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Fragmento de La virgen de los deseos

La virgen de los deseos (fragmento)
Por: Néstor Taboada Terán

Entre pintores anda el juego. Coubert pintó la vagina con un negro y prominente monte de Venus sobre la abertura rosa, pintura que se exhibe en el Musee d’Orsay de París. El Ilion y el Isqion unidos. La gruta prodigiosa que sirve para dar paso al líquido excrementicio de color amarillo cetrino que, secretado en los riñones, pasa a la vejiga de donde es expelido fuera del cuerpo, comúnmente cubierto a los ojos indiscretos con polleras amplias. Coubert creó un regressus ad uterum.
Las damas caniculares la pintan, la maquillan, la cooperan con vibradores que las mantienen en su elasticidad de los años juveniles. En la vagina están todos los pueblos, todos los mitos y toda la poesía del universo.
Conducto estático, infinito y colosal, cauteloso y avieso, en un lecho burgués de sedas aguardando con la paciencia de Job. O mejor, con la lenta perseverancia de un oso hormiguero de larga lengua tendida. La apoteosis de la carnalidad lleva la idea de una relación corporal implícita, y así lo entendió Yeni. Y por eso me lo envió por correo certificado. El canal llega al útero y se abre en la vulva. Bóveda en cañón, vaina ensanchada. Vampiro que chupa todas las sangres. Estupenda chawadora, extractora de jugos. Ahí está revelada con creces el enigma de la mujer. El origen del mundo, ha dicho Coubert.
Para halagar a esta concha divina hay que ponerse de pie como se suele hacer para entonar la canción nacional. Sublime qorichupila, vagina de oro, que se muestra atenta aguardando al Comendador. Materia pródiga, sustancia sideral que se hace por sí misma. Caudal de bienes y estimación. Compendio de dicha ungida al concierto de los cielos, al sueño de los peces. Por loco fanatismo muchos ilustres dignatarios de Estado se han visto transformados en fugitivos de la justicia. O derrotados entre barrotes de extrema seguridad. Cubriendo deslices de la condición humana con el manto sagrado de las Indulgencias, emboscados en medio de costumbres y leyes ladinas. El milagro de la caducidad de delitos para abrir cuentas nuevas diciendo aquí no ha pasado nada. Visto lo visto. Que no se haya visto antes que lo hiciera Gustavo Coubert, ni nadie, la vagina de la Gioconda, no quiere decir que no existía. Tanto ha protegido su rostro Monna Lisa que no ha sido menos su dedicación por velar lo que llevaba debajo de su bombacha. Y lo que es ahora menester alabar sus cualidades y méritos.
Vida y obra
Néstor Taboada Terán nació en La Paz el 8 de septiembre de 1929. Escritor e historiador con más de 70 títulos de novela, cuento, ensayo, crónica de viaje, historia y enciclopedia publicados.
Sus obras más destacadas son Ollantay: la guerra de los dioses; Angelina Yupanki, marquesa de la conquista; Manchay Puytu, el amor que quiso ocultar Dios; El precio del estaño; El signo escalonado; La tempestad y la sombra, y No disparen contra el Papa. Entre otros numerosos galardones, recibió el Premio Nacional de Literatura, en 1964; Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores, 1978; Premio Nacional de Cuento Franz Tamayo, 1979, y Premio Nacional de Novela Erich Guttentag, 1989.
Fuente: www.laprensa.com.bo


Fragmento de La toma del manuscrito

La toma del manuscrito (fragmento)
Por: Sebastián Antezana Quiroga

(Fragmento del Manual de consejos para los viajeros de los desiertos, cedido gentilmente por “el catálogo del desierto” a Q., en ocasión del encuentro que sostuvieron con posterioridad a la toma subrepticia de fotografías, a orillas del lago Tanganika, pocos minutos después de pasado el crepúsculo) “… y sin nunca olvidarlo, porque de lo contrario las tormentas serán su ruina y las arenas su tumba. Además, es definitivo que, ya sea en polifacético dromedario de giba simple, en su primo doblemente protuberante o incluso en caballo agobiado y horizontal, la única forma recomendable de trasladarse en los desiertos es montado en cuadrúpedos de largo aliento. La vastedad inconmensurable de arenas y dunas, como cualquier viajante avezado conoce, no muestra misericordia alguna con aquellos que deciden emprender la travesía a pie. Ni el ahogo, ni el envenenamiento, ni la locura ni la enfermedad producen en el hombre peores consecuencias que aquellas motivadas por las torturas de la sed y el sol implacable y desgarrador de nuestros enormes descampados, por lo que la sensatez y un mínimo de sentido común obligan a aquel que desee internarse en el más reseco de los mares a utilizar como medio de transporte a uno de estos animales —la mayor parte de las veces, para evitar desmayos que pueden costar extravíos e incluso muertes, es necesario que el viajero se amarre fuertemente a su montura, confiando en que su instinto animal y su resistencia a toda prueba lo conducirán a buen puerto si llegara a perder el sentido—. Desde el Mediterráneo hasta el África negra, desde el Atlántico hasta el Mar Rojo, los desiertos implacables prolongan su aridez haciendo que la subsistencia en ellos sea poco menos que imposible. Solamente una preparación metódica, una planificación cuidadosa y serena, son capaces de garantizar el éxito de las travesías. Como paso inicial de toda empresa, otra vez, se debe pensar en primer lugar en los medios de locomoción; acto seguido toca meditar sobre la preservación física y mental, e instantáneamente le sobreviene a uno la interrogante: ¿cómo hacer acopio de líquidos y cómo preservarlos? La respuesta llega rotunda por sí sola pues, en la mayor parte de los casos, no debe utilizarse el plural. Casi exclusivamente el agua debe ocupar las botas, sacos, cantimploras, garrafas, barriles y demás contenedores que se utilizarán, ya que, en su gran mayoría, ingestiones de otro tipo conseguirían distraer momentáneamente la sed pero nunca sofocarla. Un dato debe regir en todo momento las acciones del viajero: en ningún caso, bajo ninguna circunstancia, exceptuando aguda mordedura de reptil y sutil relámpago de artrópodo, debe utilizarse ni ingerirse alcohol. La deshidratación proveniente de su consumo conduce invariablemente a la eliminación. Agua, entonces, y no otras bebidas, debe prepararse en grandes cantidades para aguantar los rigores del sol y la sequedad del terreno (…).
Vida y obra
Sebastián Antezana Quiroga nació el 11 de diciembre de 1982 en México DF, mientras sus padres estaban en el exilio. Tiene nacionalidad boliviana y vivió gran parte de su vida en La Paz. Es licenciado en Literatura por la Universidad Mayor de San Andrés, 2006. Desde 2005 trabajó como editor y corrector de estilo de publicaciones de varios proyectos e instituciones.
Publicó el drama Las cositas del Riñón en la revista La lagartija emplumada No. 2 y varias historias en cuatro números de Acción Cómic en 2004, varios cuentos en el tomo Réquiem para once y La ironía en los crucigramas, cuento merecedor de una mención en el Primer Concurso de Cuento Corto Policial, patrocinado por
La Prensa, en 2003, y diversos poemas y cuentos publicados en suplementos literarios y libros de educación escolar de la Editorial Santillana.
Fuente: www.laprensa.com.bo


Avances editoriales

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Río Fugitivo de Edmundo Paz Soldán en edición española
LIBROS DEL ASTEROIDE

En la ciudad boliviana de Cochabamba una clase de muchachos inicia su último curso en el Don Bosco, un colegio privado y católico al que asisten sobre todo hijos de familias acomodadas.
Las borracheras, los primeros escarceos con las drogas y el sexo, las fanfarronadas, y las continuas faltas de disciplina son algunos de los ritos de paso con que los alumnos intentan, sin saberlo, afirmar su individualidad y liquidar su adolescencia. Al fondo, ligeramente atenuada por los muros del colegio, aparece la realidad boliviana de los ochenta: huelgas, inestabilidad política, racismo, desigualdades sociales, etcétera. De todo ello va dando cuenta Roby, el narrador de la novela: aprendiz de escritor y cronista oficial del curso, autor de novelitas policíacas y fanzines subversivos que circulan de mano en mano. Cuando la muerte de una persona cercana le sorprende, las certidumbres en las que hasta entonces se apoyaba -familia, colegio, amigos- se tornan irreales; en su intento por resolver el enigma de la muerte, Roby buscará su camino hacia la madurez.
Novela finalista del premio Rómulo Gallegos, hasta ahora inédita en España, y crónica sentimental de toda una generación, Río Fugitivo es el libro que confirmó a Edmundo Paz Soldán como uno de los valores más sólidos de la reciente literatura latinoamericana.

Capítulo 1
En aquellos días ya lejanos -pero todavía recuperables para mi memoria-, yo pensaba en el crimen perfecto. Un crimen que sucediera en las primeras páginas de una novela, preferiblemente en un cuarto cerrado, de manera que detective y lector tuvieran que aguzar el ingenio para descubrir al criminal que, por otra parte, debía ser alguien del que nadie sospechara, pero que, una vez descubierto, obligaría a decir al lector «cómo no lo pensé antes». Un crimen que fuera capaz de sostener toda la trama de una historia, poblado de pistas y detalles a su alrededor, todo debía reverberar, cualquier detalle debía estar cargado de múltiples significados: por qué se detuvo el reloj de péndulo del comedor a las once y cincuenta y tres de la noche, qué hacía esa corbata roja tirada en el piso al lado del muerto, por qué no ladró Hércules esa aciaga noche de tormenta, tan incapaz Hércules de hacer otra cosa que ladrar en las noches de tormenta. Un crimen perfecto sólo hasta el último capítulo, porque al final se descubre, descubrimos todos, que ningún crimen es perfecto. Si lo fuera no habría novela, el invento no se entiende sin el accidente, las pistas están ahí para que al final cobren sentido en una estructura general, la pregunta del porqué debe ser respondida, las muertes sin solución están exiliadas en el torpe y transitorio mundo en el que habitamos todos.
Pensaba en el crimen perfecto ese lunes, a las ocho y media de la mañana, en el que los alumnos de los ciclos Intermedio y Medio del Don Bosco nos encontrábamos formados en el patio del colegio, entonando el himno nacional. «Es ya libre, ya libre este suelo», era el primer día de clases «y ya cesó su servil condición». La bandera tricolor era izada lentamente por Cardona, el mejor alumno de mi curso, de ese curso al que me asomaba con expectativa el primer día del último año. Bandera e himno al mismo tiempo, toda la parafernalia simbólica de la nación mientras el Conejo Zambrana mascaba chicle y Lanza seguro que pensaba en Michelle y alguien decía «el que baña a su hermana paralítica tiene el secreto de la inmortalidad» y Chino le daba un codazo al Borracho Gómez y le contaba que esa tarde se iba a tirar a su empleada y Aldunate revisaba su maleta en busca de su tablero de ajedrez y Murciélago no paraba de mencionar su flamante chamarra Members Only y Camaleón decía que el domingo había visto Risky Business con Tom Cruise y le había parecido alucinante y Torres comentaba que se acababa de comprar el casete de Cindy Lauper, Girls Just Wanna Have Fun, y el Salvaje se acomodaba la cristalería y yo pensaba en el crimen perfecto. Nublado cielo de marzo, día de aire inmóvil, «y en sus aras, de nuevo juremos, morir antes que esclavos vivir, morir antes que esclavos vivir, morir antes que esclavos vivir».
Fuente: http://www.elboomeran.com/obra/56/rio-fugitivo/


Pesquisa policial en el Cusco el Rey de Bartolomé Leal

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Bartolomé Leal: Pesquisa policial en el Cusco
Por: Ramón Díaz Eterovic

La narrativa del escritor chileno Bartolomé Leal está definida por su apego a la novela negra, y en especial a una de sus corrientes denominada el policial etnológico, que junto con el desarrollo de alguna pesquisa criminal se preocupa de profundizar en factores de tipo racial o explorar en las condiciones de marginalidad en la que sobreviven algunos pueblos y culturas originarias. Dentro de esta línea y de manera paralela a las novelas escritas en conjunto con Eugenio Díaz y firmadas con el seudónimo de Mauro Yberra, Bartolomé Leal publicó hace algunos años su novela Linchamiento de negro, ambientada en un país africano, y luego Morir en La Paz, publicada en España por la Editorial Umbriel y posteriormente traducida al alemán. Su último trabajo, editado a fines del año 2007 en Bolivia, es la novela En el Cusco el Rey, situada en el Perú y con una trama centrada en el robo y comercio ilícito de pinturas coloniales que forman parte del patrimonio cultural peruano.
En el Cusco el Rey gira en torno a José Leal Cocharcas, un limeño que fue criado por los microbuseros de una línea que lleva ese mismo nombre y que con el devenir de los años se ha convertido en un experto en arte colonial y en una suerte de investigador privado que no rehuye el peligro cuando se trata de indagar negociados ilícitos o certificar la autenticidad de una obra de arte. El experto recibe la solicitud de un amigo sacerdote para que se encargue de investigar el robo de algunas pinturas religiosas mal conservadas en la iglesia de un poblado próximo al Cusco, y a partir de eso se desencadena una investigación en la que participa una galería atractiva de personajes y que lleva al descubrimiento de una pandilla chileno-brasilera dedicada al robo y contrabando de obras artísticas.
Bartolomé Leal narra con gracia y fluidez. Conoce los códigos del género policial y los desarrolla generando un genuino y permanente suspenso. También introduce al lector en los ambientes pueblerinos en el que viven los personajes y en el conocimiento de distintos antecedentes relacionados con la cultura cusqueña. Descripciones de pueblos y paisajes, comentarios sobre expresiones artísticas, y referencias políticas dan peso a esta novela que junto con la intriga policial tiene su fuerza en el mundo que recrea, y en la personalidad del protagonista y otros personajes secundarios que son desarrollados con buenas pinceladas y dosificado humor. En una época en la que la narrativa parece centrarse en espacios urbanos, Bartolomé Leal propone una mirada hacia ambientes pueblerinos donde la vida se desarrolla de manera precaria, pero más marcada por la autenticidad y el apego a las tradiciones. Una vida aparentemente plácida, pero no exenta de marcadas injusticias ni alejada de la mano del crimen, como queda demostrada en esta novela en la que su autor se muestra una vez más fiel a su estilo y a los temas etnológicos que caracterizan a su ya amplia producción literaria.
Fuente: Publicado en la Revista Punto Final N° 657
Santiago, 7 al 21 de marzo de 2008.


Critica a Palacio Quemado en El País de España

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Palacio Quemado de Edmundo Paz Soldán
Por: J. Ernesto Ayala-Dip

No son casuales las palabras que Edmundo Paz Soldán utiliza de Stendhal para el pórtico de Palacio Quemado.
“Estamos a punto de hablar de asuntos muy feos”, reza la cita extraída de La Cartuja de Parma. No son casuales siendo la nueva novela del escritor boliviano un relato político, político en el sentido que lo son en el fondo las novelas del francés. La hechura moral de Óscar, el narrador, se aproxima bastante a los héroes stendhalianos. Individuos que transitan como equilibristas, sobreviviendo en el fragor de las contradicciones sociales e ideológicas en las que están incrustados. El Palacio Quemado, para que el lector se haga una idea de lo que leerá, es el equivalente más cercano a la Casa Blanca, la Casa Rosada, Moncloa, sedes todas de sus respectivos gobiernos nacionales. Paz Soldán nos habla de las interioridades del gobierno boliviano (casi con la misma transparencia descriptiva que los espectadores pudieron experimentar en una serie televisiva como El ala oeste de la Casa Blanca) en una de sus últimas crisis políticas (con la diferencia de que en estos países, las crisis cuestan vidas humanas, casi siempre pertenecientesa una misma clase social), inmediatamente anterior a la llegada al poder del líder indigenista Evo Morales. Un fino hilo argumental, la sustancia subjetiva e intrahistórica del relato, va guiando los pasos del personaje central, que no del protagonista porque éste es la historia reciente de Bolivia.
Óscar es quien escribe los discursos del presidente. Como tal, es un testigo privilegiado del presente histórico de su país. Pero además, es el testigo contradictoriamente doliente y a la vez pasivo de las corruptelas y la ineptitud política de algunos dirigentes.
Nose abstengan de leer esta novela los lectores exigentes. Y, sobre todo, todas aquellas personas que quieran conocer de cerca la maquinaria interna de una casa en la que se supone que descansan los destinos de los ciudadanos de un país.
Fuente: El País. Babelia. 02.02.08


Ulysses de James Joyce

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128 años del viajero sin patria: Ulises
Por: Darwin Pinto

Dios era un gran ruido en la calle… Dios era un rayo que caía sobre las casas y entraba por las ventanas sin pedir permiso. Eso lo llenaba de terror en sus años de infancia y lo hacía encerrarse en los armarios y hablar consigo mismo, lo hacía monologar interiormente, lo entrenaba para ser el creador de una de las prosas más complejas del idioma inglés y uno de los escritores más llamativos del mundo.
Hijo de un padre irresponsable, borracho y anticlerical, y de una madre ferozmente católica y demasiado débil, como buen irlandés, James Joyce era un ser humano de ésos que entienden las cosas a su manera y les importa un comino pararse a pensar cómo complacer a los que no lo entienden y se quedan por detrás ladrando su descontento.
Sólo así se puede entender que haya popularizado, pese a las críticas, el estilo literario del monólogo interior, que tiene su máxima expresión en su novela Ulises, escrita con estilos diferentes en cada uno de sus capítulos.
A James Joyce, acostumbrado a lidiar con los demonios interiores de su amor desmedido a su padre alcohólico y al desdén por su madre católica, jamás le hicieron mella las críticas feroces de detractores de elevados quilates, como la de la escritora inglesa Virginia Wolf, que cierta vez lo calificó de “pobre proletario ignorante”. Su frivolidad céltica lo hizo sobrevivir al dolor físico que le causaba su ceguera provocada por el alcohol barato y a la miseria de su vida, que desde el principio fue la triste crónica de un alma sosegada en una marcha inevitable hacia la decandencia y la autodestrucción.
Pese a su extraña característica de caerle mal a la gente de su época, el tiempo le dio la razón. El 2 de febrero este dublinés, que se autoexilió de su país y se declaró ciudadano de sí mismo, hubiera cumplido 128 años de no haber muerto en 1941 por una complicación en las entrañas, casi ciego y sin patria en un hospital de pobres de Zurich (Suiza). Extraña coincidencia, allí iría a morir en 1986 Jorge Luis Borges, uno de los estudiosos más importantes de la obra de Joyce.
Ulises
Aún su familia no había perdido lo poco de dignidad que le restaba tras el descalabro emocional del padre de los 11 niños. Cuando el pequeño James en la escuela escuchó el relato de su maestro sobre las aventuras de Ulises, el personaje de Homero que aparece tanto en la Iliada como en la Odisea. Odiseo, que es el otro nombre de Ulises, eran un griego que no tenía la fuerza del rey Agamenón, ni la fiereza de Aquiles, pero tuvo la audacia de idear la estrategia de entrar en la sitiada Troya en el interior de un gran caballo de madera.
Cuando el maestro preguntó a los chicos con qué héroe de la historia homérica se identificaban, el chico Joyce dijo simplemente: Ulises, que en nada se parecía a los musculosos héroes homéricos.
Ulises (Ulysses) novela experimental en la que intentó que cada uno de sus episodios o aventuras no sólo condicionara, sino también “generara” su propia técnica literaria: así, al lado del “flujo de conciencia” o monólogo interior (básicamente se trata de escribir lo que se piensa en estados de duermevela) se encuentran capítulos escritos al modo periodístico, teatral, el ensayo científico, o incluso imitando las series de preguntas y respuestas de los catecismos.
Sus ataques a las instituciones, principalmente a la Iglesia católica y al Estado, son continuas, y muchos de sus pasajes fueron declarados obscenos por sus contemporáneos.
Las fobias
Joyce, hermano mayor en una familia católica irlandesa (minoría dominada por el protestantismo en un país desgarrado por la ocupación inglesa), detestaba el rugby, el boxeo, la lucha, los deportes de contacto físico que para los ingleses servían para dominar el temperamento, pero le gustaba la natación. Le aterrorizaban los truenos, porque a él le habían enseñado desde niño que Dios era un gran ruido en la calle y justificaba sus arranques de pánico en las jornadas de tormenta diciendo que los rayos entraban en las casas sin pedir permiso. Al preguntársele por el porqué de su temor a las tormentas cuando niño, mientras que sus hijos no, James respondió: “Ah, ellos no tienen religión”.
Fuente: El deber / Brújula. Edición del sábado 28 de enero de 2008


Sobre el premio de novela cochabambino

Una tormenta en un Vaso Valluno de Agua
Por: Arturo von Vacano

(Por lo fuerte de las palabras de Celso Montaño, el aludido ganador del premio de novela que convocó el municipio de Cochabamba, este espacio decidió eliminar su artículo en contra de uno de los jueces, Adolfo Cáceres. Sin embargo, la polémica está lejos de acabarse. A continuación una nota de Arturo von Vacano)
Bolivia entera se conmueve estos días con la polémica feroz que intenta iniciar el desconocido autor Celso Montaño Balderrama contra el más conocido autor, profesor y crítico Adolfo Cáceres Romero, ambos vallunos, a mi mejor saber y entender.
La causa de este odioso enfrentamiento es un concurso de novela manejado con los pies por la municipalidad de Cochabamba, concurso en el que participaron dos gatos y cuatro jueces, uno de los cuales se desayunó tarde cuando se decidió el Premio Marcelo Quiroga Santa Cruz, que antes se llamó Néstor Taboada Terán pero cambió de nombre cuando algún avivado de esa municipalidad se enteró de que Néstor Taboada Terán es paceño y no cochala aunque es vecino del Valle, datos que ignoraba el valluno ignorante y municipal mal informado que bautizó este premio.
El caso es que el autor premiado entre gallos y medianoche por tres de los cuatro jueces, este Celso Montaño Balderrama, ha estallado como bomba de siete kilos porque el juez al que dejaron sin desayunar, Adolfo Cáceres Romero, dijo dos o tres frases a la prensa que dejan mal parado al premio aquel, a la obra ganadora y a nadie más.
El pecado de Cáceres Romero es el siguiente, publicado por él mismo en una nota que explica con algún detalle este lío de enorme repercusión internacional. Dice Cáceres que dijo a la prensa sobre la obra de Montaño que “…además, era la obra que menos méritos novelísticos tenía. En sí es un alegato perogrullesco, con trazas de manifiesto demagógico. Cansa y aburre su lectura, por lo reiterativo de sus juicios, con adjetivos al granel” o algo parecido. Habrá que preguntar cómo habrá sido la otra.
Este juicio, al que Cáceres tiene todo el derecho del mundo, provocó una reacción tan absurda como desmedida de parte del novel autor, cuya obra es, claro, totalmente desconocida todavía para los 17 lectores de novelas que se sabe viven en Cochabamba: lo más probable es que todavía no se haya publicado.
La tal reacción se compone de dos páginas en las que se refiere al abolengo de ambos contendores con el más cuidadoso detalle posible, imaginando una estirpe para Cáceres y otro para Montaño quien, como autor de ese disparate, se proclama un Inca de las letras, la historia, la política y, creo, la física nuclear del Ecuador, Bolivia y cualquier territorio próximo o lejano.
Hijo del Sol (¿Cómo lo sabe? ¿Ha preguntado al Sol?) y autodesignado descendiente de la más preclaras familias de este valle extenso de lagrimas desde que Adán era cadete, Montaño Balderrama, un ilustre desconocido hasta este instante, se gasta más de 700 palabras en su ardiente tontería antes de tomar resuello y dejar caer, exhausto, su afiebrada pluma. Es lamentable decirlo, pero ni así presenta prueba alguna de lo que afirma en su papel. Deberemos contentarnos con su palabra, pues, y creerle pariente de la sangre más azul que se diera entre los Incas de merecida fama. Como no nos cuesta nada, declaremos que le creemos. Hoy tenemos otro Inca en Cochabamba, y deberíamos celebrarlo de algún modo.
Es lástima que, a pesar de su abolengo, no se hayan arreglado sus parientes para darle un poquitín más de educación elemental, armado de la cual se hubiera enterado antes de ganar un premio entre gallos y medianoche de las realidades que ahora anoto.
La primera y la más importante es que la ilustre familia que se atribuye este Montaño Balderrama no le servirá de nada en el campo de las letras. Si su obra resulta una porquería, será una porquería útil sólo para avergonzar a sus antepasados, ante los cuales deberá hacer algún sacrificio para ser reconocido una vez más. Montaño Balderrama debería saber ya que los apellidos de alcurnia, como la piel, el color de los ojos y los sesos que llevamos entre oreja y oreja son obra del azar, no nos eligen ni los elegimos, y por tanto son usados sólo por los tontos de capirote que carecen de cualidades personales hasta un extremo inaudito, ese en el que nos dicen: “Yo seré un idiota, pero mi abuelo era general. Respéteme por ser nieto de mi abuelo”.
Otra verdad es aquella que confiere plena independencia a un libro apenas deja las manos de su autor para irse a la imprenta. Tan pronto abandona el estudio de su padre espiritual, cada libro es independiente, vive su propia vida y no pertenece nunca más, en el sentido profundo de la palabra, a su autor. Vive y muere por virtudes o vicios propios sin que su autor pueda hacer nada para cambiar su suerte.
Es necesario anotar para beneficio de polemizadores de este calibre que todo libro, una vez publicado o presentado a un concurso, como es este caso, queda abierto y dispuesto y merecedor de todo tipo de opiniones, denuestos, groserías y maldades provenientes de las especie humana y de otras especies también. Publicar o tratar de publicar significa entregar la obra y, a menudo, el autor, a la opinión de los seis mil millones de bípedos que asfixian el planeta. Cada autor reconoce y cede ese derecho. Muchos buscan esas opiniones. Algunos las compran. Unos pocos las hallan sin haber movido un dedo para provocarlas. Pero todo autor con experiencia sabe que lo indicado en estos casos es aceptar y hasta agradecer tales opiniones, digan lo que digan.
Esta ley no escrita que rige entre los caballeros de la pluma es vigente desde antes de que Adán fuera cadete, de modo que la ignorancia en este aspecto de Montaño Balderrama es chocante y sorprendente, por decir lo menos. ¿Qué pasará luego, cuando la opinión general, la Vox Populi que es la Voz de Dios, coincida con la opinión de Cáceres Romero sobre la obra de Montaño Balderrama? Dos factores parecen indicar que así sucederá: la opinión de Cáceres, que no es ningún novato, y la reacción desmedida de Montaño Balderrama que aquí comento y que dice mucho de su calibre como escritor.
Habrá notado mi amable lector que no defiendo ni por un minuto a Cáceres Romero. He estado con él cuatro veces en mi vida y me reservo mi opinión sobre él y su obra para otro momento, como he hecho siempre desde 1970 cuando de obras y autores se trata. No creo que necesite de defensor alguno. Lo que necesitará será un poderoso digestivo para apaciguar la rabieta que este episodio le causará. Pero, en fin: ¿Quién le manda a meterse en esos líos?
Lo interesante de este episodio es que delata el feroz atraso en que se hallan nuestras letras y quienes hacen su ambiente. No sólo pudo escribir Montaño Balderrama el disparate que comento, sino que la prensa se apresuró a acogerlo y provocar un cacareo de gallinas del que salen malparados el Valle, en primer lugar, y los escritores y lectores de los componentes de este lío ínfimo sin importancia alguna.
Es cierto que casi todos los escritores son unos divos celosos y envidiosos, pero algunos hay que se las arreglan para ocultar esos vicios y para mostrarse civilizados aunque les cueste. Después de todo, se supone que los escritores hacen la cultura de un país. Sólo queda por decir que el papel de Montaño Balderrama que comento no sirve a nuestra cultura sino que atenta contra ella. Si tal papel es una hoja de su rábano, ¿que podremos esperar del rábano entero? Para muestra basta un botón.


Ensayo sobre En el Cusco el rey de Bartolomé Leal

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En el Cusco el rey de Bartolomé Leal
Por: Nicolo Gligo V.

Bartolomé Leal nuevamente nos sorprende con una novela ambientada en el mundo andino. Hace poco más de un año atrás este autor a través de Morir en La Paz, un thriller de crímenes e intrigas premiado en España y traducido en Alemania, penetraba con fuerza en la descripción de costumbres y paisajes como si fuera un avezado ciudadano boliviano.
En En el Cusco el Rey, Pepe, como llaman al autor, ahora en Perú, vuelve a penetrar en ese mundo de altura tan lleno de tradiciones, costumbres y valores, tan atado a sus especiales condiciones físicas y ecológicas. Y logra empaparse de la idiosincrasia, de los ritos, de la fuerza telúrica del paisaje, hasta del aire liviano y transparente. Para ello, el autor, no cabe duda, tiene que estar enamorado del mundo andino, pues nadie que no ame a esta geografía podría describirla con tanto acierto y tan lúcidamente.
La novela rescata un conflicto histórico aún vigente: el saqueo de la riqueza precolombina y colonial a que se ha sometido a esta tierra. Y precisamente se va tejiendo la trama de esta historia a través del robo de pinturas coloniales. Lo más probable es que el autor ideó su novela en algunos de sus muchos viajes a la región, cuando le tocó en carne propia recibir las ilícitas ofertas de venta de algún auténtico cuadro colonial.
El tema de las falsificaciones está tratado con profundidad, como si el autor fuera un perito, pues da una serie de antecedentes prolijamente expuestos. No es fácil descubrir falsificaciones, y menos falsificadores y traficantes. Esto hace más interesante aún la novela. Los conventos, los curas, los seminaristas, transitan con sus conflictos vitales. Y las mujeres no podían estar ausentes. El erótico y descarnado fin de fiesta final con las dos elegidas no puede ser más espectacular en sus descripciones y tratamientos diferenciados. Da la impresión de que En el Cusco el rey revive en los frenéticos ritmos de temblor y sexo. Loas al autor.
El comienzo de cada capítulo es una interpretación sui generis, a veces irónica, en la que se describe a un santo o a una figura sagrada de algún supuesto cuadro. Más loas.
En resumen, una gran novela y una llamada de atención para los de adentro, pues alguien desde afuera revive un drama policial que está permanentemente sucediendo.
Fuemte: www.ecdotica.com


Acerca de la novela negra en Bolivia

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La hermana fea de la familia
Por: Wilmer Urrelo Zarate (Ganador del Premio Nacional de Novela)

Voy a comenzar esta nota con una anécdota personal: tenía alrededor de 19 años cuando leí, por primera vez, American visa de Juan de Recacoechea. Confieso que fue una lectura un poco desconfiada al principio, pues querámoslo o no una buena parte de la novelas premiadas con el desaparecido Erich Guttentag (que American visa ganó) no son precisamente lo que uno puede esperar de una obra galardonada. En fin, resulta que mientras la iba leyendo me daba con una grata sorpresa. Al fin encontraba a un autor boliviano que escribía de acuerdo a los códigos de lectura que hasta ese momento había cosechado (que en su mayor parte eran novelas negras y películas del mismo género). No obstante, como podrán imaginar la alegría no me duró mucho, pues a lo largo de un tiempo uno empieza a darse de frente con otra realidad. Si bien existen novelas inscritas dentro del género del que hablamos no existe en el país una novelista o novelista cuya producción entera esté dedicada a ese género. Tenemos, más bien, un fenómeno al cual podría bautizarse como de saltos esporádicos o coqueteos momentáneos con lo negro. Ahí están, por ejemplo, Ramón Rocha Monroy, Gonzalo Lema o Edmundo Paz Soldán (de las novelistas no tengo muchas noticias, la verdad). Los autores que pasaron por la novela negra escriben también libros de otro corte. Históricos, tecnológicos, quizá existenciales, etc. Pero en ninguno de ellos la producción fue enteramente inserta en este género (del cine mejor no hablo: ahí la vergüenza sí es grande). En otros países (¿se dieron cuenta cómo en Bolivia siempre decimos “¿en otros países?” para denunciar nuestras limitaciones?) esta realidad es distinta. Basta echar un vistazo a ciertos autores cubanos, mexicanos y estadounidenses para percatarnos de otra realidad. El mismo De Recacoechea escribió novelas que tienen que ver con otro género. Entonces ahí sale la pregunta del millón: ¿por qué todavía no tenemos una tradición negra en la novelística boliviana? La respuesta es muy complicada. Quizá, creo yo, el primer atisbo de respuesta sea el siguiente: que aún la literatura negra no cobra su mayoría de edad en el país. No tiene carnet. Sigue siendo la hermana menor de la literatura (como lo fue, por mucho tiempo, en América Latina). Y que pese a existir novelas que pueden llegar a defenderse muy bien frente a otras de rumbos distintos aún no llegamos a crear una tradición. Y acá vuelvo al lugar común de nuestras letras. Es decir, mencionar que nuestra realidad es tan rica, tan sorprendente que carecer de una tradición de novelistas del género negro es medio raro. Impensable. ¿Pero es suficiente vivir en un país cuya realidad es tan rica para hacer buena literatura? ¿Buena literatura de género negro? Claro que no nos sirve de nada. Hacen falta lectores, por su puesto. Y también escritores, claro. Pero esencialmente un público acostumbrado a una literatura y a un cine (importante) que vaya por ese lado. ¿Por qué la gente desconfía cuando uno dice que su novela es del género negro? Por muchas cosas: todavía los bolivianos creemos que eso no es “serio” (es decir, que es una literatura que puede ser considerada de peso). Que lo “serio” es que sólo nos hablen de cuestiones sociales, existenciales o históricas. La novela del género negro todavía es vista por encima del hombro. En fin, que sólo es una lectura “de la que no se puede aprender nada” (nefasta enseñanza esta última repetida una y mil veces por los profesores de literatura de colegio). ¿Estoy muy quejón? Es de humanos quejarse, che. Sin embargo, pese a todo lo anotado anteriormente, tengo la esperanza, quizá un poco absurda, que en cualquier momento la literatura boliviana empezará a ver a la fea de la casa con otros ojos. Será, esperemos, como esas historias familiares tan comunes en nuestra sociedad: de pronto a la fea le cae una herencia de una tía olvidada y todos empezarán a revolotear a su lado a ver con qué pueden quedarse. Ojalá sea así. Pero ojo: no es cuestión de que la novela negra cuente mejor una realidad que sus hermanas más bonitas, sino que es otra forma de hacerlo. Una forma exquisita, si quieren.
Yo, por lo pronto, me quedo con la hermana fea de la familia, aunque sea pobre y poco atractiva a los ojos de los demás.


Los aymaras están llegando de Wolfango Montes

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Wolfango Montes: Whisky y chicha
Por: Ricardo Bajo H.

Si un lector extranjero leyese Los aymaras están llegando de Wolfango Montes (el célebre autor cruceño de Jonás y la ballena rosada) pensaría que en Bolivia estamos al borde de una guerra civil, de un enfrentamiento genocida con millones de muertos. Es más confundiría a Bolivia con Ruanda, a cambas y collas con tutsis y hutus. Afortunadamente ficción y realidad son cosas diferentes.
Los aymaras están llegando (de la pujante editorial La Hoguera de Santa Cruz, a la que sólo se le puede pedir un mayor cuidado en la edición de los textos) es la novela número trece de Montes Vanucci y fue en el 2007 el libro más exitoso de la Feria del Libro cruceña, junto a Andrea de Carlos Valverde.
Wolfango, de profesión psicólogo y residente en Pelotas (Brasil), ha escrito una novela al calor del auge racista y discriminador que lamentablemente vive Bolivia. Montes confesó que la obra nació después de los acontecimientos del llamado Octubre Negro (de 2003). En esas épocas, el discurso del miedo comenzó a ser utilizado para justificar un odio ancestral al otro, al diferente, a las pieles más morenas, a los colores más allá de ese blanco falso, llamado blancoide.
Los aymaras están llegando retrata a gruesas pinceladas repletas de estereotipos clasistas, peligrosos y reduccionistas el amor imposible (con castigo y muerte final) entre Tamar, camba de clase media-alta y Alex, colla trabajador que vive en la ciudad de los anillos, todo narrado por Montessori, un psicólogo boliviano que vive en Brasil, alter ego del propio escritor.
“Solo me resta quedarme sentado aquí, en esta fiesta racista, en que los blancoides tomamos whisky y los indios, chicha”, dice en un momento de la novela, Montessori. El círculo social y familiar de Tamar, enamorada del colla Alex, no puede soportar la idea de una relación afectiva y sexual entre una “blancoide” y un indio; entre una representante linda de la modernidad y el buen gusto y un atávico personaje llegado desde la oscuridad hedionda de los tiempos.
Wolfango carga las tintas y retrata de manera exagerada y maniquea el larvado racismo y clasismo explotado por el rebrotado regionalismo, jugando para su propio beneficio con el miedo y la ignorancia, incluso desde el propio título de su “salada” decimotercera novela. Pues no cabe duda que muchos de sus compradores y lectores quedamos atrapados desde ese título incitador que toca en el subconsciente del cruceño amenazado, que tantos réditos políticos cosecha merced a la manipulación y la propaganda. Aunque si una virtud tiene la novela es describir “a lo Buñuel” el discreto encanto de la burguesía cruceña, encerrada en su hacienda y en su estrechez de miras.
Escribía el otro día mi colega de El Deber, José Andrés Sánchez, en su blog, que la ola del racismo y la discriminación dejaría de cabalgar si todos, collas y cambas, nos conociéramos más, si los collas viajaran al Oriente y los cambas, al Occidente, para sentirse y verse, para comer, para compartir, para cocinarse de calor y congelarse de frío, para reconocer hábitos, mitos y platos, para romper las estúpidas barreras artificiales que supuestamente nos separan, sin que esto suponga acabar con las diferencias, colores, sabores y olores que nunca debieran separar sino unir.
Para que nadie se sienta ni se siente a un lado de la mesa.
Ideas quijotescas que siempre caen mejor a los oidos que novelas que llegan a sentenciar que la unión de los pueblos (cambas y collas) es imposible. Del toque sensacionalista del incesto, una de las subtramas de la novela, más propia de un noticiero de José Pomacusi que de otra cosa, mejor hablamos otro día. Ah, y para conocimiento de la voz narradora de Montessori, los bolivianos, cambas y collas, collas y cambas, nos emborrachamos principalmente con cerveza, helada en el Oriente y más tibia en el Occidente para acabar todos y todas “mulas” y “vergas”, “yemas” y “yucas”, “lapas” y “chispas”.


Crítica a Viento frío

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Novela negra sobre fondo blanco
Por:Hugo Montes Ruiz

Viento frío es uno de esos libritos que atrapan al lector desde la primera línea, de esos que es imperativo leer “de un tirón”. Está a caballo entre la novela breve y el relato extenso: cierta profundidad en el tratamiento y la definición psicológica del personaje principal lo acercan al género de la novela, pero tiene a la vez la austeridad y el carácter compacto propios del relato. Además, no todo lo planteado en la obra alcanza el desenlace típicamente novelístico y, en cambio, se apuesta por el arrollador poder de sugerencia de los relatos bien logrados.
Aunque el original ha sido escrito por un francés residente en nuestro país, la traducción permite vislumbrar el estilo recio y personal de Magnier. Tal vez los diálogos no sean siempre todo lo verosímiles que cabría esperar del evidente conocimiento que demuestra el autor sobre el medio. Pero no importa, porque las situaciones sí son creíbles.
Es irrelevante saber si la novela está inspirada en algún hecho real concreto: todos sabemos que las actividades del contrabando —incluidos los ajustes de cuentas entre contrabandistas— son el elemento subyacente de innumerables hechos de violencia que sacuden la cada vez más precaria tranquilidad de determinadas regiones fronterizas de Bolivia, y que a menudo arrastran a poblaciones enteras a comportarse como cómplices de las bandas.
Viento frío pone el dedo en la llaga al tocar un tema tabú. Afortunadamente, el autor ha sabido resistir la tentación de ofrecer una explicación socioeconómica o antropológica del fenómeno del contrabando. Sencillamente lo toma como parte de una realidad insoslayable que establece el trasfondo de una trama que él construye con solvencia limitándose a presentar los “hechos crudos” sin más.
Pero quizá el verdadero telón de fondo de la novela sea la inmensidad del Salar, al que el tratamiento de Magnier eleva prácticamente a la jerarquía de personaje: bien podría ser el Salar el que narra los hechos en primera persona. Sobre un escenario tan formidable, resulta sorprendentemente fácil y natural “ver” la acción a través de imágenes poderosas que, al menos para quienes han estado allí, adquieren una cualidad casi cinematográfica.
En efecto, la historia fluye con frescura, gracias a un lenguaje directo —y hasta se diría ascético— aparentemente al servicio del relato desde el punto de vista de José, el personaje principal. No obstante, pinceladas y trazos enérgicos sobre otros personajes marcan una especie de contrapunto en el ritmo de la narración.
Sin embargo, no debemos dejarnos engañar: no se trata sólo de la narración superficial de cosas que pasan a la gente del Salar. Viento frío contiene elementos que reclaman una lectura más profunda. El drama de seres insignificantes y miserables se proyecta a la categoría de tragedia en virtud de su tensión dinámica con lo inevitable, con el Destino. Ése es su camino hacia lo universal.
Fuente: www.laprensa.com.bo


Sonidos de la noche de José Antonio Valdivia

Puentes con el amor y la escritura
Por: Gaby Vallejo Canedo

José Antonio Valdivia, un romántico anclado en siglo XXI. La noche, el amor, la mujer perdida, la soledad, la luna, la escritura como condena y salvación, son los ejes narrativos con los que construye su novela. El deleite permanente con el soliloquio, la auto conmiseración, la deconstrucción y construcción perenne de la intimidad, la autofagia, son las constantes de un monólogo narrativo del solitario protagonista que confirman que José Antonio Valdivia, es una especie de romántico anclado en siglo XXI.
Al mismo tiempo, José Antonio Valdivia es el escritor moderno, que se mueve en una intertextualidad constante, en un rico territorio literario explícito e implícito que alimenta la novela. Los antiguos mitos y temas literarios artísticos construidos por antiguos escritores ingresan como sustento, como símbolos, como dimensiones vívidas en medio del nuevo relato: Penélope, Lorelei, el Nevermore de Gauguin y el de Poe, el Ulises, el Cíclope, Niezstche, Hemingway, Chejov, Flaubert, etc.
Otra herencia literaria menos perceptible, pero presente muestra su fuerza de intertextualidad. Podemos estar equivocados pero una fuerte atmósfera cortaciana, semejante a la “Rayuela” va creciendo a medida que leemos la novela: un puente como centro o eje narrativo, la risa seria, el riesgo como símbolo de cambio, las inasibles mujeres Maga y Talita en Cortázar, Penélope y Lorelei en Valdivia, el Clochard de Paris de “Rayuela” y Ezequiel, el enigmático borracho del puente de la recoleta, el río, como espacio perenne discursivo, etc.
Los pocos personajes que se mueven en torno al protagonista llevan un fuerte antagonismo entre sí. Frida, la casera, la casamentera, la cocinera que se mueve en lo cotidiano aterriza permanentemente al personaje central en el cuarto, en la comida, en las deudas.
Chapaco y Minero, jóvenes ordinarios, violentos, que también habitan la casa de Frida, no sólo hostigan constantemente al protagonista, sino le propina la peor de las palizas que fatalmente le imposibilita acudir a tiempo al puente a la cita final, fundamental, al encuentro mayor con Lorelei. A raíz de este hado terrible, se produce la pérdida del nexo, la pérdida definitiva del amor. Después, el puente estará vacío, para siempre.
En el territorio antagónico de los personajes, dos mujeres: Penélope y Lorelei, las mujeres que pueblan de amor la soledad del escritor protagonista. Penélope, luz, cuerpo de mujer, provocación, sugerencia y finalmente evanescencia, desaparición. Lorelei, la mujer de puente, nocturna, incógnita, cercada de misterio y seducción, fugaz e igual que Penélope evanescente y perdida en el desencuentro. Ambas mujeres, fugaces e inasibles, transformadas por el escritor en enormes motivos de escritura.
Un personaje extraño, nocturno siempre, cargado de un saxo y un acordeón, nexo con todos los personajes de la novela, medio artista, medio payaso, Epifanio, se mueve entre el circo y la casa del retorno. Recuerda de algún modo, ya lo dijimos, a los clochards de Cortázar, a los marginales de singular profundidad.
Al centro, el protagonista sin nombre. Se autodefine, como “El Navegante”. Las imágenes que le acompañan y que son una autodefinición, tienen que ver con una connotación de mar, de agua, de errancia de navegante:
“… a ratos menos sumergido y aunque hoy a la deriva, Navegante todavía” Pag. 9.
“…alguien que si bien cayó ya en el ojo de fuerzas contradictorias, aún no renuncia a su vocación de timonel” Pag 13.
“Según verifico, ahora soy un naufrago completo. El mar que me contiene o retiene es un mar de sales amargas” Pag. 18.
En algún momento, cuando habla de los escritores que le convocaron a la belleza, al pensamiento, a la escritura dice “¿a cual otro amor apostaron, si no, esos “Navegantes” amados e imperecederos” Pag. 24.
Lorelei, la amada también le conoce como el Navegante, así le dice: “¡Navegante! Debo contarte una historia, pero… hoy no” Pag 115.
La mentira final que el hombre vencido escribirá a los abuelos reitera la frase que aparece al principio de la novela, escrita por el joven estudiante en la primera carta a los abuelos cuando llegó a la ciudad y empezó el encuentro con ella: “Su Navegante va viento en popa” Pag. 213. Pero ahora, al final del libro, será la firma de otra carta a los abuelos, con toda la carga de la derrota y de mentira.
De principio a fin, la novela da espacio mayúsculo a la escritura misma. No sólo el protagonista es un escritor que procesa sus emociones y pensamientos a través de un libro de notas, sino que el contenido de ellas es un canto mayor al poder de la escritura. Leamos, un fragmento de la página 23 en el que se descubre la escritura como la permanencia, como el puente verdadero:
“Aunque, desde luego, pocas cosas de este mundo hallarían modo de ponerme de espaldas a mi primer amor: ¡Los libros! Palabras y puentes, palabras escritas en hojas blancas abiertas como velámenes. Promesas de permanencia, además y reencuentro, como en esencia son los puentes verdaderos. ¡Todo puede caber en la brevedad perdurable del libro. Toda la energía que pone a mover este mundo!” Pag. 23-24.
Incluso dentro de uno de los pequeños relatos que el protagonista incluye en la novela, hace su aparición la escritura:”Estaba determinado (o condenado, no importaba) a escribir. Escribir pese a todo. Pese a mí mismo, incluso. Trabajaría mundo conocidos o inventados; hechos, sueños. En cualquier caso páginas que fueran ajustándose, sin más poda que el límite del asombro, a la belleza que ante el rigor de si propia esencia brotara. Atraparía en papel, más que palabras, voces….” Pag. 110.
Así al final, cuando se destruyen fatalmente los elementos nexo entre el protagonista y los abuelos: el vaso Melgarejo y el reloj Citicen, cuando simbólicamente con su ruptura rompe el pasado, cuando el amor se torna inasible, perdido, el escritor - protagonista destruye su libreta que guardaba su primera novela. Y no sólo es la destrucción del pasado, sino también del amor que dio sentido al pasado, pero fundamentalmente es la destrucción de la escritura que lo registró. Las hojas van cayendo al río.
El río, como también el puente, son elementos recurrentes en la novela, con alto simbolismo: El río, lugar vital, circulante, móvil, cambiante. El puente como espacio conectante, que permite el salto sobre el río, el encuentro de las partes, desde donde se ve el paisaje de la ciudad de Cochabamba a cualquier lado, se convierte para el protagonista en el centro, en lugar ritual, donde se encuentra el amor, el misterio y se los pierde, el principio y el fin.
Veamos: “… Me sentí de pronto en el centro de una expansión enérgica, algo así como e beso enorme universal y dispuesto a retenerme…. Pues ese momento, sin un porqué, sin tentación ni milagro, me sentí un ser impar. Único en el puente, en la ciudad y quizá, en el mundo…” Pag 81.
Recomendamos la lectura de las páginas 81 hasta la 83, que se constituyen en un himno a la luz, al paisaje, al impacto íntimo desde el puente de La Recoleta.
El regreso a la infancia, la recuperación de los abuelos, la desajustada relación con el padre, la rememoración del Valle, sostienen la parte real de la novela. Es el pasado, del protagonista antes del encuentro fundacional con el puente y con el amor. La infancia, hace su reaparición frecuente. Así en uno de los relatos pequeños dentro de la novela, que está presentado en cursiva, sobre la tala de un árbol, hay una misteriosa desaparición del padre que muy luego, en otra parte de la novela, parece confirmar aquel final impreciso y sugerente del cuento.
El lenguaje poético muestra que Valdivia, ha sentido poéticamente su propia narración. Después de la anterior contextualización, aun con el riesgo de fragmentar, de aislar, ante la abundante presencia de hermosísimas expresiones, nos permitimos copiar sólo una cuantas:
“Descubro que la visión del vacío es la alegría última de quien cae en el vacío” Pag. 19.
“… ahora soy escritor que no escribe. Un naufrago que huye hacia la profundidad, que es silencio” Pag. 20.
“…me descubro. Navegante sin nave, rumbo ni épica. Alguien, en suma, que no acierta dar pie en el puente” Pag. 25.
Tal vez el libro se cierra con el título del primer capítulo. “BITACORA DEL NAUFRAGO”, ya que la lectura del último párrafo incita a releer el primero. Algo así como, la clave de la novela está contenida en este título, “BITACORA DEL NAUFRAGO”.
José Antonio Valdivia, más allá del naufragio de su protagonista, nos entrega una novela llena de sugerencias y puentes con el amor y la escritura, como lo dice el título de la novela Sonidos de la Noche.
Fuente: www.opinion.com.bo


Primer capítulo de Las horas infames de Pancho Marambio

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Las horas infames de Pancho Marambio
Alfredo Bryce Echenique. Planeta, 2007

Literaturas.com presenta, por cortesía de la Editorial Planeta, un capitulo de la última y esperada novela de Alfredo Bryche Echenique, Las horas infames de Pancho Marambio. Una nueva ocasión para disfrutar del mejor Echenique, abanderado junto a Vargas Llosa de la mejor literatura peruana.
El primer capítulo lo puede encontrar en la Biblioteca gratuita de www.ecdotica.com.
Fuente: http://www.literaturas.com/v010/index0712revista.asp


Mandrake La Biblia y el baston

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Mandrake La Biblia y el baston de Rubem Fonseca
Norma, 2007

(Hemos publicado en nuestra sección del cuento del mes un cuento de Rubem Fonseca, al que lo invitamos a descargarlo)
Rubem Fonseca (Juiz de Fora, Minas Gerais, 1925) es uno de los más importantes escritores de la literatura brasilera y uno de los grandes autores de la narrativa latinoamericana, ganador en 2003 del premio de literatura Juan Rulfo. Fonseca ha ejercido de novelista, cuentista, crítico de cine, profesor universitario y hacedor de muchas otras cosas durante su vida, incluso comisario de policía. Su libro mas reciente, Mandrake La Biblia y el baston, está conformado por dos relatos en los que el famoso abogado criminalista, en su faceta de detective privado, se ve envuelto en dos casos de robo, engaño, traición y asesinato.
Publicados bajo la mascara de la novela policiaca, los textos están escritos en clave de humor negro, con una prosa depurada y libre de artificios. Fonseca toma la estructura clásica pero, con la maestría que lo caracteriza, le confiere otro nivel al dotarla de ironía, ingenuidad y sarcasmo. Cada uno de los personajes y los escenarios construidos pueden parecer caricaturas grotescas de una realidad inmediata a todos los latinoamericanos, pero responden al trabajo obsesivo de un fino artesano, quien talla palabra por palabra las facciones, estatura, belleza, defectos y hasta una que otra virtud en cada uno de ellos.
En el discurso de la historia aparecen personajes tan disímiles como un enano experto en libros antiguos; los miembros de un club de coleccionistas de libros, capaces de matar por obtener un “nuevo” ejemplar; una condesa sesentona, poseedora de un gran poder de seducción; un inspector de policía y muchos otros sujetos de esos que conforman la fauna de Río de Janeiro.
Se trata de un libro que logra mantener el misterio mientras provoca risas, asombro y hasta lastima por alguno de los personajes. Es una obra breve, divertida, de planteamiento simple, pero inteligente; incluso los lectores menos ávidos pueden disfrutarla y leerla en una sola sesión.


Edmundo Paz Soldán en Chile

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Reverbero sobre Palacio Quemado
Por: Bartolomé Leal

La novela Palacio Quemado de Edmundo Paz Soldán se presentó el 4 de noviembre en la jornada de cierre de la 27a Feria Internacional del Libro de Santiago. El evento se abrió con una pobre introducción a cargo de un crítico de la farándula literaria chilena, quien en lugar de aludir al autor y a su obra, se permitió un balbuceo superficial sobre política boliviana; lo cual no impidió a Edmundo desplegar su agudeza de profesor universitario y escritor consagrado. Se metió pues en la onda y explicó algo del complicado contexto político durante el período que cubre Palacio Quemado, brindando al público una visión a menudo sarcástica sobre las turbulencias sociales y étnicas que quiso retratar en el libro, donde mezcla personajes históricos conocidos con otros ficticios.
Pero yo quedé reverberando acerca de dónde radicaba lo esencial, lo profundo, lo original de la novela de Edmundo Paz Soldán. Pues no se trata de un texto de historia ni tampoco de una novela histórica, ese subgénero a menudo espurio y, en ocasiones, infame. La lectura posterior de Palacio Quemado me mostró cosas totalmente diferentes, que deseo expresar a continuación, aunque no garantizo la coherencia de lo que sigue.
Para mí, que me gano la vida como plumario a sueldo, produciendo, editando o sintetizando textos acerca de la realidad socioeconómica de América Latina, siempre me ha inquietado el destino final de aquellos escritos (que deben corresponder a tres cuartas partes de lo que escribo)… Algunos permanecen por un tiempo en las bibliotecas o en las estanterías de otros burócratas, a menudo son descartados y ulteriormente reciclados y, a veces, aunque raramente, logran ganarse un espacio en las librerías de segunda mano o los mercados de las pulgas. Nadie busca leer ese tipo de escritos, son aburridos para unos, periclitados por naturaleza para otros, letra muerta, papel con tinta. En esta categoría caben los informes especializados, los proyectos de ley, los decretos, las cartas abiertas, los testamentos, los obituarios y, en forma destacada, los discursos.
Es precisamente la vida de uno de estos escribidores mercenarios y anónimos, aunque consciente de su abyección literaria, el que recrea Edmundo. Uno de esos personajes oscuros, no exentos de ambición, serviles, maestros del oportunismo, que deambulan por los corredores del poder, aprovechando la que constituye quizá su única ventaja comparativa: el dominio de la técnica de enganchar sujeto y predicado. El protagonista de Palacio Quemado no desconoce las miserias de su oficio de autor de discursos, y sabe que se ha convertido en un traidor integral, en un bufón al mejor postor. Vive en el infierno de la neutralidad. Se involucra fríamente en la corrupción. Se trata del ventrílocuo como una suerte de Prometeo en clave oral. Y eso no tiene nada que ver con la historia. La sede de gobierno, la política boliviana, los movimientos sociales, las intrigas y escándalos, no son sino un decorado. El tema significativo es la identidad, tan lejana y tan cercana. Por mucho que el personaje busque nuestra solidaridad, se preocupe de tópicos fuertes como el suicidio de su hermano, el hijo de quien se hace cargo o la distancia frente al padre, no logra concertar simpatía. Sus devaneos provocan una cierta sensación de repugnancia. Y eso me parece un contenido central en la novela.
Pero hay otro tema, no menos viscoso. Me refiero a la problemática del ego. Lo he comprobado personalmente. Hay gente a la cual no le disgusta emerger como personaje de una obra de ficción (o como base de un personaje), pero siempre que la imagen que se entrega de ellos sea la adecuada, o que sea coherente con la visión que cada cual tiene de sí mismo y de sus méritos de cualquier laya (intelectuales, genéticos, morales o físicos). Ese ego o visión íntima que cada quien construye sobre sí, es materia de grandes penurias. Es difícil de mantener. El temor al ridículo, a que otros vean una imagen que no corresponde a los deseos (o ilusiones) más íntimas, el odio a las tergiversaciones o ajustes de cuenta, el destape de hechos vergonzosos, provocan reacciones en ocasiones tremebundas. Muchos políticos bolivianos, por ejemplo, transcritos en Palacio Quemado, deben haber quedado profundamente ofendidos por la forma en que ellos han creído verse retratados en esos nombres en clave. Tal vez eso explique ciertas reacciones.
Lo anterior me parece que suena, además, acorde con la mirada olímpica del escritor de oficio (en genérico), del poder de su palabra, de su nombre y su prestigio, en suma, de su impunidad para fustigar a la dupla persona/personaje. La novela se sitúa en esa posición, la del demiurgo, que se considera con licencia para distorsionar, calificar o vituperar a los políticos de su país, reales o imaginarios; qué importa, son todos títeres creados por mi imaginación y mi memoria. Sin perdonar, en tal degüello, a las esposas eternas, las amantes oficiales/clandestinas, o las putas de categoría. El escribidor está convencido que él dirige los hilos de la historia, el que a través de los discursos dirige las movidas estratégicas de esos políticos convertidos en sus monigotes. Pero eso es una fantasía. Los políticos son unos tiburones ávidos que saben bien lo que quieren, las palabras son sólo un medio. Ellos están continuamente devorando a sus edecanes y amanuenses, sin que éstos siquiera se percaten.
Pero el escribidor sueña: yo, escritor, seguiré allí, en mis textos, ustedes serán una broma de la historia. Da lo mismo pues que, en lugar del origen patricio que ustedes vocean, en lugar de la descendencia del conquistador que los enorgullece, los haga vástagos de la más media clase media, o la más mestiza clase baja; en lugar de la imagen de demócratas que se ustedes construyeron, los desnude como los dictadores que nunca dejaron de ser; en lugar de los magos de la palabra que presumían ser, los escalpe como unos verborreicos vacuos. Da lo mismo, dan lo mismo. Yo escritor, los veo así y aspiro a que mis lectores los vean también así. Sin máscaras…
¡Qué humillación! Los grandes y pequeños prohombres cultivan una lectura idealizada de ellos mismos, tanto en el gran ámbito de la política como en el pequeño de la empresa o la familia. Con razón la respuesta es una justa ira. ¡Todo el trabajo de una vida para crearme una imagen, y viene este novelista y me desviste ante el mundo! La historia tal vez pierde. Pero, pero, en el caso de Palacio Quemado, creo que la literatura gana. Es lo único que perdura. Nadie recordará esos discursos tan plenos de buenas intenciones, tan retóricos y mentirosos, como que fueron escritos por otros, unos amanuenses tarifados que ni siquiera merecen un nombre. En el infierno del ridículo, descrito en Palacio Quemado, se juntan el político y el autor de sus discursos. Algún día, por supuesto, llenarán los libros de historia –escritos por los vencedores–, mas en alguna parte, en una novela, quedó estampada su intrínseca deshonra. ¡A quemar Palacio Quemado!
Un último reverbero. Se sugiere en Palacio Quemado la fuerza de un factor poco analizado aunque, con el correr de los años, empieza a hacerse patente para algunos. Me refiero al poder del azar en la historia, de cómo ciertos acontecimientos ocurren de una determinada manera y condicionan el desarrollo del futuro. Si hubieran mediado otros factores, tal vez la historia habría sido diferente. El poder se construye sobre tales azares, ¿por qué enorgullecerse de haberlo conseguido o lamentarse de haberlo perdido?
(Fuente: www.ecdotica.com)




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