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Sobre Qaraqara-Charka

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Qaraqara –Charka
Por: Carlos F Toranzos

El título es el nombre del libro escrito por Tristan Platt, Therese Bouysse-Cassagne y Olivia Harris y como subtítulo lleva, Mallku, Inka y Rey en la provincia de Charcas (siglos XV-XVII) Historia antropológica de una confederación aymara. Editorial Plural, Bolivia, 2006. ISBN: 99905-63-77-2, que será presentado en la universidad de Londres el 24 de abril de 2008
Pocas veces uno tiene la suerte de encontrarse de sopetón con un ejemplar de esta naturaleza. Un libro que ya ha logrado una venta increíble y cuyas críticas están a ser leídas con avidez.
No intento hacer una recensión del libro en el sentido clásico de la palabra; más bien es un halago al gran esfuerzo para producir este monumental trabajo.
Los autores son conocidos intelectuales, con prestigio reconocido a nivel universal, son de verdad las referencias necesarias para cualquier tratado de antropología andina, en particular sobre Bolivia. Son autores que han hecho estudios anteriores y publicado un sinnúmero de artículos y libros sobre este tema, sin embargo esta obra es la primera que hace realmente uso de la antropología para ingresar en el campo historiográfico. Es un intento brillantemente bien logrado.
El libro logra llegar al público no especializado, y que se convierte en una referencia necesaria para cualquier intelectual, académico o simplemente interesado en lo que se escribe sobre el siglo XV y su secuela en la Bolivia que hoy conocemos como múltiple y multicultural.
La recopilación de documentos y su “traducción” a lenguaje asequible hace del libro una verdadera joya y una agradable lectura. Enterarse que Bolivia ya tenía sus orígenes actuales en Charkas, que los Pizarro no solo eran brutales guerreros sino inteligentes maniobreros. Que Potosí ya era un centro minero antes de la llegada de los colonizadores, que los jefes Incas hicieron acuerdos con los españoles donde se ponían por delante la integridad de su cultura y la defensa de sus territorios.
¿Qué significación tenían los cerros, el rayo? Potosí formaba parte de Porco, centro minero del incario, ¿a quién pertenecían estos ayllus? Los soldados del Inka eran, según parece, los habitantes de nuestras tierras. Que el quechua fue segunda lengua después del aymara, mas o menos se sabía, pero lo que no se sabia a ciencia cierta eran las áreas en las que se hablaban tanto una como la otra.
La colonia no hizo nada más ni nada menos que seguir los designios de un imperio en expansión y de una religión en lucha contra todas las otras creencias. Los españoles del siglo XV tenían que formar territorios compactos. Tenían que, para esto, manipular, matar, vender y comprar almas y tierras. Sus fortunas en los documentos presentados por los autores, dan una muestra evidente de lo que era no solo la tierra de los Inkas sino de la manera en la que los españoles, un poco como ahora, las tierras eran divididas y usadas
Este libro merece convertirse en la lectura obligatoria de todo boliviano y peruano y chileno y argentino. Es una obra que a pesar de sus 1088 páginas es una joya.
Fuente: www.ecdotica.com


El mundo perdido en Bolivia

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Fawcett. Entre el misterio y la leyenda
Texto: Ricardo Herrera F. | Fotos: Exploración Fawcett/ Ilustraciones: Bryan Fawcett

Sabe algo de Bolivia?”, fue lo primero que le preguntó el presidente de la Real Sociedad Geográfica de Londres al mayor del ejército británico Percy Harrison Fawcett, un día de principios de 1906 en el que lo había convocado a su oficina. “Su historia, como la del Perú, siempre me había fascinado, pero fuera de eso no conocía nada del país, y así le respondí”, recordaría tiempo después el militar, que tres años antes había realizado el trazado de rutas para la Oficina de Guerra de la corona en Marruecos y acababa de completar con éxito el curso de delimitación de fronteras de la Sociedad. Aquella reunión tenía como fin convencerlo para que aceptara la solicitud del Gobierno boliviano que pidió que sea un representante de la prestigiosa institución el que se encargue de la demarcación de los límites con Brasil.
“Naturalmente, yo acepté el ofrecimiento. La romántica historia de las conquistas españolas y portuguesas y el misterio de sus vastas selvas inexploradas hacían que para mí fuera irresistible la tentación de Sudamérica. Tenía que tomar en cuenta a mi esposa y a mi hijo, a otro niño que venía en camino, pero el destino me ordenaba que fuera, de manera que no podía dar una respuesta negativa”, dejó escrito Fawcett en textos que 30 años después su hijo Bryan reunió en el libro Exploración Fawcett.
Tal vez obedeciendo a su destino o por la buena cantidad de libras esterlinas que ofrecía el gobierno de Ismael Montes (o por ambas cosas), el explorador llegó a territorio nacional para iniciar la primera de varias expediciones por las selvas amazónicas que lo convertirían en leyenda. Sobre todo después de su desaparición en 1925, mientras buscaba una ciudad perdida que estaba convencido se encontraba en el Amazonas y que el denominó Z. El enigma de lo que ocurrió con él y sus acompañantes, entre ellos su hijo mayor Jack, sigue siendo un misterio.
Muchas expediciones fracasaron tratando de encontrarlos, e incluso el diario londinense The Times ofreció una recompensa para aquellos que dieran datos confiables sobre su paradero. Buena cantidad de autores también aseguran que Fawcett sirvió de inspiración para los creadores del personaje de Indiana Jones. Sea cierto o no, lo concreto es que la historia del explorador llegará al cine de la mano del actor Brad Pitt, que junto a los estudios Paramount Pictures anunciaron días atrás que producirán la película La ciudad perdida de Z, basada en el relato que David Grann (New Yorker) hizo acerca del militar británico y es muy probable que sea el propio actor el que lo interprete en la pantalla grande.
Con espíritud de aventura
Percy Harrison Fawcett nació en Torquay, Devonshire en 1867 y estudió en la escuela Newton. A los 19 años se enroló en la Real Artillería Británica y fue enviado en su primer destino a Ceylán. Pasaría por otros países antes de llegar a Marruecos, donde trabajó como oficial encubierto. Allí realizó sus primeras expediciones dibujando rutas, y gracias a sus conocimientos de topografía que aprendió en Malta reunió valiosa información para las fuerzas militares. A principios de 1901 se casó con la madre de sus tres únicos hijos. Pudo llevar una vida tranquila y sin contratiempos en su país, pero su espíritu aventurero y cierto misticismo, que era común en su familia, lo impulsó a conocer nuevos lugares y en algunas ocasiones adentrarse en ellos atraído por fuerzas que consideraba mágicas. En Bolivia realizó cuatro expediciones como Jefe Técnico de la Comisión Demarcadora de Límites con Brasil. En el primero de esos viajes descendió por los estrechos caminos que conducen desde La Paz a Rurrenabaque, para luego seguir hacia Riberalta, Villa Bella, Cobija hasta la región fronteriza con Perú y Brasil. Eran épocas en las que aún estaba vigente el comercio de la goma, “los últimos fuegos fatuos de una riqueza que salió de Bolivia sin dejar rastro alguno de progreso positivo”, diría el historiador Humberto Vázquez Machicado, contextualizando el territorio por donde anduvo el inglés, que fue relatando su paso por cada uno de esos lugares. A veces a modo de anecdotario y en otras con una mirada crítica del sistema esclavista al que sometían a sus empleados los empresarios del caucho.
En algunos de sus escritos sus relatos resultan un tanto exagerados y matizados por leyendas que va recogiendo en su recorrido y que bien podrían inspirar alguna escena propia de Indiana Jones, pero son innegables los riesgos y los peligros que tuvo que afrontar en muchas ocasiones. “Por lo menos una vez en la vida de todo hombre, la muerte lo mira directamente en sus ojos y sigue su camino. En el viaje por las selvas nunca está muy lejana. Se muestra en varios aspectos; la mayoría de ellos, terribles, pero algunos aparentemente inofensivos, que apenas se les presta atención, aunque no sean menos mortíferos por eso. Una y otra vez, el encadenamiento de los hechos conduce al límite mismo del desastre y allí se detiene. El vuelo de una flecha, una pulgada de espacio, un segundo de tiempo; de tan insignificantes detalles pende el destino. Puedo recordar muchas escapadas milagrosas en los viajes de Beni, Acre y del Abuná. En cada ocasión pudo haber sido la muerte horrible por lo repentina, violenta y, para nuestra manera de pensar, despiadada”, contó Fawcett a sus familiares.
El mundo perdido en Bolivia
En sus siguientes viajes pasaría por Santa Cruz de la Sierra, Cochabamba y otros sitios del país que también describió como ciudades y en sus costumbres, pero quizás uno de los lugares que más lo cautivó fue sin duda la región suroccidental del Amazonas, territorio que comprende áreas del occidente de Brasil, sudeste de Perú y en Bolivia lo que hoy comprende el Parque Nacional Noel Kempff Mercado. Incluso una de las tres principales cataratas del parque lleva su nombre.
Fueron las descripciones de uno de los sitios del parque, lo que le serviría de material a su amigo el escritor Arthur Conan Doyle (autor de los libros sobre Sherlock Holmes) para escribir El mundo perdido. “Ante nosotros se levantaban las colinas Ricardo Franco (mesetas de Caparú), de cumbres lisas y misteriosas, y con sus flancos cortados por profundas quebradas. Ni el tiempo ni el pie del hombre habían desgastado esas cumbres. Estaban allí como un mundo perdido, pobladas de selvas hasta sus cimas, y la imaginación podía concebir allí los últimos vestigios de una era desaparecida hacía ya mucho tiempo. Aislados de la lucha y de las cambiantes condiciones, los monstruos de la aurora de la existencia humana aún podían habitar esas alturas invariables, aprisionados y protegidos por precipicios inaccesibles. Eso pensó Conan Doyle cuando más tarde, en Londres, yo le mencioné esas colinas y le mostré fotografías. Me habló de la idea para una novela en la América del Sur central y buscaba información, que le proporcioné gustosamente. El fruto en 1912 fue su ‘mundo perdido’, que apareció como folletín en el Strand Magazine y después en forma de libro, consiguiendo amplia popularidad”, comento el explorador.
La última expedición
Cuando se inició la Primera Guerra Mundial, Fawcett no sólo había recorrido buena parte de Bolivia, también había estado en otros países sudamericanos, pero Brasil fue uno de los que más visitó y donde tuvo acceso a un manuscrito que se encuentra en la Biblioteca Nacional de Río de Janeiro y que relata la experiencia de un nativo de Minas Gerais que junto a un grupo de hombres encontraron casi a mediados del siglo XVIII una ciudad perdida que no estaba en ningún registro. Un lugar que, según contaba acogió a una civilización muy desarrollada. A partir de esta lectura, Fawcett fue tratando de encontrar nuevos rastros de lo que denominó la ciudad Z y su idea de realizar una expedición para encontrarla cobró más fuerza después de terminada la guerra, donde él también había participado. A mediados de 1920 consiguió los fondos para realizarla. Decidió que lo acompañara su hijo mayor y un amigo de él, Raleigh Rimell, ambos tenían 25 años y Fawcett 57. En marzo de 1925 el ex soldado y sus jóvenes acompañantes partieron de Cuiabá rumbo a la ciudad Z. El 29 de mayo de ese mismo año la familia recibió la última carta del explorador desde un lugar que no quiso revelar por temor a que otras personas se enteraran. En ella aseguraba contar con la información precisa de la ubicación de la ciudad Z y que en los días siguientes se internarían en la selva para finalmente encontrarla. “No temas que fracasemos…” fueron las últimas palabras para su esposa.
Luego de esa misiva no se supo más de ellos. Fue como si se los hubiese tragado la tierra. Más de 80 años después, aún no se ha podido develar el destino final de esos hombres, y las decenas de expediciones realizadas han fracasado y sólo han ayudado a alimentar nuevas leyendas, como aquella que sostiene que los expedicionarios encontraron la ciudad perdida y decidieron quedarse a vivir en ella felices y contentos en una sociedad que se resiste a darse a conocer. Otra habla de que encontraron la puerta a una dimensión paralela en la que aún viven, incluso hay páginas en Internet que transcriben supuestas conversaciones de Fawcett con una ‘médium’. Algunos más realistas tienen la teoría de que fueron asesinados por indígenas, mientras que otros creen que murieron por alguna enfermedad o atacados por animales salvajes. Tal vez nunca se resuelva el enigma; mientras esto ocurra, seguirá alimentando la imaginación de muchas personas y la figura de Fawcett cada vez se alejará más de la realidad, para convertirse en mito.
Fuente: www.eldeber.com


Acerca de Presidencia sitiada, un libro de Carlos Mesa

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Presidencia sitiada
Por: Roberto E. Finot

Las memorias que sobre su gestión de gobierno ha presentado el ex presidente Carlos Mesa bajo el título de Presidencia sitiada se constituyen en un valiente y oportuno testimonio —muy similar a los que el periodista e historiador nos tenía acostumbrados— en el cual es él el protagonista de una historia que aún no terminamos de asimilar ni de comprender en toda su dimensión.
El país que empezó a surgir a partir del insospechado protagonismo alcanzado por el Movimiento Al Socialismo (MAS) y el establecimiento de la denominada “agenda de octubre” es descrito a partir de la identificación de las actitudes asumidas tanto por el actual presidente Evo Morales como por cada uno de los protagonistas de una historia en la que una buena parte de esos actores siguen desempeñando los mismos o similares roles que terminaron sitiando al Gobierno del ex presidente Carlos Mesa.
Las revelaciones pormenorizadas, sobre todo cuanto aconteció durante ese inmediato pasado, así como el testimonio del círculo más cercano de colaboradores del ex presidente Mesa, en la obra complementaria presentada simultáneamente bajo el título de Un Gobierno de ciudadanos, están destinadas a ayudarnos a reflexionar con mayor precisión y claridad, sobre todo cuanto acontece actualmente en nuestro país, así como sobre el futuro de unidad que debemos empeñarnos en preservar.
El relato comprometido de una visión indudablemente personal de esa historia refleja con precisión los angustiantes meses en los que la confrontación y el afán de perpetuación de las estructuras de poder que se habían mantenido vigentes hasta esa fecha, y que siguen pugnando por imponerse, terminaron por desestabilizar a un gobierno cuyo principal “pecado” fue el de interpretar los genuinos intereses nacionales, por encima de los intereses representados por quienes el ex presidente Mesa identifica como “los vértices de poder cívico y empresarial”, que junto a una evidente manipulación mediática lograron y siguen logrando convertir flagrantes mentiras en verdades que el pueblo acaba creyendo a fuerza de repetirlas.
En la denominada “agenda de octubre”, diseñada por el ex presidente Mesa la noche del 17 de octubre de 2003, efectivamente se llegaron a recoger y a inscribir las demandas de un nuevo pacto social, que sigue pugnando por quedar definitivamente inscrito en el nuevo texto constitucional junto a las autonomías regionales, la profundización de la descentralización y las garantías de una genuina participación y control en la explotación y comercialización de nuestros recursos naturales.
En un plazo dramáticamente breve, la historia descrita en Presidencia sitiada parecería repetirse, pero en esta oportunidad como consecuencia de los incomprensibles e injustificables errores que aparentemente determinaron la renuncia del vocero presidencial Álex Contreras y como consecuencia de la persistencia de las actitudes mantenidas por los mismos actores que sitiaron al ex presidente Carlos Mesa.
El cumplimiento de la “agenda de octubre”, que el presidente Morales hizo suya, continúa manteniéndose como un imperativo ineludible que debe permitirnos empezar la construcción del destino que las alianzas “levantado el nombre de la patria en vano”, y no precisamente el mentado “neoliberalismo”, nos han negado durante los últimos veinte años: el presidente Evo Morales Ayma aún tiene la palabra.
Fuente: www.laprensa.com.bo


Un relato sobre la vida en Rusia de principios de S. XX

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Moscú y la Revolución
Por Javier Claure C. *

Dicen que siempre me encantaba la música. Cuando tenía dos años, mi padre solía venir a mi cuarto y tocaba su violín para que yo quedase dormida. Me fascinaba mucho las melodías que salían de ese armonioso instrumento. Y me cuentan que solía levantar la cabeza, con los ojos bien abiertos, para escuchar la música. Mi padre estaba convencido de que la música sería mi destino. Pero la música no jugó un papel importante en mi vida. A mí más bien me fascinaba el ballet.

Recuerdo muy bien, que una vez estaba de pie, en mi cama, mirando a la pared del frente, donde se mostraba una escena de mucha gente y unas bellas damas bailando ballet. Me gustó mucho esa película y creo que desde entonces empezó mi interés por el ballet.

De niña era tranquila y no me importaba jugar sola. Dicen que era muy sensible y que me impresionaba mucho el sufrimiento de otras personas. Mis padres solían llevarme a pasear por los bellos bulevares y parques de Moscú. Yo tendría unos nueve años en ese entonces. Un cierto día, por casualidad, entramos a una iglesia y vi un crucifijo con un hombre clavado. Me entró mucha curiosidad y pregunté quién era ese hombre con clavos en los pies y las manos. Una persona que estaba a mi lado me contestó: “Jesús, el hijo de Dios”. Y que lo habían crucificado porque otra gente odiaba lo que él predicaba y, además, no creían que era el hijo de Dios. Todo eso me causó pánico y me puse a llorar. Cuando llegamos a casa, mis padres estaban afligidos porque me sentía muy triste. Me llevaron a la cama y me leían cuentos de hadas. Así quede dormida.

Mi padre era checoslovaco de nacionalidad. Había llegado a Rusia en 1892 y tenía algunas dificultades porque era católico. Se conoció con mi madre, Elena Alexándrovna, y más tarde decidieron casarse. De esa manera obtuvo el permiso de residencia. Mi madre, costurera de profesión, nunca quería hablar de su familia, hasta que un día descubrí que mi abuelo, Michail Alexándrovna, fue echado de su familia porque decidió casarse con mi abuela, una mujer que no pertenecía a la aristocracia. Mi familia me contaba que mi abuelo materno era un gran violinista y pertenecía a la orquesta filarmónica del Teatro de Bolshoi. Murió en 1876 a consecuencia de una pulmonía y después de algunos años mi abuela también murió.

Mi madre se crío, entonces, con una familia de comerciantes ricos. En Rusia era una costumbre que la gente de dinero se hiciese cargo de ciertos niños huérfanos. Se les inculcaba a adquirir una educación decente. A los niños se les enseñaba un oficio y a las mujeres a encontrar un buen marido.

Yo tuve una educación muy estricta. Mi madre siempre insistía que la frase “debo hacer” debería formar parte de mi vida. Por eso aprendí muy temprano a no decir “no puedo”. Estaba convencida de que podía hacer todo lo que me proponía. A veces pienso en el pasado, y me sorprendo enormemente de esa forma de pensar. Cuando me hacía algún daño no lloraba por mí misma. Trataba de no preocupar a nadie y mi frase favorita era: “No es nada. En cualquier caso, todo se pasará cuando me case”.

Ni siquiera lloraba por el dolor físico. Una vez cuando estabamos subiendo una montaña, me tropecé y caí unos dos metros abajo. Me hice una herida en la rodilla y no lloré. Siempre pensé que podía aguantar el dolor físico, pero no así los problemas emocionales y el sufrimiento de otras personas. Lloraba por el dolor ajeno.

Cuando tenía unos diez años, decidí hacer algo para ayudar a mi familia. Junté todos mis juguetes y muñecas en una pequeña maleta vieja; y me marché a uno de los mercados de Moscú. Toda la gente me miraba un poco extraño, creían que estaba jugando porque gritaba ofreciendo mi mercancía. Finalmente, logré vender todas esas cosas y creí que me habían pagado bien, pero cuando llegué a casa, mis padres me dijeron que era poco dinero lo que llevaba. De todas maneras, fue una pequeña ayuda de mi parte.

Uno de mis pasatiempos en esa época era robar manzanas del jardín de un vecino. El señor Sergey Sokolov era rico y se había casado cuatro veces. Dicen que tenía 15 hijos. Su casa era un palacio y su jardín lleno de árboles frutales. Mi amiga, Svetlana, se subía a un árbol de manzanas y desde arriba empezaba a llover manzanas, mientras que yo recibía las frutas haciendo una canasta con mi mandil. Una de esas ocasiones, de pronto apareció un hombre alto con un cinto en la mano. Estaba convencida que nos iba a pegar con ese látigo. Le grité a Svetlana para que corriéramos, pero una fuerza extraña se apoderó de mi y quedé quieta. Ahí estaba yo como una estatua con todas las manzanas en mi mandil. El hombre alto era el portero del señor Sokolov y nos advirtió que no volviéramos a trepar al árbol. Después de unos minutos vino Svetlana para recogerme, pero yo seguía en un estado de shock. Hasta que finalmente me acompañó hasta mi casa. Fue una aventura que siempre me acuerdo.

En 1914 pasamos el verano en un lugar llamado Gilindzik a las afueras del Caucasus. Un cierto día se realizaba un concierto en el parque y ahí me puse a bailar ballet. Mi madre me contó que ese día, mientras yo bailaba, una señora se puso a conversar con ella y le comentaba que tenía mucho talento y que debería ir a una academia. Era la señora Madame Devellieré, célebre bailarina de ballet del teatro de Moscú. Aparentemente, los comentarios de la famosa dama causó mucha impresión a mi madre y, por esa razón, empecé en la academia de ballet.

Con el transcurso del tiempo Moscú se iba convirtiendo en algo insoportable. Las noches eran muy tétricas y siempre me daba miedo.

A mediados del año 1916, existían disturbios violentos contra los extranjeros, y eso era un peligro para mi padre porque era considerado como tal. Tenía el pelo oscuro y fácilmente podían confundirlo como judío.

Tres a cuatro veces por semana venían soldados a inspeccionar nuestra casa. Sospechaban que ocultábamos a personas buscadas. Nunca tocaban el timbre. Golpeaban la puerta con la culata de los fusiles y si no se abría rápido, no dudaban en echarla abajo. Yo solía abrir la puerta cada vez que los soldados se hacían presentes en nuestra casa. Mi madre lo decidió así, porque sabía que un soldado ruso jamás podía hacer daño a una niña. Era bien amable y les hacía entrar a los soldados diciéndoles que mi hermana mayor tenía fiebre tifoidea. Era una mentira, por supuesto, para que tuvieran compasión de nosotros. Abrían rápidamente los roperos y luego se marchaban. Nunca nos paso algo malo en esas batidas. Teníamos, seguramente, un ángel de la guarda que nos protegía.

Las condiciones sanitarias de nuestra casa eran muy malas. De alguna manera nos habían invadido piojos y ratones que saltaban por todas partes. Mi madre trataba de combatirlos con agua caliente, pero fracasó.

Ese mismo año, fuimos a visitarle a una tía que vivía en Bogorodskoe, una aldea a unos 200 kilómetros de Moscú. Mis padres tenían una casa de campo allí. Una noche me desperté a causa de tremendos ruidos afuera. Me asomé a la ventana y vi que algunas de las casas, a nuestro alrededor, ardían en llamas. Unos hombres andaban buscando extranjeros, especialmente alemanes y judíos. Por suerte teníamos una empleada en la casa, cuyo nombre era Valentina. Una buena mujer rusa. Ella defendió nuestras vidas esa noche. Salió al balcón con un ícono en la mano y su novio que pertenecía a ejercito ruso. Les gritaba a los malhechores que mi madre era rusa y mi padre checoslovaco. Y que, además, éramos cristianos grecos-ortodoxos. De esa manera nos dejaron libres, pero la atmósfera en Bogorodskoe era muy hostil y decidimos volver a Moscú. Nos fuimos en tren, pero apenas arribamos a destino, nos dimos cuenta que la situación estaba peor. Habían quemando casas y negocios que pertenecían a extranjeros.

Un día paseando por Moscú, anunciaban que el camarada Vladimir Lenin iba a dar un discurso. Yo tenía 13 años, y no entendía muy bien el por qué de tanto desorden social. A pesar de esta falta de conocimiento fui a escuchar las palabras de Lenin. Cuando lo vi, me impresionó bastante aquel hombre pequeño que hablaba con una voz delgada. Decía las cosas con gran seguridad, pero me molestaba cuando hablaba caminando de un lado para otro, con una mano en el bolsillo y con la otra gesticulando.

La vida se iba haciendo difícil; hasta que finalmente, en 1917, estalló la Revolución durante el gobierno de Kerensky. Por aquel entonces, estudiaba en el colegio “Winkler” de Moscú. Un colegio de elite para extranjeros.

Había un caos tremendo en Moscú durante los años de la Revolución. La comida y medicamentos escaseaban. Para comprar un pedazo de pan, o cualquier cosa, había que hacer cola. Cada persona llevaba un número en la espalda y realmente era asombrosa la paciencia de los moscovitas. Alguna gente estaba parada hasta dos días y el pan que se recibía no era de buena calidad.

Los depósitos de trigo y centeno fueron incendiados. Vi cómo esas reservas de alimentos se convirtieron en llamas de fuego. Existía mucha hambre en el pueblo y era muy difícil obtener alimentos. Mis padres tuvieron que vender sus joyas y otras cosas de valor para conseguir comida.

Hacía un frío tremendo y para mantener caliente nuestro departamento tuvimos que quemar, en la estufa hecha por mi padre, algunos muebles de madera.

Mi madre confeccionaba ropa para vender y mi padre viajaba al campo para hacer trueque con los campesinos. A veces retornaba con alimentos, pero otras veces con las manos vacías. Era una situación insoportable y uno tenía que hacer lo imposible para comer. En la casa de un vecino, en Sheremetevo, solíamos plantar patatas y verduras. Así pudimos saciar el hambre por momentos, pero no era suficiente. Se notaba hambre en todas partes. Un día fuimos al mercado a comprar y, de pronto, mi madre exclamó: “Ahora vamos a cocinar una comida rica” y compró carne. Llegamos a casa y preparó la comida, pero notábamos que la carne tenía un olor y sabor raro. Nos sentíamos mal después del almuerzo. Al día siguiente, nos enteramos que alguien estaba vendiendo carne humana. A las afueras de Moscú, en Lubyanka, un campamento que pertenecía a los revolucionarios, se llevaba a cabo la ejecución de prisioneros. Alguien robó un cadáver allí y lo vendió en el mercado como filetes.

Ocurrió algo muy extraño cuando mi padre se encontraba de visita en Sheremetevo. Uno de los vecinos, que era revolucionario, fue asesinado y se armó un gran escándalo. Hicieron una investigación y mi padre, junto a otras personas, fueron a parar a la cárcel en Moscú. La esposa del difunto llegó hasta la cárcel para identificar al asesino, ya que supuestamente ella lo había visto correr. Cuando vio a mi padre, insistió que era él el que saltó la verja y salió corriendo después de que su marido fuera asesinado. Era, naturalmente, una situación terrible para mi padre y toda la familia. Pero afortunadamente, el médico forense señaló que mi padre tenía una rodilla mala que no la podía doblar. Y, por lo tanto, no era el asesino.

Gracias a ese veredicto salió de la prisión. Mi madre solía decir: “si no sabemos la razón del porque, pues Dios lo sabe”. Y eso es muy cierto, mi padre tuvo un accidente en su vida, le quedó mala la rodilla y eso lo salvó.

Una de las escenas de la Revolución que más me impactó, fue la pelea entre un monarca y un revolucionario. Los dos luchaban, frente a frente, sentados en caballos y con sables. Nunca pude olvidar aquel terrible cuadro cuando uno de ellos cortó la cabeza del otro con el sable.

* Esta historia fue contada por una persona que nació en Moscú a principios del siglo pasado. Su hija, una viejecita rusa cultísima que era mi vecina, me deleitaba con sus charlas, historias y anécdotas. Ella me entregó diez hojas que su mamá había escrito en inglés. Hojas ilegibles, ajadas, amarillentas por el tiempo y manchadas con café. El relato que leen arriba, es lo que pude rescatar de ese testimonio. Hoy ella y su madre descansan bajo el cielo de Moscú.


Crítica a Ni con Lima ni con Buenos Aires

Repensar la historia
Por: Andrés Laguna

La semana pasada el importante y conocido historiador José Luís Roca (Santa Ana de Yacuma, 1935) presentó en la Feria Internacional del Libro de Cochabamba su última obra, Ni con Lima ni con Buenos Aires, la formación de un estado nacional en Charcas (Plural Editores), un importantísimo estudio que revisita los momentos fundamentales y fundacionales de nuestro país, además busca refutar algunas afirmaciones que se hacen en los manuales historia y que, comúnmente, no son cuestionadas. Junto a Santiago Espinoza tuvimos la oportunidad de charlar unos cuantos minutos con el autor de este importante libro. Roca es un hombre de una inteligencia notable, la charla fue exquisita por los destellos de erudición del autor y por su sutil sentido del humor. Lo único que lamentamos fue no poder prolongar más nuestro diálogo. A continuación intentaré resumir lo dicho en esa ocasión.
José Luís Roca es un hombre que tiene un larguísima trayectoria y su trabajo es determinante en el proceso de repensar la historia de nuestro país, ha sido embajador, ministro de Estado, Senador, catedrático titular de Historia de América en la Universidad de San Andrés de La Paz, presidente de la Sociedad Boliviana de Historia, miembro de la Academia Boliviana de Historia, de la Sociedad de Estudios Geográficos e Históricos de Santa Cruz y de la Academia Cruceña de Letras.
Ni con Lima ni con Buenos Aires (…) nace de un trabajo de investigación que duró más o menos veintisiete años, durante ese tiempo Roca realizó un cuidadoso estudio historiográfico, muy crítico y reflexivo. Su objetivo principal fue demostrar que la guerra de la independencia, fue un proceso sumamente complejo, en el que entran en juego varios factores distintos a una simple pelea contra España. El análisis está centrado en cómo Charcas, al depender sucesivamente de dos Virreinatos (primero Lima y luego Buenos Aires), buscaba desde siempre tener una relación directa con la monarquía española y no a través de los virreyes. A Roca le interesa demostrar que la constitución del Estado boliviano no fue una casualidad sino que tuvo fundamentos reales y concretos. “Cuando uno quiere a su país, como yo, quiere demostrar que tiene una historia sólida y con méritos. Lo que me interesa es repensar la historia porque nuestra historia oficial tiene mucha influencia del Perú y de la Argentina”, nos confesó el autor. En el libro trata temas fundamentales que aclaran porqué Lima y Buenos Aires se resistieron a la independencia boliviana (por ejemplo, nos comentó como el argentino Belgrano se empecinó en tener control de Cochabamba), se expone la importancia que tuvo la riqueza mineral de Potosí, pero también, factor que se desconoce generalmente, el tributo de los indígenas en este contexto. Roca quiere que los bolivianos seamos concientes que la disputa de los dos virreinatos por Charcas tuvo como contraparte la necesidad independentista de los habitantes de estas tierras. “Hay quienes dicen: ‘Hubiéramos sido un gran país con el Perú’. Pero la gente no quería eso. Después de quince años de lucha ¿qué gracia tenía unirse al Perú que era el enemigo? Esta necesidad de independencia tuvo una consecuencia que se fragua un Estado independiente”, afirma Roca.
Pero además de revisar estos temas fundamentales de la historia nacional a Roca le interesa reivindicar ciertas figuras y eventos que fueron ignorados o calumniados en la historia oficial. Así, por ejemplo, nos explicó que en su libro redibuja la figura de Olañeta, “Decían que Olañeta era realista, lo que es una afirmación artificial. Yo la combato a muerte en este trabajo. Olañeta fue uno de los personajes determinantes e importantes para la constitución del Estado boliviano”. También nos habló de la necesidad de comenzar a escudriñar en la historia de las regiones (en ese sentido aplaudió el trabajó de historiadores como Gustavo Rodríguez Ostria), en el caso cochabambino le presta especial a la no tan famosa, pero notable republiqueta de Ayopaya (de la que conocemos algunos detalles gracias a los formidables escritos del “Tambor” Vargas), que según Roca fue fundamental en el proceso de la independencia nacional.
No debemos olvidar que la historia de los países responde a las necesidades socio temporales del mismo, escribimos nuestros relatos para construir proyectos nacionales. En la coyuntura actual todo intento por reescribir nuestra historia, todo intento por dilucidar con claridad cuales son los elementos que constituyen al ser nacional son un acto de generosidad y de amor. José Luís Roca con su libro Ni con Lima ni con Buenos Aires, la formación de un estado nacional en Charcas ha hecho un esfuerzo notable en ese camino. Entonces, recomendar enérgicamente este libro es una obligación.
[Fuente: www.opinion.com.bo]




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