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Poesía rebelde

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Cien años de poesía rebelde
Por: Lupe Cajías

La canción con contenido, la poesía hecha música surgió en los albores del siglo pasado, de los combates e insurrecciones libertarias populares
Aunque suele creerse que la poesía rebelde, contra el orden social injusto y contra el sistema capitalista, es una novedad de los años 60, en el continente americano los poetas rimaron con la denuncia y la convocatoria al combate hace por lo menos un siglo.
La prensa anarquista de principios del siglo XX, sobre todo la chilena y argentina, es una fuente inagotable de esas poesías, himnos, cantos que la trova popular redactó para informar de algún hecho histórico o de alguna situación conflictiva. Los cantantotes, jilgueros armados de los pueblos en todo el continente, cantaron de plaza en plaza cuentos y cuentas de héroes, líderes, enfrentamientos. Presentamos tres casos que retratan tres momentos históricos de particular significado.
Canto a la pampa
Francisco Pezoa era “un militante libertario chileno, obrero cigarrero y poeta popular. Participó en diversas organizaciones e iniciativas libertarias. Allá por 1904, junto a otros compañeros como Luis Olea y Alejandro Escobar y Carvallo, tomó parte en los intentos de extender la influencia del incipiente movimiento anarquista hacia las provincias del norte salitrero”. Pezoa participó como reportero en periódicos anarcos, como Agitación y en sociedades de estudios ácratas. Como muchos otros fue impactado por la masacre de cientos de obreros, pampinos, en la Escuela de Santa María de Iquique. Utilizando música de la época, fue el primero en denunciar los sucesos. Su poema a La Pampa, publicado en 1908, es himno del proletariado chileno y fue grito de combate durante la Unidad Popular. El tono aprovechaba un canto de moda, La Ausencia. Guitarras, quenas y tambores:
I. Canto la Pampa, la tierra triste, réproba tierra de maldición, que de verdores jamás se viste, ni en lo más bello de la estación; donde las aves nunca gorjean, donde no crece la flor jamás creció, donde riendo nunca serpea, el arroyuelo libre y fugaz, su cristalino bullir se oyó.
II Año tras año por los salares, del desolado Tamarugal, lentos cruzando van por millares, los tristes parias del capital; sudor amargo su sien brotando, llanto sus ojos, sangre sus pies, los infelices van acopiando montones de oro para el burgués
III Hasta que un día, como un lamento, de lo más hondo del corazón, por las callejas del campamento vibró un acento de rebelión; eran los ayes de muchos pechos, de muchas iras era el clamor, la clarinada de los derechos del pobre pueblo trabajador.
IV “Vamos al Puerto, dijeron, vamos, con su resuelto, noble ademán, para pedirles a nuestros amos otro pedazo, no más de pan”. Y en la misérrima caravana al par del hombre marchar se ven, la amante esposa, la madre anciana, y el inocente niño también
V ¡Benditas víctimas que bajaron desde la pampa, llenas de fe, y a su llegada lo que escucharon, voz de metralla tan sólo fue! ¡Baldón eterno para las fieras masacradoras sin compasión! ¡Queden manchadas con sangre obrera como un estigma de maldición!
VI Pido venganza para el valiente que la metralla pulverizó; pido venganza para el doliente, huérfano triste que allí quedó; pido venganza por la que vino tras del amado (por los obreros), su pecho a abrir: pido venganza para el Pampino que como bueno supo morir (que allá en Iquique supo morir).
Villa les gana a los yanquis
Los corridos durante la Revolución Mexicana (1910-1920) fueron difundidos en todo el continente y aún los grupos de jóvenes roqueros los reproducen con variantes musicales. De la música de los agrarios revolucionarios se ha escrito en todos los tiempos. La mayoría de las estrofas son anónimas, quizá de los propios guerreros que en las noches copleaban a la espera de la batalla del próximo día.
Baste un ejemplo, de la burla de los trovadores, acompañados de acordeón, guitarras, guitarrón que registraron cómo el campesino Francisco “Pancho” Villa hizo escapar a los aviadores estadounidenses:
Aquí está ya el valiente, el valiente Pancho Villa, por eso nunca lo podían encontrar
¿Qué pensarían, ay, los americanos, que a nuestro suelo pretenden conquistar?
Si ellos tienen muchísimos cañones, los mexicanos tienen lo principal
Los de a caballo no se podían sentar y los de a pie no podían caminar, Pancho Villa les pasa en aeroplano y desde arriba les dice good bye
Cuando llegan los vecinos a Chihuahua, en las afueras del pueblo de Parral
Pancho Villa les puso una emboscada, de la que ninguno se pudo escapar.
Se los llevaron al desierto de Chihuahua, los encerraron allá en el carrizal, a los vecinos les puso Pancho Villa la paliza más fenomenal.
¿Qué pensarían, ay, los norteamericanos que combatir era un baile de karkin?
Con la cara cubierta de vergüenza se tuvieron que volver a su país.
Yo soy nacido en las tierras de Chihuahua Soy el soldado más fiel del batallón
(1) ¡Viva Villa, qué vivan sus dorados y que viva la Revolución!
Los llaneros colombianos
En los últimos meses los nombres del Casanare, del Guaviare, de Villavicencio han sonado con frecuencia en el mundo entero en relación con la liberación de secuestrados por las guerrillas colombianas. Un extraño paisaje que es a la vez fin de la sabana, llanura que une a Colombia y Venezuela e ingreso a la selva amazónica.
Tierras y ríos infinitos, casi siempre ajenos a las noticias cotidianas. Los conocimos inicialmente con la descripción que de ellos hace el magistral José Eustaquio Rivera en la novela La Vorágine: “Se los tragó la selva”, a los protagonistas que jugaron su corazón al amor y fueron ganados por la violencia. El recorrido de Álvaro Cova y sus compañeros es similar a las manchas de los actuales frentes guerrilleros.
Es además zona de violencia política centenaria, como la describe el propio Rivera y como cuentan los cantos llaneros.
Hace unos años llegó a La Paz un grupo de músicos colombo-venezolanos y tocaron música llanera en la Casa de la Cultura. Poco público para tan bella música; vendieron un disco del que extraigo la letra. Una de las canciones era del inmortal Arnulfo Briceño y describía la violencia de los chulavitas (los paramilitares conservadores de la época) contra los campesinos liberales (foco de la guerrilla comunista de los años 50).
Además de los tributos al líder sin par Guadalupe Salcedo, recordado en obras musicales y de teatro, Dolores cuenta una historia de cada día.
Con guitarra, arpa, percusión, cantan los llaneros:
“Ah, ah, ah, Dolores negra querida, en tus albores marchita, porque segaron tu vida los malditos chulavitas que ensangrentaron los llanos. Ah, ah, ay, pero donde tú caíste, creció la flor del mastranto para que perfumara el aire que respiro cuando canto.
Ah, ah, ay, así eres vida en mi vida. Ah, ah, ay, Dolores nunca habrá paz ni en mi alma ni en estas tierras hasta que mis propias manos que perdieron la inocencia no devuelvan la Violencia.
Ah, ah, ay hasta que muerdan el polvo los agentes del infierno, quienes cobardes masacran mujeres, niños y viejos, tiemblan ante un guerrillero.
Ah, ah, ay, un día yo me iré contigo, Dolores, pero antes quiero vender muy cara mi vida y con Guadalupe Salcedo tumbaremos al gobierno.
Ah, ah, ay y segunda independencia a la Patria le daremos, entonces, Dolores mía, habrá un nuevo sol y un cielo en nuestra Colombia querida, ah, ah, ah”. (3)
Nuevos rumbos
Si bien hay poemas y cantos populares, las letras marcan nuevos rumbos, nuevas situaciones, aunque siempre la guitarra es el instrumento principal.
En el Cono Sur la preocupación de los cantadores se mantiene en torno a las luchas proletarias, a los obreros, siguiendo la línea marcada por compositores como Víctor Jara: amor y guerra se conjuran siempre y la figura feminaza adquiere una tonalidad de batalla y ternura.
En México, los nuevos corridos cuentan (denuncian) los sucesos en torno a las actividades de los “narcos”, y varios compositores han sido asesinados por la mafia. Mientras en Colombia, las historias marcan más los casos de refugiados, de emigrantes a Caracas, de los desplazados. El paisaje no se descuida.
De la poesía y el canto popular en Bolivia habrá que hablar de la influencia del hip hop, cuyos cultores son a veces mejores maestros para difundir la historia, la realidad y la memoria local.
Fuente: www.laprensa.com.bo


Las memorias de la temperatura

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Las memorias de la temperatura
Por: Chino Navarro (luisrosby@yahoo.com.ar)

Leer a Guillermo Bedregal García es develar el trayecto del ser recorriendo las memorias de la temperatura, el contacto con los seres, con las cosas, en fin, con el mundo. Se revela en la distancia ese tacto en el que las aves y los olores recuperan el movimiento perpetuo donde han quedado detenidos. Sale entonces la ciudad a abrigarnos con la temperatura del frío, transparentando el delirio de las formas para cristalizarse en la densa presencia de sus pasos.
Ningún poeta como Bedregal ha logrado nombrar la temperatura del mundo, ese calor que hiela nuestro corazón en percepciones que arden, ese deseo de ser nada para elevarse a la magnitud de un ser humano, descentrando la máquina de las revelaciones para encontrarse en la elocuencia de una gota de agua perforando el desgastado lecho de lo real. Marinero funámbulo, seducido por el vértigo deseoso del abismo y del azar, Bedregal recorre su vida y su ciudad, “desde la extensión de la altura donde parte a abrazarse a los vacíos que la forjan, para que tú seas tú y yo sea yo, y al mismo tiempo no seamos nada”, como él mismo dice en La ciudad desde la altura
Junto con Edmundo Camargo, Bedregal nos acerca a esa memoria perdida del ser y del mundo, memoria extraviada porque todavía hay un rostro, un espejo que tiraniza nuestros sueños.
Fuente: www.opinion.com
Foto: http://islakokotero.blogsome.com/category/pablo-carranza-giotto/


Vitrales de la memoria de Eduardo Mitre, su nuevo libro

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Mitre y el difícil ejercicio del olvido
Por:Antonio Vera J.

Pedazos que van construyendo las partes de un todo, así son —nos dice el autor— los Vitrales de la memoria de Eduardo Mitre
1. Vitrales
El antiguo arte de los vitrales se remonta al siglo XI, cuando se registra por primera vez el uso de fragmentos de vidrios coloreados en la decoración de iglesias. En los siglos posteriores (XII y XIII), el desarrollo de esta técnica alcanza niveles extraordinarios, lo que se puede atestiguar en las catedrales de De Chartres y Saint Denis, y la Sainte Chapelle de París. Decenas de miles de fragmentos de vidrios de colores se unen en esas iglesias para representar escenas de la Biblia. Es decir que, desde su origen, los vitrales no sólo sirven para decorar, sino también para recordar.
La imagen del vitral domina en el nuevo libro de Eduardo Mitre. Como imagen visual es elocuente: la voz poética intenta a lo largo del poemario recuperar momentos y seres lejanos, que habitan solamente en la pálida nebulosa de la memoria. Es, como los primeros vitrales medievales, una herramienta que sirve al poeta para reconstruir el mundo de la infancia o de la adolescencia, para recuperar a los amigos, los hermanos, los padres perdidos.
Pero vale la pena detenerse en la idea obvia de que los vitrales no son ventanas. La diferencia es que la ventana es un medio, cuya transparencia nos permite observar hacia otro lado y registrar las imágenes de lo que está adentro o afuera, más allá de la translúcida capa de vidrio. En cambio, el vitral interpone el color, las formas creadas por el artista, a la luz y es así cómo se produce su efecto mágico: una transfiguración. La transparencia no permite este efecto. Es imprescindible el encuentro entre la obra humana y la luz para que esto se produzca (uno de los últimos poemas se llama, en efecto, Transfiguración de Blanca Wiethüchter).
La imagen visual, entonces, puede interpretarse también en clave sonora: poemas como vitrales, palabras como fragmentos de vidrios coloreados que se unen trabajosamente para reconstruir los instantes o los rostros que el olvido amenaza, al influjo de la luz que los impacta. Tal vez así se pueda parafrasear la poética de este libro.
2. Puentes colgantes
En una entrevista publicada en 2005, después de presentar El paraguas de Manhattan, Eduardo Mitre explica que ese poemario asemeja un recorrido por la intensa Nueva York. Y cuenta que está trabajando en su próximo libro al que considera como una continuación de El paraguas… El escenario seguirá siendo Nueva York, dice, pero esta vez como un punto de partida, desde el cual el poeta construye puentes (hechos de fragmentos, de pedazos de vidrio, de palabras) hacia la memoria.
Poemas como Vitral con altiplano o Vitral de la pelota de trapo son elocuentes al respecto. El primero comienza cuando “se apagan las luces de Manhattan” (¿?) y culmina en “los baños termales de Capachos / y un festín de habas al filo de la tarde”. El segundo nos “cuenta” el recorrido de ida y vuelta sobre el puente: cruzando el parque, una pelota rueda hasta los pies del poeta: “Apenas la alcé / se volvió en mis manos / una pelota de trapo”. Una de esas pelotas rellenas de calcetines viejos y cubiertas de medias de nailon, caprichosas, irregulares, difíciles de dominar. Y un partido, sin referí, en una calle de tierra, con los vecinos y los hermanos. Todavía al otro lado del puente, el poeta, luego de ser convocado por los gritos de su madre, camina con la pelota de trapo bajo el brazo. Pero la voz de la madre se transforma en la protesta de los muchachos que están esperando que aquel extraño sujeto les devuelva la pelota: “De un puntapié la lanzo / y la pelota en el aire / vuelve a transformarse / en la pelota de cuero. / Y lleno de rabia y nostalgia / me alejo por la calle de asfalto.”
Ahora bien, me parece que ese camino de ida y vuelta, conforme el poemario avanza (siguiendo la metáfora del camino), se hace menos evidente. Más complejo; no más complicado. Si algo ostenta el lenguaje de este libro es la sencillez de una caminata, casi lineal, casi narrativa. Se hace más complejo a causa del tiempo. Me explico. El poemario sigue un recorrido que comienza en la infancia (los poemas citados y otros como Vitral del trompo o el hermoso Vitral de los mosaicos y azulejos, etc.) y continúa con vitrales que podrían ubicarse en la adolescencia. El más elocuente (para mi gusto, uno de los mejores poemas del libro) es De siembra distante, dedicado a Marilyn Monroe y Natalie Word, una evocación del espacio erótico por excelencia para un adolescente: la oscuridad del cine (aunque habría que hablar en pasado, hoy, que el cine es tan caro, tan violento; hoy, que hay tanto internet, tanto hentái). Pero es más: al final del poema se expresa la idea de la “siembra distante”: “Sí, al paso la floración inesperada / de la planta de los recuerdos / a oscuras sembrada hace tiempo / en los cines de Cochabamba”. Es decir que ese solitario ritual adolescente del desperdicio de la simiente ha fecundado en la memoria del poeta. Ya no es el poeta el que recuerda sino el recuerdo el que da forma a ese caminante vacío que recorre las calles de Manhattan.
Así, el recorrido se hace cada vez más oscuro, melancólico e íntimo. Los vitrales de la última parte del libro evocan a Lupo, un dálmata muerto hace meses, a su amigo Ives Fromment, a Enrique Omar Sívori (jugador de River), a Blanca Wiethüchter, a sus hermanos, a su madre… Conforme avanzan en el tiempo, los poemas evocan el hecho de evocar, evocan el olvido y evocan finalmente lo imposible: “¿Y qué decir del viaje de nueve meses / en la nao de la madre?”. Conforme el tiempo avanza, el poeta parece desconfiar más de los fragmentos que utiliza para confeccionar sus vitrales hasta que llega a los límites de su talento, de su lenguaje. No puede avanzar, sólo le queda, entonces, mirar hacia adelante y en esa dirección el único vitral posible es una pregunta: “¿Cómo trazar la travesía / de uno hacia sí mismo / si el pasajero se vino forjando / al mismo tiempo que la nave? / ¿Será morir emprender un viaje parecido / y la muerte una nao como la madre?”. Y es que, pensémoslo bien, ante lo imposible, la pregunta es una aseveración. El lector, luego de asomarse a estos intensos vitrales, cierra el libro con el beneficio de la duda. Demos gracias al poeta.
Fuente: www.laprensa.com.bo


Poema de Homero Carvalho Oliva

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Mi Casa
Por: Homero Carvalho Oliva

I

De niño imaginaba mi casa
la veía pequeña por fuera e inmensa por dentro

La soñaba con muchos cuartos
y una chimenea que nunca se encendía

Con libros por doquier abiertos al azar
para que las palabras compartan el hogar.

II

Hoy mi casa posee jardines
en los que cada mañana cantan las aves

Y en su interior cantan mis hijos
acompañados por un violín chiquitano

En las paredes de ladrillo
cuelgan sus retratos dibujados con carboncillo.

III

En el jardín de mi casa
Alguien plantó un totaí rodeado de bambúes

Yo sembré un guayabo
un árbol de manga rosa y unas enormes sandías

Mis hijos sembraron un pino araucano
y mi esposa llenó las esquinas con jarajorechis.

IV

Por las noches abrimos el infinito
dejando que nuestro hogar nos habite

Mis hijos cuentan sus días
inventándose historias para hacerlos creíbles

Y cuando se duermen recogemos las palabras
que guardaremos para revelarlas cuando ellos se ausenten.

V

En mi casa hay un par de espejos
que protegen en secreto la vida que vivimos

Si nos falta alguien y lo necesitamos
nos basta con mirar en sus lunas y allí estamos todos

Esos espejos son las pupilas de mi esposa
donde siguen jugando los niños que siempre fuimos.

Santa Cruz de la Sierra, Primavera del 2007.


Sobre Matilde Cazasola

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“Ser artista engloba toda una existencia o una razón de ser”
Por: Beatriz Rossells

Poeta, compositora, intérprete en canto y guitarra, Matilde Casazola constituye una de las figuras más importantes de la creación musical popular en Bolivia por la calidad de la conjunción poética y musical de su obra. Su cueca De regreso capturó el corazón de los bolivianos ausentes y de los doblemente ausentes, los exiliados.
Nació en Sucre (Chuquisaca) y creció en una casa con jazmines y huerta poblada de olorosas plantas caseras. Escribió poemas desde niña y se aferró a la guitarra en la adolescencia, está muy claro que recibió una positiva influencia del hogar de intelectuales del que procede. Jaime Mendoza —el multifacético escritor y médico que defendió la tesis del Macizo boliviano y que es autor de la novela En las tierras de Potosí— fue abuelo de Matilde Casazola.
Dice la creadora: “Me defino como artista si debo definirme de alguna manera. El ser artista engloba toda una existencia, una razón de ser”.
Pequeña, frágil, con aire de niña preocupada, tras una fachada sobria y lentes graves, esconde un alma fina y una exquisita sensibilidad que le ha permitido penetrar en las formas más profundas del sentimiento de pertenencia a una tierra. Varias de sus canciones reviven los rincones de Sucre, la guitarra de ligero aire moruno, el rumor de los arroyos, la tristeza suave del atardecer, los aires templados que corren por los balcones y las esquinas, y tantas vivencias únicas que hacen la historia de una ciudad de un pueblo mestizados por el aporte de dos culturas.
Catorce libros de poemas publicados, 10 discos, e innumerables canciones y versos testimonian un impresionante trabajo entregado al país.
En la trilogía de bailecitos Como un fueguito, El contraste y Mi dueño, Matilde ha plasmado el requiebro gentil de la conquista y la dulce melancolía de la desilusión, que caracterizan el bailecito chuquisaqueño —expresión de toda una filosofía popular del amor y de la vida— a cuyo encanto no escaparon poetas como Nicolás Ortiz Pacheco y Claudio Peñaranda, quienes unieron sus versos a la música de destacados compositores o a la inspiración del pueblo.

Para querer bien
hay que arriesgarse.
La vida o la muerte
entera darse.
(El contraste, bailecito)

Como despertar de un sueño
así fue nacer, mi dueño.
Como ir a buscar el centro
de un ardiente sol y encontrar
al fin del tiempo
que también vivir fue un
sueño.
(Mi dueño, bailecito)

De las muchas vetas que incluye su obra musical, la dedicada al amor, como matriz de la vida, ocupa un lugar especial:

Yo sigo andando y andando
pero no hay cuando regrese
y el tiempo sigue jugando
con mi esperanza de verte
Tal vez cuando esté llegando
no me dé tiempo la muerte.
(Tiempo, yaraví)

La matriz humana en Matilde Casazola se manifiesta en el reconocimiento espontáneo del dolor, tal como se da en la cotidianidad de la vida; el dolor que nace del mar de amores, el dolor incurable, el que se mitiga con el abrazo fraterno o el dolor sordo y terrible de la impotencia social. Así, sus canciones no naufragan en el lamento estéril o en la compasión mesurada; ellas otorgan el apoyo inviolable de la solidaridad, fundado en una gran dosis de esperanza y amor, que desborda los límites del lenguaje literario y sólo puede comunicarse a través del signo musical, y una lúcida comprensión de las posibilidades humanas para realizar cambios colectivos.
El sello de autenticidad de las sencillas estrofas que siguen resulta de la coherencia de una vida personal despojada de aparato, consustanciada con el humilde hombre de la calle y dueña de una responsabilidad artística e intelectual sin abdicaciones.

He oído muchos pájaros
cantar
he visto muchos soles
alumbrar
y he visto muchos hombres
arrastrándose en la senda,
cansados de pelear.
……………………….
Yo les dijera: -Hermano,
espérame
contigo pan de arcano
partiré,
Te juro que una estrella aún
palpita en la tiniebla,
resucita tu fe.
(La estrella, canción)

Y sobresale aquella veta que la muestra como una peregrina del mundo, de expresión universal. De ahí que su obra resuma la congoja y el temor existencial provenientes del eterno enigma del ser humano. El viaje y el retorno —metáforas que condensan la necesidad de explicar la precariedad de la existencia— aparecen frecuentemente como leit motiv de sus canciones:

¿Adónde vamos en barcos
de tiempo?
Siempre lejos.
(Distancia, canción)

Fuente: La Razón


Entrevista a Mónica Velásquez

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“La poesía es la firma en que habito el mundo”
Por: Martín Zelaya Sánchez

En verdad robo tiempo para ver a los que quiero y a los que no puedo dejar de visitar”. Mónica Velásquez, poetisa y académica paceña, es la nueva Premio Nacional de Poesía Yolanda Bedregal. Entre la escritura, siempre de versos, la lectura —devora todo poemario que cae en sus manos— y su actividad como docente en la Carrera de Literatura, Mónica le saca tiempo al tiempo para el siempre necesario respiro de los libros, y para responder unas pocas preguntas.
El fallo dictado por el jurado la noche del jueves señala que “se encontró un trabajo de alto nivel en el tratamiento del lenguaje, y con imágenes muy bien trabajadas, lo que junto con la temática forman un mundo poético sólido y profundo”.
Hija de Medea, la obra galardonada, consta de 40 poemas breves, todos bajo el eje temático del conocido mito de la mujer que mató a sus hijos. De este trabajo, de su proceso de creación, de sus lecturas y el mundo poético habla Velásquez, una joven escritora devota de Dostoievski, y convencida del alto nivel de la poesía boliviana.
—¿Qué significa para ti haber ganado el Premio Nacional de Poesía?
—Es una oportunidad de mayor difusión, una especie de “te vemos y valoramos lo que haces” que siempre cae bien al proceso creador, pues es una respuesta a las palabras que una lanza sin saber a qué puerto llegan o cómo las leen los demás. Es también, lo reconozco y lo aprecio, un buen incentivo económico que seguro lo emplearé para ver a mi pueblo mexicano, siempre al borde de mi nostalgia.
—¿Por qué decidiste postularte al concurso?
—Fue justamente por los dos tipos de motivaciones que comenté antes, por lo económico y por el reto de ver cómo leían los demás este proyecto, reto que aún queda pendiente del veredicto mayor, que es el de los lectores.
—Háblanos sobre tu poemario: temática, estilo, el porqué del nombre, y qué te motivo a trabajar en él.
—Son cerca de 40 poemas centrados en un libro unitario que empecé a escribir paralelamente a mi tercer libro, El viento de los náufragos, y que he estado siguiendo y corrigiendo los últimos tres años. Yo estoy muy feliz con ese libro, siento que por fin logré domesticar un poco el fugitivo lenguaje y llevarlo adonde yo quería. Siento que con él acaba una etapa de mi escritura, algo muere y algo nace, habrá que seguir en la tarea de nombrar y de recibir de la palabra los sobresaltos que destrozan toda certeza.
El tema del libro es el mito de Medea, asesina de sus hijos y —yo creo— que también de sí misma, en el mismo gesto. Basándome en la versión de Séneca más que en la de Eurípides, decidí —pluma en mano— adentrarme en una de las historias más fascinantes por su carga de horror y de pasión. Ver los rostros menos luminosos de la maternidad, la paternidad y el hijazgo fue un verdadero milagro en la escritura de este libro.
—¿Cuál es el eje temático o hilo conductor que une a los poemas del libro?
—Todos los poemas son instantes de una misma historia, del proceso que transita de la ira al perdón y del silencio mortuorio al silencio vivo en las palabras pendientes. La voz que habla en los poemas es una hija de Medea vuelta desde la muerte para resolver su historia familiar y personal que se resuelve en un lenguaje desgarrado.
—¿Varía esta producción de tus anteriores escritos?
—Como decía, siento que es una especie de tránsito entre lo que escribí y lo que escribiré. Hay constantes y comprensiones que estaban antes como pregunta y ahora son una clara intuición. Diría que este libro es como llegar al nombre verdadero que he estado buscando desde mi primer poemario.
—¿Qué es para vos la poesía?
—Todo. Es la firma en que habito el mundo, me cuestiono, amo y estallo, me comunico con los demás y conmigo de manera valiente y es el mejor hogar que conozco.
—¿Cómo evalúas el panorama y el nivel de la poesía boliviana?
—Muy alto. Siempre he sido una ávida lectora de nuestra poesía y es una tradición en la que agradezco hallarme. Poetas como Camargo, Cerruto, Saenz, Wiethüchter, Orihuela… ¿qué palabra podría resumir ese camino abierto y al que he nacido…? Posiblemente la crítica admiración, la complicidad, el cariño para ésos que me hicieron un lugar en el mundo y en la palabra.
—¿Qué géneros literarios lees más y por qué?
—Más que nada leo poesía de todas partes. Leo también ensayos críticos y teóricos sobre poesía o sobre literatura en general. Muchas de esas lecturas son las que compartiré en clase con mis alumnos.
—Menciona tus autores y libros (nacionales y extranjeros) favoritos, en diversos géneros.
—Pizarnik, Wiethüchter, Camargo, Dikinson, Plath, Lezama… Diamela Eltit, Clarice Lispector y siempre Dostoievski…
http://www.laprensa.com.bo/fondonegro/24-02-08/edicion.php


Mónica Velásquez gana el Bedregal

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Mónica Velásquez gana el Premio Nacional de Poesía [Bolivia]
El poemario “Hija de Medea”, de Mónica Velásquez Guzmán quien se presentó con el pseudónimo “Malva” obtuvo el Premio Nacional de Poesía Yolanda Bedregal 2007. La ganadora recibirá el premio de dos mil dólares, una medalla de oro y un diploma de honor.
Los poemarios Lengua Geográfica Prosas, Sacras y Songo Rimarej, obtuvieron menciones sin establecer jerarquías entre ellos.
El Viceministerio de Desarrollo de Culturas, en coordinación con la Prefectura de La Paz, Plural Editores y la familia Conitzer Bedregal, convocan anualmente a este premio, que tiene como objetivo la promoción de autores nacionales y la difusión de autores bolivianos.
A esta versión 2007 se presentaron setenta y dos obras llegadas de todo el país. El jurado estuvo a cargo Zacarías Alavi, docente de lingüística de la UMSA, Jessica Freudental docente de literatura de la UMSA, Armando Soriano poeta y novelista y como presidente del jurado Benjamín Chávez ganador premio nacional de poesía 2006.
Mónica Velásquez es Licenciada en Letras por la Universidad Mayor de San Andrés (La Paz) y doctora en literatura hispanoamericana por El Colegio de México, México, 2004. Actualmente es docente de la Universidad Mayor de San Andrés y de la Universidad Católica Boliviana. Ha publicado los poemarios: Tres nombres para un lugar, 1995; Fronteras de doble filo, 1998 y El viento que doblega en los naufragios, 2004. Y, como compiladora, la Antología de poesía boliviana del Siglo XX: Ordenar la danza, 2004, además de varios ensayos de crítica y teoría literaria.
Fuente: www.opinion.com.bo


Sobre los Reinos Dorados de Homero

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Los Reinos Dorados de Homero Carvalho Oliva
Por: Teresa Domingo Català

Pocas veces en la voz de un poeta encontramos tanta belleza y autenticidad, Homero Carvalho nos cuenta la historia de los Reinos Dorados y pone su voz a un relato poético mediante la figura del padre, que simboliza a los antepasados, a aquellos habitantes de esos Reinos que simbolizan el paraíso perdido. El paraíso que terminó en guerra, el agua convertida en sangre cuando Los llegados de la civilización / nos trajeron la barbarie.

La poesía de Homero nos hace vivir, palpitar con el corazón de los habitantes de estas tierras americanas que amaban como nadie la naturaleza, la omnipresente agua, símbolo de vida y muerte, los animales, el aire, la magia de vivir en estrecha compenetración con la tierra. Con la lengua de los conquistadores el poeta nos lleva de la mano por el agua y por el cielo, porque es una poesía tremendamente biófila, es un canto a la vida, a aquellas costumbres ancestrales que celebraban los cuatro elementos necesarios para la existencia.

Homero siembra de belleza los imaginados recuerdos del padre, por los cuales el mundo de los vivos y el mundo de los muertos queda unido por un reguero de humo.

La sensualidad de esta poesía y lo hondo de su aparente sencillez no puede más que conquistarnos, y la constante referencia a los Reinos Dorados nos embriaga de selva y agua.

Parece que esos Reinos existieron fuera del mundo conocido, lugares donde la vida ungía con una plenitud que nunca más ha existido. Parece un lugar fuera del tiempo, como si por él no hubieran habitado las horas, sino los hombres y las mujeres que con su arte y sus habilidades construyeron un ideario de vida que se perdió irremisiblemente. Fueron esos hombres y mujeres los que tradujeron los nombres de los animales y las plantas que convivían con ellos, y al hacerlo se convirtieron en “bautistas”, pues no se adueñaron del mundo sino que lo bautizaron para conocerlo y conocerse también a sí mismos, en una interacción de igual a igual con la naturaleza que les daba la vida. Sus nombres eran revelados por / los espíritus protectores de la selva porque aquel mundo vivía también con una espiritualidad totémica, donde todo ser viviente tenía un alma, un hálito de vida que se reflejaba en un rico mundo espiritual.

Hay una estrofa particularmente bella en este poemario:

Los hombres bestias
se transformaban en fieras
y en las afueras del pueblo
descansaban después de la cacería
mientras que las bestias
transformadas en hombres
yacían junto a las doncellas del pueblo

Estos versos expresan con una gran intensidad y un claro lenguaje esa comunión tan intensa con la naturaleza, haciendo una velada referencia a la unión sexual, comunión que se reafirma en los versos

En los Reinos Dorados
los hombres y la selva éramos uno.
Nos encontramos también con la figura del chamán, que abre las claves de los tres cielos:
el cielo mismo
el cielo donde habitamos
y el cielo de la tierra

Nos reafirma en el paraíso perdido ese cielo donde habitamos, cuando para los conquistadores el paraíso existía después de la muerte. Ese contraste cultural no se puede obviar. Placer contra dolor, compenetración contra conquista, joie de vivre contra sufrimiento. Esa conquista se entreve en los nuevos nombres que los recién llegados pusieron a las especies, animales y plantas, y a los mismos hombres y mujeres, habitantes primigenios.
No puedo dejar de citar la importancia del agua:

Todos los ríos conducen
a los Reinos Dorados

El río, el arroyo, la fuente, las lágrimas, las avenidas fluviales, los diques, la historia de la cultura del Agua. El agua refleja así ese cielo que es la vida, siendo vida, memoria y tiempo ella misma, ya que la vida de los Reinos Dorados es agua, nace y muere con el agua, y muere porque precisamente los conquistadores llegaron por ella.

El agua es un elemento omnipresente:

El Agua
el río
la lluvia

Vemos el agua como madre. Si es el padre del yo poético de Homero quien nos cuenta la historia de los Reinos Dorados, es a la vez ese mismo padre quien se identifica con el agua, uniendo así logos y eros; y la madre se identifica con la Tierra que, fertilizada, es dadora de dones y dádivas.

Y esos conquistadores no sólo son los del pasado sino también los de ahora, los que buscan madera castaña y petróleo ya que esos seres están vacíos espiritualmente: aquí podemos observar una contraposición entre el ser y el tener. El indígena era y el recién llegado tenía y esa dicotomía llega hasta nuestros días.

Los Reinos Dorados siguen viviendo en el corazón y mientras la memoria los recuerde, su espíritu seguirá vivo en el líquido que nace de la vida: nuestra sangre.

“Amen, beban y vivan, que para dormir tendrán toda la eternidad”


Breve biografía de Edmundo Camargo de Elías Blanco

El poeta Edmundo Camargo
Por: Elías Blanco

Edmundo Camargo pasó de la vida a la muerte conscientemente. El sabía que “el ser es desde el momento en que tiene la capacidad de morir”, como define su pariente literario Jaime Saenz. Al igual que Guillermo Bedregal García o René Bascopé Aspiazu, su tiempo de vida fue corta, sin embargo, su obra se prolonga sobre la muerte a la que dominó con sus escritos.
Su existencia fue intensa de literatura desde su niñez, devorando todo cuanto llegara a sus manos, de manera urgente, como presintiendo lo corto del tiempo. La vida lo valoró desde que tenía cinco años de edad, al ser atacado por una de esas enfermedades que le dieron más de un susto a su frágil humanidad. Así, reconocida la magia de la vida y la literatura, se apuró en elaborar su obra.
En sus jóvenes años le cantaría a la vida, a la esperanza, con poemas como “Atahuallpa naciendo de los surcos”, escrita en homenaje a la dictación de la Ley de Reforma Agraria, o “Canto a Stalin”, en que se descubre partidario de los intentos de cambio social y político en los años 50. Y ésta su esperanza también se traduce de su familia, aquella que intentó construir junto a Francoise Vaervele, dama francesa que conoció en París, y con quien tuviera dos hijos. Tal su amor a la vida que gustaba de la pintura, de los impresionistas y surrealistas. También la música fueron sus aguas, en especial la clásica de la etapa barroca.
Pero el otro lado de la vida: la muerte, vestida de una rara enfermedad, se adelantó a su tiempo. Entonces empezó a repetir con certeza: “Yo sé que he de morir un día en que no encuentre mi soledad junto a mi sombra…”.
Fueron pocos pero largos años, en los que vivió la muerte de su ser. Escribía para denunciar el drama que lo atormentaba. Prosiguió acumulando versos que serían presentados de manera póstuma en el libro “Del tiempo de la muerte” (1964); allí su testimonio estaría plasmado en 53 composiciones, presentados según ordenamiento pedido por el mismo autor a su amigo Jorge Suárez, quien oficio de editor y prologuista.
De esta manera, 28 años de existencia le bastaron para sobrevivir a la muerte. La obra, su obra, todavía lo hace permanecer entre los suyos. Solo que ahora “el tiempo traza la tenebrosa sombra de otro tiempo”.
“Entre nosotros –afirma el crítico nacional Eduardo Mitre–, ninguna obra como la de Carmago se instala con tanta claridad y contundencia en los ámbitos de la poesía de vanguardia inaugurados por los surrealistas y, en Hispanoamérica, por Vicente Huidobro. Como ellos, la poesía de Camargo hace de la imagen entendida como invención maravillosa o revelación de analogías inéditas para los ojos lagañosos de la costumbre, la piedra de toque del poema”.
Uno de los versos de Camargo, titulado “Yaceremos aquí”, expresa: “La muerte nos cosió los costados / la carne es telaraña revistiendo los huesos / el corazón sacude sus cadáveres / como un hacinado crematorio. / Miro tu rostro, han volado los pájaros / mis manos se hunden en ti, / lodo adherido a mi lodo / tu carne segrega cuervos a mis costados”.
Edmundo Camargo nació en Sucre el 21 de enero de 1936. Falleció el 27 de marzo de 1964 en Cochabamba.


Los Jóvenes también contamos

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Sangre nueva para la literatura Paola Andrea Luna (15) y Tiffany Areco (16), ganadoras del premio
Por: Darwin Pinto

Ella, cuando por fin pudo escapar a las garras del insomnio, soñó que “eso”estaba ahí. Varias veces habló en dormida pidiendo que “aquello” se fuera. Incluso, cuando creció, le contaron que una noche la encontraron abrazada a su muñeca favorita, con temor por esa presencia.
De modo que algunos años después, cuando Tiffany Areco Erazo (16) escribió El choboreca del Tajibo, narración corta con la que ganó el primer lugar en la categoría de cuento en el concurso Los jóvenes también contamos, describió casi una experiencia personal, apoyada con investigación sobre esa leyenda oriental.
La poesía de Paola Andrea Luna (15) también es un asunto personal. Tanto es así que obtuvo el primer lugar en su categoría en el mismo concurso con su obra Nosé. Esta montereña, nacida en La Paz, ha hallado en este género de brevedad metafórica tallada en papel, el idioma necesario para expresar, en su total magnitud, lo que la palabra dicha al viento no puede hacer.
Hay veces en que los autores deben justificar por qué escriben lo que escriben, sobre todo, cuando algún periodista se los pregunta: “Siempre me ha gustado escribir, porque imaginariamente puedes visitar nuevos lugares. Empecé a hacerlo desde que tenía 11 años. Escribía cosas muy breves que se quedaban archivadas en casa. Ésta es la primera vez que participo en un concurso”, dice Areco Erazo y agrega que El choboreca del tajibo lo escribió en 48 horas, sólo para participar de esta competencia organizada por EL DEBER y la Mesa Departamental de Concertación por la Lectura y Escritura.
“…A lo lejos, la luna brillaba y cerca del yatí, una sombra espesa se arrastraba con muecas de dolor. La mujer agarró a la niña y entró a su cuarto. La abrazó fuertemente y no la dejó en toda la noche, sintiendo su respiración más calmada. Al día siguiente, junto con los rayos de sol, el árbol del tayí se elevaba majestuosamente, mostrando unas flores tan blancas como las estrellas. La mujer se sentó a observar el nuevo día que comenzaba, cuando una suave voz le habló desde atrás:
-Creo que ya se fue.
La mujer giró para ver a su hija, y con voz pausada preguntó como si hablara con el viento
-¿Cómo sabes?
-Porque pude soñar con flores…”.
En ese fragmento del cuento ganador se descubren ciertas influencias de maestros reconocidos por la autora. Pese a su final netamente garcíamarquiano, se ve también la mano de Allan Poe, Baudelaire y Kafka.
“Me gusta el cuento porque la poesía la relaciono con la felicidad y ese no es un aspecto que me interese. Mis temas se relacionan con mi estado de ánimo, con un sentimiento hasta doloroso, porque mis padres son veterinarios y alguna vez he visto la muerte ahí con algunos animales. Por eso leo la poesía de Baudelaire, es otra cara de ese género. Allan Poe cultiva un estilo de terror elegante, no como el de las películas que de niña yo miraba y me condenaban al insomnio”, afirma esta ex practicante de artes marciales que decidió renunciar al idioma francés porque el inglés la llamaba con más fuerza.
El primer cuento que escribió esta muchacha, que pretende profesionalizarse en ingeniería electrónica, fue a los ocho años para una tarea de la escuela. Hasta ahora ha escrito como 20, de los cuales algunos se han perdido.
En el caso de Paola Andrea Luna, además de poesía, cultiva el cuento, la fábula y sueña con escribir alguna vez una novela. Después del premio, afirma que desea seguir escribiendo y profesionalizarse en ello si es posible, aunque también tiene claro que si no puede encarar la literatura profesionalmente, igual jamás dejará de escribir. Para ella, la poesía atrapa al momento determinado que la inspira.
“Me gusta la poesía clásica, la de Lidia Parada o la de mi abuelo, Aldo Luna, cuyo trabajo figura en una antología poética. A los 13 años leí un poema titulado Homo non Sapiens. Desde entonces escribo para expresar mis emociones, mis ideas, como por ejemplo: sobre la amistad o sobre sentimientos encontrados o darte cuenta cómo la vida va cambiando y no sabés si estarás contento con esos cambios”, dice la ganadora que quedó impresionada con el libro La lista de Schindler, que quiere estudiar comunicación social o psicología, y que en sus ratos libres juega al tenis. Así escribe Luna:
También nosé/ si en un futuro
todo lo que viviré/ me dará frutos
(…) Pero si así fuese
tal vez me dañará
por eso lo único que sé
cuando se cierra una puerta
se abre otra o cuando hay un final existe un comienzo
(fragmento del poema Nose)
Luna agrega que ha escrito cuentos para el colegio y que le gustaría profesionalizarse en la poesía buscando una mayor intensidad y mejor estructura, aunque la ganadora de la categoría de cuento, Areco, agrega que teme estudiar literatura, porque podría cambiarle tal vez su modo de percibir las cosas y de escribirlas.
Así el exceso de TV, el hechizo del Play Station, el MP4 y la Internet, aún no han llegado al territorio mental de algunos adolescentes y jóvenes, como Luna y Areco. Ellas mantienen la capacidad de entender lo que leen, pueden mirarse por dentro, imaginar una historia y plasmar aquello que les bulle en el alma en forma de literatura. Pero sobre todo, tienen muchísimo tiempo para pulir esas habilidades y seguir un paso adelante de los muchos que empiezan la carrera de escribir, de los cuales, la mayoría caerán en el intento.
(Fuente: www.eldeber.com.bo)


Informe

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Los poetas ven al oficio como una necesidad libre de su entorno
Por: Martín Zelaya Sánchez

El crítico literario estadounidense Harold Bloom dice que los poemas pueden ayudarnos a hablar más plena y claramente con nosotros mismos, y a oír esa conversación. La poetisa boliviana María Soledad Quiroga escribe poesía “porque necesito hacerlo, porque esa es la manera que tengo de expresarme, de ser yo misma; escribir un poema es intentar descifrar la realidad y descifrarse a uno mismo”.
¿Cuál es el sentido de hacer poesía en Bolivia, qué implicancias tiene y cuáles son las condiciones y retos del vate boliviano? Con estas interrogantes como eje, decenas de escritores convergieron hace unos días en el tercer Festival de Poesía al Aire Libre.
“El sentido de escribir poesía en Bolivia es el mismo que en cualquier otra parte, en tanto —dice Quiroga— responde a una necesidad personal. Yo no creo en eso del compromiso de la literatura, no creo que pueda ni deba ser vehículo de denuncia social, no creo en la instrumentalización de la literatura”. En ello la autora coincide con gran parte de los participantes de este encuentro
Benjamín Chávez, Premio Nacional de Poesía 2006, considera que “el sentido acá y en cualquier parte del mundo, es la manifestación de aspectos cognitivos, emocionales, estéticos, desde un modesto, pero propio punto de vista”.
Otros factores
Pero, ¿y los factores externos, la coyuntura, la idiosincrasia que intervienen, determinan e influyen en este oficio?
El pequeño universo de lectores y el reducido mercado editorial de la poesía es, a diferencia de otros géneros, común en Bolivia y en casi todas partes del mundo, por lo que, salvadas las diferencias en cuanto a tradición y volumen poblacional, la realidad internacional de los vates no dista mucho.
Silvio Mignano, escritor italiano, actual embajador de su país en Bolivia, señala que “en Italia y Europa, incluso más que en Bolivia y América Latina, el público de la poesía es reducido, pero esto, paradójicamente, puede dar un sentido de mayor libertad: sabes bien que cuando escribes poemas te estás dirigiendo a un grupo de lectores que te van a entender, que están comprometidos con la literatura, que esperan de ti una voz auténtica. No puedes fallar, suele ser un lector más exigente”.
“Es cierto que en Bolivia los lectores son muy pocos, especialmente los de poesía; podría decirse incluso que los únicos que leen poesía son los poetas. Estamos lejos de la situación de algunos autores chilenos, como Neruda, que fueron verdaderos fenómenos de masas, y muy lejos de casos como el de Medellín, donde se congregan multitudes a escuchar lecturas”, comenta Quiroga al respecto.
Aristas
El encuentro, que reunió a poetas reconocidos como Humberto Quino, Jorge Campero o Jaime Nisttahuz, y a autores emergentes como Osmar Filipovich, Pamela Romano o Montserrat Fernández, se dividió en cuatro mesas temáticas. Después de leer su producción, los participantes debatieron en cada una de ellas sobre los siguientes tópicos: la poesía emergente, la generación contestataria, el eje La Paz-Santa Cruz y la producción en el interior, y el Premio Nacional de Poesía Yolanda Bedregal.
En esta última mesa estuvo Chávez, quien considera que “todo concurso es un apoyo a la creación, pues al otorgar dinero se está pagando por un trabajo realizado. Pero el Yolanda Bedregal es además un concurso que contribuye a la circulación del libro, al publicarlo.
Así, también apoya a la industria editorial y al consumo (lector). En cuanto a la valoración de la obra literaria que todo concurso presupone, ésta no es ni puede ser infalible, pero sí atendible de validar o desechar”.
María Soledad Quiroga cierra este tópico. “En el caso de un Premio Nacional habría que ser más cuidadoso y tal vez premiar una trayectoria poética y no un libro. Se han dado algunos casos de premios inmerecidos, sobre todo porque las bases de los concursos obligan a otorgar los galardones anualmente, aunque el nivel de los concursantes no sea bueno, creo que habría que modificar esto para evitar que se vaya devaluando”.
Azar acrobático y malabarista
Pamela Romano (Estudiante de Literatura)
Llegar a la poesía desde un sentido escritural —creería— no es una elección; parecería, más bien, ser un azar y no por eso ser una faena improvisada —quizás malabarista, acrobática, pero siempre ejercitada a la mira cuidadosa de jugar sobre/ con un vacío. Escribir desde ahí (desde la conciencia de ese lugar sin lugar, al que se ha llegado quién sabe por qué) posibilita que considere la escritura poética como un oficio —como lo hago; que pueda rebatir y cuestionar siempre una voz confesional, ante la cual, pensaría, el poeta debiera alejarse como si fuera una enfermedad. Resumiendo, escribo para sentirme más incómoda: me gusta pensar que la poesía es el oficio de esa incomodidad, de saber que lo mejor sería dejar de escribir y sin embargo se sigue escribiendo. ¿Qué implicancia tiene todo esto en el contexto boliviano? Yo no sé. Creería que ninguna en un sentido práctico; quizás sólo plástico (que es lo que importa). Como premio nacional y desde una mirada optimista, el Premio Yolanda Bedregal tendría que generar algo así como un “canon” o referencia de la poesía boliviana actual. Parece esto imposible siendo que la calidad de las obras galardonadas es dispareja (en rigor, nunca se pensarán iguales las escrituras de Urioste y Chávez, por ejemplo. De ahí que el Premio de Poesía sea un lugar “dudoso” y, creería, le falten todavía años para ser entendido como un aporte eficaz al panorama poético.
La poesía es ancestral; el acto de escribirla, contemporáneo
Montserrat Fernández es una joven poetisa paceña que participó por primera vez en el festival en la mesa de jóvenes, o nuevos poetas. Cavila, en este espacio, brevemente, sobre los ejes del debate planteado
— ¿Por qué escribes poesía?
— Barthes dijo: “preguntarse por qué se escribe ya es un progreso respecto a la bendita inconsciencia de los “inspirados” pero es un progreso desesperado, no hay respuesta.”Escribir, pues, no tiene causas, más sí efectos. Particularmente, escribir poesía es decir el mundo por primera vez. No se confunda, pues, decir con descubrir, ya que uno simplemente es improbable y absoluto; el otro es dogmático. Pero, al final, escribir poesía es indudablemente un efecto… variable.
— ¿Cuál es el sentido de escribir poesía en Bolivia? ¿Implica algún compromiso, necesidad o razón? ¿Afecta el hecho de que sea muy pequeño el universo de lectores y el mercado editorial?
— En Bolivia la poesía es ancestral; sólo el acto de escribirla es contemporáneo. Por eso, nuestra poesía contiene una complejidad original, pues conforme se escribe —se busca la palabra para decir cómo sentimos un tiempo y un espacio— nos acercamos a la compresión de la tierra boliviana, de nuestro tiempo y nuestro espacio.
—Entonces, la palabra se presenta innecesaria, pues sólo queda contemplar la inmensidad del sonido, en silencio. Tal inmensidad—aquella que construye y reconstruye el significado— sea, tal vez, el sentido de escribir poesía en Bolivia. Queda, sin embargo, la posibilidad de que la poesía sea una moda, pues están aquellos que buscan la reciprocidad de la literatura: escribo, soy intelectual.
— ¿Qué opinas del Premio de Poesía Yolanda Bedregal? ¿Qué fines cumple y qué aporte da el catálogo de ganadores al panorama poético nacional?
— El premio de poesía Yolanda Bedregal se presenta como espacio único de incentivo para los jóvenes poetas. Su aporte no se reduce al descubrimiento de nuevos talentos, pues el reconocimiento proporciona al crítico literario la ampliación de su campo de estudio y, por tanto, la necesidad de la apertura.
El espléndido vicio del verso
Silvio Mignano (Escritor y diplomático italiano)

He nacido como poeta, luego me he convertido esencialmente en narrador. Sin embargo, nunca he dejado de sentir una atracción casi prepotente hacia los versos. Me doy cuenta que cuando escribo novelas tengo una mayor capacidad de esconderme, de jugar: los personajes, que finalmente son los que más me interesan, construyen una suerte de pantalla que me permite actuar y mezclar distintos aspectos de mi personalidad. En cambio, cuando escribo poemas me siento al desnudo, más auténtico, y posiblemente detrás del estímulo a seguir dedicándome a este género se encuentre justamente la necesidad de expresar mi propio ego.
En el tiempo que vivo en este país, he podido percibir que la poesía es un elemento fuerte dentro de la literatura y en general de la cultura boliviana. Es suficiente pensar en una voz poderosa como la de Franz Tamayo, pero también en Jaime Saenz, un gran poeta que escribió una extraordinaria novela, algo parecido a José Lezama Lima en Cuba. En el panorama actual, sigue viéndose un profundo compromiso de los autores bolivianos hacia la poesía: Benjamín Chávez, por ejemplo, es una voz madura, conciente y completa, un poeta ya de nivel internacional. Otro caso es Rodolfo Ortiz, un experimentador genial, con una intensidad que muy pocas veces he visto, incluso en otros países. Hay un gran movimiento juvenil, hay revistas especializadas, como la Mariposa Mundial, y en fin, un humus muy favorable a la cultivación de ese esplendido vicio que es el verso.
(Fuente: www.laprensa.com.bo)


Sobre los Reinos dorados de Homero Carvalho

“LOS REINOS DORADOS” DE HOMERO CARVALHO
Por. Alcides Parejas Moreno

Creo que no es aventurado afirmar que estamos viviendo una de las etapas más convulsionadas de la historia del país. Todos los días y en toda la geografía nacional hay varios conflictos que en su gran mayoría son provocados por el mismo gobierno en su afán de enfrentarnos a los bolivianos. Los conflictos se multiplican porque nuestro presidente no hace gestión, sino que se dedica a viajar para hacerse vitorear y cuando está en el país ocupa una buena parte de sus esfuerzos a enfrentarse a sus “opositores”, especialmente a los cruceños. Todo esto hace que los bolivianos vivamos cabreados y que estemos perdiendo la esperanza porque el fututo es cada vez más incierto. En medio de esta desagradable situación me he encontrado con algo que me ha devuelto la esperanza y que hoy quiero compartir con ustedes, porque creo que vale la pena.
La semana pasada mi amigo Homero Carvalho me llevó de regalo su último libro, un poemario. Cuando lo tuve en mis manos empecé a experimentar una reacción en cadena. Después de mirar la tapa y hojearlo ligeramente, la belleza me invadió. Es un libro bellamente editado con ilustraciones de Valia Carvalho. El título –Los Reinos Dorados-me encantó. Creo firmemente, como dice Homero a lo largo de su poemario, que todos habitamos los reinos dorados; que todos somos parte de los reinos dorados; que los reinos dorados somos nosotros. El título fue mucho más que una invitación, fue una incitación a su lectura. Siempre he dicho que soy sordo para la poesía, que no se leer poesía. El libro me abrió los oídos! El resultado es un enamoramiento total. Enamoramiento de una bella pieza literaria que, además, es un luminoso homenaje a Antonio, el padre del autor, el que hablaba “con la misma pasión / con que se habla / de las mujeres amadas”; el que le aconsejó que escriba lo que le contó, “porque al escribirlo estarás marcando el camino”.
El poemario de Homero Carvalho es un canto al mestizaje; un “canto a la sangre”, como dice Ruber Carvalho. Un mestizaje altivo que, al contrario de otras culturas, tiene una relación amorosa con la naturaleza (“En los Reinos Dorados/ los hombres y la selva éramos uno”). Un mestizaje diverso en la inmensa geografía americana, pero que tiene un denominador común (“En los Reinos Dorados/ nacíamos con el don del entendimiento / cada nación hablaba su propia lengua / pero todos sabíamos que cuando / alguien decía Amarumayu / se refería al Río de las Serpientes”.). Un mestizaje que estuvo mucho tiempo aislado del mundo, protegido de todos los males por el Arco Iris, pero que sin embargo tiene conciencia de la vecindad del mundo (“ De vez en cuando / llegaba el viento del sur / recordándonos que no muy lejos / de nuestros límites estaba el frío”). Un mestizaje que a pesar del aislamiento siempre ha sido universal (“Mi padre habla nuevamente / para recordar que los Reinos Dorados / limitan con todos los reinos / y su capital no estaba en ninguna parte. / Nosotros lo sabemos / pero jamás lo diremos / me dice sonriendo y se sirve /un sorbo de refresco de achachairú / luego toma un puñado de almendras /y las va masticando sin prisa una a una”). Un mestizaje que, a pesar de los pesares y sin renegar de su pasado, antes al contrario asumiéndolo, es esperanzado (“Y el mundo sigue naciendo / en los territorios de los Reinos Dorados / en los bosques, sabanas, ríos y arroyos /germinan nuevas orquídeas, libélulas azules /etores escarlata, bejucos lluvia de fuego. / En los territorios / de los Reinos Dorados/ el mundo sigue naciendo / sin pasado que nos gobierne /
ni tristeza que nos condene / el mundo es hoy y nosotros / los amantes de este nuevo tiempo”).Un mestizaje que nos muestra de manera luminosa el camino (“Nos dejaron sus palabras / y su sangre que como los ríos / se unen en alguna parte y / van a un solo destino”).
Gracias, querido Homero, por tan bello libro que deberíamos leer todos los bolivianos para hacer reverdecer la esperanza.
[Fuente: www.columnistas.net]


Poemas ganadores

Jóvenes con corazón de poeta

Dentro de la categoría de poemas del concurso organizado por la Mesa Departamental de Concertación por la Lectura y Escritura (MDC-LEE) y el diario EL DEBER participaron más de 300 obras de jóvenes entre los 12 y los 18 años. El jurado determinó que los ganadores fueran Paola Andrea Luna, Jorge Rodrigo Calero y Mariana Ferreira Ichazo.
A continuación publicamos sus trabajos:

Nosé
Autora: Paola Andrea Luna

Nosé si mis pensamientos
y mis sentimientos
tengan un lugar
entre la realidad y los sueños

Es igual que nosé
al mirar el cielo
si todo lo que tengo
permanecerá con el tiempo

Nosé si algún día
cambiará mi comportamiento
y si eso pasa sólo espero
que no sea tarde para dar remedio

Nosé si los resentimientos
y el mal sentir
se apoderaran de la gente
que más quiero

También nosé
si en un futuro
todo lo que viviré
me dará buenos frutos

O lo inmaterial que me han ofrecido
se quedara a pesar de los obstáculos
que puedan impedir sinceros deseos

Pero si así fuese
tal vez me dañara
por eso lo único que sé
cuando se cierra una puerta se abre otra
o cuando hay un final existe un comienzo

VEO
Autor: Jorge Rodrigo Calero

Veo tus ojos, potentes de fuego
cual si fueran estrellas del firmamento
que hacen de mi vida un juego
un juego peligroso
el cual presiento que me asesinará
que me destrozará en pedazos
que me destruirá y me desaparecerá
y de mí no quedará ni un trazo.
Veo tu rostro, y tu cabello volando al viento
como ave volando al infinito,
pero un volar calmado y lento
como un lánguido y parsimonioso rito.
Veo tu caminar remotamente,
tu figura reflejándose ante mi vista
distante, lejanamente
pero sincera y realista
dirigiéndote hacia mí
dejando a la luna opaca
por tus ojos de curucusí
y tu sonrisa formando una hamaca
en la cual descansarán mis penas
de la cual despertó el amor
de la cual fluyó en mis venas
la inspiración de trovador.
Llegas hasta mí y en tu cara albina
unas lágrimas aguadas de tristezas
sutiles, tenues, finas
recorren tu rostro
atiborrado de belleza.
Caigo en cuenta
porque vienes a mí
porque él te hizo llorar
por eso estás aquí
pero a mí no me ha de importar
y trataré de hacerte olvidar,
de que relegues ese desliz
de lograr tanta pasión de amar
y poderte hacer feliz.

Sin nombre
Autora: Mariana Ferreira

Está en medio de la nada.
No piensa, no habla,
sólo espera ahí sentada.

Lleva puesta una peluca,
su rostro maquillado,
altas botas de recluta
y cigarro en una mano.

La pobreza la detiene,
y por algo de dinero
a los hombres entretiene.

Invita en su empleo
a desnudar su humilde piel,
vender su cuerpo entero
y que le paguen por placer.

Mira su reloj,
ya es de madrugada.
Espera muchas horas
y no consigue nada.

Está preocupada,
no sabe qué hacer.
si no llegan clientes
no tendrá para comer.

Una lágrima negra
adorna sus ojos.
y el viento despeina
sus cabellos rojos.

Todo está tranquilo
el silencio se disputa.
De repente alguien grita:
¿Cuánto cobras, puta?

Levanta la mirada,
su mundo se ilumina,
y observa sonriente,
que al fin llegó un cliente.

Rápidamente,
la mujer sube al carro.
No piensa,
su cuerpo no le importa
solo piensa en su pago,
y en ganar otra derrota.

[Fuente: www.eldeber.com.bo]


Análisis de Eduardo Mitre a A un comensal, poema de Juan Cristóbal McLean

La pasante de Baudelaire en un poema de MacLean
Por:Eduardo Mitre

El tema de mi exposición es muy concreto: un poema de Juan Cristóbal MacLean cuya obra poética comprende hasta el presente dos libros de poemas: Paran los clarines (1999) y Por el ojo de una espina (2005), a los cuales hay que añadir tanto sus artículos recopilados en Transectos (2000) como sus textos en prosa poética y poemas en prosa aún no recogidos en libro. Otro dato relevante en relación con el autor es su notable labor de traductor de poetas de lengua inglesa y francesa.
El poema, titulado A una comensal, perteneciente a su segundo poemario, alterna la traducción textual con la inserción de algunos versos e imágenes del poema modelo (nada menos que A une pasante, de Charles Baudelaire) así como variaciones de otros regidas por la ironía. He aquí A una comensal:

Ensordecedores, alrededor mío, gritaban parroquianos.
Alta, delgada, de negro ceñida, con recatado paso.
Una mujer llegó, de sandalia muy desnuda
elevando, equilibrando el talón, la pantorrilla.
Dubitativa y común, con su pierna de estatua.
Yo almorzaba extravagante como ante un arroz.
En su mirada, cielo tímido en que afloraba el divorcio,
la dulzura que se agota, el placer que desespera.
¡Un camarero… luego el menú! Fugitiva vecina
cuya mirada me declaró otro apetito
¿volveré a verte en otra parte?
En mi cuarto, tan cerca de aquí. Mañana tal vez
Aunque ignoro lo que comes, tú no sabes lo que bebo.
¡Oh tú que podría devorar, oh tú que acaricias el mantel!

Formalmente, el poema sigue la clásica división del soneto en dos cuartetos y dos tercetos, aunque, a diferencia de su modelo —compuesto en versos alejandrinos— no se ajusta a ninguna estructura métrica fija, sino que opta por la polimetría sin rima en la que predominan los versos de catorce y dieciséis sílabas.
Tal flexibilidad formal se aviene bien con el tono desenfadado, desenvuelto, opuesto al rigor formal y al tono patético del modelo. Para apreciar el grado de inflexión que la parodia opera vale la pena recorrerla puntualmente. El espacio no es un exterior (la calle o avenida en Baudelaire), sino un interior delimitado: el comedor de un restaurante o, acaso, de una pensión; incluso nada nos impide añadirle un toponímico y decir que se trata de un restaurante o una pensión cochabambina o paceña.
Segunda inflexión: el hablante se encuentra sentado y rodeado de parroquianos, es decir de personas más o menos conocidas, razón por la que la multitud (la foule), ese componente siempre implícita o explícitamente presente en Baudelaire se halla más bien ausente en el texto que analizamos. En consecuencia, el ruido ensordecedor de la muchedumbre es sustituido por un bullicio parlero, más personalizado, humanizado, producido por los parroquianos.
En ese escenario sucede la aparición de la comensal cuya descripción física es, en parte, una traducción o copia de la fisonomía de la pasante y, al mismo tiempo, una variación y aun su negación. En efecto, como la intempestiva musa baudeleriana, la comensal es “alta, delgada y va de negro ceñida”. En el primer hemistiquio del segundo cuarteto, compuesto por dos adjetivos, la comparación cesa y la caracterización de la comensal es de signo descendente: se trata de una mujer “común y dubitativa”.
Estos dos adjetivos nos dan un perfil más claro de este personaje femenino, y digo personaje porque el poema, como el de Baudelaire, como el cuento de Julio Cortázar, y el poema de Eugenio Montejo, citados y comentados antes, comporta un escenario, una puesta en escena, una trama y un desenlace, aunque éste consista más bien en la desaparición de los personajes, en la disolución del escenario y de la trama montados por un instante.
Pero sigamos con el perfil de la comensal: el adjetivo “dubitativa” aplicado a ella trasunta su inseguridad, la cual contrasta con la modelo cuyo dolor majestuoso al par que su porte ágil y noble le confieren una presencia imponente. Asimismo, el adjetivo “común” nos sugiere una doble connotación: estética y social: por lo primero, la comensal, pese a sus piernas de estatua, no es particularmente hermosa; por lo segundo, no es una aristócrata sino que pertenece más bien a una clase media, o tal vez a una clase suburbana en ascenso.
Dicho de otro modo y para entendernos mejor: la comensal de MacLean no pertenece a la clase social ni a la época del presidente que se fugó del país, de modo que podemos imaginarla proveniente más bien de esa clase media que apoyó al actual.
[Fuente: www.laprensa.com.bo]


Sobre Los Reinos Dorados de Homero Carvalho

Homenaje a una visita soñada
Por: Homero Carvalho Oliva

Recuerdo una cita de Jorge Luis Borges que decía que a veces le era dada la primera línea de un poema y había leído también el poema “Kublai Khan” de Samuel Taylor Coleridge, cuyo autor afirmaba que el texto integro lo recibió como una visión durante un sueño. Siempre me pareció que estar afirmaciones eran muy literarias hasta que me sucedió que una madrugada me fue revelado un poema.
Mi difunto padre, Antonio Carvalho Urey, se me apareció una fría madrugada de abril y en el sueño me reprochó porqué yo no había escrito algo sobre nuestro territorio amado, sobre nuestras pampas, sobre nuestros ríos, sobre nuestro país de las aguas. Y me mostró ciertas imágenes que según él eran de la época de esplendor de las civilizaciones que habitaron hace miles de años el amplio territorio de los moxos. Bastaron esas pocas presencias antiguas para que yo recuerde otras imágenes, rememore hechos, y me salte de la cama buscando papel y lápiz para escribir sobre esas cosas que se me presentaban como si siempre las hubiera sabido, como si hubiesen estado esperando que yo las recuerde.
Los Reinos Dorados, es pues, un poema de largo aliento dedicado a aquellos reinos que existieron en el territorio de Moxos, esas culturas desaparecidas cuya memoria se extiende intangible en el verde océano vegetal de lo que ahora llamamos Beni. Su escritura me ha dado muchas y grandes satisfacciones. Tuve la suerte que mujeres y hombres poseídos por la poesía y tocados por mi poema escribieran generosos comentarios. Creo que esa fue la mayor maravilla de este texto. Estoy contento, feliz porque creo que la vida me ha otorgado el don de escribir algo de lo que me siento infinitamente agradecido.
Durante el proceso de la escritura del poema entusiasmé a mucha gente que, pacientemente, escuchaba los borradores y algunos de ellos me brindaron sugerencias para mejorarlo. Las primeras correcciones de rigor las relizaron mi hermana Kihili Kunturpillku y la última estuvo a cargo de mi buena amiga Patricia Urquieta. Mi entrañable prima Valia Carvalho, siempre entusiasta, navegó en los ríos de los Reinos Dorados y desembarcó para darme su arte diagramando el libro y supervisando el trabajo de Edición. Gracias a Todas ellas, las amo.
De este poemario Rúber Carvalho Urey ha escrito: Los Reinos Dorados es el canto de la sangre que nadie, hasta ahora, había cantado con tanta galanura, con tanta poesía, con tanto corazón. Del Amazonas hasta Mojos, en medio de la pampa, orilleando la selva, entre los bajíos y los terraplenes milenarios, en algún sitio, encontró Antonio, padre de Homero, una noche estrellada el misterio del nombre y se lo legó para hacerlo música, viento, tropel en estampida de jaguares al compás de los torrentes de los ríos que van al mar, desde los reinos dorados…”
Kihili Kunturpilku :“Henos, aquí, nuevamente convocados por el fuego, vale decir por el verbo, vale decir por la memoria. Pues no existe diferencia alguna entre nuestro sueño y nuestra historia. Cuando una cunumi o una imilla o una warmicha va hilando mientras camina, está cantando; y la que trama polícroma sobre la urdimbre, está soñando y escribiendo historias. Como los montes, con sus nubes y sus rayos, Netza Uatl Coyotl entre las flores, el Dr. Nele de Kanthule y la sapiencia, Ernesto Cardenal con su grandeza y Vito Apshana con los pájaros del festín de la mañana, así Homero nos reúne otra vez.”
La poeta Roxana Selum: “En los Reinos Dorados Homero vuelve a la Unicidad, al Uno “en los Reinos Dorados los hombres y la selva éramos uno” y en cada letra de esta intensa poesía va tejiendo con hilos de acero y miel una historia guardada –no vedada– lista para asombrarnos, ¡la recompensa es el asombro!”
Y Don Juan Carlos Ramiro Quiroga ha sido muy generoso: “Como Julio Cortázar, el cuentista beniano ha escrito tardíamente poemas; pero le ha ido mejor que al gran narrador argentino. Creo que Carvalho comparte con nosotros algo más que meros recuerdos, sino la imponderable felicidad de las palabras poéticas.”
Yo no creía en las revelaciones, pero este poema es la prueba de lo infinito, de lo que está más allá de las palabras…
(Fuente: www.ecdotica.com)




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