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Entrevista a David Mondacca


David Mondacca presenta El santo del cuerno
Foto: Fernando Cuellar

El actor presenta su libro con una puesta en escena este sábado. La obra, con 24 historias de los “lustras”, le valió el premio Adolfo Costa Du Rels.

Convivió cinco días con los lustrabotas paceños, vestido como ellos, con pasamontañas y cargando su cajita de madera. Una de las conclusiones del actor David Mondacca es que muchos de estos personajes, tan ch’ukutas, pasan inadvertidos para el resto de la gente.

“Cuando alguien se te acerca ni siquiera te mira a los ojos ni contesta al saludo, y cuando eres viejo es peor, mucha gente ni siquiera se te acerca por miedo”. Fue esta situación de desamparo lo que le motivó a escribir El Santo del cuerno, obra ganadora del concurso de dramaturgia Adolfo Costa Du Rels.

—Mañana a las nueve de la noche presenta El Santo del Cuerno

—Sí, es la primera vez que lanzo el libro y lo hago en la XV Feria del Libro de La Paz. La obra fue presentada en mayo.

—¿Será una presentación teatralizada?

— Para esta oportunidad voy a presentar mi obra con una actuación. Es una historia unipersonal de un lustrabotas viejo, en la que el hombre ya ha perdido habilidad en las manos y nadie quiere acercarse a él. En la puesta en escena participan mis alumnos de la Universidad Católica Boliviana.

—¿De qué trata la obra?

—Es una exaltación del oficio del “lustra” en las ciudades de La Paz y El Alto, ésta es la idea que engloba el texto y a través de este pretexto me metí en la vida de los “lustritas”. Cuento 24 historias.

—¿Cómo logró escribir de los “lustras”?

—En realidad tuve que adentrarme con ellos por cinco días y convivir, es grave estar enmascarado y llegar a ser invisible.

—¿En qué editorial se imprimió?

—En la Editorial Nuevo Milenio, el costo del libro será de 40 bolivianos y estará disponible en Martínez Achinni.

Fuente: La Prensa

Entrevista a Liliana Colanzi

La escritora cruceña, de 29 años, da a conocer ahora una nueva muestra de la calidad de su trabajo con su primer libro de cuentos, Vacaciones permanentes (Ed. El Cuervo), que en Cochabamba será presentado, este miércoles 11 de agosto a las 19.00 horas, en el Centro Simón I. Patiño (avenida Potosí No. 1450).

Entrevista a Blanca Wiethuchter


Por los caminos del lenguaje
Por: Mal Menor

Entrevista realizada a Blanca Wiethuchter, ahora muerta, para la revista de literatura Mal Menor. La Paz. Marzo de 1996.

En los últimos meses, al interior del “Club del café o del ajenjo” se ha venido dando una copiosa discusión sobre los nuevos rumbos que está tomando la poesía en Bolivia –si es que los hay-. En este marco, pensamos que es importante enriquecer tan encomioso menester con las opiniones de aquellos o aquellas que comparten la divina obsesión de transitar por el camino del lenguaje. Blanca Wiethuchter es, sin duda alguna, una de aquellas “obsesionadas” que bien vale la pena escuchar. He aquí parte de una entrevista que tuvimos la suerte de hacerle en vísperas de su último viaje a Chile…

¿Crees tú que la poesía boliviana ha transitado por el camino de la ficción?

En cierto modo se podría decir que sí. Sin embargo, para responder con más profundidad a tu pregunta, tendríamos que definir primero lo que vamos a entender por poesía boliviana. ¿La define simplemente el hecho de que ha sido escrita en Bolivia? Yo creo que este elemento es insuficiente, es más, ni siquiera es el fundamental. Podríamos hablar de Freyre o de Tamayo por ejemplo. En “La Prometheida” existe una ficcionalización del personaje, es cierto, pero la obra no produce sentidos que nos permitan reconocer signos de lo que podría llamarse “lo boliviano”.

En mi opinión la poesía boliviana que realmente propone un lenguaje boliviano comienza con Jaime Saenz.

Existe un corte que entre Cerruto y Saenz es bastante claro, y se puede simplificar en una sola idea que tal vez sirva para explicarlo; en Estrella Segregada, Cerruto habla del Illimani de tú a tú, como puede hablar cualquier europeo de una montaña, sin ninguna implicación necesariamente andina; en cambio, cuando Saenz habla de la montaña, la relación cambia totalmente, porque dentro del lenguaje de Saenz está implícita la humildad frente a la montaña y eso si corresponde a una experiencia andina.

Entonces ¿qué es lo que recoge Saenz? A mi modo de ver, un modo de comprender, de vivir el mundo andino, que no se traduce en palabras aymaras o quechuas ni nada por el estilo, se traduce más bien en un “estar” en la realidad que produce un lenguaje que recoge los sentidos de una experiencia boliviana.

Sin embargo, la poesía en Saenz no es propiamente “ficcional”; yo creo que los sentidos producidos trazarán el camino interior, que dan sentido a su existencia. En realidad me atrevería a asegurar que su poesía se “narra”. Sí, porque en Muerte por el tacto comienza su “historia” en el olvido de “todo”, para concentrarse en diseñar su propia aventura que no es otra que la del conocimiento de la muerte para permitirse vivir y poder morir.

¿Pero cuándo la poesía comienza a ser ficcional?… yo creo que es cuando se propone desidentificarla de la experiencia inmediata; cuando crea personajes de ficción. La ficción no necesariamente significa que no tenga que ver con lo real, sino más bien, que se propone en otro plano: el de la invención.

¿Sin embargo, crees tú que es importante transitar el camino de la ficción; refiriéndose a la poesía por supuesto?

Yo creo que sí.

¿Por qué?

Porque es una liberación. Cuando hay más libertad, un creador se siente más suelto, libre de toda dependencia de sí mismo, del “qué dirán”, de lo político, de lo social, etc.

¿Dónde crees que podrían estar las razones de que nuestra poesía no haya transitado por este camino?… ¿No será como algunos dicen, que está poseída por lo social?

Bueno, yo no estoy de acuerdo con eso. Cachin Antezana dice por ejemplo, casi categóricamente, que la narrativa boliviana es básicamente sociológica, y no es tan así. Lo que pasa es que los problemas de los real, los problemas sociales, no han dado tiempo ni lugar para la conformación de un lenguaje boliviano.
Yo veo la cosa más por otro lado: al llegar los españoles nombran un espacio ya nombrado, una geografía “afectada” emotivamente.

Ahora bien, si las cosas hubieran estado nombradas cuando ellos llegaron, no hubiera existido ningún problema: sencillamente hubieran podido imponer su lengua con mayor facilidad, así como lo han hecho en Chile o en Argentina. Allí si han podido desarrollar un lenguaje, puesto que el idioma español no ha sido influido sustancialmente por otro tipo de signos, y eso se hace evidente en el desarrollo de la literatura en esos países. Tal vez por eso nosotros no lo hemos logrado; primero porque no nos han liquidado como ha sucedido allí (me refiero a los nativos u originarios), sino que hemos convivido con ellos. Mal o bien, pero hemos convivido y nos han influido enormemente. Ahora bien, esta convivencia ha sido muy rica, sin embargo, ha ido también demorando la construcción de un lenguaje propio, es decir una manera “boliviana” de nombrar el mundo.

Bien, cambiemos un poco de rumbo. Desde hace un tiempo atrás se ha venido hablando de que cada vez más se escribe poesía para los poetas… ¿Qué opinas de esto?

Que es verdad, pero que es un problema mundial. No solamente ocurre en Bolivia. Uno siempre se enfrenta con el mismo problema. La gente lee poca poesía, y los que la leen son los mismos poetas que quieren ver lo que los colegas están haciendo. Lo triste es que la gran masa no lee, y eso es cierto. Lamentablemente siempre va a ser así. La poesía es una literatura de élites. Lo triste es que parece ser un problema generalizado, los pintores viven mirándose a sí mismos, los poetas a sí mismos, los músicos a sí mismos, etc. Pregúntale a un pintor si alguna vez te ha leído, o si ha leído a Saenz…

… Te hacía la pregunta porque tú sacaste el tema de “Altazor” en una respuesta anterior. Como todos sabemos, una de las criticas más fuertes que recibiera Huidobro, fue cuando se le acusó de estar distanciando a la poesía de las grandes mayorías, de negar la posibilidad que la gran masa pudiera leerla o por lo menos entenderla. ¿Será que el transitar por el camino de la ficción –como Huidobro- nos pueda llevar a aumentar la brecha entre la “masa” y los poetas?

No. Yo creo que la ficción no tiene nada que ver con el lector. Lo que si creo, es que la literatura en general y la poesía en particular es, a pesar nuestro, una cultura de grupos pequeños. Tomemos como ejemplo a Benedetti: una poesía tan popular como la suya… ¿yo me pregunto cuánta gente la ha leído?… ¿habrá llegado realmente a las oficinas? A mí me encantaría que fuera de otra manera, lamentablemente así no más es la cosa.

Últimamente han surgido una serie de discursos nuevos, por ejemplo “la perspectiva de género”. Cada vez más se escucha hablar en círculos intelectuales de la “poesía con perspectiva de género”, ¿Qué opinas al respecto?

En realidad no estoy muy de acuerdo con eso. A mí modo de ver, debería existir simplemente buena poesía. Por otro lado, yo si creo que el género es visible en los textos, pero eso no quita ni añade al hecho poético. Sin embargo, siempre me ha llamado la atención el hecho de que a las mujeres poetas, sólo les hacen caso otras mujeres, en su gran mayoría. Me llama mucho la atención por ejemplo, que en la antología de Eduardo Mitre no haya ni una sola mujer. Él se escuda diciendo que su antología abarca solamente hasta los años cuarenta; eso es verdad, pero en esos años había una Alcira Cardona y una Yolanda Bedregal que habrán tenido nomás algún poema bueno ¿no? Yo creo que ha habido una negligencia con esto.

Cachín Antezana por ejemplo, tampoco se ha ocupado nunca de una poeta mujer. Sin ir más lejos, en las grandes antologías como las de Quirós, Ramiro Beltrán o Cáceres sí están presentes algunas mujeres, están ahí nomás, como todos; pero un verdadero estudio de la poesía femenina boliviana no existe. Yo me pongo a pensar; y pienso que esto no puede ser tan gratuito, porque para que intelectuales de la importancia de “Cachín Antezana” o de Eduardo Mitre sencillamente borren del mapa a las mujeres, como si no tuvieran ninguna importancia es signo de que algo pasa.

Finalmente, si una se pone a revisar, hay poetas en la antología de Eduardo Mitre que están a la misma altura que Alcira Cardona o de Yolanda Bedregal.

Sin embargo, también se han comenzado a introducir variaciones lingüísticas, como por ejemplo: “cuerpa”, “suplicanta”, etc, es decir una serie de términos que introducen la concepción de género en el propio lenguaje… ¿qué opinas de esto?

Sí, es cierto. En Chile he visto bastante trabajo por ese lado, por ejemplo en Verónica Zondek, en Carmen Berenguer, etc. Pero para mí, eso no es otra cosa que tratar de forzar el lenguaje, para obligarlo a un estilo femenino. Es un problema a la postre. A veces aceptable, otras no.

Hace un tiempo atrás, en el Primer encuentro de poetas bolivianas, que reunió gente que vive tanto en el país como en el exterior, se propuso estos cambios de género de las palabras. Se proponía por ejemplo que en vez de decir “el amor” se dijera “la amor” o que en ves de decir “el cuerpo” se dijera “la cuerpa”; a mi me parece que si estás tentativas se “oyen bien” adelante, pues bien, que salgan adelante. Pero para mí, lo que realmente necesitamos en Bolivia es hacer nuestro propio lenguaje, antes de comenzar a forzarlo.

Hace un par de meses, en una charla que tuvimos, tú me comentaste que no estabas de acuerdo con una interpretación que Juan Carlos Ramiro Quiroga había hecho sobre la poesía boliviana a partir del eje temático de la muerte. ¿Por qué no me amplias un poco más tu criterio al respecto?

Como no. La primera cosa que quisiera decir, es que un tema no puede ser el elemento articulador de la historia de la poesía, y menos un tema tan general como la muerte. Recordemos que se habla de la muerte desde que el hombre es hombre, porque desde que el hombre es hombre se muere.

Si por lo menos Juan Carlos se hubiese concentrado en el valor simbólico que propone el poeta respecto a la muerte, se podría haber sistematizado un poco más la cosa. En definitiva, yo creo que no puede homogeneizador que permita hacer una interpretación seria de la poesía boliviana, que el propio lenguaje. Porque caso contrario, también podría haber ido por el lado del amor ¿no es cierto? O por cualquier otro lado… lamentablemente hacer la lectura de la que hablamos requiere de mucho trabajo.

¿Y conoces algún intento en ese sentido?

No. Lo que existen son algunos trabajos aislados, pero que tampoco buscan la coherencia de un conjunto literario. Pero de lo que sí estoy convencida, es de que es una de las tareas fundamentales que están irresueltas.

Para finalizar. ¿Qué opinas que está sucediendo con la poesía boliviana?

Lo primero, es que están sucediendo cosas. Y eso es siempre importante. Yo no podría valorarlas porque estoy metida en el asunto y no sería imparcial.

Creo que falta un poco más de lectura también. Pero es interesante ver la cantidad de gente que escribe una poesía de buen nivel. De ahí podría salir un gran poeta, no lo puedo asegurar, pero es probable que así sea. Por esta misma razón yo creo que es importante que se publiquen muchos libros de poesía, aunque haya gente que critica eso, como por ejemplo Walter Chavéz, sin embargo, a mí me parece bueno, porque así es como vamos a llegar a formar realmente un lenguaje, es decir de ahí tendrá que salir algo. Yo conozco mucha gente que tiene libros sin publicar, y algunas cosas son realmente excelentes.

Por otra parte, y a fuerza de trabajo, el lenguaje también está cambiando, hay nuevas propuestas, que no se quedan solamente en lo inmediato o en lo lírico. Me parece que realmente están sucediendo cosas importantes… de verdad.

Fuente: Ecdótica y Youtube

Entrevista a Juan Terranova


Escribiendo para ser contemporáneo de uno mismo
Por: Javier y Luis Rodríguez

Con esta edición, el suplemento literario la RAMONA del Periódico Opinión inaugura una sección especial dedicada a conocer a los autores invitados al VI Encuentro Iberoamericano de Escritores, que tendrá lugar en Cochabamba entre el 7 y 10 de julio próximos. El acontecimiento, organizado por el Centro pedagógico y cultural Simón I. Patiño, girará en torno al tema “Humor y Literatura”. El “plato fuerte” de esta versión del encuentro es el peruano Alfredo Bryce Echenique, al que se sumarán como invitados especiales el argentino Juan Terranova, el peruano Diego Trelles Paz, además de los bolivianos Ramón Rocha Monroy, Manuel Vargas y Eduardo Scott. En esta ocasión publicamos una entrevista realizada por el equipo de redacción del suplemento a Terranova. El diálogo, registrado el año pasado en Buenos Aires, aborda asuntos relativos a Mi nombre es Rufus, una de las más recientes obras del autor argentino. Los interesados en conocer la literatura de éste y los demás autores del encuentro pueden buscar sus libros en la biblioteca del Centro Patiño.

No a pocos se les ha ocurrido eso de conocer una ciudad por su literatura. Pero aún así –y no siempre sin razón– solemos descreer del guía, del sesgo de su visión e intereses. Por eso es que cuando encontramos alguien que parece patear las mismas calles que uno, cargar los mismos libros y hasta pinchar los mismos discos, el regocijo es supremo. Entre el idiotizante ruteo turístico (equivalente literario de la TV guía) y el imperio de lo universal-cosmopolita dado sobre muchos de nuestros creadores, casi no queda otra opción que ir sondeando microuniversos afines, trazando links entre intereses y personas antes que operar sobre las densas cartografías de lo total.

Atravesando Buenos Aires en la más clásica de sus líneas de metro, llegamos a Caballito, un barrio muy barrio, que se parece –como ya pocas cosas– a esa Buenos Aires apenas superviviente en las fauces de la megalópolis que amenaza con engullirla. Allí nos esperaba Juan Terranova, uno de los más interesantes y respetados autores del nuevo panorama argentino. Intenso y contundente desde su recordado debut (el poema largo El Ignorante, que aún causa escozor en la intelligentsia a la que atacó), Juan extendió sus intereses y narrativa por el (nuevo) tango, la comunicación de masas, las nuevas tecnologías como formas literarias y también sobre esos temas eternos que son el deseo, la espera y la tensa enunciación que los empata. Conversamos con él sobre su más reciente libro, Mi nombre es Rufus, que triangula perfectamente lo biográfico, la erudición musical y el registro vital de una generación.

JR: Con el advenimiento de una nueva generación de escritores, lenguajes, formas e ideas, se hizo bastante común que apareciesen novelas cruzadas por música, cine y otras manifestaciones extraliterarias. Sin embargo, hasta Mi nombre es Rufus (Interzona, 2008) no habíamos tenido una novela que se animase a ponerse dentro de ese movimiento tan fascinante que es el punk. ¿Qué te llevo a escribir ésta novela?
JT: Bueno, sí… igual me parece que le faltó algo a la novela. Que es un libro escrito como para neófitos. Vienen mis amigos punks, o amigos con los que compartí –porque yo todo eso (la historia de “Rufus”) de alguna forma lo viví– y fue como volver. Yo siempre viví en este barrio [Caballito], me moví acá. Fui al colegio de al lado 13 años, soy hincha del club que tiene su cancha aquí atrás [Ferro]. Este siempre fue mi barrio… y es un barrio pequeñoburgués, no es un barrio obrero; más bien todo lo contrario. Es un barrio de la clase media. Mi familia siempre fue profesional… ingenieros, arquitectos, psicoanalistas, etc. Entonces mi lectura del punk iba un poco ligada a esa clase media.
Bueno, en algún momento alguien me dijo, “¿Por qué no escribís eso?” Fue como volver un a una época que viví. Sin embargo, yo nunca tuve un grupo. Nunca toqué en grupo de punk.
Sí tengo formación musical. Estudié música erudita, pero nada de tocar en una banda de rock. Nunca lideré un proyecto musical ni formé parte de uno. Esta fue otra de las razones por las que escribí el libro. [risas] Un poco la explicación es esa. Como nunca tuve un grupo de rock… Y siempre estaba como por tocar, o iba a ver a unos amigos que tocaban, y tenían libros muy autobiográficos en ese sentido. Mi hermano es músico profesional, tiene grupos ahora también [Fútbol], por más que se dedicó a hacer tango y otras cosas. Entonces como que siempre estuve cerca de todo esto.
JR: Lo que se nota definitivamente en el libro es que eres un melómano acabado.
JT: Me parece, más bien, que el libro no representa completamente eso. Y sí, te decía que no representa tanto porque fue un libro que podía haber sido mucho más críptico. Poner bandas mucho más desconocidas, trabajarlo más, pero me pareció que eso lo iba a poner más pesado, y no quería narrar una enciclopedia; quería hacer un libro que se leyera con ese ritmo.
LR: Tu novela tiene una facultad interesante, bastante emocional además, que hace que muchas personas vean alguna parte de su juventud reflejada en ella. Le pasa a uno que va leyendo y de pronto, “Wow, esto yo también lo he vivido”.
JT: Sí, el libro tuvo una recepción bastante buena en eso. En la gente que tiene entre 25 y 35 años, impacta de una. Y después también en las clases medias –así como yo; porque si uno se va más para el norte de la ciudad, el punk ya pasaba por otro lado, había otra cultura, etc.
No es que dije “Voy a escribir un libro para la gente que tiene mi edad”, pero salió eso y un poco terminó apoyado en la cosa biográfica.
JR: Mi nombre es Rufus ha sido comentada como una novela punk, cosa que no comparto pues se sale de lo que –en una enorme contradicción– se podría llamar “canon punk”. ¿Cómo la ves tú?
JT: Bueno, en la escritura seguro que no. ¿Qué entendemos por “escritura punk”? Una escritura pringosa, farragosa… William Burroughs, un poco por ahí Bukowski –narrar eso. De repente esa forma, especialmente la Burroughsiana que es tan pringosa, enrevesada, está buena, me gusta; pero no veía que para la novela se pudiera recuperar otra cosa que el ritmo. El ritmo de la canción de tres minutos: 1,2,3, vamos.
Por eso los capítulos son tan breves. Casi una cosa epigramática, de no perder el tiempo, de la urgencia de las frases.
Quizás faltó un poco de oscuridad, pero el punk yo lo viví así, de una forma muy luminosa. Como buscando un lado bastante conceptual del punk, que tiene justamente un lado muy conceptual y después una cosa bien visceral.
JR: Esto mismo se ve en lo estrictamente musical de la novela, donde junto a los Pistols citas a Mingus –por ejemplo.
JT: ¡Y es que escuchábamos eso también! El punk te duraba, fácil, dos años y después escuchabas Rolling Stones. Y después Mick Jagger decía que Piazzolla era un genio, entonces empezabas a escuchar Piazzolla. O después te ponías a revisar los discos que tenías es tu casa, de tu abuelo, de tus viejos… y bueno los Beatles también –siempre presentes ahí.
No era una cosa cerrada el punk. Vos escuchas The Clash, esos tipos sabían lo que estaban tocando. Con el Groove que tenían ellos, hay acordes en sus canciones que suenan jazzísticos. Por ejemplo [toma la guitarra y empieza a tocar] un acorde dulce, Maj7, y de repente es el acorde de [canta]… “Sharif don’t like it, Rock the Casbah, Rock the Casbah”. O sea, el punk lejos de lo que parece –y lo pongo en el libro– no es una cosa cerrada. La música era un refugio en ese momento. Por ejemplo los Beastie Boys, cuentan que cuando iban a clubes chicos, donde se hacía hardcore, en los cortes pasaban soul. Y aquí eso parecía una cosa normal. Ibas a escuchar una banda y cuando cortaban por ahí te ponían cumbia.
JR: Una característica, digamos, rizomática o antropofágica de la música, que consigues traducir muy bien en la novela.
JT: Sí. Yo cuando leí en la facultad los conceptos que tiraste recién, nos mostraban “Antopofagia = Oswald Andrade”. Yo decía “No, boludo, ¡pará! ¡Nosotros venimos haciendo esto desde la secundaria! ¡El rizoma, qué!” [risas] Vos ibas a Parque Rivadavia y era un lugar en el que tenías a un tipo que estaba fumando pipa y te decía: “Tomá, lee (no sé) una tragedia griega”, o “Leete Facundo”.
Uno llegaba a la facultad con eso, y obviamente que la facultad te ayudaba y estaba bueno, pero en Buenos Aires, y en Caballito –que es mi barrio, el que conozco bien–, pero en todos lados, encontrabas esa gente que, si uno quiere y se mete y es curioso (y en el punk había mucha curiosidad) te enseña mucho. Después los músicos de jazz por ahí son más cerrados. Muchos pibes empiezan escuchando rock, después llegan al jazz y ahí se quedan. El jazz los consume. El rock no tiene eso, siempre es más “para afuera”. Agarra Rimbaud, agarra candombe, qué sé yo.
JR: Regresando a lo de la literatura punk, parece que hay autores que toman la idea muy en el sentido literal. Abordan el punk más como un espacio –como es el caso de Giddeon Sams, que ambienta su novela, de otro modo bastante estándar, The Punk en ese contexto…
JT: La bibliografía ensayística del punk, de la cultura del fanzine, me copa.
JR: Hablábamos de Gideon Sams, pero pasa algo parecido con Kathy Acker –que capaz toma el punk más como una estética– o Chuck Palahniuk, que se adueña de la provocación del punk. Pero a lo que me iba, añadiendo también la ensayística punk, es que parece no existir una literatura punk como tal. Sí formas, ritmos, temáticas o estéticas. Esas cosas, igual, con Mi nombre es Rufus parecen tener muy poco que ver.
JT: Palahniuk es un escritor que me interesa. Le he robado bastante en otros lados, no en esta novela. [risas] Entiendo lo que me querés decir. Me parece que mis otras escrituras están, tal vez, más cerca de esto. Tal vez no El pornógrafo, que siento que le falta horno. Que le falta negatividad.
JR: Lo interesante en Mi nombre es Rufus es cómo se construye una trama meditativa sobre el punk, unas apostillas al paso de un personaje por ese momento.
JT: Lo que pasa es que –y puede que tenga que ver– yo tuve una hija, me casé, empecé a trabajar sistemáticamente, a tener cuenta bancaria… también a cultivar placeres mucho más reposados que ir a un recital, o pasarte la noche fuera de casa. Y me parece que esto tenía que estar en el libro, como que la liberación de esa energía –de la juventud– es algo que está bueno, pero después pasa lo otro y si no te suicidaste, si no te moriste (tal vez de sobredosis), qué pasa. Y el libro tenía que contar un poco eso.
JR: Es como el “capítulo perdido” de La naranja mecánica
JT: [Risas] Claro, dónde el tipo dice: “Bueno, ya está. Ya hice todo lo que tenía que hacer. ¿Qué me queda? Ya está, listo.” [Risas]

Fuente: La Ramona / Opinión

Entrevista a Víctor Montoya

El Tío de la mina forma parte de mi vida y mi obra. A veces, tengo la sensación de que habita dentro de mí, como si fuera mi propio espíritu, porque hay noches que me lo encuentro incluso en el laberinto de las pesadillas, exigiéndome que no lo olvide y que escriba un cuento sobre él, teniéndolo como a protagonista principal. ¿Qué te parece?



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