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Reseña inédita a La caja mecánica


La tensión de una caja mecánica
Por: Christian J. Kanahuaty

Miguel Ángel Gálvez ganó el 2000 el primer Premio Nacional de Primera Novela Nuevo Milenio, con la novela La Caja Mecánica. Eso me atrajo, debo confesarlo, a la novela –lo que no garantizaba que la lectura iba a ser placentera, como realmente lo fue–, pero comento lo que llamó mi atención:

La lectura de la novela me generó, desde el inicio, una gran tensión y esto se debió a que a medida que la trama se va desarrollando el autor logra un cierto nivel comunicativo intertextual. Me explico: la novela narrada en primera persona tiene el aliento de novelas emblemáticas del terror y del suspenso clásico. Hay cierto ánimo que nos hace recuerdo a Las aventuras de Arthur Gordon Pym de Edgar Allan Poe, pero también en cuanto a su manejo del miedo y de lo latente no visto, se acerca a, por ejemplo, El Terror de Dumwish y El que asecha en el oscuridad de Lovecraft; porque si bien hay algo que se planta como misterio desde el inicio y luego se revela como artefacto del mal: la caja mecánica, ella, La Caja, nunca se pierde de vista, es el centro de toda la narración.

Y aquí es cuando la novela no sólo reconstruye el género de terror o misterio, sino que se adentra en un pasaje aún más profundo al dialogar con cierta tradición narrativa que a decir de Italo Calvino, “diremos que desde que un objeto aparece en una narración, se carga de una fuerza especial, se convierte en algo como el polo de un campo magnético, un nudo de una red de relaciones invisibles. El simbolismo puede ser más o menos explícito, pero existe siempre. Podríamos decir que en una narración un objeto es siempre un objeto mágico”(*). En el caso de la novela de Gálvez, es justo esto lo que pasa, el objeto que nos convoca a la reunión en el departamento de Arturo (personaje central de la novela) es la caja mecánica, y es ella la que luego desplegará sus poderes hacia todo lo que la rodea. Al principio pensamos que Beto, el sobrino de Arturo, puede ser mucho más importante que la caja misma y que la caja es sólo una distracción y que el peso de la narración caerá sobre él en cualquier momento, pero no, es sólo un artilugio más.

Y puede que en ese sentido se encuentre el otro aspecto importante de la novela. El hecho de que el mismo autor va construyendo la novela de a poco, sin premeditación; él mismo disfruta de la historia que se está contando a sí mismo. No conoce el final, no conoce el nudo, pero quiere contarlo. Por ello tal vez muchas de las entradas al diario que hacen de capítulos, empiecen de la misma forma, y bajo el mismo aliento. Si uno fuera quisquilloso, desecharía la novela por ésta extraña imperfección, pero si uno sigue leyendo, se dará cuenta que esa aparente imperfección está gobernada por el estado de animo del narrador de la historia y no del autor de la novela. Pues hay que saber dividir estas dos personas para poder estar plenamente dentro de la novela: el autor no es el narrador de La caja mecánica, el narrador de La caja es Arturo, el personaje central de la novela.

Cuando Calvino nos dice que el objeto mágico aparece para convertirse en el centro mismo de la narración no está haciendo otra cosa que dar su punto de vista, surgido a partir, en principio de su actividad como lector, y luego como narrador, porque para decir eso, recuerda una leyenda medieval que tiene como protagonista a Carlomagno. Doy ese rodeo porque creo que Gálvez, tal vez, sin proponérselo, hace su propio camino dentro de la narrativa boliviana. Su novela es algo completamente nuevo en nuestro espectro y quizá los únicos antecedentes de algo semejante sean La piedra imán de Jaime Saenz y La muerte mágica de Oscar Cerruto.

En la novela hay un gran despliegue de situaciones a cuarto cerrado, no ocurre nada concreto en el exterior del departamento donde está situado el narrador, salvo claro uno de los pasajes finales y violentos de la novela. Todo es un ir y venir a través de los recuerdos y las pesadillas de Arturo, nos movemos con él, como quien se mueve con alguien a través de un campo cubierto de bruma, en medio del amanecer. Los objetos inanimados, son vividamente retratados y tienen, por supuesto, cierta influencia en nosotros, como lectores. No es que sean imágenes, son cosas vivas que se mueven, por eso decía que todo en la novela de Gálvez oculta y encubre algo latente; algo que desde el principio está mal, o si no lo esta, al menos está descompuesto, averiado y es interesante que sean éstos adjetivos los que use, porque después de todo, la novela trata de una caja mecánica que empieza a sufrir ciertos cambios en su funcionamiento.

La novela se podría leer en claves de la modernidad, pero también en claves de mecanicista. Pero esas notas que uno podría sacar de la novela, quizá sólo encubran aún más lo que la novela intenta contar y no quiero decir que sea leída con un armazón culturalista. No, lo que digo es que la novela se juegue la trama por su propio tema. Porque su propio acercamiento al tema. Porque en última instancia si todos los temas ya han sido trabajados, lo que nos queda es dar un nuevo sentido y organizarlos de una forma no sólo novedosa sino intrépida y eso es lo que Gálvez logra con La caja, y a mi juicio eso es lo que lo hace un buen narrador: tiene un punto de vista propio, intimo y es capaz de exponerlo y seducirnos con él.

Finalmente, la novela no deja puntos rotos, se cierra sobre sí misma, hay sí un final abierto que presumiblemente desencadene en unos hechos, por decirlo de alguna manera, más vertiginosos que los que hemos presenciado hasta ese momento, pero, eso ya no es cosa del autor, sino de los lectores. Y puede, entonces, que las únicas preguntas sean ¿qué pasó con Gálvez? ¿Dónde se encuentra? ¿Por qué no publicó nada más después de La Caja mecánica, o es que yo no me enterado que ha publicado algo nuevo? Y si no publicado nada más tras La caja, ¿por qué algunos narradores sólo necesitan de una (muy) buena primera novela para poder desaparecer?

NOTAS

(*) Italo Calvino, Seis propuestas para el próximo milenio. Editorial Siruela, 2001, España. Pág. 47.

Fuente: Ecdótica

Mi cuerpo es una celda de Andrés Caicedo


La vida como experiencia visual
Christian J. Kanahuaty

Alberto Fuguet fue el encargado de correr con el montaje y la dirección de Andrés Caicedo Mi cuerpo es una celda. Una autobiografía, libro editado el año 2009 por editorial Norma de Colombia para colección La otra orilla.

El libro es de por sí intenso y potente. Contiene cartas escritas desde el vértigo de la sabiduría de saberse pobre y casi periférico. No es una pobreza social lo que lo aqueja porque está anclado en una familia de clase media de la sociedad Caleña, sino que su pobreza radica justamente en lo que esa clase media demanda de él y de lo que puede llegar a ser. Lo que todos quieren que sea y él se niega a ser.

Y ahí en esa búsqueda es que se encuentra con la literatura y con el cine. Escribirá entonces: “escribo para colmarme y para buscar un orden. Me da un miedo atroz pensar en que se está debilitando mi interés por todo. No necesito esta soledad, busco compañía y no resisto la compañía”. Puede, no haya otra salida que “pagar el precio de la precocidad, el débil que toma la vida de la precocidad para llegar a la apatía y al desconsuelo”. Aquí están girando dos de los temas que más afectaron a Caicedo, la soledad y la precocidad y la innegable perversidad que ambas traen consigo para quien las porta y para quienes rodean a éste portador.

Alberto Fuguet dice que cuando empezó a leer a Caicedo, en especial sus notas cinéfilas, encontró al amigo cinepata que hubiera querido encontrar hace muchos años atrás, pero lo encontró cuando ya no lo necesitaba. Algo similar pasa ahora cuando leo sus cartas. ¿Dónde estuvo Caicedo hace unos cinco años? ¿Sí este libro es del 2008, hubiera podido igual encontrar su cartas en otros libros, en cuáles? ¿Caicedo a pesar de la distancia de los años aún nos tiene mucho por contar?

No estuvo Caicedo, pero estuvo el mismo Fuguet, estuvo Bryce Echenique, estuvo Bolaño, y estuvo también Rodrigo Fresán en esos años que de alguna forma puedo llamar como formativos. Las cartas de seguro no las hubiera encontrado, simple: no era el momento. Sí, aún Caicedo nos tiene muchas cosas que contar. En principio para revisitar el cine, el cine de los cuarenta y cincuenta y el de las décadas posteriores, hasta el momento en que pone un alto a la cinta y dice no más y corta la toma de su vida en el año 1977. El año para olvidar, como lo han definido muchos, porque ese año Elvis Presley decide también irse a vivir a otro lado. Pero en fin, como el mismo Caicedo afirmó: “nada habrá que nos destruya aunque muramos jóvenes”. Caicedo ya se sentía un mito. Un mito capaz de respirar y sacar de la nada una revista sobre cine, aparecer en Los Ángeles con el ánimo de presentarles a unos productores unos guiones que había escrito.

Caicedo era ese tipo de persona, solitaria pero tenaz. Apasionada y autoreflexiva. Se buscaba para encontrarse sin miedo, mirarse a los ojos y saber no de qué estaba hecho, sino que más podía hacer. Y claro, eso no le evitaba tener dudas y temores. Se pensaba en sus cartas como alguien perdido que a pesar de todo, no merece ser rescatado. Aunque en los últimos meses de su vida, dice que sí, que necesita ayuda, pero es la ayuda de una sola persona la que reclama, la de su novia, o ex novia, Patricia. Luego de pasar intensísimos años con ella, están separados y es cuando a él más falta le hace porque aún no se ha recuperado del todo de sus adicciones y de la secuencia espacio-tiempo que pasa en una clínica de rehabilitación.

“Yo creía que el mecanismo de la autodestrucción era una forma de lascivia, ahora voy sabiendo que no más es una forma de comodidad, la mayor de todas, obscena y perversa hasta la medula”. Luego se dirá a sí mismo: “Lucha Andrés, mira para adentro de las cosas, más arriba. Recuerda que tienes que recuperar ese encanto, esa nostalgia por la ciudad, que has sentido en tan pocos días los últimos años”. Se conoce, no se permite evasiones.

Pensaba que ver películas era una forma de evasión, de tratar de aletargar el día y no pensar en las soluciones a los problemas que me aquejaban y veía en el cine y en la literatura la evasión perfecta. Pero me di cuenta que no es evasión, se trata de otra forma de hacer frente a la realidad. Ahora que leí a Caicedo me doy cuenta que él también lo llegó a saber. Para él el cine, realmente era un asunto de vida o muerte, de ganar o perder, de aprender o ser devorado por lo insustancial. Del mismo modo, cuando habla de sus escritos es juicioso y sabe que son válidos, no porque él los haya escrito sino por lo que reflejan. Por lo que son.

Caicedo llega. Y uno se reconoce en líneas como estas: “quiero volver a ser el que era antes, quiero que mi tristeza se encamine por la creación, no que se desperdicie en una persona que no me la corresponde ni me la justifica. Todas mis aptitudes se vieron postergadas por el amor. En fin, pueda ser que este sufrimiento me produzca las energías suficientes para terminar de escribir la novela que tú sabes que escribo”. No es depresivo, no es un desencantado del amor, no es un desterrado de la pasión y menos aún es un ser que se miente. Caicedo avanza con cautela pero rompiendo el silencio para contarnos lo que le ocurre, nos lo cuenta porque sabe que leeremos esas cartas que en un principio fueron para Luis, para Miguel o para Rosario. Nosotros ya fuimos pensados, en tanto lectores, por Caicedo, desde mucho antes; desde que el puso sus dedos delgados sobre el teclado de su máquina de escribir.

Se sentía solo, pero no lo estaba. Se sentía perdido, pero sabía perfectamente qué debía hacer, se sentía fuera de lugar y sí, lo estaba: pero eso le daba fuerzas. Sabía que todo se podía transformar sobre la base del esfuerzo personal que era lo único que tenía. Sus libros, sus cuadernos, sus lentes, todo lo fue dejando en el camino, pero fue tan consciente de sus actos que lo que aparentemente iba perdiendo lo dejaba como legado a sus amigos, a su familia y a Patricia.

Caicedo es alguien que puede decir lo que tú dirías en un momento desesperado y es quién sabría qué película necesitas ver cuando te sientas raro, es también el que nunca se cansará de preguntar como estas y cómo has dormido o qué has comido las horas antes de verlo. Se preocupará siempre de ti, y siempre te contará lo que está pensando, lo que está sintiendo y lo que juzgará oportuno decir sobre la película que acaba de ver.

Mi vida es una celda, es sobre el cine, pero en gran medida es una película narrada en primera persona por el mismo Caicedo. Nos muestra la materia prima de sus pensamientos y de sus sentimientos sin miedo, porque se siente en familia, está a oscuras en una sala de algún cine que conocemos y ahí nos espera para pasarnos cortos, en formato epistolar, de su vida.

Fuente: Ecdótica

Invierno: Las estaciones de la memoria


Invierno: Las estaciones de la memoria
Por: Lourdes Saavedra Berbetty (*)

“Saber meter la cabeza en lo oscuro, saber saltar al vacío,
saber que la literatura básicamente es un oficio peligroso”

Roberto Bolaño

Invierno es una novela que no ha escogido un lugar como Itaca o Tirinea, ni un tiempo específico, no hablamos de octubre o abril, Christhian Jimenez Kanahuaty ha elegido narrarnos una estación, como un imán de vivencias que descubren un sentido introspectivo, desolador y el eterno retorno a uno mismo.

Pablo Martinez Robles, conjuga su atmósfera emocional desde la fría mirada de un escritor que contempla rítmicamente la nieve, escuchando la consonancia de los recuerdos de una infancia imperfecta, la adolescencia no solicitada, la ausencia del padre, un divorcio inminente, pequeños destellos de luz al nombrar a su hija y el desgaste de Andrea, Katia, Eliana, musas que circulan por su cama como cuerpos sin historia. Si Christian estoy de acuerdo con tu protagonista “la edad no es más que una palabra inventada para guardar distancia”, pero ¿Qué distancia es la que quiere mantener este escritor en el ocaso de su vida? ¿Será capaz de ser un midas bizarro que termine una novela como quien termina aceptando el pasado? ¿Qué futuro le espera a escritor que parece estar condenado a la automutilación de la ficción? Estas preguntas son respondidas de manera imperfectamente lúcida en las 103 páginas que compone la novela, sin capítulos, sin pausas, sin piedad.

Quizás muera inédito, quizás este texto sea un pre-texto, que ampara la intención confesional del personaje central, quien no sólo vive atormentado por los fantasmas de inviernos pasados, más bien creo que logra invocar una galería de personas, que ya no están en el nombre de su novela, que al igual que su vida se sigue escribiendo como un texto infinito. Las palabras son cicatrices que marcan la historia, su historia, con la honestidad despiadada del ser escritor y como diría Barthes sentir la muerte en cada palabra.

Las marcadas referencias a Jack London, o Kevin Carter conforman referentes necesarios para comprender, que el escritor prefiere ver las cosas desde afuera, sumergirse en el pantano de los días, nombrando silencios y al igual que Kevin Carter cuando fotografía un buitre acechando un niño desvalido, el narrador acecha la vida con la rapiña necesaria que le exige la palabra, aunque el precio como diría el protagonista sea comprender que la literatura y el amor están envueltos por el mismo terciopelo: la soledad. Y la vida como celebró Bolaño es la mejor lección de escritura.

(*) Este texto se leyó en la presentación del libro Invierno en el mArtadero el 31 de abril de 2010.

Fuente: Ecdótica

El árbol de los recuerdos de Homero Carvalho


Homero entre las aguas
Por: Pablo Javier Deheza

Nadie se baña en el río dos veces
porque todo cambia en el río
y en el que se baña

Heráclito de Éfeso

Homero Carvalho nos entrega en ésta su nueva novela, El Árbol de los Recuerdos, un regalo de humanidad. Esta es una novela acerca de la condición humana, la autenticidad, la sinceridad, los demonios y los ángeles que nos habitan, la enfermedad, la amistad, la miseria humana, la literatura, el café, la vida de café, la palabra, los premios y las penas, la esperanza, la redención y la partida. Es una novela, por sobre todas las cosas, honesta. Es una novela para vernos, para encontrarnos en ella y está talentosamente muy bien escrita.

Muchas cosas, muchos mundos, muchas voces, confluyen en El Árbol de los Recuerdos. En sí, la figura misma del árbol de los recuerdos de la novela indica el signo de la obra. Verídicamente la novela es ese árbol en el cual se han colgado los recuerdo de Andrés Caicedo y de Homero para que puedan de ese modo encontrar su salvación de ataque del olvido; esa vorágine que lo devora todo. En ese trayecto es en la literatura donde acabará obrándose la magia de la salvación.

Un rasgo central para tener en cuenta al leer la novela es el hecho de que se trata de una obra hecha desde la sinceridad. Todo lo que está dicho en la novela es verdad; hasta las mentiras no mienten y terminan revelando la verdad. Se trata de que más allá de las palabras, más allá del estilo y de las formas, lo importante reside en lo que está dicho. Por supuesto que las palabras y las formas están bien cuidadas. Homero Carvalho nos entrega una obra madura de un autor maduro en pleno despliegue de su sapiencia de escritor. ¿Está demás decir que no hay página que no encierre algo deslumbrante y placentero para quienes son amantes de las palabras?

El Árbol y el río

El Árbol de los Recuerdos conforma un delta en el derrotero literario de Homero. No es casual esta figura. En la novela, Andrés le explica a Homero que el pez del cuadro que pintó Romaneth Zárate –el que es ahora la portada de la novela-, tiene sentido porque el pez es agua y ellos vienen de los Reinos del Agua. El agua acompaña desde hace mucho la obra de Homero y son muchos los ríos de la vida se han juntado para dar lugar a éste árbol de palabras. Muchos hilos de vivencias que necesariamente implican maduración y transformación. A su vez, la obra misma se constituye en un río literario del cual el lector emergerá siendo otro. El arte de la novela boliviana también se verá transformada por El Árbol de los Recuerdos. Pasa que Homero nos aporta en la misma con una mirada sincera y necesaria al mundo de los literatos bolivianos, rescatando del mismo esas hermosas complicidades y hermandades que ahí se encuentran y se celebran, pero también nos muestra su hemisferio oscuro, ese que está hecho de miserias, envidias y silencios.

El río de la palabra

El Árbol de los Recuerdos es una novela que está escrita dentro de los cánones del Boom. La oración precisa, los tiempos verbales sencillos y claros, puntuación disciplinada, espacio para el juego lúdico y la salida poética e ideas bien expuestas. Homero declara que la novela tiene también orígenes en la poesía confesional iniciada por Robert Lowell y William De Witt Snodgrass, luego continuada por Sylvia Plath. También existe en la novela elementos que hacen a la dangerous writting o escritura peligrosa de Tom Spanbauer. Bajo esta aproximación, el autor escribe sobre temas que le causan miedo o vergüenza para poder explorar los mismos y enfrentarlos; quedará la palabra escrita como un testimonio inacabado y crudo acerca de sí mismo. Es esa aproximación a la palabra la que ha de determinar una relación central entre lo que se cuenta y lo que es. La palabra es verdad y El Árbol de los Recuerdos es una novela de verdad.

En El Árbol de los Recuerdos la palabra es tratada con un amor bondadoso y sereno. Eso le permite al autor tejer hermosos giros poéticos y juegos con el lenguaje que acompañan al lector a lo largo del relato. Homero transita con madurez entre las formas de la precisión y las formas lúdicas sin caer en exageraciones y creando un clima gentil para la verdad. Esa es la maestría del autor en una exhibición de madurez con las palabras y también de sí mismo.

El aporte de El Árbol de los Recuerdos, en tanto narrativa, pasa por su aproximación a la forma del relato, su trabajo amable con la sintaxis y la honestidad puesta en la obra. Nos presenta otra manera de encarar la novela que no es desde afuera del autor, sino desde adentro de sí mismo; desde sus lugares más vedados pero, por eso y a la vez, sus lugares más humanos. Esta novela se sale de los cánones costumbristas y de los lugares comunes para llevarnos en un viaje de palabras al interior del autor y, con ello, al interior de nosotros y de nuestra sociedad.

El río de la locura y los recuerdos

Homero indica que lo que lo motivó a escribir la novela fue la condición humana, reflexionar acerca de las enfermedades mentales, de la locura. A su vez y a través de la misma locura Homero nos retrata una sociedad, nuestra sociedad, con sus carencias y su necesidad urgente de terapia mental colectiva; una lobotomía democrática y sobre la marcha para todos.

Andrés Caicedo le encomienda a Homero el rescate de sus recuerdos por medio de su escritura; esos recuerdos que el olvido se los está arrebatando. A partir de ese intento por rescatar la memoria del olvido, de la disociación del ser, de la locura, es que Homero nos presenta a la realidad en desfile ante nuestros ojos. El árbol es el lugar donde, a partir de los recuerdos y las palabras, han de ser invocados todos: la familia, los compañeros, los amigos, los solidarios, las voces, los indiferentes, los miserables, los envidiosos, los malaleches, los ruines, los locos, los etcétera.

Se nos aparece también la crueldad y la enfermedad de lo socialmente normal. Andrés Caicedo es de lejos un ser mucho más humano que muchos que vemos pasar en la novela. En una sociedad demente como la nuestra, algunos tienen permisos ocasionales para realizar actos que puedan afectar negativamente a otros y lo llamamos locura; pero de muchos seres normales se espera que al final del día hayan afectado negativamente a muchos otros seres y llamamos a eso éxito. La indiferencia y las miserias no pertenecen al mundo de la locura, pero son la moneda corriente del mundo; constituyen su normalidad.

La esperanza es que existen seres como Andrés; la esperanza es que aún queda lugar para la sinceridad y la solidaridad. Como lo dice el mismo Andrés en la novela: ¡Qué país! Tener que recurrir a un loco para que explique, significa que no estamos en una crisis política sino de conciencia nacional.

El río de las voces

Otras aguas que discurren a lo largo de la novela son las del mundo literario boliviano. Por la novela se verá pasar a más de una generación de escritores bolivianos; muchos con sus luces y que aparecen con su nombre, muchos con sus sombras y cuyos nombres son velados con un generoso silencio. El Árbol de los Recuerdos nos presenta un retrato necesario del mundo literario boliviano. Muchos creerán que las coincidencias son casuales: no lo son y dense por aludidos. Era necesario que alguien cuente las cosas que Homero nos relata en la novela. Nos hace bien nombrarlas, verlas escritas, verlas interpelarnos desde la página, nos hace bien asumirlas porque solo así podremos trascenderlas. Nadie se baña dos veces en el mismo río. Nadie que se sumerja en esta novela saldrá igual.

La temática de la novela es un aporte a la narrativa boliviana porque toca aspectos centrales de la experiencia humana que no habían sido tocados en nuestra literatura. Milan Kundera dice que la novela que no descubre una parte hasta entonces desconocida de la existencia es inmoral; el conocimiento es la única moral de la novela. Entonces El Árbol de los Recuerdos es una novela sobradamente justificada porque nos muestra lados de nosotros, de nuestro país y su gente –especialmente la del mundo literario-, que no habían sido mostrados antes y al hacerlo nos permite entendernos y trabajar sobre nosotros mismos.

La condición humana

El Árbol de los Recuerdos es una novela donde no pasa nada pero pasa todo y pasan todos; como nuestro país, o sea que no quedan dudas de que se trata de una novela boliviana. Homero nos plantea reflexionar sobre la condición humana a partir de muchas voces. Las voces del mundo y también las voces interiores. La esquizofrenia está presente en la novela, tanto como una condición del individuo, así como un estigma entre la sociedad. Homero nos muestra que la esquizofrenia es también parte de la experiencia humana; que la humanidad, la sensibilidad y la belleza existen también en lo que funciona diferente. A partir de sus diálogos con Andrés, el autor nos enseña que la lucidez, la poesía, la fraternidad y la divina humanidad que existen en el alma y la psiquis de cada uno siguen estando ahí, más allá de los prejuicios y las taras sociales. El Árbol de los Recuerdos es una afirmación de la vida, una celebración del espíritu, un elogio de la amistad y una voz de esperanza. En un mundo y un país que parecen salidos del otro lado del espejo, quizás alguna voz interior eligió apropiadamente este título para Andrés y Homero, y no por sus recuerdos, sino porque ambos dos son los únicos que están re-cuerdos y esta novela es su árbol.

Fuente: Ecdótica

Mujeres sin hombres de la escritora iraní Shahrnush Parsipur


Mujeres sin hombres
Por Javier Claure C.

Cuando leí el rótulo Mujeres sin hombres, me llamó mucho la atención. Me preguntaba: ¿Podrán haber mujeres sin hombres? Y al mismo tiempo, surgía la otra alternativa ¿Podrán haber hombres sin mujeres? La respuesta la tenía inmediatamente entre los labios y, con el permiso de todos, es un rotundo No. El binomio hombre-mujer, según mi opinión, es la combinación perfecta.

Durante el 10 de octubre del año pasado hasta el 21 de enero de este año se llevó a cabo, en la Casa de la Cultura de Estocolmo, una instalación de cuatro videos a cargo de la artista iraní Shirin Neshat.

El día de la inauguración llegó a Estocolmo para hablar de su obra ante una sala repleta, donde las mujeres formaban gran parte del público. Neshat, que actualmente vive en Estados Unidos, expuso al pueblo sueco una muestra de su primera película de largometraje: “Women without men” (Mujeres sin hombres), basada en la novela de la escritora iraní Shahrnush Parsipur. Una novela que describe la vida en Irán durante el golpe de Estado de 1953. Parsipur la escribió a finales de los años 70, pero se publicó en 1989. Nunca participó en política, sin embargo, fue apresada durante el régimen del Sha y de Khomeini por sus ideas un tanto liberales.

A decir verdad, el título es algo despistador, ya que los hombres están presentes a lo largo de la novela.
La visitante iraní, pulcramente vestida y bien maquillada, recordó que en la guerra entre Irán e Irak murieron dos tíos (por parte de su madre) que eran simpatisantes de izquierda. Y agregó: “… cuando mi madre regresaba a casa del trabajo, solía salir a la terraza con un montón de madejas de lana y se ponía a tejer. No hablaba mucho, sino tejía y tejía ropa para nosotros que eramos niños”. Era, tal vez, una manera de estar en luto por sus hermanos.

Al final de su discurso, le pregunté a que público quería llegar, a lo que me contestó:

“Desgraciadamente cuando analizan mi arte, a veces, sólo toman en cuenta el aspecto político, pero mi arte va mucho más allá de lo político. Me dirijo al público iraní e internacional. La tendencia de ciertas mujeres a un auto castigo es universal”.

Durante la Guerra Fría, Estados Unidos, con el presidente David Eisenhower a la cabeza, junto al Sha e Inglaterra organizaron, mediante las armas, el derrocamiento de un gobierno democráticamente elegido. Por aquel entonces, Irán era gobernado por Mohammed Mossadegh, quien había legislado la nacionalización del petróleo. Los británicos y estadounidenses sumamente disgustados por esta reforma, llevaron a cabo el golpe de Estado; para luego establecer una monarquía dirigida por el Sha Mohammad Reza Pahlavi.

Los temas centrales de la obra de Neshat son: el poder, la identidad, el rol que juega la mujer en la sociedad, los tabúes que existen en torno a la sexualidad femenina y la opresión a la mujer, es decir, pone sobre la mesa tópicos que son actuales en cualquier parte del mundo.

Los videos expuestos al público, hacían alusión a mujeres que se refugiaban en un jardín o dentro de cuatro paredes, trás el caos político y militar que reinaba en Irán en esa época. Otras mujeres buscaban su libertad de las cadenas a las que habían sido atadas, y como palomas querían volar para experimentar la vida a solas. Este acto de supervivencia, en la novela, no siempre termina satisfactoriamente.

Así pues, en la novela, podemos leer sobre Mahdokht. Una mujer que, al igual que la madre de la autora de la película, se la pasa tejiendo ropa para los hijos de su hermano Hoshangs. Sueña con ser Julie Andrews de la película “The sound of music” (El sonido de la música), que cuida a siete niños.

Mahdokht posee una sensibilidad de cristal, le fascinan los niños; pero tiene un excesivo temor al sexo, causa que la lleva a reencarnarse en un árbol. Un día, cuando se encontraba en la casa de Hoshangs, salió al patio a tomar aire fresco. Entró a un pequeño invernadero situado en el jardín de la casa. De pronto, escuchó ardientes jadeos, quejidos de amor y sintió un olor a cuerpo humano. Fati, la empleada de la casa de tan sólo 15 años, estaba ahí revolcándose con el jardinero, Yadollah, que le doblaba en edad. Al ver esa erótica escena, le empezaron a temblar las rodillas y al mismo tiempo le entró una curiosidad. Mahdokht observaba excitada ese cuadro, al que ella rechazaba categóricamente. La tierna pareja se dio cuenta que alguien les miraba. Fati lanzó un vistazo a Mahdokht suplicándole que no contará a nadie. De lo contrario su destino sería el cementerio. Mahdokht aceptó el trato, pero reprochaba duramente el comportamiento de Fati.

- Mi virginidad es como un árbol, repetía Mahdokht con voz suave.

En ese momento pensó transformarse en un árbol. Entonces quería meterse a la tierra, para luego salir con ramas, hojas y un tronco que le sostenga toda la vida. Así, al menos, crecería cerca de un riachuelo. Estaría cerca del pasto, de plantas silvestres y ranas que croan por la noches. Sería un lugar lleno de árboles Mahdokht. Este único árbol se exportaría a todo el mundo.

Shahrnush Parsipur, dijo en una entrevista: “Había un periódo en la historia, en el que la fertilidad se comparaba con el cuidado de un jardín y la santa prostitución. Por eso es natural que una prostituta y un jardinero, que tienen las profesiones más antiguas, se junten en este acto de amor; para formar una relación armónica entre un hombre y una mujer”.

Otro episodio pertenece justamente a la cruda realidad de la prostitución como símbolo del libertinaje desenfrenado. Zarin, una mujer de 26 años y de buen carácter, trabaja en el burdel “Akram”. Las demás prostituas la aprecian por su jovialidad, mientras que la dueña del burdel la tiene sin vida. Muy temprano por las mañanas, cuando descansaba despues de haber complacido a 20, 25 y, hasta a veces, 30 hombres, escuchaba una voz de trueno:

- Zari, ha llegado un cliente y tiene prisa!

Somnolienta tenía ganas de contestarle un disparate, pero se las aguantaba. Al termino de una pequeña pausa, se oía nuevamente una voz con un tono más fuerte.

- Zari, ¿No me escuchas? Te dije que llegó un cliente.

Sin tomar desayuno, se arregló rápido, entró a un cuarto donde el cliente la esperaba. Se quitó la ropa y abrió las piernas para que le penetrara. Estaba de espaldas apática con los ojos abiertos. De repente se dio cuenta que el hombre, que cabalgaba sus caderas, no tenía cabeza. Se asustó terriblemente y después de este acontecimiento veía a todos los clientes sin cabeza. Para aliviar su pena cantaba todas las noches a una hora determinada. Zari, muy amargada, contó esta historia a otra mujer del burdel. Su compañera de trabajo la escuchó asombrada y le aconsejó que suplique a Dios con las manos puestas en el Corán. Fue entonces cuando Zari decidió abandonar, por unos días, el burdel. Se dirigió a un balneario, donde una mujer le refregó el cuerpo con agua cristalina y jabón, quitándole toda la mugredad del alma. No contenta de semejante limpieza, siguió, por cuenta propia, refregándose el cuerpo hasta dejarlo rojo y maltratado. Pero debía estar limpia para rezar.

Otras dos mujeres, Moones y Faezeh, conversaban acerca de la virginidad, llegando a la conclusión que su sexualidad había sido, implícitamente, controlada por las reglas del hogar:

- El himen de una mujer, ¿No es acaso una membrana como suelen decir?, preguntó Moones. Mi madre decía que cuando una niña salta desde una altura considerable, pues se rompe esa membrana. Entonces Dios no perdona a una niña que no tiene himen, añadió afligida.

- Tonterías, es un orificio pequeño. Lo he leído en un libro. Respondió Faezeh.

- Me voy a vengar de esta mentira que la he llevado 28 años en mis adentros, dijo Moones para si misma.

En ese momento Amir entró al cuarto donde estaban hablando. Faezeh se levantó rapidamente de la silla para mostrar su respeto por Amir, quién advirtió que no salieran porque afuera se daban los disturbios políticos y militares. Sin embargo, Moones decidió romper con todo lo tradicional; se fue de la casa y durante un mes se dedicó a pasear por la ciudad. Quizá fue esta conducta, la venganza ante el engaño de la virginidad que le habían hecho creer desde niña. Los primeros días, de su libertad, era un alboroto: los rivales políticos se mataban, apresaban a la gente, circulaban tanques por las calles, gente herida caía al suelo, griteríos por todas partes etc. Finalmente, se calmó el barullo. Moones paseaba sin cesar. Una vez caminando por el centro de Teherán, entró a una tienda de libros usados. Allí econtró un libro, cuyo título era: “Información sexual”, lo compró con 50 rials. La curiosidad era tal, que se sentó bajo la sombra de un árbol y lo leyó tres veces. Ahora se sentía muchos más madura. Un buen día de madrugada volvió a su casa. La empleada, Alieh, abrió la puerta y dio un grito:

- ¿Dónde has estado, tus padres y hermano te han buscado por todas partes?

- Querida Alieh, ya no soy la de antes. Ahora se mucho más de la vida, respondió Moones en voz baja.

Después de un cuarto de hora llegó Amir a la casa, y elevó el grito al cielo:

- ¿ Dónde has estado estupida indecente? Has deshonrado a la familia. Todo el mundo sabe que has desaparecido un mes.

- Solamente he paseado durante un mes con el permiso de ustedes, exclamó Moones humildemente.

Amir se quitó, inmediatamente, el cinturón de cuero y la empezó a pegar brutalmente un buen rato.

- ¿Por qué me pegas Amir, te has vuelto loco?, reclamó Moones con dolor en el cuerpo.

Cuando escuhó estas palabras, Amir se volvió, aun, más loco. Fue a la cocina, empuñó un cuchillo y lo clavó en el corazón de Moones. Ella dio el último suspiro y cayó muerta desangrándose.

Fuente: Ecdótica



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