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Raro. Cuento ganador del XIII Concurso Literario de Cuento y Poesía UPSA

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Raro
Por: Natalia Chávez Gomes da Silva

(Éste es el relato ganador del XIII Concurso Literario de Cuento y Poesía de la Universidad Privada de Santa Cruz de la Sierra, que se realiza entre los estudiantes. La ganadora, Natalia Chávez, se adjudicó el primer lugar con el pseudónimo de Áglae.)

Transitaba Amparo las calles solas y secas de la ciudad. Había salido a caminar sin otro propósito que el de tomar aire fresco, lo necesitaba. El invierno estaba por llegar, podía sentirlo en su garganta carrasposa y en sus manos escondidas en los bolsillos.
Recorría la calle sin prisa caminando sobre unos zapatos marrones. Miraba Amparo el paisaje que ya estaba harta de ver una y otra vez, el mismo trajín todos los días de su vida, la misma soledad y la misma rutina.
Torció sobre sus talones y entró por una calle distinta a la del camino que hacía habitualmente del trabajo a su casa y de su casa al trabajo. Entró también mirando y no tardó nada en posar sus ojos en un edificio viejo casi al final de la calle. Se iba acercando mientras pensaba para sí un montón de teorías de la funcionalidad de un edificio tan suntuoso como ése en una zona tan insípida como ésa. Era una construcción aparentemente vieja, de no más de cuatro pisos y con una puerta principal inmensa que parecía haber sido roja alguna vez. Tenía ventanales desparramados por la fachada principal y molduras y adornos arquitectónicos por todos lados; si hubiera sabido más del asunto podría afirmar que tenía aires de casa de la época victoriana, pero Amparo nunca fue buena detectando ese tipo de cosas.
Había avanzado hasta quedar frente al pórtico del edificio. Ella mirándolo y él mirándola mirarlo. Seguía pensando qué podía ser ese edificio, por qué estaba ahí y por qué no lo había visto hasta ese día. Era una de las cosas más emocionantes que le pasaba en varias semanas; encontrar una casa misteriosa… se sintió una persona interesante. Amparo no quiso dejar el hallazgo incompleto, así que, apostando a una suerte de película de suspenso, subió las gradas frente a ella e intentó abrir la puerta; no tenía ni la menor idea de qué haría si la puerta estuviera sin llave y ella pudiera entrar sin más problemas. Entró sin problemas. Su mano seguía sobre la perilla fría color cobre y sus prietos ojos sólo miraban al frente. Empujó con el brazo el resto de puerta que faltaba para entrar en la casa. Era raro. No parecía un lugar abandonado, pero tampoco daba la sensación de estar habitado. Amparo nunca creyó en los fantasmas, así que ni siquiera se le ocurrió la posibilidad de que el edificio fuese cuidado por espíritus.
La mirada inquisidora de Amparo registró un primer escenario: el vestíbulo era grande y claro, había mucho dorado y madera por todos lados. Amparo recorría con los ojos las paredes florales y tristes. Un cuadro en la pared detuvo la exploración. Sus pupilas quedaron fijas sobre el lienzo enmarcado que había sido colgado en la pared este de la habitación. Amparo se acercó pasando por alto otros detalles del lugar, como la chimenea de mármol y una silla remachada con láminas de oro. Se quedó inmóvil delante del cuadro que había visto desde la puerta. Sin darse cuenta, su mandíbula cayó un poco dejándola literamente con la boca abierta. Era una pintura al óleo firmada en la esquina derecha con unas líneas negras que dibujaban las letras: E. Munch. Subió la vista desde esa esquina hasta el centro del cuadro. Había un vestido rojo que robó parte de su atención, la otra parte se la llevó una flor solitaria de la escena y el reflejo de la luna sobre el mar azul del fondo. El cuadro retrataba un festejo en el que se bailaba por parejas, excepto por dos mujeres que quedaron solas. La mujer del vestido rojo envolvía de ritmo a su pareja, ambos tomados de las manos. Las mujeres solas la miraban con envidia.
-Yo no tengo envidia de nadie -dijo una de las mujeres, la que estaba de vestido blanco-, ¿qué pretendes al decir eso?
-Nada, es que -respondió Amparo pasando completamente por alto el hecho de que estaba dialogando con una figura pintada y, hasta donde entendía, inanimada- tus ojos muestran ansias.
-¿Ansias de qué? -dijo la mujer-. Analízame, a ver
-De tener lo que tienen los otros del cuadro -dijo Amparo.
-¿Un vestido rojo? -dijo ella.
-No, alguien a su lado -largó Amparo.
-¿Tienes nombre? -preguntó la mujer-. Yo me llamo Itzal.
-¿Por qué ese nombre tan raro? Yo me llamo Amparo.
-¿Raro? Donde vivo muchas mujeres se llaman igual, siempre me quejo de eso
-¿Dónde vives?
-Cerca de un lago. ¿Y tú?
-Cerca de un edificio raro.
-Todo parece ser raro para ti. ¿Qué consideras normal?
Amparo se vio obligada a pensar un rato.
-Normal es lo que se repite, las cosas que se ven a menudo y que no captan la atención de nuestros ojos por mucho tiempo.
-¡Ajá!… te quedaste buen rato mirando el cuadro en el que no bailo.
-Sí, captó mi atención porque no he visto muchos como él. Es raro.
Itzal sonrió un instante antes de desviar la mirada hacia la flor que crecía desde el pasto verde junto a su pierna izquierda. Se quedó mirándola. Extendió la mano como intentando alcanzarla.
-¿Vas a arrancar esa flor? -se entrometió Amparo.
-Me parece muy linda.
-¿Y? ¿Qué harás con una flor muerta en tus manos?
-Se secará despúes de unos días, se mantendrá linda esos días.
-De todas formas, estará muerta. Sólo seguirá verde mientras la vida se le va escurriendo. Estará muerta.
-¿Tú estás viva, Amparo?
-¿Acaso no me ves frente a ti hablando?
-¿Acaso no me ves tú haciendo lo mismo, pintada en un cuadro?
Amparo quedó con la mente en blanco de nuevo. No se había detenido hasta ahora a pensar en la absurda situación en la que estaba. Y aún antes de que pueda preguntar algo para averiguarlo, Itzal interrumpió sus cavilaciones.
-¿Te gusta bailar? -dijo.
-¿Qué bailan los del cuadro?
-Una canción sin letra tocada con un instrumento de cuerdas.
-¿Y por qué tú no bailas?
-No bailo sola. Como en la vida, verás, hay cosas que deben hacerse con alguien para comprenderlas por completo, o para descubrir enteramente el placer que transportan. El ritmo de un baile, pienso, no lo pone la música, sino las caderas de tu pareja y sus pupilas fijas en tus ojos.
-Yo a veces bailo sola -dijo Amparo.
-Entonces disfrutas a medias.
Amparo quedó en silencio una vez más. Itzal era una mujer soñadora, pensó. Compleja y soñadora. Estaba intrigada por su forma de ver las cosas. Cuando hablaron del baile hablaban de la vida. Amparo siempre había ido por la vida sola, sin amores que le compliquen la rutina.
-¿Y por qué en el cuadro no hay nadie para bailar contigo, Itzal?
-Porque así lo quiso Edvard.
-¿Quién es él?
-El hombre que me pintó sin pareja.
-¿Y por qué hizo eso de pintarte sola?
-No me lo hizo sólo a mí -se defendió Itzal, y apuntó al otro extremo del lienzo a una mujer muy parecida a ella, pero vestida de negro, con el rostro demacrado y triste.
Amparo observó a esa mujer brevemente. Su rostro mostraba desesperanza, y el vestido negro le daba un aura aún más siniestra. Ella, la mujer de negro, no dijo nada ante la presencia de Amparo, siguió mirando a la mujer de vestido rojo que sí tenía pareja.
-¿Y ella quién es? -dijo Amparo.
-Ella es otra mujer sola como yo pero aún más desafortunada.
-¿Por qué?
-Porque ella está desesperada.
-¿Y tú?
-Yo siempre espero con calma. El destino se encargará.
-¿Se encargará de qué?
-De, algún día, resarcirme por la desgracia.
Itzal, de nuevo, desvió la mirada, esta vez hacia la luna que iluminaba sus mejillas brillantes.
-Ya me voy -dijo Amparo.
-Me dejas más sola que antes.
-No lo hago a propósito.
-La culpabilidad no me deja, tengo que decirlo.
-¿Decir qué?
-Que sí me da envidia la pareja de al lado -largó Itzal.
-Se nota en tu rostro.
-Culpo a Edvard que así me pintó.
-¿Lo culpas por el rostro con envidia o por las parejas de alrededor?
-Por todo.
-¿Puedo hacer algo para ayudarte?
-A mí no puedes ayudarme.
-Entonces, ¿no pides nada?
-Una sola cosa -dijo Itzal.
-¿Qué?
-Ya no vuelvas mañana.
-Puedo cumplir eso, aunque sin entender para qué.
-Si vuelves sabré que sigues sola.
-¿Por qué dices que estoy sola?
-Se nota en tu rostro.
Amparo se quedó observándola de nuevo por un momento.
-¿No que te ibas? -dijo Itzal.
-Sí, adiós.
-Amparo no vuelvas aquí, ve a otro lado.
-¿Adónde?
-A cualquier lugar en que encuentres a alguien que baile contigo… o que te tome de la mano.

Fuente: www.eldeber.com.bo


Fragmento de Familia, cuento ganador de Unión Latina de Rodrigo Hasbún

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Familia
Por: Rodrigo Hasbún

(Fragmento del cuento ganador Unión Latina).
Hay una mujer en medio de la calle, tirada, temblando, y a su alrededor se han agrupado cinco peatones, pero sólo uno de ellos, también en el suelo, de rodillas, agitado, intenta hacerla reaccionar. Quizá es médico o enfermero, aunque de lejos no lo parece, precisamente por la agitación, por la tensión que revelan todos los movimientos que a unos pasos todavía del gentío logro entrever. Va de terno, al igual que dos de los del grupo de observadores, y la mujer, más vieja a medida que me aproximo, más demacrada y perdida en la confusión que experimenta, todavía temblando, pero también cada vez menos, porque quizá el corazón siente fatiga y añora detenerse, va vestida con un grueso vestido que cubre el cuerpo entero y que seguramente propicia, con su peso y textura, una vaga sensación de seguridad. Esto sucede en la acera izquierda de una avenida de ocho carriles, los conductores de autobuses y coches no se dan cuenta de nada, pensando en la cena o la discusión, en algún encuentro previsto, en el partido de fútbol que verán a las ocho, y hay alrededor, envolviéndonos en su espesura, un bullicio habitual de viernes por la noche. Un adolescente habla por su celular. Sólo cuando larga una risotada estruendosa descubro que no ha llamado a ningún servicio de ambulancias sino a algún amigo al que le causa gracia oír ese tipo de historias de gente que desfallece o muere en la ciudad. Incluyéndome e incluyendo al adolescente, ahora somos más, quizá diez o doce, pero el único que sigue haciendo algo es el hombre arrodillado, que se ha quitado el saco bruscamente y que luego de decidir que es imprescindible hacerlo, intenta practicarle a la mujer respiración boca a boca. Anochece y hay una mujer en medio de la calle que recorro todos los días a esta misma hora, un poco abatido siempre y dándole vueltas a las mismas preguntas y a los mismos recuerdos, pensando también qué haré cuando llegue a casa y abra la puerta que da a esa pequeña sala silenciosa sin cuadros ni muebles, cómo ocuparé el tiempo obligándolo con esas ocupaciones a que pase desapercibido y pese menos. Abran campo, grita uno de los recién llegados, así no le llega el aire, pero nadie parece oírlo, quizá porque nadie está dispuesto a ceder unos centímetros de proximidad con esa realidad que intentarán reproducir luego, a sus maridos y mujeres y amigos y amantes, y que nos hace sentir un poco más vivos, incluyéndome, porque felizmente no somos aún la que agoniza en el suelo sino uno de los que la mira. No debería pero pienso en mi hija justo cuando empiezan a oírse unas sirenas que paralizan el tráfico, la mayoría de los conductores se apea para dar paso. Miro a los que tengo cerca queriendo saber, sólo por medio de sus gestos y miradas, cuál de ellos llamó y cuándo, si he visto alguna vez a alguno en el restaurante, en qué momento decidirán retomar la caminata. El hombre que baja de la ambulancia y despeja al grupo es menos joven de lo que se espera de esa gente, calvo y de barba, pero se desempeña eficientemente y en lo que tarda decirlo está al lado de la mujer, midiendo sus signos vitales. Su compañera, una muchacha de rasgos duros y angulosos, baja la camilla y nos pide que retrocedamos. Perdido el interés, varios empiezan a irse y en la avenida los autobuses y coches ya circulan con la misma furia de unos minutos atrás. Cargan a la mujer, que no sé si sigue viva, y se la llevan pronto. El hombre que estuvo socorriéndola se acomoda el saco, coge su maletín del suelo y se aleja, agitado pero quizá secretamente orgulloso de sí mismo, a pesar de no haberlo hecho bien. El adolescente del celular, de nuevo llamando a alguien, también se va. El gentío se dispersa y es como si no hubiera sucedido nada. Empiezo a caminar hacia casa pero decidiendo o descubriendo que no quiero llegar a casa aún…
Fuente: www.laprensa.com.bo


Enigmas de la esfinge en la biblioteca de ecdotica

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Enigmas de la esfinge
Por Rosse Marie Caballero

En nuestra biblioteca usted podrá encontrar el cuento ganadador del Primer premio en el Concurso de Departamental de cuento «Comteco orgullosamente nuestro», Cochabamba, Bolivia, 2006
Un párrafo:
Cuando usted llama mi cuerpo siempre está, mi alma vaga. Una de mis almas me posee ahora, me domina, me manda a no contestar su llamado. A descolgar todos los teléfonos de la ciudad y que nadie diga que me conoce y que nadie mencione mi nombre, ninguno de mis nombres cuando usted llame. Esta vez quiero desconocerlo, desconectarlo de mi cerebro y no pensar que existe. Para mí usted ha muerto. Peón cuatro alfil dama.
Fuente: www.ecdotica.com


Un cuento de Óscar Barbery. Parte II

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2080
Por: Óscar Barbery

Un arma de tres puntas para liquidar las aspiraciones cada vez más amenazantes de los cruceños, enfrentándolas, primero, con un apoyo efectivo al indigenismo y a la revolución racial; segundo, una nueva versión discursiva de la lucha de clases cuyo objeto era destruir el sistema productivo de Santa Cruz, y tercero, la promesa electoral de repartir el territorio del oriente y sus recursos naturales, éste como el espacio vital que había que conquistar para entregarlo a los habitantes empobrecidos de occidente. Un plan perfecto, dada las circunstancias. Un ente que empezó a moverse como se movía el ingeniero antes del accidente. Pero al ingeniero le cayó encima un vagón del tren, despedazándolo. Y al ente, ese invento familiar, le cayó encima un movimiento político que al principio fue un aliado eventual menospreciado, pero luego se volvió indomable y poderoso. El mango del “Tridente” le fue arrebatado a su clase, y blandido como un arma por un puño indigenista, acabó con la larga permanencia en el poder de los Recacochea y sus amigos.
Los médicos consideraban que con la nanotecnología estaban logrando sorprendentes avances en la recomposición del sistema neurológico del ingeniero, quien ya podía pestañear a gusto. Para él fue un gran alivio ver y dejar de ver a voluntad las cosas, ventanas, puertas, aparatos, objetos persistentes. Recuperada la facultad de pestañear, durmió por primer a vez en ocho meses. Maritza, con su particular sentido del humor, le decía: “A ver, querido , haceme ojitos, haceme ojitos” y Recacochea, dentro de su escafandra, se los hacía, ante el regocijo de médicos y enfermeras. Si él hubiera podido sonreír, lo hubiera hecho, pues estaba feliz de dominar la luz y la sombra como un efecto mágico de sus parpadeos.
A veces parpadeaba rápidamente, sin querer. O se le cerraba un ojo en la vigilia, o a mitad del sueño se le abría. Es que los eslabones nanotecnológicos de su sistema eran inestables debido a la extrema sensibilidad de sus componentes. La corriente eléctrica, incluso la estática, podía provocar en ellos un caos de vínculos erráticos que se expresaban en gestos faciales vigorosos, graciosos e inútiles, y de miradas punzantes, desprovistas de párpados, o cubiertas por éstos de manera enfática y recurrente. Esta accidental indomabilidad de la luz le provocaba ,con sus relámpagos, efectos hipnóticos que hacían surgir en su conciencia escenas llevadas en lo más íntimo de su ser, fogonazos de múltiples disparos a mitad de la noche, explosión de morteros , estela súbita de los aviones que caían del cielo, o helicópteros reventados por algún misil tierra-aire; imágenes de la Segunda Guerra Federal que tenía profundamente grabadas en sus pupilas, producto de la guerra de occidente contra oriente que sumió al país en la peor crisis de su historia.
La Segunda Guerra Federal terminó en un empate catastrófico provisional. El oriente se recuperó antes que el occidente del shock apocalíptico, y usó su capacidad para producir y distribuir alimentos como un arma más para someter a La Paz, Oruro y Potosí. Así, el empate derivó en una victoria pírrica, pero suficiente para la creación de una nación federal, con la ciudad de Sucre como capital de la república reconstituida, en donde volvieron a localizarse los tres poderes del Estado. El Alto se constituyó en un nuevo Estado Federal y la ex capital, La Paz, se volvió un exitoso municipio turístico.
Libre de sus ataduras, Santa Cruz de la Sierra inició un intenso proceso de reconstrucción de la mano de los cruceños, a los que se sumarían gentes venidas de todas partes, incluyendo la familia Recacochea, algo recuperada de las sacudidas históricas. La hermana del ingeniero insistió en el negocio de las consultorías, mientras que él fundó la empresa constructora “Recacochea y asociados”, unas veces unida a otras empresas constructoras de menor capacidad pero con mayor influencia en el gobierno municipal, y otras veces asociada con los mismísimos alcaldes, según los tiempos. De esta forma, una llamativa capacidad de gestión vinculada a la influencia directa de los alcaldes de turno, lograron que “Recacochea y asociados” obtuviera los contratos de construcción de las más grandes obras de ingeniería de la ciudad, entre ellas, el tren colgante de levitación magnética que recorría el séptimo anillo de circunvalación, suspendido a una altura de dieciséis metros, desde donde el desprendimiento de un vagón con veinte pasajeros adentro podía ser mortal.
Al cumplir un año en el quinto hospital Japonés, le llevaron una torta. Sin que fuera su cumpleaños, su hermana, dos sobrinos y Maritza, encendieron una velita y le cantaron el cumpleaños feliz, en ruso. Recacochea lo tomó con filosofía, diciéndose a sí mismo, con una voz interior bastante metálica que ya reconocía como suya, que al final de cuentas cumplía un año en su nueva vida cibernética. Condescendientemente aceptó, sumergido en los líquidos de su escafandra, que Maritza acercara la torta al cristal de su visor gritando “ que la muerda, que la muerda”, y cuando graciosamente pidió que Recacochea piense en tres deseos y apague la velita, el primer deseo del ingeniero fue que Maritza desapareciera de su vida para siempre. El segundo deseo fue el recuperar sus capacidades, pues esa vela encendida y la imposible hazaña de apagarla estimulaba el insondable dolor por sus dones perdidos. El tercer deseo fue no escuchar más las voces, no aquellas metalizadas que asumía como propias, o las de Maritza, de los médicos o las enfermeras. Tampoco eran aquellas voces lejanas que le contaban la historia de su familia. Éstas eran voces más torturantes, tan íntimas como sus microelectrodos: las voces de los veinte muertos del vagón, que según suponía Recacochea, al impactar sobre su Hammer 2080 fundió chatarras con órganos, y almas con almas.
Los médicos estaban inclinados a creer que había más alma en el resoplido del aire comprimido y en el zumbido de la electricidad impulsora de movimientos, que en esas voces de ultratumba. Por eso Recacochea no dio más explicaciones y se dedicó a escuchar a estas almas de mujeres y hombres metidos en su cabeza, quienes le hablaban de lo inhumano que era vivir en esta ciudad cuyas grandes obras de ingeniería dividían, segregaban, conducían al desasosiego absoluto con su automatismo robótico. Las voces le declamaban poemas. Soy la ciudad, me he bebido el río. Mi piel de cocodrilo se levanta para besar las nubes. Los satélites escudriñan mis entrañas para saber cuánta miseria ha digerido hoy. El hombre es el barro con el que Dios construye las ciudades a su imagen y semejanza. Y el ingeniero visualizaba anonadado las obras de “Recacochea y asociados” de las que era cómplice : las cintas sin fin transportadoras, radio concéntricas, que distribuyen gentes, bienes y servicios, desde el Primer Anillo de Circunvalación al centro, luego de recibir su caudal de muchedumbres provenientes de “ los Topos”, esos trenes que bajo tierra recorren el Segundo, Tercer y Cuarto anillo de circunvalación depositando su carga y recargándose, radial por radial, en cada una de las 28 intercepciones subterráneas de su circuito, mientras circunvalan la ciudad, las 24 horas. Bajo el cielo, sobre la superficie de los anillos y las radiales, se mueven velozmente los vehículos unifamiliar con permisos especiales conferidos por el municipio a quienes pueden pagar sus altas tasas por el uso de las vías al aire libre. El tren colgante de levitación magnética, como una arteria fundamental del organismo urbano, transporta gentes y mercaderías, impulsado a gran velocidad por el séptimo anillo, con escasas paradas en puntos estratégicos localizados en la doble avenida que bordea el río, llamada la Costanera. El tren va cargando y descargando vidas y bienes en los influyentes nudos de las autopistas Santos Dumont, doble vía a La Guardia, Prolongación Roca y Coronado, el Cristo Redentor y la avenida Virgen de Cotoca, para después bifurcarse en dos líneas de trenes que pasando por encima del jardín botánico, circulan en línea recta hacia dos extremos: la Estación Norte y la Estación Sur, dos grandes estaciones antípodas localizadas en el gran anillo de circunvalación internacional que forma parte del sistema vial “Bioceánico” cuya función es unir el océano Pacífico con el Atlántico.
Recacochea les dijo a sus voces “ por qué más bien no me ayudan a apagar la velita”, y Maritza, como si le hubiera adivinado el pensamiento, la apagó con un resoplido que empañó el cristal de la escafandra. Después uno de los médicos dijo: “ Felicidades; en su primer año de vida usted empezará a andar” y Maritza empezó a corear: “Que se pare, que se pare”. El ingeniero empezó a caminar. Las voces de las almas acallaron. Una especie de sonidos hidráulicos fueron la música de fondo para su júbilo. Caminaba. Escuchó a Maritza preguntarle al médico si esas patas no le rayarían el piso de madera de la casa. Una enfermera tomó una de sus grandes manos y lo guió hasta un objeto envuelto en papel de regalo, puesto sobre una mesa, cinco metros más allá. Maritza se apresuró a abrirlo, temiendo que Recacochea, en su torpeza, rompa el regalo. Abierto, emergió un tablero inalámbrico, con una serie de botones, cada uno de ellos era una causa, con una etiqueta que informaba sobre un efecto en el cerebro del ingeniero. Maritza le dijo: “te beso, te beso” y apretó el botón con la etiqueta “beso” y el ingeniero, por primera vez en esa eternidad de su calvario, sintió en su cerebro un beso tierno, prolongado, tibio, suave, humano. “También hay caricias”, decía Maritza con entusiasmo infantil y al tocar el botón correspondiente, logró que Recacochea entrecerrara los ojos, abandonándose a una caricia maternal, fundamental, entrañable. “Cosquillitas, cosquillitas” decía Maritza, apretando otro botón, y el ingeniero respingaba con placer ante el hormigueo de unos dedos invisible que lo puncionaban. Maritza seguía: “Rasca, rasca” y al pulsar le botón “rascar”, el ingeniero sintió que algo le rascaba todo el cuerpo que ya no tenía, devolviéndole la certidumbre sobre su condición humana.
Maritza dejó el tablero para invitarle torta a su cuñada, a sus sobrinos, médicos y enfermeras. Recacochea no se recuperaba del placer de sentir, y bajo ese influjo, hablando consigo mismo le habló a las voces de su prosapia y a las voces de ultratumba, diciéndoles que a lo mejor esta nueva vida no será tan mala. Luego, como para verificarlo, con pesado índice apretó el botón “orgasmo”.
Fin
Fuente: www.eldeber.com.bo


Un cuento de Oscar Barbery. Parte I

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2080
Por: Óscar Barbery

(El escritor Óscar Barbery nos presenta la primera parte de uno sus cuentos. La obra forma parte de su nuevo libro, Crónicas Anilladas. El también creador de El duende y su camarilla nos entrega un relato futurista, pero con matices muy propios de nuestra realidad.)

Un año antes de su torta y su titilante velita de cumpleaños, el Ing. José Belisario Recacochea conducía su Hammer 2080 a doscientos kilómetros por hora, por el séptimo anillo de circunvalación, cuando un vagón del tren colgante de levitación magnética se desprendió del resto de los vagones, y al zafar del acero y del magnetismo de los polos que lo mantenían pegado a las rieles, cayó desde dieciséis metros de altura como un rayo mortal , estrellándose contra el techo del vehículo. Del Ing. Recacochea sólo pudo rescatarse su cabeza, milagrosamente sana. El resto del cuerpo se fundió, con un alto intimismo molecular, a la chatarra y a los cuerpos destrozados de veinte pasajeros que viajaban en el vagón .
La cabeza fue colocada en un cuerpo provisto por la robótica, de fabricación china, con treinta años de garantía, en cuya escafandra Recacochea pervivió, y desde donde observaba tratando de entender su condición, presa del pánico, esa porción del mundo que le presentaba el laboratorio del hospital, lleno de objetos extraños, tan lejanos a su conocimiento como a su tacto pinzar, y a los que examinaba una y otra vez , recorriendo con la mirada la sala en donde estaba internado, ayudado por los movimientos accidentados de su cuello metálico que emitía una especie de suspiro al girar sobre articulaciones plásticas, engranajes de cuarzo , músculos de nailon y tendones de aire comprimido.
Las visitas de Maritza lo angustiaban especialmente. Qué aberrantes caricias podían nacer de sus manos pinzares, en sus desesperados intentos por demostrarle amor a su esposa. Cómo correrle el mechón rubio de su frente, o acariciar sus hombros o tomarla de la cintura para el abrazo, o del cuello para el beso, con su brazos abisagrados y su boca distante, sellada para siempre, como dibujada en esa cabeza prisionera dentro de una escafandra, sumergida en líquidos alimentadores y oxigenantes, transparentes, puestos allí para evitar que muera lo único orgánico que le quedaba.

Ni llorar le era posible. La ausencia de un cuerpo generador de pulsiones fundamentales erradicó de su vida los humores a los que estaba acostumbrado, suplantándolos por unos cosquilleos ubicuos, invasores de su cabeza: cráneo, nuca, frente, sienes, rostro, oídos, ojos, boca. Con la cara sumergida en la esfera acuosa de la escafandra, aún si pudiera llorar no sentiría el lento desplazarse de una lágrima por su mejilla, cuyo rastro en la piel sería todo un símbolo de su existencia humana tan necesitada de significados.
Gracias a Dios, Maritza era incapaz de ver el sentido trágico de la vida. Aún no se habían acallado las voces de los medios de comunicación con sus escandalosas acusaciones de culpabilidad contra la empresa “Recacochea y asociados” por el descarrilamiento del vagón y los veinte muertos, y ya Maritza, en un alarde de optimismo y buen humor, le decía al Ingeniero “mi marionetita”,al verlo colgado de unos cables que posibilitaban el paulatino ensamblaje del cuerpo metálico. Celebraba con énfasis que, seis meses después, el ingeniero Recacochea fuera capaz de pensar que movía un brazo y otro, y que los brazos metálicos se movieran, a la orden, después de que la intermediación de una computadora decodificara el mensaje cerebral convirtiéndolo en mensajes electromecánicos. Gustosa se ofrecía para los ensayos motrices de esos brazos, ante el terror de las enfermeras, quienes secretamente esperaban ver a Maritza hecha papilla por la presión de esas dos tenazas que fungían de brazos y que Recacochea aún no dominaba. Pegada al pecho del robot, abrazada por sus brazos, decía quedamente: “te amo mi Frankenstein”, aprovechando el momento íntimo para agregar, casi susurrando: “el gobierno municipal nos está demandando por incumplimiento de contrato en la construcción del sistema de seguridad del tren colgante de levitación magnética”.

Las largas sesiones de fisioterapia electrónica, con sus numerosísimas descargas eléctricas en el cerebro, lo sumían en un profundo trance filosófico mientras sus grandes y pesados brazos se movían como aspas, en una sucesión de acciones y reacciones promovidas por una computadora que pretendía poner a punto sus reflejos locomotrices. El quién soy, de dónde vengo, adónde voy, no obtenía respuestas ni racionales ni metafísicas, pero servían para fijar un punto de confluencia en la vida de Recacochea, al que llegaba, gracias al ejercicio de una memoria estimulada por las acalambradas descargas de los rayos, toda su parentela ascendente trayendo consigo a través de la historia familiar, sus aportes. Entonces el ingeniero Recacochea combatía la desazón arremolinada en las aspas de esos brazos, con la recordación de los éxitos de su prosapia. Porque ya hubo un Recacochea cuando Bolívar y cuando Sucre, que si bien no fue mano derecha ni izquierda de ninguno de estos personajes, estuvo detrás de ellos, detracito del poder, casi planchándoles los faldones del frac, obteniendo a cambio su cuota de influencias. Hizo fortuna como escribiente, manipulando los títulos de propiedad de los realistas caídos en desgracia y de los criollos caídos en gracia; y marcó el derrotero de toda una familia que a través de los tiempos aprendió y llevó a su más alto nivel el arte de traficar, trocar, alquilar y vender influencias.
Bajo el principio de la concentración de riquezas, los Recacochea fueron familias cuya propensión a no tener descendencia hizo desparecer a más de una de sus ramas genealógicas, y aquellas que persistieron no tuvieron más de uno o dos hijos, siempre bendecidos por la buena salud, contrastando con las numerosas proles con que las familias criollas poblaban Sucre y La Paz, por placer, por descuido, y muchas veces movidos por la necesidad de supervivencia familiar en épocas donde los hijos eran considerados un capital amenazado al que había que multiplicar, puesto que la gente se moría por nada.

Con la cabeza puesta en un cuerpo de robot, más prisionero de sus imposibilidades y temores que del metal antropomorfo, se repetía que los Recacochea fueron unos incansables luchadores y recordó que un Recacochea defendió valientemente la condición de capital de Sucre, para pasarse después, aún más valientemente, al bando de los paceños cuando La Paz ganó la Primera Guerra Federal, y radicado en La Paz, al influjo de los grandes mineros luchó denodadamente para que el Gobierno se olvidara del federalismo y se convirtiera en unitario, ayudando a construir una Bolivia centralizada, minera y burócrata, es decir, propicia a sus habilidades. Otros de la familia lucharon por pertenecer a ciertas élites y se enriquecieron en simbiosis con grupos de poder diversos, cambiantes según las épocas, agrupaciones dinámicas de burócratas, mineros, militares, políticos de profesión, contrabandistas y latifundistas ambiciosos.
No te des por vencido, se decía a sí mismo con conciencia vívida. Sobrevivir le demandaría un esfuerzo sobrehumano y con esta certeza convocaba a sus ancestros como fuente de valentía para afrontar el terror que le provocaba el ser y no ser. Era él en su cabeza, como centro, y empezaba a no ser él en la medida que se alejaba hacia la periférica situación de sus extremidades metálicas. Era él en la voz interior de sus pensamientos, y no era, en la voz que surgía de unos parlantes localizados en su pecho acorazado, tratando de imitarlo en una forzada comunicación con el mundo exterior. Era, cuando se escuchaba a sí mismo, y no cuando los micrófonos le transmitían directamente al cerebro los sonidos de su entorno. Extraño idioma el que surgía de los chips cerebrales implantados en su caja craneal, decodificando y codificando los impulsos de ínfimos electrodos y polímeros microscópicos, especialistas en la transformación de la información bioquímica en pulsiones eléctricas.

En qué idioma habla, se pregunta, cuando se escucha y no reconoce en lo que dice lo que pensaba decir. Se sobresalta presa de la angustia. Ninguno de su parentela se vio obligado a vivir semejante trance. Los Recacochea aprendieron a hablar en inglés, japonés y chino, abandonando para siempre el francés. En la segunda mitad del mil novecientos se llenaron de títulos profesionales multilingües, instrumentos fundamentales para el ejercicio de la burocracia de alto nivel, llaves que abrían puertas para brindar asesoramiento a militares convertidos en presidentes de la República, a coroneles ascendidos a ministros, a tenientes interventores de organismos diversos con los que se podían hacer negocios. Formando parte de la elite de asesores paceños, fueron participantes perennes del poder, y se diversificaron, transformando sus bufetes en centros de capacitación para políticos antiguos y otros recién arribados, en donde la abogacía se redimensionaba, abarcando lo mejor de la administración y las finanzas, la sociología, la antropología cultural, informática, encuestas, publicidad y marketing; constituyéndose el bufete en un importante centro de informaciones que por periodos se convertía en una agencia de espionaje, contraespionaje y chantaje político. Todo un arsenal para el dominio. Una garantía para permanecer al servicio de oligarcas y de burgueses surgidos de la política, la administración de las empresas estatales, la minería, la agricultura, los bienes raíces y el comercio formal e informal.
Los Recacochea solían salir airosos de los sofocones que a su clase le imponía la dinámica de los tiempos, hasta que los estranguló una realidad sospechada desde siempre, pero muy mal evaluada en su potencial capacidad para destruir el mundo, tal cual ellos lo habían construido. Por un lado, indígenas y campesinos paupérrimos, comerciantes de coca, sindicalistas mineros desplazados, pequeños empresarios y gremialistas, encontraron el colectivo que los llevaría a constituirse en un factor poderoso de poder político. Por otro, una burguesía desafiante, emergente del oriente, alimentada por un intenso crecimiento demográfico promotor de un mestizaje que producía cariblancos dados tanto al derroche, a las fiestas , al fandango como al trabajo creativo; ocurrentes bajo el influjo del trópico, audaces, liberales, anticonservadores; quienes moviéndose al ritmo de la orquestación mundial, adheridos a la novedad , sintiéndose ciudadanos del mundo, montados sobre el éxito de sus empresas y de sus multiplicados capitales, liderizaron movimientos sociales en el oriente boliviano que empezaron a exigir su espacio en la repartija del poder político en Bolivia y terminaron con los alcaldes nombrados a dedo por el Gobierno Central y con los prefectos impuestos por el Presidente de turno. Lograda la elección democrática de alcaldes y prefectos, y convertido este éxito en bandera, iniciaron la lucha por las autonomías, cuyo epicentro fue Santa Cruz, extendiéndose a Beni, Pando, Tarija, Sucre y Cochabamba.

Recacochea se preguntaba qué diría su abuelo si lo viera en éstas, a medio armar, parecido a los robots despatarrados con los que jugaba en su infancia en un ejercicio de poder sobre el juguete , imitando el juego que sobre las gentes ejercían su abuelo y después su padre. Fue su familia y los socios de ella quienes , ante la insostenible situación política provocada por la miseria de los campesinos del occidente, frente al crecimiento del poder económico del oriente y en defensa de los intereses de La Paz , se inventaron lo que llamaron “El Tridente”, un plan, un discurso de tres puntas y un solo mango, para que sólo sea sostenido por los Recacochea y sus amigos, decían.

Continuará…

Fuente: www.eldeber.com.bo




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