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Pesquisa policial en el Cusco el Rey de Bartolomé Leal

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Bartolomé Leal: Pesquisa policial en el Cusco
Por: Ramón Díaz Eterovic

La narrativa del escritor chileno Bartolomé Leal está definida por su apego a la novela negra, y en especial a una de sus corrientes denominada el policial etnológico, que junto con el desarrollo de alguna pesquisa criminal se preocupa de profundizar en factores de tipo racial o explorar en las condiciones de marginalidad en la que sobreviven algunos pueblos y culturas originarias. Dentro de esta línea y de manera paralela a las novelas escritas en conjunto con Eugenio Díaz y firmadas con el seudónimo de Mauro Yberra, Bartolomé Leal publicó hace algunos años su novela Linchamiento de negro, ambientada en un país africano, y luego Morir en La Paz, publicada en España por la Editorial Umbriel y posteriormente traducida al alemán. Su último trabajo, editado a fines del año 2007 en Bolivia, es la novela En el Cusco el Rey, situada en el Perú y con una trama centrada en el robo y comercio ilícito de pinturas coloniales que forman parte del patrimonio cultural peruano.
En el Cusco el Rey gira en torno a José Leal Cocharcas, un limeño que fue criado por los microbuseros de una línea que lleva ese mismo nombre y que con el devenir de los años se ha convertido en un experto en arte colonial y en una suerte de investigador privado que no rehuye el peligro cuando se trata de indagar negociados ilícitos o certificar la autenticidad de una obra de arte. El experto recibe la solicitud de un amigo sacerdote para que se encargue de investigar el robo de algunas pinturas religiosas mal conservadas en la iglesia de un poblado próximo al Cusco, y a partir de eso se desencadena una investigación en la que participa una galería atractiva de personajes y que lleva al descubrimiento de una pandilla chileno-brasilera dedicada al robo y contrabando de obras artísticas.
Bartolomé Leal narra con gracia y fluidez. Conoce los códigos del género policial y los desarrolla generando un genuino y permanente suspenso. También introduce al lector en los ambientes pueblerinos en el que viven los personajes y en el conocimiento de distintos antecedentes relacionados con la cultura cusqueña. Descripciones de pueblos y paisajes, comentarios sobre expresiones artísticas, y referencias políticas dan peso a esta novela que junto con la intriga policial tiene su fuerza en el mundo que recrea, y en la personalidad del protagonista y otros personajes secundarios que son desarrollados con buenas pinceladas y dosificado humor. En una época en la que la narrativa parece centrarse en espacios urbanos, Bartolomé Leal propone una mirada hacia ambientes pueblerinos donde la vida se desarrolla de manera precaria, pero más marcada por la autenticidad y el apego a las tradiciones. Una vida aparentemente plácida, pero no exenta de marcadas injusticias ni alejada de la mano del crimen, como queda demostrada en esta novela en la que su autor se muestra una vez más fiel a su estilo y a los temas etnológicos que caracterizan a su ya amplia producción literaria.
Fuente: Publicado en la Revista Punto Final N° 657
Santiago, 7 al 21 de marzo de 2008.


La trascendencia cultural y la vigencia crean los clásicos bolivianos

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La trascendencia cultural y la vigencia crean los clásicos bolivianos
Por: Martín Zelaya Sánchez

(Nataniel Aguirre, Franz Tamayo, Adela Zamudio, por un lado, Jaime Saenz, Oscar Cerruto y Ricardo Jaimes Freire, por otro, destacan en la lista de escritores nacionales canónicos)
“No debemos olvidar –nos dice Luis H. Antezana- que la noción de “clásico” se aplica en general a todas las artes. (Hasta, dicho sea de paso, el fútbol: Bolívar vs. The Strongest es un clásico). Se dice que, en literatura, un clásico es un libro que se conoce sin necesidad de haberlo leído, en otras palabras, es un valor cultural socialmente instituido”.
Los libros y autores que en Bolivia gozan de este epíteto son, -según se deja entrever por la opinión del filólogo orureño y de los literatos y académicos Omar Rocha y Cleverth Cárdenas- los que marcaron un giro temático o estilístico (Oscar Cerruto o Marcelo Quiroga Santa Cruz), y también son los que casi todos conocen, pero muy pocos leen, en lo que se asemejan, además, a los clásicos a nivel mundial.
Pero a la hora de hablar de este punto, llama la atención el toparnos con dos “tipos” de clásicos, los que todo el mundo conoce, los que trascienden del campo de las letras y se hacen patrimonio de dominio público (Nataniel Aguirre, y sus Heroínas de la Coronilla, Franz Tamayo, que está en un billete y nomina a la Casa de la Cultura de La Paz, como lo hacen también Adela Zamudio y Raúl Otero Reich, en Cochabamba y Santa Cruz, respectivamente), y los que descubre y trata aún de instaurar la academia: Ricardo Jaimes Freire, Arturo Borda, Jaime Saenz y Oscar Cerruto, entre otros.
Por otro lado, en Bolivia, hasta los años 80, todos los libros y autores considerados clásicos, formaban parte de la currícula de lecturas en los colegios, que, por consiguiente, pasó a ser algo así como una referencia a la hora de hacer clasificaciones. Pero desde la última década del siglo pasado, la arbitrariedad de los maestros que pasó a comandar la selección de lecturas de sus alumnos (la última lista oficial del Ministerio de Educación data de 1975) rompió este esquema al punto de que hoy en día, los más leídos en las aulas son los textos de autoayuda.
Factores
Para Cárdenas, “hay un factor que es básico para transformar un libro en clásico: su etiquetación en un contexto histórico y literario exacto. Se trata de ese tipo de textos bisagra que marcan una época, una tendencia una corriente literaria y se constituyen en referentes”.
Es aquí donde el docente de la Carrera de Literatura menciona a Cerco de Penumbras, de Oscar Cerruto, que hace 50 años, significó “el cambio de una época” en la temática y estilo de las letras nacionales.
“Otro factor determinante –interviene Rocha- es la disponibilidad, existen autores que son muy conocidos, no leídos porque no se tiene acceso a su obra, menciono como ejemplo a René Bascopé Aspiazu y Arturo Borda, si bien se sabe en el medio que su obra es importante, no se tienen acceso a ella porque son textos imposibles de encontrar, incluso en el famoso pasaje Huarina”.
En la introducción de su Hacia una Historia crítica de la literatura en Bolivia, Blanca Wiethuchter y Alba María Paz Soldán, señalan que “para construir una historia de la literatura en Bolivia, se propuso una nueva lectura de las obras y de las relaciones que establecen entre ellas, para lograr una perspectiva histórica propiamente literaria y no solamente una enumeración de obras o un aval para el canon establecido (…) En ese camino, pudimos actualizar obras y autores que habían quedado en el olvido, sobre todo en los de la crítica de los últimos 30 años”.
Es decir: el tiempo es un importante incidente a la hora de configurar los elegidos. Rocha acota: “esto es muy dinámico y depende de factores externos. Hoy las exigencias de recepción son distintas a las de otros años, se incorporan obras, nombres, se diluyen otras y otros. El peligro de los clásicos de esta época es que se mezclan con el proceso capitalista de superproducción y consumo; parece contradictorio, pero los objetos se reemplazan sin que se haya producido una real operación de sustitución, pasa en la música y pasa en la literatura, pasa en el arte en general, tenemos que estar atentos”.
La vigencia, que según Cárdenas “posibilita al texto ser leído una y otra vez, al grado de producir diversos estudios, y la aceptación del público, pues para Rocha “si una obra no es vendida ni conocida es muy difícil que pueda convertirse en un clásico” son otros puntos a tomar en cuenta.


Ulysses de James Joyce

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128 años del viajero sin patria: Ulises
Por: Darwin Pinto

Dios era un gran ruido en la calle… Dios era un rayo que caía sobre las casas y entraba por las ventanas sin pedir permiso. Eso lo llenaba de terror en sus años de infancia y lo hacía encerrarse en los armarios y hablar consigo mismo, lo hacía monologar interiormente, lo entrenaba para ser el creador de una de las prosas más complejas del idioma inglés y uno de los escritores más llamativos del mundo.
Hijo de un padre irresponsable, borracho y anticlerical, y de una madre ferozmente católica y demasiado débil, como buen irlandés, James Joyce era un ser humano de ésos que entienden las cosas a su manera y les importa un comino pararse a pensar cómo complacer a los que no lo entienden y se quedan por detrás ladrando su descontento.
Sólo así se puede entender que haya popularizado, pese a las críticas, el estilo literario del monólogo interior, que tiene su máxima expresión en su novela Ulises, escrita con estilos diferentes en cada uno de sus capítulos.
A James Joyce, acostumbrado a lidiar con los demonios interiores de su amor desmedido a su padre alcohólico y al desdén por su madre católica, jamás le hicieron mella las críticas feroces de detractores de elevados quilates, como la de la escritora inglesa Virginia Wolf, que cierta vez lo calificó de “pobre proletario ignorante”. Su frivolidad céltica lo hizo sobrevivir al dolor físico que le causaba su ceguera provocada por el alcohol barato y a la miseria de su vida, que desde el principio fue la triste crónica de un alma sosegada en una marcha inevitable hacia la decandencia y la autodestrucción.
Pese a su extraña característica de caerle mal a la gente de su época, el tiempo le dio la razón. El 2 de febrero este dublinés, que se autoexilió de su país y se declaró ciudadano de sí mismo, hubiera cumplido 128 años de no haber muerto en 1941 por una complicación en las entrañas, casi ciego y sin patria en un hospital de pobres de Zurich (Suiza). Extraña coincidencia, allí iría a morir en 1986 Jorge Luis Borges, uno de los estudiosos más importantes de la obra de Joyce.
Ulises
Aún su familia no había perdido lo poco de dignidad que le restaba tras el descalabro emocional del padre de los 11 niños. Cuando el pequeño James en la escuela escuchó el relato de su maestro sobre las aventuras de Ulises, el personaje de Homero que aparece tanto en la Iliada como en la Odisea. Odiseo, que es el otro nombre de Ulises, eran un griego que no tenía la fuerza del rey Agamenón, ni la fiereza de Aquiles, pero tuvo la audacia de idear la estrategia de entrar en la sitiada Troya en el interior de un gran caballo de madera.
Cuando el maestro preguntó a los chicos con qué héroe de la historia homérica se identificaban, el chico Joyce dijo simplemente: Ulises, que en nada se parecía a los musculosos héroes homéricos.
Ulises (Ulysses) novela experimental en la que intentó que cada uno de sus episodios o aventuras no sólo condicionara, sino también “generara” su propia técnica literaria: así, al lado del “flujo de conciencia” o monólogo interior (básicamente se trata de escribir lo que se piensa en estados de duermevela) se encuentran capítulos escritos al modo periodístico, teatral, el ensayo científico, o incluso imitando las series de preguntas y respuestas de los catecismos.
Sus ataques a las instituciones, principalmente a la Iglesia católica y al Estado, son continuas, y muchos de sus pasajes fueron declarados obscenos por sus contemporáneos.
Las fobias
Joyce, hermano mayor en una familia católica irlandesa (minoría dominada por el protestantismo en un país desgarrado por la ocupación inglesa), detestaba el rugby, el boxeo, la lucha, los deportes de contacto físico que para los ingleses servían para dominar el temperamento, pero le gustaba la natación. Le aterrorizaban los truenos, porque a él le habían enseñado desde niño que Dios era un gran ruido en la calle y justificaba sus arranques de pánico en las jornadas de tormenta diciendo que los rayos entraban en las casas sin pedir permiso. Al preguntársele por el porqué de su temor a las tormentas cuando niño, mientras que sus hijos no, James respondió: “Ah, ellos no tienen religión”.
Fuente: El deber / Brújula. Edición del sábado 28 de enero de 2008


Sobre el premio de novela cochabambino

Una tormenta en un Vaso Valluno de Agua
Por: Arturo von Vacano

(Por lo fuerte de las palabras de Celso Montaño, el aludido ganador del premio de novela que convocó el municipio de Cochabamba, este espacio decidió eliminar su artículo en contra de uno de los jueces, Adolfo Cáceres. Sin embargo, la polémica está lejos de acabarse. A continuación una nota de Arturo von Vacano)
Bolivia entera se conmueve estos días con la polémica feroz que intenta iniciar el desconocido autor Celso Montaño Balderrama contra el más conocido autor, profesor y crítico Adolfo Cáceres Romero, ambos vallunos, a mi mejor saber y entender.
La causa de este odioso enfrentamiento es un concurso de novela manejado con los pies por la municipalidad de Cochabamba, concurso en el que participaron dos gatos y cuatro jueces, uno de los cuales se desayunó tarde cuando se decidió el Premio Marcelo Quiroga Santa Cruz, que antes se llamó Néstor Taboada Terán pero cambió de nombre cuando algún avivado de esa municipalidad se enteró de que Néstor Taboada Terán es paceño y no cochala aunque es vecino del Valle, datos que ignoraba el valluno ignorante y municipal mal informado que bautizó este premio.
El caso es que el autor premiado entre gallos y medianoche por tres de los cuatro jueces, este Celso Montaño Balderrama, ha estallado como bomba de siete kilos porque el juez al que dejaron sin desayunar, Adolfo Cáceres Romero, dijo dos o tres frases a la prensa que dejan mal parado al premio aquel, a la obra ganadora y a nadie más.
El pecado de Cáceres Romero es el siguiente, publicado por él mismo en una nota que explica con algún detalle este lío de enorme repercusión internacional. Dice Cáceres que dijo a la prensa sobre la obra de Montaño que “…además, era la obra que menos méritos novelísticos tenía. En sí es un alegato perogrullesco, con trazas de manifiesto demagógico. Cansa y aburre su lectura, por lo reiterativo de sus juicios, con adjetivos al granel” o algo parecido. Habrá que preguntar cómo habrá sido la otra.
Este juicio, al que Cáceres tiene todo el derecho del mundo, provocó una reacción tan absurda como desmedida de parte del novel autor, cuya obra es, claro, totalmente desconocida todavía para los 17 lectores de novelas que se sabe viven en Cochabamba: lo más probable es que todavía no se haya publicado.
La tal reacción se compone de dos páginas en las que se refiere al abolengo de ambos contendores con el más cuidadoso detalle posible, imaginando una estirpe para Cáceres y otro para Montaño quien, como autor de ese disparate, se proclama un Inca de las letras, la historia, la política y, creo, la física nuclear del Ecuador, Bolivia y cualquier territorio próximo o lejano.
Hijo del Sol (¿Cómo lo sabe? ¿Ha preguntado al Sol?) y autodesignado descendiente de la más preclaras familias de este valle extenso de lagrimas desde que Adán era cadete, Montaño Balderrama, un ilustre desconocido hasta este instante, se gasta más de 700 palabras en su ardiente tontería antes de tomar resuello y dejar caer, exhausto, su afiebrada pluma. Es lamentable decirlo, pero ni así presenta prueba alguna de lo que afirma en su papel. Deberemos contentarnos con su palabra, pues, y creerle pariente de la sangre más azul que se diera entre los Incas de merecida fama. Como no nos cuesta nada, declaremos que le creemos. Hoy tenemos otro Inca en Cochabamba, y deberíamos celebrarlo de algún modo.
Es lástima que, a pesar de su abolengo, no se hayan arreglado sus parientes para darle un poquitín más de educación elemental, armado de la cual se hubiera enterado antes de ganar un premio entre gallos y medianoche de las realidades que ahora anoto.
La primera y la más importante es que la ilustre familia que se atribuye este Montaño Balderrama no le servirá de nada en el campo de las letras. Si su obra resulta una porquería, será una porquería útil sólo para avergonzar a sus antepasados, ante los cuales deberá hacer algún sacrificio para ser reconocido una vez más. Montaño Balderrama debería saber ya que los apellidos de alcurnia, como la piel, el color de los ojos y los sesos que llevamos entre oreja y oreja son obra del azar, no nos eligen ni los elegimos, y por tanto son usados sólo por los tontos de capirote que carecen de cualidades personales hasta un extremo inaudito, ese en el que nos dicen: “Yo seré un idiota, pero mi abuelo era general. Respéteme por ser nieto de mi abuelo”.
Otra verdad es aquella que confiere plena independencia a un libro apenas deja las manos de su autor para irse a la imprenta. Tan pronto abandona el estudio de su padre espiritual, cada libro es independiente, vive su propia vida y no pertenece nunca más, en el sentido profundo de la palabra, a su autor. Vive y muere por virtudes o vicios propios sin que su autor pueda hacer nada para cambiar su suerte.
Es necesario anotar para beneficio de polemizadores de este calibre que todo libro, una vez publicado o presentado a un concurso, como es este caso, queda abierto y dispuesto y merecedor de todo tipo de opiniones, denuestos, groserías y maldades provenientes de las especie humana y de otras especies también. Publicar o tratar de publicar significa entregar la obra y, a menudo, el autor, a la opinión de los seis mil millones de bípedos que asfixian el planeta. Cada autor reconoce y cede ese derecho. Muchos buscan esas opiniones. Algunos las compran. Unos pocos las hallan sin haber movido un dedo para provocarlas. Pero todo autor con experiencia sabe que lo indicado en estos casos es aceptar y hasta agradecer tales opiniones, digan lo que digan.
Esta ley no escrita que rige entre los caballeros de la pluma es vigente desde antes de que Adán fuera cadete, de modo que la ignorancia en este aspecto de Montaño Balderrama es chocante y sorprendente, por decir lo menos. ¿Qué pasará luego, cuando la opinión general, la Vox Populi que es la Voz de Dios, coincida con la opinión de Cáceres Romero sobre la obra de Montaño Balderrama? Dos factores parecen indicar que así sucederá: la opinión de Cáceres, que no es ningún novato, y la reacción desmedida de Montaño Balderrama que aquí comento y que dice mucho de su calibre como escritor.
Habrá notado mi amable lector que no defiendo ni por un minuto a Cáceres Romero. He estado con él cuatro veces en mi vida y me reservo mi opinión sobre él y su obra para otro momento, como he hecho siempre desde 1970 cuando de obras y autores se trata. No creo que necesite de defensor alguno. Lo que necesitará será un poderoso digestivo para apaciguar la rabieta que este episodio le causará. Pero, en fin: ¿Quién le manda a meterse en esos líos?
Lo interesante de este episodio es que delata el feroz atraso en que se hallan nuestras letras y quienes hacen su ambiente. No sólo pudo escribir Montaño Balderrama el disparate que comento, sino que la prensa se apresuró a acogerlo y provocar un cacareo de gallinas del que salen malparados el Valle, en primer lugar, y los escritores y lectores de los componentes de este lío ínfimo sin importancia alguna.
Es cierto que casi todos los escritores son unos divos celosos y envidiosos, pero algunos hay que se las arreglan para ocultar esos vicios y para mostrarse civilizados aunque les cueste. Después de todo, se supone que los escritores hacen la cultura de un país. Sólo queda por decir que el papel de Montaño Balderrama que comento no sirve a nuestra cultura sino que atenta contra ella. Si tal papel es una hoja de su rábano, ¿que podremos esperar del rábano entero? Para muestra basta un botón.


Ensayo sobre En el Cusco el rey de Bartolomé Leal

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En el Cusco el rey de Bartolomé Leal
Por: Nicolo Gligo V.

Bartolomé Leal nuevamente nos sorprende con una novela ambientada en el mundo andino. Hace poco más de un año atrás este autor a través de Morir en La Paz, un thriller de crímenes e intrigas premiado en España y traducido en Alemania, penetraba con fuerza en la descripción de costumbres y paisajes como si fuera un avezado ciudadano boliviano.
En En el Cusco el Rey, Pepe, como llaman al autor, ahora en Perú, vuelve a penetrar en ese mundo de altura tan lleno de tradiciones, costumbres y valores, tan atado a sus especiales condiciones físicas y ecológicas. Y logra empaparse de la idiosincrasia, de los ritos, de la fuerza telúrica del paisaje, hasta del aire liviano y transparente. Para ello, el autor, no cabe duda, tiene que estar enamorado del mundo andino, pues nadie que no ame a esta geografía podría describirla con tanto acierto y tan lúcidamente.
La novela rescata un conflicto histórico aún vigente: el saqueo de la riqueza precolombina y colonial a que se ha sometido a esta tierra. Y precisamente se va tejiendo la trama de esta historia a través del robo de pinturas coloniales. Lo más probable es que el autor ideó su novela en algunos de sus muchos viajes a la región, cuando le tocó en carne propia recibir las ilícitas ofertas de venta de algún auténtico cuadro colonial.
El tema de las falsificaciones está tratado con profundidad, como si el autor fuera un perito, pues da una serie de antecedentes prolijamente expuestos. No es fácil descubrir falsificaciones, y menos falsificadores y traficantes. Esto hace más interesante aún la novela. Los conventos, los curas, los seminaristas, transitan con sus conflictos vitales. Y las mujeres no podían estar ausentes. El erótico y descarnado fin de fiesta final con las dos elegidas no puede ser más espectacular en sus descripciones y tratamientos diferenciados. Da la impresión de que En el Cusco el rey revive en los frenéticos ritmos de temblor y sexo. Loas al autor.
El comienzo de cada capítulo es una interpretación sui generis, a veces irónica, en la que se describe a un santo o a una figura sagrada de algún supuesto cuadro. Más loas.
En resumen, una gran novela y una llamada de atención para los de adentro, pues alguien desde afuera revive un drama policial que está permanentemente sucediendo.
Fuemte: www.ecdotica.com




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