en su cabeza, como centro, y empezaba a no ser él en la medida que se alejaba hacia la periférica situación de sus extremidades metálicas. Era él en la voz interior de sus pensamientos, y no era, en la voz que surgía de unos parlantes localizados en su pecho acorazado, tratando de imitarlo en una forzada comunicación con el mundo exterior. Era, cuando se escuchaba a sí mismo, y no cuando los micrófonos le transmitían directamente al cerebro los sonidos de su entorno. Extraño idioma el que surgía de los chips cerebrales implantados en su caja craneal, decodificando y codificando los impulsos de ínfimos electrodos y polímeros microscópicos, especialistas en la transformación de la información bioquímica en pulsiones eléctricas.

En qué idioma habla, se pregunta, cuando se escucha y no reconoce en lo que dice lo que pensaba decir. Se sobresalta presa de la angustia. Ninguno de su parentela se vio obligado a vivir semejante trance. Los Recacochea aprendieron a hablar en inglés, japonés y chino, abandonando para siempre el francés. En la segunda mitad del mil novecientos se llenaron de títulos profesionales multilingües, instrumentos fundamentales para el ejercicio de la burocracia de alto nivel, llaves que abrían puertas para brindar asesoramiento a militares convertidos en presidentes de la República, a coroneles ascendidos a ministros, a tenientes interventores de organismos diversos con los que se podían hacer negocios. Formando parte de la elite de asesores paceños, fueron participantes perennes del poder, y se diversificaron, transformando sus bufetes en centros de capacitación para políticos antiguos y otros recién arribados, en donde la abogacía se redimensionaba, abarcando lo mejor de la administración y las finanzas, la sociología, la antropología cultural, informática, encuestas, publicidad y marketing; constituyéndose el bufete en un importante centro de informaciones que por periodos se convertía en una agencia de espionaje, contraespionaje y chantaje político. Todo un arsenal para el dominio. Una garantía para permanecer al servicio de oligarcas y de burgueses surgidos de la política, la administración de las empresas estatales, la minería, la agricultura, los bienes raíces y el comercio formal e informal.
Los Recacochea solían salir airosos de los sofocones que a su clase le imponía la dinámica de los tiempos, hasta que los estranguló una realidad sospechada desde siempre, pero muy mal evaluada en su potencial capacidad para destruir el mundo, tal cual ellos lo habían construido. Por un lado, indígenas y campesinos paupérrimos, comerciantes de coca, sindicalistas mineros desplazados, pequeños empresarios y gremialistas, encontraron el colectivo que los llevaría a constituirse en un factor poderoso de poder político. Por otro, una burguesía desafiante, emergente del oriente, alimentada por un intenso crecimiento demográfico promotor de un mestizaje que producía cariblancos dados tanto al derroche, a las fiestas , al fandango como al trabajo creativo; ocurrentes bajo el influjo del trópico, audaces, liberales, anticonservadores; quienes moviéndose al ritmo de la orquestación mundial, adheridos a la novedad , sintiéndose ciudadanos del mundo, montados sobre el éxito de sus empresas y de sus multiplicados capitales, liderizaron movimientos sociales en el oriente boliviano que empezaron a exigir su espacio en la repartija del poder político en Bolivia y terminaron con los alcaldes nombrados a dedo por el Gobierno Central y con los prefectos impuestos por el Presidente de turno. Lograda la elección democrática de alcaldes y prefectos, y convertido este éxito en bandera, iniciaron la lucha por las autonomías, cuyo epicentro fue Santa Cruz, extendiéndose a Beni, Pando, Tarija, Sucre y Cochabamba.

Recacochea se preguntaba qué diría su abuelo si lo viera en éstas, a medio armar, parecido a los robots despatarrados con los que jugaba en su infancia en un ejercicio de poder sobre el juguete , imitando el juego que sobre las gentes ejercían su abuelo y después su padre. Fue su familia y los socios de ella quienes , ante la insostenible situación política provocada por la miseria de los campesinos del occidente, frente al crecimiento del poder económico del oriente y en defensa de los intereses de La Paz , se inventaron lo que llamaron “El Tridente”, un plan, un discurso de tres puntas y un solo mango, para que sólo sea sostenido por los Recacochea y sus amigos, decían.

Continuará…

Fuente: www.eldeber.com.bo


Un fragmento de El revés del cuento de Isabel Mesa

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El revés del cuento
Por Isabel Mesa (Fragmento)

Maya dormía bajo la mirada vigilante de cuatro ojitos diminutos que la observaban curiosos. Las frazadas que se iban cayendo poco a poco, a medida que Maya daba vueltas sobre la cama, dejaban ver a una niña flaca, larguirucha, pálida y con el cabello largo, negro y muy ondulado.
Cuando Maya abrió los ojos lo primero que vio fue la silueta de dos pequeñas figuras, sentadas sobre el borde de su mesa de noche, balanceando los pies rítmicamente. Pensó que todavía seguía soñando, así que restregó sus ojos y palpando la superficie del velador buscó sus lentes y se los puso. Incrédula del todo, se incorporó de un salto sobre la cama y acercó tanto su rostro hacia aquellas personitas que su nariz casi rozaba sus cuerpos.
— ¿Quiénes se supone que son ustedes? –preguntó sin salir del asombro.
— Yo soy una princesa —respondió la figura femenina con mucha seguridad—. ¿No ves acaso mi vestido, mis zapatillas y mi corona?
— Entonces… —dudó su compañero—… yo debo ser un príncipe. ¿No ves mi capa, mi espada y mi… mi… ? Oye, princesa –susurró el joven dirigiéndose a la otra figura–, ¿y yo no tengo corona?—
¡Y qué se yo! —respondió la princesa torpemente—. ¡Ya te dije que no me acuerdo de nada! Además, yo a ti no te conozco (…).


Un cuento de Fernando Sorrentino

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Fábula edificante
Por: Fernando Sorrentino

Éste era un mendigo muy honesto.
Un día golpeó a las puertas de una rica mansión. Salió el mayordomo y le preguntó:
—¿Qué desea, buen hombre?
El mendigo respondió:
—Una limosnita, por amor de Dios.
—Voy a consultar con la señora.
El mayordomo consultó con la señora, y ésta, que era muy avara, le contestó:
—Jeremías, dele a ese buen hombre un pan. Sólo uno. Y, en lo posible, que sea de ayer.
Jeremías —que estaba secretamente enamorado de su ama— buscó, para complacerla, un pan viejo, duro como una piedra, y se lo entregó al mendigo.
—Toma, buen hombre —dijo, ahora tuteándolo.
—Que Dios se lo pague —respondió el mendigo.
Jeremías cerró el pesado portón de roble, y el mendigo se alejó con el pan bajo el brazo. Llegó al terreno baldío donde solía pasar los días y las noches. Se sentó a la sombra de un árbol y empezó a comer el pan. De pronto mordió algo duro y sintió cómo una de sus muelas se hacía pedazos. Cuál no sería su sorpresa cuando rescató, junto con los fragmentos de su muela, un fino anillo de oro, perlas y diamantes.
—Qué suerte —se dijo—. Lo venderé y tendré dinero por mucho tiempo.
Pero en seguida prevaleció su honestidad:
—No —agregó—. Buscaré a su dueño y se lo devolveré.
En el interior del anillo estaban grabadas las iniciales J. X. Ni corto ni perezoso, el mendigo se dirigió a un almacén y pidió la guía de teléfonos. Comprobó que, en todo el pueblo, sólo existía una familia cuyo apellido comenzase con X: la familia Xofaina.
Lleno de alborozo por poder llevar a la práctica su honradez, partió rumbo a la casa de la familia Xofaina. Grande fue su asombro al ver que se trataba de la misma rica mansión donde le habían dado el pan con el anillo. Golpeó a las puertas. Salió Jeremías y le preguntó:
—¿Qué desea, buen hombre?
El mendigo respondió:
—He encontrado este anillo dentro del pan que usted tuviera la bondad de darme hace un rato.
Jeremías tomó el anillo y dijo:
—Voy a consultar con la señora.
Consultó con la señora, y ésta, feliz y cantarina, exclamó:
—¡Afortunada de mí! ¡Hétenos aquí con el anillo que yo había perdido la semana pasada, mientras amasaba el pan! Éstas son mis iniciales, J. X., que corresponden a mi nombre y apellido: Josermina Xofaina.
Después de un instante de reflexión, añadió:
—Jeremías, ve y dale a ese buen hombre, como recompensa, lo que él quiera. Siempre que no sea muy caro.
Jeremías, tuteado por su ama, volvió a la puerta y díjole al mendigo, recayendo en el tuteo:
—Buen hombre, dime qué deseas como recompensa por tu buena acción.
El mendigo contestó:
—Sólo un pan para saciar mi hambre.
Jeremías —que seguía enamorado de su ama— buscó, para complacerla, un pan viejo, duro como una piedra, y se lo entregó al mendigo:
—Toma, buen hombre.
—Que Dios se lo pague.
Jeremías cerró el pesado portón de roble, y el mendigo se alejó con el pan bajo el brazo. Llegó al terreno baldío donde solía pasar los días y las noches. Se sentó a la sombra de un árbol y empezó a comer el pan. De pronto mordió algo duro y sintió cómo otra de sus muelas se hacía pedazos. Cuál no sería su sorpresa cuando rescató, junto con los fragmentos de esta su segunda muela rota, otro fino anillo de oro, perlas y diamantes.
Una vez más advirtió las iniciales J.X. Una vez más devolvió el anillo a Josermina Xofaina y recibió como recompensa un tercer pan duro, donde encontró un tercer anillo que volvió a devolver y por el cual obtuvo, en recompensa, un cuarto pan duro, donde…
Desde ese día venturoso hasta el infausto de su muerte, el mendigo vivió feliz y sin estrecheces económicas. Sólo debía devolver diariamente el anillo que encontraba dentro del pan.
[De En defensa propia, Buenos Aires, Editorial de Belgrano, 1982.]


Jedi Fiction in a Conacine Edition

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Uno de los propósitos por la que decidimos crear www.ecdotica.com era el de dar espacio a aquellos que no pueden publicar sus libros debido a los elevados costos que representa la impresión. Cuántos grandes escritores no tendrán sus textos escondidos, que no los hayan publicado. No todos tienen un Max Brody, como Kafka, para publicarlos.
Hasta le fecha, en nuestra biblioteca gratuita: www.ecdotica.com/libros-gratis/ hemos publicado cuentos de Edmundo Paz Soldán, Maximiliano Barrientos (entre otros).
Ahora publicamos el texto de un escritor (no se si es boliviano que vive en Suecia) que se llama Miguel Lundin Peredo quien nos regala uno de sus cuentos denominado Jedi Fiction in a Conacine Edition. Cumplimos nuestro sueño, publicamos a alguien que posiblemente no tenga posibilidad de publicar de otra forma. Lo presentamos a nuestros lectores, quienes serán los únicos que podrán juzgarlo, literariamente, claro.
Queremos seguir publicando a aquellos que no tienen voz, que no encuentran alternativas para publicar sus textos. Descárgenlo, leanlo, coméntelo, lo que sea, que esta bien. Una página, una de las más visitadas en Bolivia www.aeromental.com ha enlazado a su página el cuento, por lo que les agradecemos.


Otro cuento de Fernando Sorrentino

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Supersticiones retributivas
Por: Fernando Sorrentino

Yo vivo de las supersticiones ajenas. No gano mucho y el trabajo es bastante duro.
Mi primer empleo fue en una fábrica de soda en sifones. El patrón creía, vaya a saber por qué, que uno de los millares de sifones (sí, ¿pero cuál?) alojaba la bomba atómica. Creía también que era suficiente una presencia humana para impedir que aquella terrible energía se liberase. Éramos varios los contratados, uno para cada camión. Mi tarea consistía en permanecer sentado sobre la irregular superficie de los sifones durante las seis horas diarias que duraba el reparto de soda. Una tarea ardua: el camión daba barquinazos; el asiento era incómodo, doloroso; el trayecto, aburrido; los camioneros, gente vulgar; cada tanto estallaba un sifón (no el de la bomba) y yo sufría heridas leves. Al fin, cansado, renuncié. Y el patrón se apresuró a reemplazarme por otro hombre que, con su sola presencia, impediría el estallido de la bomba atómica.
En seguida supe que una señorita solterona de Belgrano tenía un casal de tortugas y creía, vaya a saber por qué, que una de ellas (sí, ¿pero cuál?) era el demonio en forma de tortuga. Como la señorita, que vestía de negro y rezaba el rosario, no podía vigilarlas continuamente, me contrató a mí para que lo hiciese de noche. “Como todo el mundo sabe”, me explicó, “una de estas dos tortugas es el demonio. Cuando usted vea que a una de ellas le crecen dos alas de dragón, no deje de avisarme, porque ésa, sin duda, es el demonio. Entonces haremos una hoguera y la quemaremos viva para terminar así con la maldad sobre la faz de la tierra”. Las primeras noches me mantuve despierto, vigilando a las tortugas: qué animales tontos y sin gracia. Luego mi celo me pareció injustificado y, apenas la solterona se acostaba, yo me envolvía las piernas en una manta y, encogido en una silla del jardín, dormía la noche entera. De manera que nunca pude averiguar cuál de las dos tortugas era el demonio. Entonces le dije a la señorita que prefería dejar ese empleo, pues me resultaba insalubre pasar las noches en vela.
Porque, además, acababa de enterarme de que en San Isidro había una vetusta casona sobre una alta barranca, y, en la casona, una estatuilla que representaba a una dulce muchacha francesa de fines del siglo XIX. Los dueños —una pareja de grises ancianos— creían, vaya a saber por qué, que esa muchacha se hallaba enferma de amor y de tristeza, y que, si no se le conseguía novio, moriría a corto plazo. Me asignaron sueldo y me convertí en novio de la estatuilla. Empecé a visitarla. Los ancianos nos dejan solos, aunque sospecho que secretamente nos vigilan. La muchacha me recibe en la melancólica sala, nos sentamos en un gastado sofá, le llevo flores, bombones o libros, le escribo poesías o cartas, ella toca lánguidamente el piano, me echa suaves miradas, yo la llamo Amor mío, la beso a hurtadillas, a veces voy más allá de lo que permiten el decoro y la inocencia de una muchacha de fines del siglo XIX. También Giselle me ama, baja los ojos, suspira tenuemente, me dice: “¿Cuándo nos casaremos?”. “Pronto”, le respondo. “Estoy juntando plata”. Sí, pero la fecha se difiere, pues es muy poco lo que puedo ahorrar para nuestro casamiento: como ya dije, no se gana gran cosa viviendo de las supersticiones ajenas.
[De En defensa propia, Buenos Aires, Editorial de Belgrano, 1982]


Un cuento de Fernando Sorrentino

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El irritador
Por: Fernando Sorrentino

(Un cuento del argentino Fernando Sorrentino que nos ha permitido publicar. Le agradecemos la gentileza. La historia es muy simple, pero tremendamente irritante, lo que busca el autor y ciertamente consigue.)
El 8 de noviembre fue mi cumpleaños. Me pareció que una buena manera de festejarlo consistía en entablar un diálogo con alguna persona desconocida.
Serían las diez de la mañana.
En la esquina de Florida y Córdoba detuve a un señor de unos sesenta años, muy bien vestido, con un maletín en la mano derecha y con cierto aire vanidoso de abogado o escribano.
—Discúlpeme, señor —le dije—, ¿usted podría por favor indicarme cómo debo hacer para llegar a la plaza de Mayo?
El señor se detuvo, me observó de pies a cabeza y me contestó con una pregunta ociosa:
—¿Usted quiere ir a la plaza de Mayo o a la avenida de Mayo?
—En principio me gustaría ir a la plaza de Mayo, pero, si tal cosa no fuera posible, me conformaría con ir a cualquier otro lugar.
—Muy bien —dijo, ansioso por hablar y sin haberme prestado la menor atención—. Tome hacia allá —señaló el sur—, y va a cruzar Viamonte, Tucumán, Lavalle…
Me di cuenta de que iba a encontrar placer en enumerar las ocho calles que yo debería cruzar, y entonces decidí interrumpirlo:
—¿Usted está seguro de lo que dice?
—Absolutamente seguro.
—Discúlpeme si dudo de su palabra —expliqué—, pero hace unos minutos un hombre con cara de inteligente me dijo que la plaza de Mayo quedaba hacia allá —y señalé en dirección a la plaza San Martín.
El señor se limitó a decir:
—Será alguien que no conoce la ciudad.
—Sin embargo, como le decía, era un hombre con cara de inteligente. Y yo, como es lógico, prefiero creerle a él, y no a usted.
Mirándome con severidad, me preguntó:
—A ver, dígame, ¿por qué prefiere creerle a él antes que a mí?
—No es que yo prefiera creerle a él antes que a usted. Pero, como le dije, ese hombre tenía cara de inteligente.
—¡No me diga…! ¿Y yo tengo cara de burro, acaso?
—¡No, no…! —me escandalicé—. ¿Quién dijo tal cosa?
—Como usted dijo que el otro hombre tenía cara de inteligente…
—Es que, en verdad, era un hombre con un rostro muy inteligente.
Mi interlocutor mostró alguna impaciencia:
—Muy bien, caballero —dijo—, estoy bastante apurado, así que lo saludo y me retiro.
—De acuerdo, pero ¿cómo hago para llegar a la plaza San Martín?
Hubo en su cara un breve gesto de contrariedad:
—¿Pero no me había dicho que quería ir a la plaza de Mayo?
—No: a la de Mayo, no. A la plaza San Martín quiero ir. Nunca se habló de la plaza de Mayo.
—En ese caso —ahora señaló hacia el norte—, tome por Florida, y va a cruzar Paraguay…
—¡Usted me está volviendo loco! —protesté—. ¿No me dijo antes que tenía que tomar hacia el lado opuesto?
—¡Porque usted me dijo que quería ir a la plaza de Mayo!
—¡En ningún momento hablé de la plaza de Mayo! ¿Cómo se lo tengo que decir? ¿Usted no entiende el idioma o todavía está medio dormido?
El señor enrojeció; vi cómo su mano derecha se crispaba contra la manija del maletín. Me dirigió una frase que es preferible no repetir y se puso en marcha con pasos rápidos y violentos.
Daba la sensación de estar un poco enojado.
[Revista Proa, Nº 38, Buenos Aires, noviembre-diciembre 1998]


Cuentoronomio en la librería digital de www.ecdotica.com

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Cuentoronomio
Por: Adolfo Cárdenas

(Libro de cuentos publicado por Gente Común y la Carrera de Literatura de la UMSA en el 2005 que ahora se encuentra disponible en la librería digital de ecdotica. Se podrán leer cuentos de Ariel Mustafá, Arturo Rico, Carolina Hoz de Vila, Cristina Wayar,Daniela Escóbar, Boris Paredes, Lourdes Reinaga y Montserrat Fernández).

Incurrir por segunda vez en la factura de un texto de introducción para presentar una colección de relatos elaborados en el taller de Técnicas Creativas de la Carrera de Literatura de la Universidad Mayor de San Andrés, implica el doble esfuerzo de comentarlo tanto favorable como críticamente con la necesaria distancia para elaborar un juicio estético que no coquetee con el clásico como odioso paternalismo al que estamos tan acostumbrados, ni con la presunción con la que se mira el producto de un estado incomprendido como el que nos ha tocado habitar.

Se dirá, entonces, que los cuentos incluidos en este volumen no son precisamente aquellos a los que el transitorio lector está habituado; por el contrario, exigen la participación comprometida de alguien avezado en el consumo de este tipo de literaturas; de alguien que no esté buscando la aparatosa rudeza del efecto único, sino más bien textos que estén inscritos en la indagación de formas y temáticas que a momentos transgreden las leyes del género.

En esta transición los patrones clásicos desaparecen, el énfasis en lo psicológico se manifiesta con mucha más amplitud y el cambio logra, a momentos, producir lo que se ha dado en llamar historias conciénciales; o, por el contrario, la experiencia radica en el planteamiento de un recital de eventos con origen en el quehacer o la memoria colectivas que aterrizan en lo individual, cuando no en lo lúdico, donde las reglas del juego son de propiedad del autor.

Así la unidad, paradójicamente, está dada por la desunidad y las representaciones se mueven por rangos de género, minoría, u otros que ninguna breve introducción tendrá la capacidad para listarlos en su diversidad. Pero aquel lector avezado y avisado podrá reconocer esas subjetivas líneas que se mueven de Joyce a Woolf; de Onetti a Estenssoro o de Schowob a Cortazar como sombras con obsesiones de pervivencia en la pluma de estos escritores.

Estas historias comienzan donde toda antología termina; es decir, obedecen a presiones de la contemporaneidad con toda su carga de individualismo y lo que este sugiere: la gama de patologías generadas por la soledad, la angustia y la ansiedad del ser humano y su obsesión por hacer de todo ello un acto de comunicación.

Cada uno a su modo incurren en el acto omnisciente de la creación que surge de la memoria que deforma, transfiere, reinventa aquello que en la vida de todo ser humano no son mas que dos o tres experiencias decisivas o impresionantes, tanto que parece imposible que alguien no pueda sentirse afectado, deslumbrado, asombrado, iluminado, roto o humillado por ese oficio que cuenta dos o tres historias cada vez con un disfraz diferente, con una máscara exótica.

Todo aquello que las hace irreconocibles, ferozmente nuevas a partir de la pasión y la imaginación de prestidigitadores que oponen mito y razón; juego y tragedia; fantástico y cotidiano; virtud y perversión en sus mundos de asombro y sueño. Esos mundos que buscan incesantemente la complicidad del lector, el gemelo anónimo, dispuesto al paseo por los caminos de esta, por ahora, Terra Incognita.


Una noche más en el paraíso

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Una noche más en el paraíso
Por: Hugo Montes R.

(Ya se encuentra en nuestra librería el libro de cuentos Una noche más en el paraíso de María Libertad Cárdenas. Les recordamos que nuestra librería le permite comprar los textos en formato digital a través del sistema paypal que se encuentra en los Estados Unidos, por lo tanto bastante seguro. Una vez que compre el libro, nuestro sistema se lo enviará en formato PDF).
Una noche más en el paraíso encierra una colección de relatos breves más o menos independientes entre sí y que a la vez conforman una unidad narrativa que es casi imposible dejar de advertir.
Aunque este volúmen no está planteado estructuralmente como una secuencia, nos recuerda más a la forma musical de variaciones sobre un tema que se repite una y otra vez pero presentado bajo distintas luces.
El “tema” en cuestión no es otro que la gangrena que se va apoderando del alma, la descomposición inevitable de ciertas formas de vida. Pero también nos encontramos ante la alegoría de la descomposición de todas las formas de vida, independiente de su calificación moral.
La soledad, que se hace más descarnada cuando las miradas y los cuerpos de los personajes se buscan en el silencio, da paso a una profunda melancolía y hasta diríamos nostalgia, si se pudiera sentir nostalgia por lo que no se ha vivido -se trata esencialmente de un ejercicio de ficción-, pero eso no impide a la autora comunicar la atmósfera con penetración y crudeza sorprendentes.


Microcuentos

Microcuentos
Por: Homero Carvalho Oliva

Pachamama
Doña Justina Cusicanqui, tierna y sabia anciana, cuenta que escuchó a su abuela relatar la historia de un aymara que, ante los porfiados sacerdotes que pretendían bautizarlo cristianamente, respondió muy sereno:
- Yo nada espero del cielo, todo me lo dio la tierra
Cuento
Había una vez una mujer a quién un sueño erótico dejó embarazada.
Estatuas desveladas
Hay hombres que tienen bien merecidos sus monumentos. Las palomas, esos tiernos símbolos de la paz, nos vengan de todos sus agravios.
Sodoma y Gomorra
Hubo una vez en el tiempo una ciudad cuya única hembra casta era la muerte.
Los dueños del mundo
Se creían inmortales hasta que, un fatídico día de números gemelos como las alas del demonio, el cielo se les vino encima.
El tío Sam
Y cuando despertó, el Che Guevara todavía estaba ahí.
Renacido
El día que, por fin, publicó su libro murió el escritor que decía ser y nació un nuevo miembro de la Asociación de Escritores.


Doce monedas para El Barquerdo en la librería digital de ecdotica

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Doce Moneda para el Barquero de Adolfo Cárdenas
Por: María Libertad

(Se encuentra disponible en la librería de www.ecdotica.com el libro de cuentos de Adolfo Cárdenas Franco, Doce monedas para El Barquero publicado el 2005 por Editorial Gente Común)
Existen lugares que escapan a la percepción ordinaria, lugares a los que no se accede sólo queriéndolo y a donde la mayoría de la gente no quiere ir nunca. Están ahí, cohabitando con el mundo convencional, como rendijas oscuras que filtran vapores demasiado espesos, demasiado pestilentes. Hay que estar de un humor especial, un poco desequilibrado, para asomarse a espiar a través de esos agujeros y añadirle una cuantas nubes plomizas a cualquier impredecible atardecer soleado.
No se trata únicamente de un solemne culto por el más allá y por la muerte; más bien es una especie de revelación, un caer en cuenta de que este más allá está más acá de lo que se cree y de que no es un solo y exclusivo lugar, sino que se multiplica e invade territorios que, aparentemente, no le pertenecen. Sólo hay que aguzar ojos, olfato , oídos y algunos otros sextos sentidos para percibir este mundo donde resulta completamente lógico angustiarse hasta la desesperación por no estar más angustiado y resolver que la única solución es cometer matricidio, porque ¿quién no ha querido matar a su madre una que otra vez?


Volvo, un cuento de Edmundo Paz Soldán en la Biblioteca de Ecdotica

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Volvo, un cuento de Edmundo Paz Soldán
Un viaje de promoción a la ciudad de Tarija, la que se suponía debía ser una hermosa experiencia, se convierte en una tragedia que perdurará por siempre en la memoria de los estudiantes de la promoción.
Un cuento que describe la crueldad del ser humano, escrito por la fina pluma de Paz Soldán, uno de los exponentes más importantes de la narrativa boliviana. Un cuento gratuito para que lo descarguen y disfruten su lectura. Disponible en: http://www.ecdotica.com/libros-gratis/


Cuento de Roger Otero

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El pozo
Por: Roger Otero

(Roger Otero Lorent (Santa Cruz, Bolivia, 1981). Estudió Comunicación Social y Filología Hispánica en la Universidad Autónoma Gabriel René Moreno. Entre sus logros obtenidos figuran tres premios municipales de literatura. Debido a esto fueron editados Al otro lado del espejo (2002), Simplemente cuentos (2003) y Humor vítreo (2006). En el año 2007, Editorial La Hoguera publicó una antología de sus cuentos, titulada El arte de escribir sin escribir. Actualmente trabaja como redactor de textos educativos.)

Mi padre demoró dos meses en decidirse a comprar la casa y cuando la consiguió, mi madre y yo no tardamos ni media mañana en hacerle notar su pésima elección. En el patio trasero –o sea en el jardín– había un pozo con aproximadamente tres metros de diámetro, bien disimulado por las hojas de palmera que habían puesto encima cual trampa cavernícola. Vanos fueron los posteriores reclamos; los papeles firmados resultaron más poderosos que las palabras, por más vehementes o suplicantes que éstas pudieran haber sonado. La casa, con el pozo y demás posibles inconvenientes, ya era nuestra y nada se podía hacer para evitarlo, salvo, quizá, que la pusiéramos a la venta para que otros incautos como nosotros la compraran. Pero en esa época de difícil economía consideramos a esta medida era la más complicada. En contrapartida, taparlo parecía ser la mejor forma de deshacerse de él… Creo que eso hubiera sido la feliz solución. Pero, asunto raro, rarísimo, nunca se consiguió.

Éste no parecía ser un pozo cualquiera. Por más tierra que se le echó, jamás lo pudimos cubrir. “¡Un pozo sin fondo!”, fue lo que sentenció mi padre al darse por vencido en su intento de llenarlo de tierra. Los días siguientes a este descubrimiento estuvieron precedidos por una triste resignación, pero, a la vez, acompañados de una curiosidad reconfortante. No porque la mía fuera una familia curiosa, sino porque el hueco encontrado nos regalaba la oportunidad de compartir un honesto interés en comunión familiar.

Al principio el famoso pozo no tenía ninguna utilidad, pero luego se nos ocurrió darle una razón a su existencia. Cada vez que los basureros se llenaban alguno de nosotros iba a descargarlos allí. Todos los desperdicios eran su alimento. También era un excelente desaguadero. Los días de tormenta no teníamos que preocuparnos por ver al jardín inundado, puesto que ese orificio hacia la nada hacía muy bien su extraño trabajo.

Debo admitir que fueron días excepcionales. A veces nos sentábamos alrededor del pozo y nos poníamos a especular sobre su origen. Mis versiones eran las más fantásticas: “Punto desprendido de la línea infinita que dio nacimiento a la vida universal tras la eclosión del Big Bang (…) boca de Dios sin dientes (…) pasadizo interestelar o ‘bórdex cósmico’ (…) ojo ciego de algún ser extradimensional. (…) todas las anteriores”. Las ideas de mi padre eran las más tercas y redundantes. Manejaba las siguientes hipótesis: “Pozo sin fondo (…) agujero sin fondo (…) hoyo sin fondo (…) todas las anteriores, igualmente sin fondo”. Mi madre también tenía sus especulaciones acordes a su edad y nivel de educación y creatividad. Su escepticismo rondaba entre estas premisas: “Pozo que tiene fondo, pero que no ha sido muy bien llenado (…) pozo que tiene explicación científica, pero que no ha sido debidamente investigado (…) pozo que tiene que ser llenado e investigado (…) pozo, pocito, pozo…”.

Así, poco a poco, fuimos dándole cabida en nuestra familia, llegando a considerarlo un integrante más, un hermano para mí y un hijo para mis padres. De alguna forma nos sentíamos comprendidos por él, por su soledad y omnipresencia en la casa, como si fuera el verdadero dueño, cual ancianito silencioso y sabio que se complacía en escuchar nuestras pláticas y confidencias.

Fue de esta manera tan peculiar que una mala noche el pozo se enteró de la deuda de mi padre, por la que había hipotecado la casa y motivo por el que, tras amanecer, tendríamos que darle la espalda para siempre. Aquel crepúsculo yo también, junto a mis padres, fui a decirle adiós. Como siempre sucedía cada vez que intentaba comunicarme con él, me tendí sobre la tierra y, asomando mi cabeza hacia su interior, le grité; pero al contrario de lo habitual, esta vez sí escuché mi eco, aquella voz parecida a la mía que me devolvía la distorsionada frase: yo también los extrañaré.
Fuente: www.literaturas.com




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