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	<title>Ecdotica &#187; Cuento</title>
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	<description>Noticias literarias, descarga de libros gratuitos, selección de cuentos de manera mensual</description>
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		<title>Camilo Albarracín, reciente ganador del Adela Zamudio, Premio Nacional de Cuento</title>
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		<pubDate>Tue, 03 Jan 2012 20:33:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Paz Soldan</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuento]]></category>
		<category><![CDATA[premio]]></category>

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		<description><![CDATA[﻿CAZÉ gana premio nacional Por: Dayana Flores El cuento “El historiador cercado” de Camilo Albarracín de 23 años no estaba proyectado para participar del certamen, es más ya estaba escrito antes del concurso, sin embargo el nivel de redacción y la calidad de sus técnicas narrativas lo posesionó en el primer puesto entre 52 participantes [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><center><a href="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2012/01/Camilo-Albarracín.jpg"><img src="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2012/01/Camilo-Albarracín.jpg" alt="" title="Camilo Albarracín" width="211" height="355" class="aligncenter size-full wp-image-4429" /></a></center><br />
<strong>﻿CAZÉ gana premio nacional<br />
Por: Dayana Flores</strong></p>
<p>El cuento “El historiador cercado” de Camilo Albarracín de 23 años no estaba proyectado para participar del certamen, es más ya estaba escrito antes del concurso, sin embargo el nivel de redacción y la calidad de sus técnicas narrativas lo posesionó en el primer puesto entre 52 participantes de Bolivia.</p>
<p>“Cuando terminé, lo modifiqué como tres veces”, señala Albarracín.</p>
<p>La historia es una fusión entre lo real y lo fantástico, basada en la vida de un personaje de la época colonial.</p>
<p>El trama trascendental de la obra -desde la noción del jurado- cuenta la existencia de un loco que está encerrado en el manicomio, quien justifica su locura creando un personaje fantástico que transita por diferentes momentos de la colonización española, las luchas por la independencia y la revolución agraria en Bolivia.</p>
<p>“El premio más importante que recibo es el reconocimiento de la gente”, afirma el joven escritor, añadiendo que además recibió 8 mil bolivianos por ocupar el primer lugar.</p>
<p>De momento “El historiador cercado” está en proceso de preparación para ser publicado con el patrocinio del Gobierno Autónomo Municipal de Cercado.</p>
<p>Camilo es estudiante del séptimo semestre de la carrera de Comunicación Social de la Universidad Mayor de San Simón, así mismo es miembro del consejo editorial de la revista Avatares de producción universitaria, donde realizó su primera publicación.</p>
<p>Entre tanto, Albarracín considera que al culminar sus estudios dedicará su tiempo a la labor periodística, “soy bastante disperso en cuanto a gustos y temáticas”, aunque uno de sus referentes nacionales es el escritor Augusto Céspedes, afirmó el autor.</p>
<p>Su respuesta -con un toque de humor- a la interpelación: ¿qué se necesita para escribir con ese nivel? fue: “lápiz y papel” -ríe- añadiendo que es un círculo vicioso entre la lectura y la escritura.</p>
<p>Con bastante convicción reflexiona e insta a realizar “todo con mucha voluntad, con la firme noción de llegar hasta el final”.</p>
<p>Camilo es un literato proeza para Bolivia, considerando la calidad de su obra -que próximamente estará al alcance de la gente- y la capacidad que ostenta a su edad.</p>
<p>Es menester destacar el mensaje que él envía a la sociedad: “No luchar por lo mejor, luchar dando lo mejor de uno mismo”, según Camilo es la única manera de encontrar satisfacción con lo que uno hace.</p>
<p><em>Fuente: <a href="http://www.opinion.com.bo/opinion/revista_asi/2012/0101/suplementos.php?id=2213">Opinión</a></em></p>
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		<title>Camilo Albarracín Zelada gana el V Concurso Nacional de Cuento &#8220;Adela Zamudio&#8221;</title>
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		<pubDate>Mon, 28 Nov 2011 21:21:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Paz Soldan</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuento]]></category>
		<category><![CDATA[premio]]></category>

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		<description><![CDATA[Camilo Albarracín Zelada gana el V Concurso Nacional de Cuento &#8220;Adela Zamudio&#8221; Finalmente se tiene a los ganadores del V Concurso Nacional de Cuento “Adela Zamudio”, siendo una decisión dividida respecto al cuento ganador y unánime respecto a los principales seleccionados. Se presentaron cincuenta y dos cuentos habilitados que reunieron las condiciones planteadas por la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><center><a href="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2011/11/Adela-Zamudio.jpg"><img src="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2011/11/Adela-Zamudio.jpg" alt="" title="Adela Zamudio" width="67" height="91" class="aligncenter size-full wp-image-4329" /></a></center><br />
<strong>Camilo Albarracín Zelada gana el V Concurso Nacional de Cuento &#8220;Adela Zamudio&#8221;</strong></p>
<p>Finalmente se tiene a los ganadores del <a href="http://www.ecdotica.com/2011/08/09/v-concurso-nacional-de-cuento-adela-zamudio-2011/">V Concurso Nacional de Cuento “Adela Zamudio”</a>, siendo una decisión dividida respecto al cuento ganador y unánime respecto a los principales seleccionados. Se presentaron cincuenta y dos cuentos habilitados que reunieron las condiciones planteadas por la convocatoria.  </p>
<p>El cuento ganador es “El historiador cercado”, del autor suscrito con el pseudónimo CAZÉ, que corresponde a Camilo Albarracín Zelada (CI: 5912643 CBB). Asimismo, se otorga una Mención de Honor a “La pelea antes del fin”, presentado con el seudónimo DRA, que corresponde a Aldo Ricardo Medinaceli López (CI: 3375117 LPZ).</p>
<p>“El historiador cercado” tiene esa tentadora y peligrosa obsesión por la deformación de la conducta humana, sus matices, sus alcances, sus vericuetos, intentando ahondar con resultados distintos en sus profundidades. Es la historia de un loco que se encuentra en el manicomio, quien, para justificar su locura y degradación, crea su doble, un personaje que transita por diferentes momentos de la colonización española, las luchas por la independencia y la revolución agraria en Bolivia. En el cuento se unen lo real y lo fantástico, logrando trascendencia por su trama, la temática y el lenguaje, elementos narrativos coherentes con las características del personaje.</p>
<p>“La pelea antes del fin” es la historia de Trevor, historietista que dibuja insectos con formas humanas y seres con poderes extraños. Trevor –que ha perdido a su madre, ha sido abandonado por su padre y vive con su hermana Alina– ha contraído un raro virus que lo ausenta de su trabajo y lo postra en cama, de donde ya no podrá levantarse. En su lecho de muerte, Trevor se convierte en uno de sus personajes y crea –en su imaginación–, su última aventura, donde se confunden sus personajes con la imagen de sus padres. La historieta que imagina Trevor se intercala con la del relato de su hermana Alina que está siendo interpelada por un investigador de la compañía farmacéutica que ha creado el virus. Realidad y ficción narradas y entrelazadas como una sola, configurando un espacio ficcional en el que el lector tendrá el reto de imaginar cómo ambos mundos se interponen; un espejo, quizá, de la vida misma.</p>
<p>Adicionalmente, también se ha recomendado la publicación de seis cuentos por su calidad y buen manejo del lenguaje. En orden alfabético, dichos relatos son:</p>
<p>“Cuando tus palabras resonaban armadas”, presentado con el pseudónimo Ermitañomirandoalriorocha, que corresponde a María del Rosario Barahona Michel de Dávila (CI: 1052515 CBBA);<br />
“999”, presentado con el pseudónimo Gastón Alaja, que corresponde a Edwin Calizaya Quispe (CI: 5725591 OR);<br />
“Secuencia”, presentado con el pseudónimo El abrigarte, que corresponde a Gabriel Alejandro Iriarte Rico (CI: 5193310 CBBA);<br />
“Segundo tiempo”, presentado con el pseudónimo Don palabra, que corresponde a Claudia Andrea Michel Flores (CI: 3651087 CHQ);<br />
“Un moscardón llamado deseo”, presentado con el pseudónimo Chuspi, que corresponde a Boris Dante Paredes Gonzales (CI: 3080907 OR) y;<br />
“Conversaciones en el desierto”, presentado con el pseudónimo Hans Kundt, que corresponde a Adán Rodrigo Urquiola Flores (CI: 6960321 LPZ);</p>
<p><em>Fuente: Oficialía SUperior de Cultura del Gobierno Municipal de Cercado &#8211; Cochabamba / Ecdótica</em></p>
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		<title>MΠΑΜΠΆΣ de Roger Otero Premio Nacional de Literatura Santa Cruz de la Sierra 2011</title>
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		<pubDate>Fri, 25 Nov 2011 15:40:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Paz Soldan</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuento]]></category>
		<category><![CDATA[premio]]></category>

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		<description><![CDATA[MΠΑΜΠΆΣ Por: Roger Otero Cuento de Roger Otero extraído del libro De qué hablamos cuando hablamos de morir que mereció el Premio Nacional de Literatura Santa Cruz de la Sierra 2011. Lunes. El sol agoniza. Siete y media. En la plaza hay de todo: jubilados, estudiantes, turistas, desempleados, familias y solitarios, como este hombre sentado [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><center><a href="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2011/11/mama-de-roger-otero-2.jpg"><img src="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2011/11/mama-de-roger-otero-2.jpg" alt="" title="mama de roger otero 2" width="211" height="355" class="aligncenter size-full wp-image-4319" /></a></center><br />
<strong>MΠΑΜΠΆΣ<br />
Por: Roger Otero</strong></p>
<p><em>Cuento de Roger Otero extraído del libro <strong>De qué hablamos cuando hablamos de morir</strong> que mereció el Premio Nacional de Literatura Santa Cruz de la Sierra 2011. </em></p>
<p>Lunes. El sol agoniza. Siete y media. En la plaza hay de todo: jubilados, estudiantes, turistas, desempleados, familias y solitarios, como este hombre sentado frente al monumento del héroe local. Sostiene un libro desde hace media hora, imperturbable, sin parpadear. De rato en rato sorbe un vaso de café humeante, pero jamás abandona la lectura. Coge el libro con ambas manos. Y para llevarse el vaso a la boca hace un movimiento de brazo casi maquinal. Luego repite el movimiento pero al revés, hasta devolver el vaso al mismo sitio, sobre la fina huella circular y acuosa. (<em>fragmento</em>)</p>
<p>Para leer más siga el siguiente <a href="http://www.ecdotica.com/biblioteca/Mam%C3%A1%20de%20Roger%20Otero.pdf">enlace</a> o entre a la Biblioteca gratuita de Ecdótica de donde la podrá descargar libremente.</p>
<p><em>Fuente: Ecdótica</em></p>
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		<title>Cuentos para 1 año. Tomo 1</title>
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		<pubDate>Thu, 27 Oct 2011 16:34:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Paz Soldan</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuento]]></category>
		<category><![CDATA[Cuento del mes]]></category>
		<category><![CDATA[Ecdotica]]></category>
		<category><![CDATA[Libros]]></category>
		<category><![CDATA[Nuevo Milenio]]></category>

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		<description><![CDATA[Cuentos para 1 año Por: Marcelo Paz Soldán Editorial Nuevo Milenio, en un esfuerzo conjunto con el escritor chileno Bartolomé Leal y la web Ecdótica, presentan al público lector la edición impresa que la hemos llamado Cuentos para 1 año de la sección &#8220;Cuento del mes&#8221;. El libro está disponible en la V Feria Internacional [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><center><a href="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2011/10/Cuentos-para-un-año-twitter.jpg"><img src="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2011/10/Cuentos-para-un-año-twitter.jpg" alt="" title="Cuentos para un año twitter" width="211" height="355" class="aligncenter size-full wp-image-4219" /></a></center><br />
<strong>Cuentos para 1 año<br />
Por: Marcelo Paz Soldán</strong></p>
<p><em>Editorial Nuevo Milenio, en un esfuerzo conjunto con el escritor chileno <a href="http://www.mauroyberra.cl/contenido/bartolome.html">Bartolomé Leal</a> y la web Ecdótica, presentan al público lector la edición impresa que la hemos llamado <strong>Cuentos para 1 año</strong> de la sección &#8220;Cuento del mes&#8221;. El libro está disponible en la V Feria Internacional del Libro de Cochabamba en el stand de Nuevo Milenio y el costo, únicamente por la feria, será de Bs. 20.</em></p>
<p>El cuento del mes es una sección de la web <a href="http://www.ecdotica.com/cuento-del-mes/">www.ecdotica.com</a> que desde octubre de 2007 decidió ofrecer a sus lectores y lectoras, en forma directa y amigable, versiones electrónicas de relatos cortos significativos en la historia del género.</p>
<p>Encargamos pues al escritor Bartolomé Leal que nos ayudara en hacer la selección de los autores y redactara breves introducciones que pirmitieran conocer al autor y situar el cuento en su obra. Procuramos desde el inicio dar a conocer (o reconocer) autores relativamente poco apreciados, o al menos no pertenecientes al reducido grupo de los grandes consagrados del género narrativo breve, aquéllos que asoman en todas las antologías. Aunque respecto a estos últimos, ofrecimos cuentos menos conocidos, o recientemente descubiertos. En ocasiones, el propio antologista hizo traducciones al castellano, lo que dio a muchos de los cuentos un caracter de exclusividad.</p>
<p>La idea era que nuestros lectores y lectoras quisieran ir por más, buscar nueva información y otros cuentos, ya que la red virtual es un piélago lleno de sorpresas y aventuras, un espacio de libertad inédito en la historia de la humanidad, y a ello quisimos contribuir desde Ecdótica. </p>
<p>En esta ocasión, hemos pasado al papel una primera selección de nuestra tan seguida sección en la red virtual. Tras años continuos de nuestro &#8220;Cuento del mes&#8221;, hemos producido este modesto libro que contiene doce grandes relatos, uno por cada mes del año, que procuramos esté al alcance de todos los lectores y lectoras de cuentos, los jóvenes sobre todo, en el convencimiento de que el gusto por la literatura se crea leyendo, antes que nada, lo mejor que han producido los escritores de todas las nacionalidades a través de la historia.</p>
<p>Creemos modestamente que la presente selección responde a ese objetivo.</p>
<p><em>Fuente: Ecdótica / Editorial Nuevo Milenio</em></p>
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		<title>Premio del público. Cosecha Eñe 2011</title>
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		<pubDate>Thu, 29 Sep 2011 17:04:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Paz Soldan</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuento]]></category>
		<category><![CDATA[premio]]></category>

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		<description><![CDATA[Pájaros que migran hacia el este Autor: Hojita [N. del E. El cuento Pájaros que migran hacia el este de la boliviana Fabiola Morales, residente en España, se encuentra finalista en el Premio del público. Cosecha Eñe 2011 de España. Para ayudarla con su voto pulsen el siguiente enlace eñe] —Regreso a casa— digo, y [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><center><a href="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2011/09/Hojita.jpg"><img src="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2011/09/Hojita.jpg" alt="" title="Hojita" width="211" height="355" class="aligncenter size-full wp-image-4165" /></a></center><br />
<strong>Pájaros que migran hacia el este<br />
Autor: Hojita</strong></p>
<p><em>[<strong>N. del E.</strong> El cuento Pájaros que migran hacia el este de la boliviana Fabiola Morales, residente en España, se encuentra finalista en el Premio del público. Cosecha Eñe 2011 de España. Para ayudarla con su voto pulsen el siguiente enlace <a href="http://www.revistaparaleer.com/cosecha/relatosDetalle/1661">eñe</a>]</em></p>
<p>—Regreso a casa— digo, y Vilhelm, que está desayunando, levanta la vista del periódico y arqueando las cejas pregunta:<br />
—¿Regresas a ………?<br />
—No, allí no, aún no es tiempo de volver a ……… Iré a Venezuela, pasaré unos días en Maracaibo, dos, a lo sumo tres. Me han dicho que Los Roques es lo más parecido al paraíso que hay…<br />
—El paraíso, siempre en busca de la perfección. ¿Cuántos paraísos has visitado con anterioridad?<br />
—Algunos.<br />
—¿Y?<br />
—Nunca son suficientes.<br />
—Dices, regreso “a casa”, y luego resulta que vas a Venezuela.<br />
—Te equivocas, toda América es como volver a casa.</p>
<p>Trato de aprender alemán. ¿Hace cuánto vivo aquí? Cinco, más bien seis años. Primero Vilhelm trató de convencerme, Stuttgart puede sorprenderte, dijo, inténtalo. Y lo hice; salí a la calle sola, sin él, que en los primeros seis meses había sido más que una compañía, mi propia sombra. Durante semanas abrí la puerta de casa y caminé, primero por nuestro barrio y luego por el distrito Este al otro lado de la ciudad, tratando de evitar el Centro. Bad Cannstatt es para los otros, es tan fácil sentirse bien allí, pensarse acompañado, reconocerse en algunos rostros, ser aquello que en el fondo no he dejado de anhelar, estar de paso, figurarme una turista más.<br />
Stuttgart no es lo mío, dije lapidaria al cabo de esas semanas. Mirábamos el informativo de las diez, y la frase se convirtió en una sentencia inapelable, extensible a Alemania entera. Vilhelm se encogió de hombros, murmuró, te acostumbrarás, y sin apartar la vista de la televisión cambió de canal.</p>
<p>A menudo pienso en Roberto, mi hermano, él también tiene sentencias inapelables. Vivió con mi madre hasta el día en que ella enfermó. Entonces hizo sus maletas y se negó a atender explicaciones. Madre sufre de un impulso irrefrenable. Madre rebusca en su cabellera y elige un mechón. Madre cierra los ojos. Madre aprieta los dientes y entonces tira con fuerza, un golpe, dos. Luego forma una bolita de pelos oscuros que amasa con cuidado, con esmero. Madre coge otro mechón y la bolita se hace más grande, no mucho, lo suficiente para que se la pueda tragar.<br />
Roberto prometió volver de vez en cuando, ocasionalmente, quizá dentro de poco, quizá en unos años, fueron sus palabras. Cogió su mochila y abandonó el pueblo, la ciudad y eventualmente el país. Desde entonces, fiel a su promesa, regresa a ……… de cuando en cuando.<br />
Con el tiempo yo también me fui. Consciente del valor de las palabras, no prometí volver. A pesar de estos hechos, Roberto y yo no hemos perdido el contacto. Mi hermano telefonea intermitentemente; a veces cuenta cosas como:<br />
—Perdona si te hablo en susurros. Patricio duerme, no quisiera despertarlo.<br />
—¿Quién es Patricio?<br />
—Un amigo, de momento me quedo con él.<br />
—¿Dónde estás?<br />
—Qué más da… Patricio tiene un proyecto, ¿sabes? Unas tierras, ahora las cultivamos; hemos sembrado tres hileras de lechugas, algunas cebollas, tomates, dos manzanos y cinco vides que formarán un corredor al que llamaremos “El pasaje de los novios”. El naranjo que un sobrino de Patricio plantó el año pasado tiene ahora los frutos verdes, quizá en un mes podamos probarlos.<br />
—¿Qué tipo de proyecto es?<br />
—Planeamos formar un centro ecológico, montaremos un hotel rural, un edificio amigable con el entorno… Estamos terminando los detalles de la primera cabaña. Nos cansamos de dormir en el coche, así que ayer arreglamos las goteras del techo y pusimos vidrios a las ventanas. Es una casa pequeña, medias aguas no más, pero fuera es un infierno, no tienes idea de la de bichos que hay en este lugar. Martín me ha enseñado a reconocer el sonido de la cascabel.<br />
—Así que son tres.<br />
—A veces vienen más, pero no se quedan mucho tiempo. Martín alarga su estadía, hace semanas que se quedó sin efectivo. Parece ser que espera un nuevo negocio, con él nunca se sabe; le gusta tanto beber que casi no come, ni duerme, luego le sale un contrato y entonces desaparece unos días.<br />
—¿Y tú?<br />
—Bebo solo cuando el sol se pone, lo sabes de memoria… Ayer conseguí que una vieja radio volviera a funcionar. Ahora estamos enganchados a ella&#8230; Te dejo, parece que va a llover.<br />
—Espera. ¿Tienes dinero? ¿Necesitas algo? ¿Es que no hay un mejor lugar para vivir?<br />
—Tranquila, Patricio corre con los gastos. Me deja incluso hacer telefonazos de larga distancia, es un buen tipo. Ahora cuelgo, me llaman, hay una vaca perdida al otro lado del jardín.</p>
<p>Vilhelm tiene razón, guardo cierta obsesión con la búsqueda de paraísos. Hubo un tiempo en que el paraíso se reducía a un pequeño departamento compartido, yo estudiaba en la universidad y mi compañera de piso trataba de encontrar su primer empleo. No teníamos muebles y muchas noches tampoco teníamos que comer. Vivíamos con un régimen alimenticio basado en espaguetis revueltos en kétchup y orégano. A veces solo quedaban espaguetis, a veces solo quedaba kétchup. Un día Lucía conoció a Héctor en el metro y lo trajo a casa, entonces comenzamos a ser tres.</p>
<p>Hace un año tomé un vuelo a Ontario, mis dos ex compañeros de piso me esperaban en la estación de Amtrak, hacía ocho años desde la última vez que nos habíamos visto. De las manos de mi amiga colgaban dos niños y Héctor traía en brazos a uno más. Horas después descubrí que no era un niño, sino una niña a la que le habían rasurado la cabeza siguiendo la creencia de que por medio de este acto, delictivo lo llamaría yo, gozaría en el futuro de una más fuerte, sana y tupida cabellera. Pasé cinco días en la casa remolque que mis amigos habían comprado, y sin embargo me bastó con media hora y tres cuartos de la primera conversación para darme cuenta de que el tiempo, irremediablemente, termina por hacer estragos. Lo mismo que una fotografía con los años de nítida se torna borrosa o la estatua de un dios que lentamente se deshace en pedazos; del amor de Lucía y Héctor quedaba poca cosa. Nos une lo fundamental, dijeron, la única razón que puede impelernos a dormir bajo el mismo techo: los tres niños. Tres niños que jugaban en lo que podría llamarse la sala. Miré sus pequeños rostros todavía inocentes, ingenuos, y tuve por ellos un sentimiento parecido a la pena, el mismo sentimiento que me invade cuando pienso en mi propia niñez.</p>
<p>Madre aguantó veinte años y dos hijos antes de marcharse y papá relajó esa espera a base de alcohol. Al final el divorcio, tan largamente meditado, se convirtió en viudez. Papá se murió esperando que algo cambiara, que mamá se fuera por fin con alguno de sus amantes, o que él encontrara otra mujer, o que pasara un golpe militar, una guerra, la devaluación, cualquier cosa que lo obligara, sin posibilidad de opción, a emigrar. No quería llevarse la culpa. Tuvo mala suerte, nunca pasó nada. Vivíamos en un país mediocre, incluso para hacer revoluciones. El día en que murió, regresaba del trabajo; parece ser que se detuvo en un bar al borde de la carretera que une la Cementera con ………; tal vez quería tomar una copa, o comprar un par de cigarrillos o quien sabe, es posible que solo hubiera querido orinar. El caso es que antes de llegar a la puerta del local, papá ya estaba muerto, arrollado; su cuerpo, cuarenta y ocho horas anónimo, tendido en mitad del camino.<br />
Tres días después, alguien llamó a casa, mamá hacía las maletas, tuve que ser yo quien reconociera el cuerpo. Firme aquí, dijo el oficial y luego, utilizando el bolígrafo como puntero, me indicó una puerta. Dentro estaba mi padre, habían dejado su cuerpo acurrucado en un rincón de la sala, su sangre manchaba parte del suelo. Es fin de semana, se excusó el forense, la bata reteñida de manchas amarillentas. Se hizo a un lado, entonces pude ver la escasa y una única mesa en la que se apiñaban tres cuerpos más.</p>
<p>Hace dos años me quedé embarazada, Vilhelm tuvo un ataque de nervios. Fue un descuido, traté de justificarme. No tomaste las pastillas. Lo hice, aunque es posible que haya olvidado una o tal vez dos. Mentía. Pensaba que un hijo solucionaría los problemas, dejaría de estar aburrida, ya no tendría tiempo para pensar en mí. Eso es lo que dicen todos; un hijo te cambia la vida, los parámetros; dejas de existir, las prioridades son otras; te anulas y a cambio recibes la satisfacción de verlos crecer, observar cómo estiran las manitas y te dan un abrazo, sus cuerpos cálidos y frágiles, su total y absoluta dependencia hacia ti. Vilhelm amenazó con irse de casa, habíamos hecho un pacto y yo lo había roto. A propósito. Finalmente ganó él. Dijo, elige el lugar; y yo escogí la primera clínica que aparecía en el listín de las páginas amarillas.</p>
<p>No era la primera vez, aunque la otra sí que había sido un descuido. Un error de cálculo. Acababa de cumplir los 16, el chico con el que salía se vio obligado a vender su bicicleta y yo la cadenita de oro que me habían regalado para la primera comunión. No volvimos a vernos. A partir de entonces él evitaba cruzarse conmigo, ……… es pequeña, no verse con alguien puede suponer un esfuerzo titánico. Mi primer novio tuvo que cruzar muchas calles, doblar demasiadas esquinas, no entrar a no sé cuántos cafés, restaurantes, discotecas. Finalmente lo logró; yo aprendí a evitarlo también. Un día una compañera de clase me dijo que él andaba propagando por ahí que yo era una puta. Hice una mueca, no sabía qué responder.</p>
<p>Tres años atrás Vilhelm y yo pasamos nuestras últimas vacaciones juntos, desde entonces viajo sola. Habíamos tenido una pelea sobre mi reticencia a integrarme en su país. Búscate un trabajo normal, gritó, ten amigas, sal a tomarte un trago, ve a cenar a la casa de alguien. Trabajo desde nuestra sala y mi negocio me permite sobrevivir, contesté, no necesito ir a una oficina. La página web mediante la que vendía productos de belleza parecía ir viento en popa. Solo necesito más tiempo contigo, Vilhelm, ya nunca damos paseos cogidos de la mano, hace mucho que no me cuentas nada. ¿Qué podría contarte? Nos vemos todas las noches, dormimos juntos, ocupas todo mi tiempo libre. Ni siquiera veo la tele sin ti. Luego hubo un cierto arrepentimiento en sus ojos. Nos regalamos un viaje a las Maldivas que solo nos sirvió para descubrir que la arena blanca y las cabañas a pie del mar no tienen efectos mágicos en sus visitantes. Incluso allí seguimos siendo los que éramos. Incluso allí eché en falta a Vilhelm, y Vilhelm no dejó de sentirse abrumado por mí. Al regresar a Stuttgart me encontré un mensaje en el contestador. Madre había tenido un ataque de ansiedad y se había hecho varios cortes. Una prima la había llevado al hospital. De eso hacía ya muchos días, marqué el número de casa, nadie contestó.</p>
<p>Hace cuatro años tomé un curso sobre arreglos florales. Poco tiempo después planté rosas en nuestro jardín. Los gajos murieron ese invierno, creo que lloré. Tendrías que haberlo previsto, murmuró Vilhelm, y luego me dio un beso en la frente. Podrías plantar otra cosa el próximo verano.<br />
Obviamente me negué. Yo no iba a plantar nada nuevo, yo no criaba nada dos veces, yo no era como mi madre, que estaba entrando y saliendo de relaciones todo el tiempo. Intentar. Tengo un nuevo “amigo”, decía, y los ojos y la cara se le iluminaban, y luego pasaba el tiempo y el “amigo” la golpeaba o le robaba o simplemente salía un día de casa. Voy por el periódico… y luego no volvía; y mi madre se quedaba junto a la ventana, esperando, siempre esperando.</p>
<p>Hace cuatro años Roberto llamó por primera vez a media noche, estaba borracho. Durante todo ese año siguió llamando a horas intempestivas, a veces lloraba, a veces reía o contaba anécdotas inverosímiles, a veces simplemente escuchaba mi voz durante unos segundos y luego colgaba.<br />
Hace cuatro años madre me escribió una carta en la que ponía en letras mayúsculas, “POR FAVOR VUELVE”. Tres días después, era agosto, le pedí a Vilhelm que nos fuésemos a buscar un paraíso. ¿Cuál prefieres?, preguntó, y yo respondí, las islas Fitji.</p>
<p>Hace cinco años y unos meses Vilhelm y yo nos trasladamos a Stuttgart, tuvimos que firmar ciertos papeles que nos unían ante la ley para que yo pudiera conseguir el visado. Antes habíamos estado viviendo en ………, luego pasamos unos meses en Quito y el último invierno en Sao Paulo, hasta que el proyecto en el que Vilhelm trabajaba terminó. Entonces me regaló el anillo, dude un poco, me pregunté si acaso eso nos estaría pasando de haber nacido yo en un país más rico. De haber nacido en Europa o Estados Unidos o Canadá probablemente solo me habría regalado el pasaje, la estadía y hasta que el aburrimiento nos separe baby. Le pregunté, ¿por qué lo haces?, dijo, no quiero separarme de ti. Entendí que lo suyo era miedo, dije, yo tampoco quiero separarme de ti. Dos horas antes de ir al juzgado envié un telegrama a casa. Madre tardó nueve días en contestarme. No hubo fiesta, no había mucho que celebrar.</p>
<p>En… hacía ya tiempo que mis amigas de la escuela se habían casado. Su progenie nacía y crecía a velocidades vertiginosas.<br />
—¿Y tú cuando lo harás?<br />
—¿El qué?<br />
—Madurar, casarte, tener hijos que jueguen con los nuestros, construir una casa, cuidar un marido.<br />
—He madurado, como todas, no confundamos los términos. ¿Lo otro, lo demás es realmente necesario?<br />
—Imprescindible… ¿Es que Vilhelm no te quiere?<br />
—Vilhelm me quiere, como no me va a querer.<br />
—¿Entonces?<br />
—Hay muchas maneras de querer.<br />
—Pero el tiempo pasa. “Muchas maneras de querer”, eso lo dices ahora, ¿Qué vendrá después?<br />
—No lo sé, no lo he pensado.<br />
—¿Qué dice tu madre de todo esto?<br />
—Mi madre no dice nada, tiene sus propios problemas. Últimamente tiene miedo de que nos pase lo mismo que a ella.<br />
—¿Lo de arrancarse los pelos?<br />
—Lo de sufrir, lo de sufrir tanto que prefieras la muerte.</p>
<p>A comienzos de aquel año, mi madre se compró su primera peluca, le acongojaba ir al salón de belleza y tener que inventar enfermedades que hicieran que solo una parte de la cabeza se le quedara calva. Empezaba a tener problemas con sus parejas; más de uno le había visto el hueco en la cabellera mientras tenían sexo. No es estético, dijo. Unos meses después acabó en la sala de urgencias debido a una obstrucción intestinal provocada por las sutiles bolitas de pelo, cuidadosamente enredado, que se comía. A partir de entonces la fluoxetina y ella entablaron una firme relación. Comenzó a depilarse las cejas.</p>
<p>Seis años atrás yo estaba parada en una esquina, cerca de casa, esperando un autobús que me llevaría al centro. Madre hacía las maletas para marcharse y padre yacía amoratado y tieso en una morgue de hospital, esperando que alguien viniese a por él o por lo que quedaba de su cuerpo. Vilhelm se acercó a preguntarme la hora y cómo llegar a la oficina de correos, era un extranjero, un turista rubio, desorientado y confuso en toda regla. Recuerdo haberle dado una explicación detallada del camino, dije, podrías llegar andando, pero él, negando con la cabeza, contestó, prefiero tomar el autobús; asentí, faltaba poco para las tres de la tarde. Un sol inclemente pegaba sobre nuestras cabezas. </p>
<p>Fuente: <a href="http://www.revistaparaleer.com/cosecha/relatosDetalle/1661">Eñe</a></p>
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		<title>Reseña: El torturador y otros cuentos</title>
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		<pubDate>Tue, 30 Aug 2011 16:06:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Paz Soldan</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuento]]></category>
		<category><![CDATA[premio]]></category>
		<category><![CDATA[Reseña]]></category>

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		<description><![CDATA[El torturador y otros cuentos Por: Mauricio Rodríguez Chéjov era valiente. Carver, Borges, Cortázar. Poe cayó como valiente, con espada en mano. Ahora toca hablar del actual libro del Premio nacional de cuento Franz Tamayo: El torturador y otros cuentos. Como se intuye el primer lugar se llevó el cuento «El torturador» (en «otros cuentos» [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><center><a href="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2011/08/Mauricio-Murillo.jpg"><img src="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2011/08/Mauricio-Murillo.jpg" alt="" title="Mauricio Murillo" width="254" height="349" class="aligncenter size-full wp-image-4035" /></a></center><br />
<strong>El torturador y otros cuentos<br />
Por: Mauricio Rodríguez</strong></p>
<p>Chéjov era valiente. Carver, Borges, Cortázar. Poe cayó como valiente, con espada en mano. Ahora toca hablar del actual libro del Premio nacional de cuento Franz Tamayo: <strong>El torturador y otros cuentos</strong>. Como se intuye el primer lugar se llevó el cuento «El torturador» (en «otros cuentos» está un compendio de las tres menciones: «El aburrimiento del Chambi», «Fresco perezvelasqueño», «Una cueca frente a la celda de Regis Debray»).</p>
<p>«El Torturador», de <a href="http://www.ecdotica.com/2010/09/07/mauricio-murillo-ganador-del-premio-tamayo-2009/">Mauricio Murillo</a> inicia con una cita de un cuento de Roberto Bolaño: «Siempre intentó escapar de la violencia aun a riesgo de ser considerado un cobarde, pero de la violencia, de la verdadera violencia, no se puede escapar» («El ojo silva»). Luego está el inicio que me hizo recordar al Quijote. El narrador del Quijote dice que encontró un libro que fue escrito por un tal Cide Hamete Benengeli que narra la historia del Quijote. Entonces el lector no estaría leyendo el escrito de Cide Hamete Benengeli sino la traducción del narrador. Una suerte de texto dentro del texto con correcciones, opiniones.</p>
<p>En «El torturador» sucede algo parecido: «La siguiente historia se la contó mi abuelo a mi padre y éste me la contó a mí». Este artificio es utilizado para darle verosimilitud al relato, también profundidad. Y, poco a poco, el narrador nos cuenta una historia que debía ser sórdida: el abuelo en su juventud vivió en Argentina. El abuelo se hizo amigo del hijo de un escritor argentino (Leopoldo Lugones). El abuelo descubrió que el hijo del escritor argentino era torturador. El abuelo se fue de la Argentina. El abuelo recibió cartas del torturador. El abuelo descubrió que el torturador ideó máquinas de muerte. Fin del cuento. No hay horror. No hay sobrecogimiento. No hay desesperanza. Tal vez el mayor problema del cuento es que no genera ninguna sensación. La anécdota torturador-hijo-de-escritor-idea-máquinas-de-muerte no causa lo que los griegos llamaban catarsis y lo que Borges llamaba «una revelación que no se produce». </p>
<p>No se puede negar que en «El torturador» existen ciertos niveles interesantes: el torturador tiene el mismo nombre que su padre: Leopoldo Lugones. Literatura y horror son equivalentes. El torturador se obsesiona en el intento de construir una máquina que vuelva invisible lo visible, destruir el cuerpo, la imagen. Otra vez la equivalencia: la literatura se encarga muchas veces en volver invisible lo visible. También hay algunos guiños a Borges, Swedenborg y otros filósofos.  </p>
<p>De las menciones queda poco por hablar: 1. «El aburrimiento del Chambi» trata de una manera jocosa las brutalidades que comete un policía. La intensidad que logra es mayor a la del «El torturador» pero también cae en otros problemas: falta de estructura, frases reiterativas que no llevan a nada, descripciones algo inútiles. Un cuento sobrecargado que necesita de edición. 2. «Fresco perezvelasqueño» de inicio empieza mal. En el título se especifica que el cuento no es cuento: es un fragmento de novela: «Fragmento de la novela inédita RFI». ¡No es cuento! ¡No será cuento! ¡Jamás fue cuento! ¿Por qué este fragmento de novela salió mención de honor en el Premio nacional de cuento Franz Tamayo? Me reservo la respuesta. Vamos al texto: un intento de larga descripción de lo que es la Pérez Velasco. Residuos de Jaime Sáenz, de Lezama Lima, de Arturo Borda. Relato lento. Tortuoso. 3. «Una cueca frente a la celda de Regis Debray» es un título que prometía mucho pero que aporta poco. Es un relato acerca de unos músicos tarijeños y pare de contar. </p>
<p>Algunos datos: en esta versión de cuento (2010) sólo participaron 65 personas muy por debajo del promedio de las anteriores versiones (180 personas). En esta versión el jurado estuvo conformado por Patricia Alegría, Claudia Pardo, Mauricio Souza, Eduardo Cassis, Álavaro Pérez (en realidad es <a href="http://www.ecdotica.com/biblioteca/EL%20GERMAN%20BELTRAN.pdf">Álvaro Pérez</a> [N. del E. quien ganó el XXXV Premio Nacional de Cuento Franz Tamayo con El Germán Beltrán] pero hubo un error de edición en el libro). En esta versión las menciones sólo fueron tres (en las anteriores versiones hubo un promedio de nueve menciones para su publicación). </p>
<p><em>Fuente: Ecdótica</em></p>
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		<title>Cuento: El peso de la gloria por Guillermo-Augusto Ruiz</title>
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		<pubDate>Mon, 18 Jul 2011 14:53:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Paz Soldan</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuento]]></category>

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		<description><![CDATA[El peso de la gloria Por: Guillermo-Augusto Ruiz Habiendo escrito casi todos los libros que abarrotaban la gigantesca biblioteca de su mansión, Alain Bonnemort se extasiaba cada día en la contemplación de sus infatigables estanterías, y, ligeramente mareado por el perfume de la gloria, apenas daba crédito a sus ojos cuando pensaba que la mayoría [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><center><a href="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2011/07/Guillermo.jpg"><img src="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2011/07/Guillermo.jpg" alt="" title="Guillermo" width="355" height="211" class="aligncenter size-full wp-image-3920" /></a></center><br />
<strong>El peso de la gloria<br />
Por: Guillermo-Augusto Ruiz</strong></p>
<p>Habiendo escrito casi todos los libros que abarrotaban la gigantesca biblioteca de su mansión, Alain Bonnemort se extasiaba cada día en la contemplación de sus infatigables estanterías, y, ligeramente mareado por el perfume de la gloria, apenas daba crédito a sus ojos cuando pensaba que la mayoría de esos tomos había salido de sus propias manos.</p>
<p>Se le comparaba con Proust, con Tólstoi. Ya ningún libro suyo aparecía sin la mención <em>Obra maestra</em> rotulada en la prestigiosa banda roja que cruza la portada de los libros galardonados por la crítica o, cuando menos, por el éxito de ventas.</p>
<p>Ya ninguna línea suya pasaba desapercibida. Cada una de sus palabras llevaba el sello del genio, según los lectores; para los críticos, Bonnemort era sencillamente el <em>maestro perfecto de nuestro tiempo</em> o, cuando alguno se dejaba vencer por el entusiasmo, <em>de todos los tiempos</em>.</p>
<p>Con todo, al cumplir setenta años, en un arranque de locura y audacia, Bonnemort decidió ir aún más lejos, romper todas las barreras, reescribir toda su obra, auto parodiarse, transgredirse y hundirse hasta tocar el cielo literario; en una palabra, escribir su Obra Maestra y ya, por fin, acostarse con la inmortalidad.</p>
<p>No demoró demasiado, sólo cinco años, pero cinco años marcados a hierro ardiente por el trabajo, el cual, día tras día, noche tras noche, lo llevaba a olvidar alimentarse o tomar sus medicinas. De modo que, pese a la diligencia de su enfermera personal durante ese tiempo, las manos se le volvieron frágiles y crujientes como hojas secas.</p>
<p>Aun esto, no obstante -pensó una vez acabada su obra-, había valido la pena.</p>
<p>Ni bien terminó de corregir el manuscrito original, su editor, tras una llamada telefónica de su parte, acudió a la mansión y se llenó los brazos con el enorme paquete antes de meterse en su <em>Peugeot negro</em>, que se perdió por los senderos del jardín.</p>
<p>Un mes más tarde, Bonnemort recibió un ejemplar de su libro, <em>Antes de la muerte</em>, vendido, como anotaba eufórico el editor en una nota adjunta, a más de un millón de ejemplares en su primera semana en las librerías. Bonnemort soltó un hondo suspiro de alivio, un suspiro salvaje como todas aquellas horas pasadas sobre el abismo salado de esa obra oleaje, quizá demasiado audaz para un viejo cansado como él, que había decidido arriesgarlo todo antes de refugiarse en el silencio.</p>
<p>El alivio le duró dos días; al tercero, abrió distraídamente el suplemento literario de <em>Le Monde</em> y halló una reseña sobre su libro. Firmaba Julien Grondel. No conocía al hombre, pero sí la reputación. Por supuesto, era un crítico, relativamente joven, pero muy respetado, adulado incluso –había quién lo comparaba nada menos que con Roland Barthes–.</p>
<p>Conforme Bonnemort leía la escueta reseña, su cara –esa cara de escritor impasible que tanto le había ayudado en sus afanes literarios–, iba sufriendo leves contracciones que le hacían fruncir el ceño y, un segundo después, abrir los ojos desorbitadamente. Sentía que le temblaban los labios, como cuando sentía miedo en la oscuridad, y toda su cara se arrugaba hasta que llegó a la última línea y cerró</p>
<p>los ojos y apretó el periódico con tal fuerza, que no supo si eran sus manos o el papel periódico lo que había crujido de esa manera.</p>
<p>Fue un chasquido como si algo, no necesariamente orgánico, se hubiese roto en su interior.</p>
<p>Luego de vestirse, hizo un par de llamadas telefónicas, anotó una dirección en un sobre vacío y, antes de salir, sacó de un estante de la gigantesca biblioteca su ejemplar de <em>Antes de la muerte</em>.</p>
<p>Nunca antes había tenido el libro a cuestas: lo encontró bestialmente pesado. Ciertamente, el formato grande, las tapas duras, la lujosa edición, no aligeraban el mamotreto. Pero, ya en el taxi, le dolió haber pensado eso de su libro, que era bestialmente pesado, y además –desagradablemente– en los mismos términos que, en su reseña, había utilizado el despreciable Grondel para calificar su obra. Que era un libro bestialmente pesado, aplastante, soporífico. Que el título, tan banal como insípido, era lo mejor del libro. Que esas memorias, que se querían deliberadamente mentirosas, eran previsibles viniendo de un escritor que ya había dicho todo lo que tenía que decir. Que, desgraciadamente, tal desliz significaba, a corto o mediano plazo, la muerte literaria del que fuera un buen escritor. Y terminaba afirmando, tajante, que al libro le sobraban seiscientas páginas… cuando, desde luego, no tenía más que seiscientas páginas.</p>
<p>¿Cómo se atrevía? ¿Qué se había creído ese criticón en pañales? Era imposible que ignorara quién era él, Alain Bonnemort, <em>la leyenda viva del escritor arquetípico</em> –como escribiera deliciosamente, hacía sólo algunos años, el gran Roberto Viani. Y entonces, ¿cómo se atrevía ese hijo de puta?</p>
<p>Una cosa era cierta: esa ira íntima y a la vez desconocida que lo invadió de golpe, forzándolo a salir de su letargo de años, no podía durar mucho tiempo y él, Bonnemort, tenía que aprovechar hasta el último instante esa fuerza prodigiosa que sentía crecer en su interior conforme el taxi avanzaba por las calles del centro de París.</p>
<p>Como en un sueño, lo que siguió fue la visión de una escalera de caracol, de peldaños estrechos, que daba a rellanos igual de estrechos y penumbrosos, con una puerta a cada lado. En el cuarto piso, a la izquierda, halló la puerta con el número indicado en una deslucida placa de bronce.</p>
<p>Esos viejos edificios parisinos tenían un olor inconfundible a humedad y siglos.</p>
<p>Bonnemort respiró hondo, metió el sobre con la dirección en el bolsillo y llamó a la puerta sin recibir más contestación que unos pasos, los cuales, en ese preciso instante, subían haciendo crujir los peldaños de madera.</p>
<p>No lo dudó un instante: tenía que ser Grondel ese calvo rechoncho que subía penosamente la escalera. Era tan lento, que al escritor le pareció que dibujaba, en las curvas apretadas, un pálido gusano hecho de calvas que se sucedían bajo la luz amarillenta.</p>
<p><em>Un gusano, qué cosa más evidente,</em> pensó Bonnemort mientras suspendía en el vacío su Obra Maestra, calculando el lugar exacto en que caería, letal, el peso de la gloria.</p>
<p><em>Fuente: Ecdótica</em></p>
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		<title>Cuento inédito: Avenida Oeste 348 de Fabiola Morales</title>
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		<pubDate>Tue, 12 Jul 2011 15:51:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Paz Soldan</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuento]]></category>

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		<description><![CDATA[Avenida Oeste 348 Por: Fabiola Morales Suelo sentarme en una esquina al inicio de la calle Lacerna un poco más allá de la Avenida Oeste, que es donde aparcan su bonito trasero las putas; digo me pongo lo suficientemente lejos como para que haya una diferencia entre ellas y yo. No me gustaría que me [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><center><a href="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2011/07/Pordiosera.jpg"><img src="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2011/07/Pordiosera.jpg" alt="" title="Pordiosera" width="299" height="290" class="aligncenter size-full wp-image-3907" /></a></center><br />
<strong>Avenida Oeste 348<br />
Por: Fabiola Morales</strong></p>
<p>Suelo sentarme en una esquina al inicio de la calle Lacerna un poco más allá de la Avenida Oeste, que es donde aparcan su bonito trasero las putas; digo me pongo lo suficientemente lejos como para que haya una diferencia entre ellas y yo. No me gustaría que me confundan. A mí no me van las pendejadas. Yo lo que hago es pedir limosna, dejar que alguien se apiade de mis huesos. No hago tratos con la gente, no les ofrezco nada a cambio de lo que me dan, excepto mi indiscutible cara de pena. Muchas veces dejo que pase el día sin hacer otra cosa que mirar fijamente un punto. Concentración. El escaparate de la tienda de enfrente, o la mancha que dejó un perro al orinar en la pared. Es igual, la gente pasa. Oficinistas. Si es temprano van apurados y casi no se enteran de que estás ahí; si es al atardecer, van tan hechos polvo que apenas si saben dónde ponen la nariz. Alguno pasa hablando por el móvil, hablando distraída o ceñudamente por el móvil; yo estiro la mano, la tengo estirada desde hace horas y tengo también la mirada fija en el punto muerto, la mancha que dejó el perro… o eso parece, porque en realidad tengo un ojo puesto en lo que pasa, un ojo que vigila lo que pasa por la mente de los demás.</p>
<p>En este mundo hay gente realmente inocente, verdaderamente crédula. Una mujer camina del brazo de su hija adolescente, y entonces se topan conmigo o con mi mano, o con mi pierna extendida, mendigante; entonces la mujer suelta a la niña, se agacha y se quita las gafas de sol, quiere mirarme a los ojos y que nada ni nadie interfiera entre nosotras. Como es un país libre, no hay un alma que se lo impida, así es que me mira, me mira bien, es decir, analiza todo el contexto, mi piel que aún no ha envejecido, mi cabello oscuro y rizado, la lata de atún en la que nadan tres o cuatro monedas de cinco centavos, la caja de cartón y los dos periódicos que me hacen de asiento, mi ropa envejecida, las ojeras de quién sabe cuántas noches sin dormir y el letrerito que reza: “No tengo trabajo y duermo en la calle”. Llegada a este punto la mujer pregunta qué me ha pasado, dónde vivo, qué fue de mis padres. Y yo le digo, le digo todo lo que ella quiere oír.</p>
<p>Si hay alguien al que no menciono nunca es a mi padre, si mi interlocutor insiste en saber sobre él, lo mato. Quiero decir, no a la persona que pregunta,  sino a mi padre, le invento muertes. Trabajaba montando rieles, un día lo atropelló un tren. Limpiaba vidrios y se cayó desde una torre. Era minero y contrajo silicosis. En una ocasión alguien me preguntó qué era la silicosis; entonces sí que tuve problemas para explicarme. Improvisación. Cuando la madre de la adolecente resulta ser voluntaria en un centro de acogida de menores y te ofrece marchar con ella. Una cama segura y limpia, dice, y tú piensas cómo diablos vas a salir de ésta.</p>
<p>Lo cierto es que hablar de mi padre solo trae problemas. Una tarde le dije a un tipo cómo encontrarlo; y cuando volví a casa aquello era un regadero de sangre. Verdaderamente lamentable. Mi padre estuvo sin dirigirme la palabra unos cuantos meses, también porque, entre otras cosas, el tipo lo había dejado sin dientes. Luego se le pasó. Parece ser que el macarro se pensó que lo había matado de verdad y ya nunca volvió por la deuda. Cuando mi padre recuerda el episodio, dice que un par de dientes gastados y amarillentos bien valen una segunda oportunidad, y a continuación se ríe con esa boca deforme y oscura que el tipo le ha dejado.</p>
<p>Mi padre es quien suele venir por mí. Poco antes de que se haga noche oscura aparece arrastrando su bicicleta y la mía. No entiendo por qué viene a pie si trae las bicicletas, pero él lo hace así. Cuando lo veo doblar la calle, me levanto, cojo los periódicos y el cartón y junto con el letrerito, me los guardo en la mochila; entonces, si da la casualidad de que ninguno de nosotros dos está borracho, doblamos por el callejón Matías Pardo y pedaleamos hasta Rosendo Urioste con Hospicio, que es donde nos fían las cervezas. Si por el contrario alguno de los dos está ya ebrio, es probable que necesitemos parar por algo de alcohol antes de llegar a nuestro destino habitual. </p>
<p>Hay tiempos malos y tiempos buenos y razones por las cuales las cosas pasan. Una vez tuve un novio que quería ser poeta, decía que leía a Baudelaire, a Rimbaud, a Paul Verlaine, a Prevert, a Valéry. Pero en realidad lo suyo era ser caco. No le escuché recitar un poema ni una sola vez. Lo que él hacía, básicamente, era robar por encargo en las librerías libros o revistas que le encargaban los verdaderos poetas, esos que pululan por las calles, famélicos y envueltos en una nube de nicotina, y que, a la hora de la verdad, necesitan que alguien les haga el trabajo sucio, porque en el fondo siguen siendo hijitos de papá; siempre han sido hijitos de papá. </p>
<p>Cuando conocí a Roberto, yo trataba de no mendigar, más bien me dedicaba a caminar por el casco antiguo de la ciudad sin rumbo fijo. Era una época de replanteamientos, yo me repensaba qué quería hacer con mi vida y a dónde quería llegar; tal vez por eso me hice amiga de los poetas, ellos hacían lo mismo que yo, dejar que las horas pasaran y preguntarse cosas que no tenían solución. Quizá por eso, y por los cuatro o cinco ejemplares que Roberto llevaba siempre bajo el brazo, es que llegué a pensar, a confundirlo más bien, con un escritor. En todo caso, lo que él quiso decir cuando dijo que quería ser un poeta, era que deseaba pensar en su padre como un hombre de traje gris que trabajaba en una oficina pública y que salía del trabajo a las seis, a las siete, a los ocho o cuando fuera, conducía el coche por calles de barrios residenciales, llegaba a casa y se encontraba con una mujer sentada en un sillón con tapicería de florecitas, que no hacía otra cosa sino esperarlo y cocerle las medias. No inventes, le grité desde el fondo del bar de la calle Hospicio la última noche que nos vimos, su figura ya casi se perdía en la oscuridad o la cantidad de vino que yo llevaba en las venas me impedía enfocarlo correctamente, a poco crees que leyendo pelotudeces vas a hacer que tu pasado cambie. No me contestó, ni siquiera se dio la vuelta. A la mañana siguiente un transeúnte volvió a preguntarme sobre mi padre; en honor a mi relación perdida, decidí matarlo de una forma más poética. Le dije al hombre que mi padre había muerto en la universidad haciendo la revolución. </p>
<p>A Roberto no lo vi más. De vez en cuando algún poeta se pasa por donde estoy, saben que fui su novia y creen que puedo tener indicios de dónde ubicarlo. Yo les digo invariablemente lo mismo, no tengo la menor idea de donde está. Alguno que es avezado, entonces, me ofrece el negocio, una lista interminable de libros por dos o tres pesos; yo les señalo la Avenida Oeste; desde donde me siento, se ve cómo su asfalto se levanta y se hunde por efecto de la mala obra y la abundante lluvia; y a continuación les digo que es allí donde están las putas, que a mí me dejen en paz. </p>
<p>Las relaciones hay que saber cuándo cortarlas. Si el tipo con el que sales empieza a decirte que ve arañas caminando por el techo o que un enjambre de avispas lo está atacando mientras ustedes pasean tranquilamente, con una botella de vodka en la mano, por un parque, en un domingo soleado. Entonces es hora de dejarlo. Pero dejarlo allí mismo, en ese instante, sin dilación.</p>
<p>Ahora que si es a mi padre al que se le va la cabeza es cuando paso las noches sin dormir. Si se pone pesado, salgo de casa y deambulo hasta que amanece, luego me voy a mi esquina y venga la mano estirada, la mirada perdida en el punto fijo, la mancha que el perro dejó; y allí me quedo hasta que mi padre viene a buscarme. A veces llega arrepentido, a veces no. Aunque parezca una contradicción preferir caminar por calles oscuras de un suburbio catalogado como altamente peligroso, antes que quedarse en casa, es una estrategia de autoprotección. Al principio, cuando era pequeña, no hacía otra cosa que acurrucarme en un rincón o como mucho meterme debajo de la cama. Hasta que un día pasó lo que pasó. Mejor no hablar de ello. Y sí, también involucra sangre y sí, también tuve que limpiarlo yo. Aunque en esa ocasión fui yo la que estuvo sin dirigirle la palabra a mi padre durante meses.</p>
<p>Una vecina me dijo un día que mi madre vivía en Ciudad Capital, al tiro me arrimé a un camionero de poca monta, un borrachín que de tanto en tanto bebía junto a mi padre en el bar de la calle Hospicio. Le dije que me llevara con él, y unos días después ya caminaba por las calles de una ciudad en la que nunca antes había estado. Por supuesto el borrachín se llevó su paga, pero de eso no me quiero acordar.</p>
<p>Sobre el asunto que me atañía, estuve averiguando información durante un tiempo. Anduve por todos los barrios de mala muerte que pude, y luego visité los dos psiquiátricos que existían en la ciudad. Ya saben, la sangre llama a la sangre. Pero, no encontré nada. Por una idea tonta, estuve indagando un rato por los cementerios, inútilmente; hay gente que no llega allí. Al final decidí regresar a casa de mi padre, ya no recuerdo cómo lo hice; solo sé que me tardé un rato largo, cuatro o tal vez cinco meses, en recorrer un camino que en autobús se hace en no más de doce horas. No tenía dinero y me había prometido a mí misma no volver a pedir favores.</p>
<p>Cuando abrí la puerta del piso en el que había pasado toda mi infancia, encontré a mi padre comiéndose una lata de atún. Al verme entrar estuvo a punto de apurar el último bocado, pero algo, quizá un instinto primigenio, hizo que el tenedor se quedara a medio camino y lentamente regresara al plato desvencijado de donde había salido. Dije, hola, qué hubo; y mi padre sonrió estirándome el plato, debes tener hambre, contestó. Yo no me hice rogar, cogí lo que quedaba y me lo zampé entero. Él se tomó un trago del vodka disuelto en agua que tenía en un vaso, y luego me lo alcanzó. Dijo que empezaba a preocuparse por mí, hacía dos días que había ido a buscarme a la calle Lacerna y no me había encontrado. Creo que fue la primera vez que lo miré con un sentimiento un tanto parecido a la pena, los tiempos empezaban a no funcionarle bien en la cabeza. Me ahorré el decirle que hacía muchos meses que no nos veíamos.</p>
<p>Creo que aquella noche nos terminamos el vodka en silencio, sentados frente a frente, un poco avergonzados el uno con el otro, aunque no supiéramos muy bien de qué. Luego, cuando me desvestía para entrar en nuestra cama, fue que vio mi cicatriz, una raya horizontal que me cruza el bajo vientre. ¿Qué te paso ahí? preguntó. Nada, dije, cosas de mujeres.</p>
<p>Al día siguiente ya estaba instalada de nuevo aquí, la mano extendida, mirando los turistas pasar. Era verano y la gente comenzaba a caminar rumbo a la playa. Hacia el mediodía, un irlandés me invitó un trago de cerveza y estuvimos charlando un rato. Le conté lo de mi viaje en busca de mi madre, le hablé del camionero bastardo, e incluso le enseñé la cicatriz en mi vientre. En algún punto de la conversación, el irlandés me preguntó algo sobre mi padre. Entonces yo dije, trabajaba en un circo, una noche subió a la cuerda y calculó mal…Al final de mi historia el irlandés se levantó y dijo que tenía que irse, tenía los ojos turbios y enrojecidos, dijo también que podía quedarme con su lata de cerveza y luego se alejó. Yo me quedé pensando en algo de lo que ya he hablado antes. En este mundo hay gente inocente, gente realmente crédula a la que no le importa sentarse un rato, cerrar los ojos y simplemente escuchar.</p>
<p><em>Fuente: Ecdótica</em></p>
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		<title>Cuento ganador del XXXV Premio Nacional de Cuento Franz Tamayo</title>
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		<pubDate>Wed, 29 Jun 2011 16:34:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Paz Soldan</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuento]]></category>
		<category><![CDATA[Libros]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><center><a href="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2011/06/El-German-Beltran-2.jpg"><img src="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2011/06/El-German-Beltran-2.jpg" alt="" title="El German Beltran 2" width="211" height="355" class="aligncenter size-full wp-image-3863" /></a></center></p>
<p><strong>El Germán Beltrán<br />
Por: Álvaro Pérez</strong></p>
<p>Es para ecdótica un verdadero placer poner a disposición de nuestros lectores <em>El Germán Beltrán</em> cuento ganador del XXXV Premio Nacional de cuento Franz Tamayo escrito por Álvaro Pérez. El concurso es auspiciado por la Oficialía Mayor de Culturas del Gobierno Municipal de La Paz y editado por Editorial Gente Común de La Paz, a quienes agradecemos por el permiso para publicarlo.</p>
<p>Para descargar el cuento pulse <a href="http://www.ecdotica.com/biblioteca/EL%20GERMAN%20BELTRAN.pdf">aqui</a></p>
<p><em>Fuente: Ecdótica / Editorial Gente Común</em></p>
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		<title>Entre las horas con Ceci Romero</title>
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		<pubDate>Sat, 25 Jun 2011 14:40:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Paz Soldan</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuento]]></category>
		<category><![CDATA[Libros]]></category>
		<category><![CDATA[Reseña]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p><center><a href="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2011/06/Tapa-entre-las-horas3.png"><img src="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2011/06/Tapa-entre-las-horas3.png" alt="" title="Tapa entre las horas3" width="211" height="355" class="aligncenter size-full wp-image-3853" /></a></center><br />
<strong>Entre las horas con Ceci Romero<br />
Por: Liliana Colanzi</strong></p>
<p><strong>Entre las horas</strong> es un volumen de cuentos que celebra la sensualidad. Con la palabra sensualidad no me refiero solamente al placer sexual, sino a la exacerbación de los sentidos que Cecilia Romero propone en sus relatos. Sus personajes se mueven entre la agonía y el éxtasis: borrachos con el olor del mar, aspirando el sudor del cuerpo ajeno, disfrutando del frío cortante y de la lluvia, perdidos en los colores del amanecer. La autora se toma su tiempo para crear la atmósfera donde transcurren las historias: sus relatos se detienen en los detalles mínimos, en las texturas, en los matices. “A mí me gusta escribir, en algún punto entre yo y el cuarto rojo me enamoré de las palabras, de cómo suenan, de cómo aúllan en las noches mientras cada quien apoya la cabeza para dormir”, dice la voz narrativa del relato “Pimientos rojos”. A Romero no solamente le importa la trama, sino también la atmósfera: la tonalidad del cielo, los sonidos de la noche, la temperatura del agua. Así, sus relatos van avanzando a través de elaborados mapas sensoriales.</p>
<p>Varios de los personajes de Romero son seres nómadas, pasajeros en trance que viven con intensidad su paso por lugares pequeños y remotos, como el vago que deambula en un pueblo de estibadores o la extranjera que perturba la paz de Tierra de Fuego. “Jamás podré estar al centro, esto es lo mío, vivir en la periferia, en el margen; al pie de página”, dice la joven que llega a Tierra de Fuego. Precisamente ese estar al margen es lo que les permite a las criaturas de Romero percibir lo que los demás ya no ven, ser testigos de los secretos de la comunidad. Nadia, la adolescente rebelde, ingresa al mundo de los adultos a través de su relación con un hombre mayor; sin embargo, la transgresión le costará el exilio. Los visitantes de “Tierra de Fuego” y “Tarde en Puerto Rojo” columpian entre la aceptación y el rechazo: parecería que las comunidades por las que pasan están a punto de aceptarlos, solo para terminar siendo tratados como sospechosos, como advenedizos. </p>
<p>Sin embargo, a pesar de la hostilidad que los rodea, los personajes de Cecilia Romero no dejan de transitar el mundo con la mirada curiosa. Incluso en las situaciones más siniestras, sus actos están llenos de una ternura vital. Los recuerdos, la memoria, también cumplen un papel importante en la estructura de<strong> Entre las horas</strong>. Los cuentos de Romero, casi todos en primera persona, utilizan el flujo de la conciencia y los <em>flashbacks</em> para desplazarse en el tiempo. En Hombre en baño maría, una mujer que desea ser hombre espera a su amante, una mujer casada y con hijos que no vendrá. Mientras aguarda la llegada de su amante, la protagonista revisa diversos momentos de su relación, pero también se mueve en el territorio de los sueños, entre la esperanza y la resignación: “Tengo dos historias para cuando vengas”, dice la protagonista. “La primera es de una chica que no quería pertenecer, la otra de una chica que se parece a Peter Pan. A mí no me persigue el cocodrilo del tiempo como al capitán Garfio, yo vuelo, sigo joven.”</p>
<p>Ese deambular de la memoria, ese aferrarse tercamente al mundo de los sueños está plasmado en todos los cuentos: “Yo escribo porque quizá no exista para mí otra verdad” dice la protagonista del último relato, “Pimientos rojos”, “porque, además de cocinar, escribir es ese placer que muerdo con todos los dientes y mastico y trago su sabor hasta el fondo. Mis pimientos rojos pueden atestiguar esa fijación por las caras y las cosas y cuando sueño y logro recordar lo que sueño, vuelvo a los treinta cuartos, la plaza que sigue en el mismo lugar. Y voy y vengo y estoy ahí por lo que ya no estarán.” Podríamos  leer en clave este último cuento y decir que asistimos a una coincidencia entre la autora y sus personajes: para Romero la escritura es también un acto de placer y riesgo, y la mirada en torno al mundo es igual de curiosa. En <strong>Entre las horas</strong>, escribir se propone como la catarsis necesaria para celebrar la vida.  </p>
<p><em>Fuente: Editorial Nuevo Milenio</em></p>
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