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Vidas imaginarias


Herencias en Bolaño
Por: Christian J. Kanahuaty

Debo reconocer que desde que vi la película Roma de Adolfo Aristarain estuve pendiente de la aparición, en librerías o en puestos de libros de segunda mano, del libro Vidas imaginarias de Marcel Schwob, libros casi de culto, y que no encontré hasta hace una semana.

El libro llegó a mis manos, de nuevo, gracias a Don Jaime Nistauz; lo visité en su puesto de libros y volvimos a conversar de nuestros escritos, hablamos de nuestros amigos y recordamos pasajes de libros que nos habían gustado, él como siempre tratando de que yo leyera más policiales y yo sin saber explicarle con certeza qué tipo de libros eran los que me gustaban, porque decirle que las novelas intimistas o las de aventuras o las del tipo de novelas que escriben Fadanelli, Volpi, Auster, Barrico, Tabucchi, Tolstoi, Echenique, Fresán, etc. me parecía que era lo mismo que guardar silencio.

Así que le pregunté si tenía novedades, buscó y me pasó como unos cuatro libros pero se dio cuenta que no hacían eco en mí, así que me dijo que tenía Vidas imaginarias, casi salto porque siempre que lo visito le pregunto si tiene ese libro, aunque está última vez pregunté primero por la Montaña mágica sin duda persuadido por Mann luego de haber leído ese fantástico libro La novela de una novela; pero en fin, la cuestión es que buscó un poco entre sus libros y revistas y ahí estaba, primera edición en lengua española, editorial Seix Barral de España. Entonces lo compré.

Y aquí es a dónde quería llegar. Ese libro fue leído y alabado por personas como Jorge Luis Borges, Bioy Cásares y Alfonso Reyes. Y todos ellos escribieron libros que trajeron resonancias de ese extraño e imaginativo volumen, pero, fue casi en la mitad del libro que me di cuenta que Bolaño también lo había utilizado como caja de herramientas en Entre paréntesis. Bolaño cita a Schwob sólo para decirnos que Borges, Reyes y otros más son herederos de él, y quizás también, sin quererlo, también lo es el primer libro de cuentos de Rodrigo Fresán Historia argentina, pero él mismo Bolaño evita decir que Literatura nazi en América, su tercer libro, es una nueva puesta en escena de lo que planteó Schwob en su libro.

Ya hemos dicho muchas veces que Bolaño era más que un escritor, un lector y que ahí radicaba su fuerza y su aparente y sutil valentía. El valor de Bolaño no estaba en ir a Chile –por accidente- antes del golpe del 73, ni estaba en ser guardaparques, ni en vender lencería y bisutería, no, sí un poco estaba fundada en el hecho de haber quemado sus naves innumerables veces en busca del amor o del libro proyectado. Pero me parece que el verdadero valor de Bolaño y su valentía está en poner en duda el valor de la literatura desde la literatura en cada una de sus novelas y en particular con La literatura nazi en América. Que como decíamos tiene un fuerte eco de Schwob; un eco que lo hace poner en escena historias de personas inexistentes que estuvieron ligadas al mundo del arte durante buena parte de la mitad del siglo XX y más precisamente durante todo el advenimiento del nazismo en Europa y en América, tanto es así que algunos de los personajes retratados por Bolaño guardan entre sus más íntimos tesoros fotos con Adolfo Hitler.

Es un libro extraño, sin duda, pero más extraño aún es no haber reparado mucho en él, sí, en Bolaño se cumple la sentencia que dice que fue de menor a mayor y que cada libro suyo fue mejor que el anterior, pero habría que investigar en la obra de Bolaño para encontrar todos los juegos y guiños metaliterarios que establece y que encubre, la literatura con él siempre estará en entredicho, siempre se la criticará y siempre se la reactualizará y por ello Bolaño es un autor nuevo que parece ser de otro tiempo.

Bolaño puede no decirte que la fórmula para narrar la aprendió de tal o cual escritor, pero te lo muestra en el texto, en el verdadero lugar en que se hace literatura: dentro de un libro. Como hemos podido leer en sus entrevistas Bolaño no sólo era un polemista sino que se empecinaba en dar la contraria, y eran, ahora que lo pienso, defensas de un escritor que aún no se sentía por completo seguro de lo que había hecho, porque no era de los que creen en los halagos, era más bien de los que creen en lo desafortunado que es ser escritor en estas tierras. Y es por ello, que el 2666 al ser leído en clave “historia de la literatura” termina siendo un buen expediente de lo que la literatura en palabras grandes muestra y esconde en sus líneas mayores. Y también es por eso que se encargaba de dar listados de autores antes que “consejos sobre el arte de escribir cuentos”; a Bolaño, como a cualquiera de nosotros, le gustaba que lo lean, no que le pregunten ¿Cómo funciona la literatura y cómo se hace para escribir un buen cuento y en qué medida sus novelas son autobiográficas? No, esas preguntas a Bolaño le despertaban ideas más que respuestas, pero eran ideas que se trabajaban en el tiempo. No en la entrevista efímera, sino en el libro perdurable.

Por ello las reactualizaciones, los intertextos, la metaliteratura, la literatura por la literatura desde la literatura y para la literatura. Y ahí como Schwob la literatura es el momento, más que el lugar, de decir lo que no se dijo antes y de reír aunque no se tengas ganas de reír y sobre todo, de volver hacia el pasado cuando todo en el mundo te obliga para ir hacia adelante.

Fuente: Ecdótica

Música para rinocerontes


Los rinocerontes de Terranova
Por: Wilmer Urrelo Zárate

Debo confesar que me gustan los libros raros. Los inclasificables. Me refiero a aquellos que ya la gente pasó al olvido y no los recuerda ni por si acaso. Esos libros que fueron creación de personas ya descartadas por el tiempo y por la literatura llamada «seria». (Eça de Queiroz nos vemos en el cielo). ¿Las razones? No las sé. Puede ser por la esperanza de hallar una gran sorpresa o bien un enorme desencanto. Ya lo dije: lo raro me gusta. Me atrae sin contemplaciones.

Algo así me pasó con Música para rinocerontes (Editorial El Cuervo, 2010) de Juan Terranova. El autor es argentino, nacido en 1975, porteño (pero buena gente, me dijeron). Tiene ya en su carrera un buen número de títulos, sobre todo novelas, aunque también le dio por el lado de la poesía y la crónica. Sin embargo, acá en Bolivia lo empezamos a conocer por estos ¿relatos?, ¿cuentitos?, ¿principios de ensayo?

Ahí, en esas incógnitas, está parte de la fuerza de Música para rinocerontes. Se trata de una serie de doce «historias» a secas que componen este libro. Títulos, de inicio, estrambóticos y por lo tanto desconcertantes: «Una remera con la cara de Stalin», «¿Dónde están los delfines?», «Hombres que saltan en jaulas de animales salvajes». Casi todas estas «historias» tienen como trasfondo a la melancolía, a la gente sola, dos temas que, dicho sea de paso, empiezan a ponerse no sé si de moda, pero sí de «estoy a la orden para lo que usted guste, señor» en aquellos escritores menores de cincuenta años.

Lo bueno es que ambos aspectos están presentes con lucidez en las «historias» de Terranova. Muchas de ellas tienen que ver con lo cotidiano, también, con la vida periodística (y una frase, ojo, lapidaria y premonitoria para todo aquel que desee dedicarse a los medios de comunicación: «Se lo veía feliz de haber dejado el periodismo») o bien con aquellas películas que de niños entusiasmaron tanto a los que ya somos peligrosamente treintañeros: «El planeta de los simios», por ejemplo, de lejos la mejor «historia» de este libro.

Se refiere, por su puesto, a esa obra maestra que fue la primera versión del film (la más contemporánea es mejor olvidarla). Fue gratificante cómo gracias a esta «historia» pude recordar parte de mi niñez olvidada: yo quería convertirme, y ya mismo, en un simio al terminar de ver por primera vez la peli en cuestión; aunque lo malo del efecto Terranova es que me di cuenta ahora, con tristeza y resignación, una veintena de años después, que lo logré.

Y también está aquella imagen del final del largometraje que vuelve siempre a mi mente cuando pasan esas irritantes imágenes turísticas de EE. UU. (¿la fantasía erótica de Bin Laden y de los movimientos sociales?); obvio, me refiero a la Estatua de la Libertad hundida en el mar, derrotada, casi inexistente, un símbolo de que no todo es eterno. Y Terranova rescata esa clave en su esencia, no sólo a lo largo de esta «historia», sino, sobre todo, por una frase que me dejó helado: «…El planeta de los simios es una contradicción del peronismo».

Por suerte, el libro vale la pena ser leído también por Fuego chino, La máquina idiota y Pornopunk.

De manera que lo irresistible reside, pues, en lo desconcertante del argumento de cada pequeña «historia». No me refiero al efecto sorpresa que ya todos conocemos sino al hecho de preguntarte de pronto en medio de la lectura lo siguiente: «¿cómo no se me ocurrió que podía escribirse de esto antes?». En fin, son «historias» que se las disfruta por su rapidez, aunque ante todo por descolocarnos en medio de una realidad que cada día que pasa se parece más a un cuartel militar.
Eso sí, no entendí (una banalidad, ya lo sé) por qué llamarla Música para rinocerontes. ¿Valdrá la pena averiguarlo? Si se puede ojalá alguien me saque de la duda.

Fuente: Ecdótica

Un grande entre los nuestros: David (y no Goliath) Mondacca


Cuando el artista es el personaje
Por: Marcelo Paz Soldán
Fotografía: Fernando Cuellar


“Pero hay algo en una narración, una historia, que siempre estará vigente. Yo no creo que los hombres se cansen de contar o escuchar historias. Si esto se acompaña con el placer de que a uno le cuenten una historia tenemos el placer adicional de la dignidad del verso, entonces algo grande habrá pasado”.

Jorge Luis Borges – This craft of verse

N. del E. Este sábado 28, a horas 21:00, David Mondacca hará un fragmento de la obra de Teatro El santo del cuerno en el Salón de Honor de la XV Feria Internacional del Libro de La Paz. Quedan todos invitados y, posteriormente, David estará firmando ejemplares de No le digas y El santo del cuerno.

Conocí a David Mondacca el 2004, en La Paz, cuando con Luis. H. Antezana J. (Cachín) investigábamos acerca de la vida de Jaime Saenz para el libro digital La bodega de Jaime Saenz (2005). Cachín me lo presentó en el Café Ciudad de la Plaza del Estudiante de La Paz. Yo portaba mi cámara fotográfica, ya que una de las intenciones que teníamos era recorrer esa La Paz descrita en Imágenes Paceñas (1979). David no reparó para nada en mí. Intervenía en raras ocasiones y él volvía de manera insistente a hablar con Cachín, como si yo no existiera o no fuera parte de la conversación. Yo tenía referencias de Mondacca ya que había vivido trece años en La Paz, pero él no tenía ni la menor idea de quién yo era (él ciertamente se encontraba en desventaja). Sin embargo, tampoco conocía todo lo que Mondacca había hecho con la obra de Saenz y estaba a punto de descubrirlo, lo que cambiaría mi vida de manera definitiva. Ya luego él se enteró que yo era el coautor del libro, y no el fotógrafo que creyó trajo Cachín (yo, a cada rato, les sacaba fotos casi en primer plano a ambos) para ilustrar el libro que hacíamos. Él, con el tiempo, se convertiría en un actor relevante del libro que hicimos.

Me quedé unos días más en La Paz y tuvimos tiempo de conversar y hablar de la obra de Saenz. Me impresionó lo mucho que había hecho, pero el poco material que quedaba disponible, uno de los eternos males de los bolivianos, esa falta de memoria, lo que no debemos dejar que suceda. Mondacca había hecho No le digas (1999), Santiago de Machaca (2001), De madera hermano, de madera (2003), Los cuartos (2005), Don Carlos (2005). Su productora/amiga/cómplice, Claudia Andrade, había guardado algunos VHS que pronto nos encargamos de digitalizar y luego comprimir para luego utilizar. A veces pienso que, si bien La bodega es un libro homenaje a la vida del poeta paceño, es también un homenaje implícito a la labor de Mondacca y su rescate de la obra de Saenz.

Mondacca se encargaba de mostrarnos, visualmente, lo que Saenz nos contaba. Creaba un mundo de ficción. ¿Pero qué es la ficción? Jorge Volpi, en su ensayo “Novelas, virus y medios” (2004) nos recuerda que lo contrario de la verdad es la mentira, pero la ficción no es lo contrario de la verdad por más que esté construida como una mentira intencional; la ficción no busca preservar en el engaño, sino construir una verdad distinta, autónoma y coherente con sus propias reglas. De allí que, con su afán pragmático de siempre, los anglosajones prefieren decir que lo contrario de la ficción es, simplemente, la no – ficción. Por ejemplo, una novela como Luna caliente (1984), de Mempo Gardinelli, no es una historia que a él le ha sucedido, y por tanto no es verdad. Sin embargo, tampoco podemos decir que es mentira, por tanto, la obra se queda en una especie de limbo literario, de esas que están flotando. Muchos lectores comienzan a ver con desconfianza a los autores tratando de descubrir qué de lo que cuentan en sus historias son verdades que le han ocurrido a él y qué son fruto de su imaginación —lo que ellos insisten en llamar “licencias literarias.”

En el teatro, sin embargo, el actor personifica libremente a los personajes que han sido creados por el mismo o por otros. Vemos a David transformarse en los personajes que crea incluso si otro es el autor, es una especie de traductor que interpreta el texto y a su personaje y, a partir de ellos, crea uno propio. Mondacca me contaba que incluso los personajes, una vez creados e interpretados por él, iban adquiriendo personalidad propia. Ariel Mustafá, uno de los autores de los que David ha interpretado a un personaje de uno de sus cuentos, me decía, no sin cierta incertidumbre, que el personaje que David había creado de uno de sus textos no era lo que él quería decir. Cuando le pregunté a Mondacca sobre el tema, me dijo que ni él mismo ya no tenía control de los personajes, que estos tomaban vida propia.

Por ejemplo, en su obra de teatro En Amores que matan, en la que interpreta a personajes creados por autores bolivianos como Ramón Rocha Monroy, Edmundo Paz Soldán, Ariel Mustafá y Giovanna Rivero, David se transforma, deja de ser él, para convertirse en el personaje que representa.

La primera vez que vi No le digas, en VHS, me llamó la atención el hecho de que Mondacca había logrado personificar al mismo Saenz y a los personajes creados por este lo que Cachín/Paz Soldán dijeron en la Bodega de Jaime Saenz: “Como verá el lector, David Mondacca ha sido pieza clave para poder ilustrar varios personajes de Jaime Saenz y […] al propio Saenz”. Mondacca era entonces capaz de convertirse en el propio Saenz y a la vez personificar los personajes que este había creado en distintos libros, como La Piedra Imán (1989) que contiene varias anécdotas relativas al propio autor. Pero Mondacca, pronto lo sabría, no se quedaba ahí, en el mero representar, sino que él creaba sus propios personajes. Es así que creó memorables personajes como el de Aurora, basado en textos de Ramón Rocha Monroy o Ariel Mustafá o el de Giovanna Rivero.

La herencia que ha dejado Jaime Saenz procede de su poesía, principalmente, y de él como personaje. Hemos podido conocer la poesía de Saenz por las publicaciones y reediciones, pero al Saenz personaje, para aquellos que no lo conocimos, lo hemos descubierto gracias a Mondacca. Es innegable la influencia de la poesía de Saenz en la narrativa, pero Saenz como personaje mitológico de la urbe paceña se la debemos en buena parte a Mondacca actor. Gracias a David sabemos, o al menos intuimos, cómo hablaba Saenz, cómo caminaba, cómo fumaba, cómo vestía.

Mondacca leía a autores nacionales (y escritores de afuera), transformaba sus obras, las adaptaba al teatro, los representaba. Con esto quedamos en deuda con él. Asimismo era profesor de dramaturgia, enseñaba a sus alumnos de la Universidad Católica Boliviana y El Alto a actuar y poner en escena las obras de su creación o los ayudaba a crear sus propias historias e interpretarlas. Una labor tan grande y exhaustiva que el teatro boliviano le debe mucho.

Pero Mondacca se llenó de Saenz y no podemos negar su influencia en Mondacca actor. Mondacca se ha llenado de Saenz y a partir del maestro ha creado sus propios mitos urbanos. Saenz creó el aparapita con su saco lleno de remiendos como la ciudad misma y Mondacca crea ahora el lustra y a partir de él lo simboliza como mito paceño en El Santo del cuerno, obra que ahora se presenta.

El Santo del cuerno gana el Premio Nacional de dramaturgia Adolfo Costa du Rels en el 2008, obra en la que Mondacca crea distintos personajes, todos ellos zapateros, no necesariamente unidos entre sí. Existe, sin embargo, un personaje central que es un lustrabotas, que por un azar de la vida muere y se convierte a su vez en el santo de los lustras. Los lustras, como el aparapita de Saenz, son indudablemente personajes de la urbe paceña. Es raro verlos con sus pasamontañas, cubriendo su rostro ya que muchos no quieren mostrar su cara debido a que estudian o tienen otro tipo de actividad. Mondacca, sin embargo, les quita el pasamontañas, los descubre para nosotros, los saca del anonimato para que estos tomen vida propia en El Santo del cuerno. Al prologar este libro, en nombre de Editorial Nuevo Milenio, no sólo espero que el lector disfrute de él, sino, también, sea un justo homenaje a David Mondacca, a su placer por narrarnos historias, por dejarnos verlas, disfrutar de ellas y ahora contárnoslas por escrito dejando, junto a la memoria de sus presentaciones teatrales, un legado literario para la narrativa boliviana.

Fuente: Editorial Nuevo Milenio

Se devela el misterio de Tocnolencias


Tocnolencias’, último inédito de Saenz, se lanza en la FIL
Por: Liliana Carrillo
Foto: Marcelo Paz Soldán

Tocnolencias, del poeta paceño Jaime Saenz, estará en circulación desde mañana sábado 21 de agosto, presentándose en el marco de la XV Feria Internacional del Libro de La Paz, lo que se convertirá en un verdadero ‘mito develado’ ya que muchos hemos oído hablar del libro, pero muy pocos, los afortunados, lo han leído.

Tocnolencias, la última obra inédita del escritor Jaime Saenz, es una de las joyas que se presentará en la XV FIL.

Escritos a fines de los años 70, los 26 relatos de Tocnolencias permanecieron inéditos por más de tres décadas, aunque su propio autor hizo varias revisiones del índice con miras a su publicación. Con el tiempo y la muerte de Saenz, el libro pasó a alimentar el mito.

“Salieron algunas versiones de los textos, no autorizadas, dispersas”, explica Mauricio Souza, editor de Plural. Finalmente, la familia del autor de Felipe Delgado decide publicar el último libro inédito del emblemático escritor paceño con un objetivo claro: “Es necesario que circule una versión corregida y definitiva de la obra”.

Rebeldes, como la obra entera de don Jaime, los textos de Tocnolencias omiten los signos de puntuación y se rigen sólo por su ritmo. El resultado es “una prosa torrencial, con herencias de un lenguaje paceño. Tiene textos poéticos que dialogan con diatribas políticas”, define Souza.

“Hay, en la construcción de Tocnolencias, ecos de El escalpelo (1955), primer libro de Saenz. Pero hay sobre todo un deliberado regreso a personajes, experiencias y espacios que ya es imposible pensar sino como sanzeanos. Si Alcides Arguedas, Franz Tamayo, Anton Bruckner o Idi Amín son el objeto de algunos de estos relatos, también lo son Miguel Hirbajando (una calavera), Antenor Pérez-Hita (creador de palabras), Benedicto Sinceros (de una antipatía atractiva), Taticatus (inventor contemplativo), Agapito Tarquino (minero) o un aparapita (‘tal un poeta de verdad y sin poemas’, según lo define el relato ‘Quién no quisiera’)”, explica el literato Leonardo García Pabón en el prólogo del obra.

Fuente: La Razón

Tercera edición de Las máscaras de la nada, veinte años después


Prólogo a la tercera edición de Las máscaras de la nada
Edmundo Paz Soldán

Hoy, 10 de agosto de 2010, a las 7:00 PM en el auditorio de Los Tiempos –Plaza Quintanilla, Cochabamba, Bolivia–, Edmundo Paz Soldán firmará ejemplares de la tercera edición de su primer libro Las máscaras de la nada que se publicó por primera vez, bajo el sello Los amigos del libro, en 1990. A continuación los dejamos con el prólogo del libro de cuentos

A principios de 1985 me fui a la Argentina a estudiar ingeniería en petróleos. Cuando pienso que durante todo un año me dediqué a hacer algo que no me gustaba en lo más mínimo, siento cierta compasión por el adolescente confundido que alguna vez fui. Digo cierta, porque uno no debería tener pena de sus errores; debería, más bien, asumirlos, y ni siquiera verlos como errores. De alguna manera, los caminos equivocados que alguna vez tomamos son los que luego sirvieron para convertirnos en lo que somos.

Ese año de ingeniería en Mendoza, lejos del mundo protector de la Cochabamba de mi infancia y adolescencia, con pocos amigos cerca y lejos de mi familia, salía a divertirme poco. Me quedaba hasta tarde resolviendo problemas de cálculo y álgebra. Y leía. Comencé a coleccionar una colección de clásicos de Seix Barral que se vendían en los quioscos. Me deslumbré con Santuario, me encantó la obra de Henry Miller.

Ese año de crisis y confusión, sin embargo, el autor más importante para mí fue Ernesto Sábato. No lo he vuelto a leer, pero entonces, a los diecinueve, un libro como Abbadón el exterminador podía cambiarme la vida. En esa novela, cuya trama hoy invento libremente, uno de los personajes principales, un trasunto del mismo Sábato, es un científico que vive soñando con el arte (la pintura, en su caso). Un día, en el laboratorio en el que trabaja, se produce un accidente debido a que el científico se hallaba perdido en la ensoñación de su mundo artístico. Este accidente lo lleva a cuestionar su vocación, y a abandonar la ciencia para seguir sus inclinaciones artísticas.

Cuando terminé la novela, se me ocurrió que yo me hallaba ante el mismo dilema. Y llegué a la conclusión de que debía abandonar la ingeniería. Igual, lo raro fue que no me hubiera metido de golpe a una carrera literaria. En 1986 me fui a Buenos Aires a estudiar Relaciones Internacionales, lo cual, supuse, me permitiría estar más inmerso en el mundo de los libros. Comencé a ir de oyente a clases de literatura en la Universidad de Buenos Aires (U.B.A.)

Mi cambio de carrera me hizo bien. De pronto, tenía mucho tiempo libre para pasear por librerías y cafés. Comencé una novela. Rellené por cuenta propia mis huecos en la lectura de los clásicos. Fueron años de Camus, Faulkner, Hemingway, Carpentier, Onetti. Como la novela no iba a ninguna parte, me puse a escribir cuentos breves. Me atraían las alegorías morales de Kafka, que solían ser de una o dos páginas. Quería el cinismo de Onetti, la desazón existencial de Camus y los fuegos artificiales de los finales de Cortázar. Quería muchas cosas en muy poco espacio. No me interesaba tanto el desarrollo de los personajes ni la evocación de un espacio geográfico; lo que sí me parecía fundamental era la trama. Y así fue como yo, que era de los que pensaban que para ser un escritor uno debía escribir una novela, me convertí en un cuentista.

En las ferias del libro de Buenos Aires me dejaba impresionar ante tanta pasión lectura, y cuando veía chicos de mi edad que querían ser escritores, me visitaba una envidia saludable y me preguntaba por qué ellos sí y yo no. En esas ferias tuve la oportunidad de entrevistar a escritores importantes a quienes veía de lejos desde Bolivia, como monstruos intocables –Bioy Casares, José Donoso, el mismo Sábato. A todos ellos les preguntaba cosas que me interesaban como escritor más que como periodista; ¿qué libros le recomendaría a un joven lector? ¿Qué consejos le daría a un adolescente que quiere convertirse en escritor? Para entonces, yo me había olvidado de las limitaciones de mi medio, que decían que ser escritor no era una opción válida para mí. Y tampoco me preocupaba mucho saber que estaba estudiando Relaciones Internacionales, que en los papeles esa carrera podía llevarme a derroteros alejados de la literatura. Después de todo, cuando me preguntaban qué haría una vez terminada la licenciatura, yo decía que quería volver a Bolivia e ingresar al servicio diplomático, pero, cuando pensaba en términos más realistas, decía que la política en Bolivia terminaría por ganarle la partida a la literatura, y que era muy probable que yo me convirtiera en un político más.

De todos los escritores que conocí en Buenos Aires, el más importante desde el punto de vista de mi vocación fue José Donoso. Uno de los grandes del Boom, el escritor chileno asistía regularmente a las ferias del libro, pues tenía un numeroso grupo de lectores en Buenos Aires. Todas las noches de la feria de 1988, durante dos semanas, se lo podía ver sentado en la caseta de Seix Barral, a veces firmando ejemplares o hablando con alguno de los escritores que se le acercaban a brindarle sus respetos o a dejarle su manuscrito, a veces solo. Le pedí una entrevista y me sorprendió que aceptara dármela. Después, cuando vio, a través de mis preguntas, mi deseo transparente de convertirme en escritor, me dijo que podía acercarme a charlar con él cuando quisiera. Así, durante dos semanas, yo llegaba a la feria del libro e iba directamente a la caseta de Seix Barral. Buscaba una silla y me sentaba al lado de Donoso, que me presentaba a escritores importantes y hablaba conmigo mientras atendía a la gente. Me habló de escritores que yo no conocía (Henry James, el barón Corvo), expresó su frustración ante el éxito de Vargas Llosa (sus últimas novelas eran “pan y circo” para las masas, decía), me dio consejos, me tomó en serio.
En esos días, creí haber terminado el manuscrito de mi primer libro de cuentos. Se llamaba Cristales en la noche y se lo entregué a Donoso. Al poco tiempo, con él ya en Chile, recibí una escueta nota suya, en la que me decía que había terminado el manuscrito, que le había parecido muy flojo, pero que no me desanimara. Volví a leer el manuscrito, constaté que Donoso tenía razón, me deshice de la mayoría de los cuentos, y con los sobrevivientes inicié un nuevo manuscrito. Debía continuar, pues recordaba una de las lecciones de Donoso, que me había dicho que todos podían escribir, pero que lo que él consideraba escribir, era en verdad reescribir. Debía retrabajar los manuscritos, corregir, pelearme frente a la máquina de escribir.

Durante mis años porteños gané, con “La transformación”, un concurso de cuento en la universidad de El Salvador, donde yo estudiaba. Eso fue un aliciente enorme para mi autoestima. No importaba que se tratara de un concurso de una universidad que no tenía una carrera relevante de literatura; lo fundamental era que había ganado algo en esa ciudad que admiraba tanto como me intimidaba. Eso, pensé, me validaba como escritor, al igual que el hecho de que la revista Puro Cuento, que dirigía el escritor argentino Mempo Giardinelli, decidiera publicar tres de mis cuentos breves.

Hacia 1988, había asumido al fin mi vocación literaria en Buenos Aires. Podía sentirme un escritor de verdad. Incluso había enviado el manuscrito de Cristales en la noche a una editorial en Cochabamba, Los Amigos del Libro. Don Werner Guttentag se mostró interesado, pero dictaminó que sólo una sección del libro era rescatable. Ese mismo año me fui a estudiar a los Estados Unidos y continué escribiendo cuentos. A mediados de 1989, sentí que tenía un libro listo, al que esta vez titulé Las máscaras de la nada. Don Werner aceptó el manuscrito, y me dijo que saldría al año siguiente, con prólogo de Adolfo Cáceres Romero. De pronto me sentí menos solo: era mi primer libro, pero mucha gente me apoyaba para convertirlo en realidad. Estaba listo para la siguiente etapa de mi vida. O al menos eso creía.

Fuente: Editorial Nuevo Milenio



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