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Carta a Miguel Esquirol

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Carta a Miguel Esquirol
Por: Michael Gamarra

Estimado Miguel Esquirol:
Gracias por ese mensaje, que aunque masivo y provenir de alguien a quien no conozco personalmente, tiene el valioso toque del contacto entre un ser humano y otro, lo cual lamentablemente hoy, a una parte grande de la humanidad se le está paulatinamente incitando a perder. El “progreso”, el mismo que en los años 30 motivó al genio de Charles Chaplin producir aquel impactante film “Tiempos Modernos”, parece querer en el tercer milenio conducirnos a una raza de Robots, en la que todos pensaremos y actuaremos de igual forma, despreciando los colores de la diversidad, y encasillándonos en un gris monótono. frío y rígido, totalmente reñido con nuestra condición de seres vivos. Cada día es más frecuente que al llamar por teléfono a una organización, grande o pequeña, nos encontramos conque quien nos habla es una máquina incapaz de distinguir matices y sólo sabe que lo que no es blanco debe ser negro y viceversa.Hacia dónde nos conducirá eso no puedo imaginar. Por otra parte resulta alarmante el incremento del egoísmo que se palpa en todas las esferas, pero en especial en aquellos que cuando han llegado a posiciones destacadas, olvidan por completo la responsabilidad que tienen para con la sociedad que los ha elevado a dicho sitial.Por mi parte, soy de los que cree que todavía, en especial en las culturas iberoamericanas, late un humanismo que no quiere dejarse doblegar por el pragmatismo de estos tiempos.El proteger ese humanismo, mantenerlo y difundirlo al resto del mundo, es una forma de fortalecer la esperanza de que habrá para nuestros descendientes un mundo mejor, sin intolerancia, sin guerras, sin terrorismo, sin sobresaltos.Personalmente he encontrado en la difusión de nuestra lengua y literatura, un camino hacia esa meta, no importa que sea una “estrella inalcanzable”. Gracias nuevamente, y adelante. Sigue escribiendo, Miguel Esquirol. Encontrarás lo que buscas. Con deseos de un exitoso 2008, para ti y todos tus amigos, con un ingrediente importante: buena salud. Cordialmente desde Australia

Del Toro filma en Bolivia

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Del Toro filma en Bolivia y se reúne con Evo Morales
El actor puertorriqueño Benicio del Toro aprovechó ayer un descanso en el rodaje de “Guerrilla”, sobre Ernesto “Che” Guevara, para visitar al presidente Evo Morales, un confeso admirador del desaparecido guerrillero cubano-argentino.
Sin la boina y la barba que lo han acompañado en estos meses, y con un sombrero de ala similar al que usan los campesinos bolivianos, Del Toro se dirigió a quienes rodearon las puertas del palacio presidencial a su salida con un “hola, saludos para todos”, para luego desaparecer en una camioneta todo terreno sin comentar lo conversado con Morales.
La dirección de prensa del palacio presidencial indicó a la AP que el mandatario le obsequió al boricua ganador del premio Oscar un charango, instrumento de cuerda andino, y varios libros envueltos en papel regalo. Agregó que su conversación duró entre 15 y 20 minutos y giró en torno a “Guerrilla”, un filme del estadounidense Steven Soderbergh que sigue a “The Argentine” (El argentino), del mismo director.
Según sus productores, ambas cintas se apegan a “El diario del Che en Bolivia”, manuscrito que dejó el guerrillero ejecutado por el ejército boliviano hace 40 años tras una fracasada campaña en la selva oriental de este país.
El cineasta boliviano Rodrigo Bellot, encargado de apoyar la producción a nivel local, comentó a la AP que el equipo no puede brindar información de momento, pero dejó entrever que el rodaje se realiza por estos días en Bolivia.
El proyecto de Soderbergh sobre el Che data de alrededor de 2003 y, en principio, debía filmarse en gran parte en Bolivia, informó entonces el director, cuyo plan era realizar una sola película bajo el título “Camisa blanca”.
Los planes, empero, cambiaron, y “El argentino”, la lucha del Che en Cuba hasta la victoria de la guerrilla, se filmó este año mayormente en España y parte en Nueva York. Y “Guerrilla”, cuyo sitio de rodaje principal también es España, trata sobre los intentos del Che por extender la guerrilla a Sudamérica en los años 60.
Hacia 2003, Soderbergh y Del Toro pidieron una entrevista con el vicepresidente y luego primer mandatario Carlos Mesa (2003-2005), a la cual no asistieron. Y tras una larga espera, un colaborador de Mesa dijo que una representante de la producción llegó al despacho a pedir disculpas, sin dar mayores explicaciones.
(www.lostiempos.com)

¿Por qué no te callas?

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¿Por qué no te callas?
Por: Pedro Shimose

Investido Presidente de Venezuela, en 1998, el coronel Hugo Chávez suscitó el siguiente comentario del recientemente fallecido presidente Luis Herrera Campins: “¡A comprarse alpargatas que lo que viene es bailar joropo!”. En otras palabras, quiso decir que con Chávez empezaba el populismo chévere.
Allí donde va, Chávez arma la gorda. El socialista democrático venezolano Teodoro Petkoff cuenta que el comunista José Vicente Rangel –partidario de Chávez– escribió, en el curso de la campaña electoral de 1998, un artículo titulado Por la boca muere el pez, en el que “alertaba a Chávez acerca de su habla camorrera y balandra” (propia de matones y delincuentes). Cuando Rangel llegó al poder del bracete de Chávez –militar golpista reconvertido en demócrata– excusó a su jefe diciendo: “Ése es su estilo”. Rangel llegó a ser el segundo hombre importante del régimen bolivariano, pero renunció a su cargo siete años después, cansado del ‘estilo’ de su caudillo parlanchín y bochinchero.
Con su estilo mitinero, el coronel Chávez va por el mundo exhibiendo sus malas maneras, su rechazo olímpico de protocolos y normas de cortesía, diciendo lo que piensa sin pizca de diplomacia y con desprecio del arte de la discreción. ¿Puede un político impertinente, metepata y desprovisto de sutileza sentirse ofendido y agraviado porque el rey de España lo invitara a callar? Puede, pero no debería. El Presidente bolivariano olvidó que no estaba en su programa ¡Aló, Presidente!, desde el cual ha insultado a los presidentes Bush, Fox, Uribe, García y Aznar, se ha mofado de Condoleezza Rice y ha arremetido contra la monarquía inglesa y contra los empresarios españoles. Al Presidente del Perú lo llamó ‘pícaro, corrupto y ladrón’. Calificó al diplomático chileno José Miguel Insulza, actual secretario general de la OEA, de ‘pendejo’. (En Venezuela, pendejo significa tonto, idiota, estúpido). “Debería renunciar a la secretaría general (de la OEA) el insulso doctor Insulza”, dijo y se preguntó: “¿Qué quiere ser ahora? ¿Un virrey del imperio? Venezuela es libre, doctor Insulza… Vaya que bien pendejo es el doctor Insulza, un verdadero pendejo, de la pe a la o”. También aconsejó a Insulza que “no se meta con Venezuela, porque no permitiremos a nadie que se meta en nuestros asuntos internos”.
El otro día, Chávez no se dio cuenta de que estaba en Chile, país anfitrión de la XVII Cumbre Iberoamericana. Fiel a su estilo, se entrometió en los asuntos internos de Chile. Habló de la política exterior chilena respecto al alegato boliviano por una salida al Pacífico (¿no habrá perjudicado las gestiones del primo Evo Morales sobre tan delicado tema?) y le enmendó la plana a la presidenta Bachelet, criticando públicamente la agenda de la Cumbre centrada en el tema de la ‘cohesión social’ y censurando la política neoliberal de la socialdemocracia chilena.
Es conocida la afición de algunos presidentes iberoamericanos a entonar en público canciones mexicanas. Al ecuatoriano Abdalá Bucaram, al peruano Alan García y al venezolano Carlos Andrés Pérez les encanta la canción ranchera El rey, de José Alfredo Jiménez. A Hugo Chávez también: “Con dinero y sin dinero, / hago siempre lo que quiero / y mi palabra es la ley. / No tengo trono ni reina, / ni nadie que me comprenda / ¡pero sigo siendo el rey!”. Queda patente que, en el fondo, nuestros republicanos añoran la monarquía, siempre que los reyes sean ellos. Y cuando la atacan es por pura envidia. Después del altercado de la Cumbre, Chávez da la impresión de que ignora lo que es una monarquía constitucional. De hecho, Chávez –sin ser rey– tiene más poder en la República Bolivariana de Venezuela que don Juan Carlos en el Reino de España. El rey Juan Carlos es jefe del Estado, pero no gobierna. Para eso están el Presidente y sus ministros.
El presidente Chávez abandonó Santiago de Chile sin entender estas sutilezas, muy satisfecho de ser fiel a su estilo chabacano, que hasta a un rey sacó de sus casillas.
(Fuente: www.eldeber.com.bo)

Nueva York

NUEVA YORK: CRÓNICA DE UNA CIUDAD FUGITIVA

Por: Edmundo Paz Soldán

Hace algunos años, cuando estudiaba en Berkeley, mi mamá llegó de visita y la llevé a conocer San Francisco. Me quedé pasmado por la cantidad de fotos que sacó de North Beach, Chinatown y Alcatraz. Hubo un momento en que pensé que, más que la experiencia en sí, lo que justificaba su viaje eran las fotos de éste. Se me ocurrió –y luego lo escribí en un cuento— que acaso hubiera sido un gesto más original no sacar ninguna de las fotos que había sacado, y dedicarse a fotografiar a todos aquellos edificios y calles y esquinas que habían hecho legendaria a la ciudad. Fotografiar más bien el verdadero universo de la ciudad, la anónima y fascinante topografía que permitía y sobre la que descansaba la existencia de algunos ya muy obvios símbolos de postal. El verdadero desafío consistía en visitar Nueva York y no sacar fotos de la estatua de la Libertad, ir a París e ignorar la torre Eiffel, en la ciudad de México recorrer el Zócalo sin una cámara fotográfica a la mano. Si todavía no está muy claro, lo confieso: no soy un buen turista. No sé muy bien cuál es la puerta de entrada y la de salida a la hora de visitar ciudades. Tengo una cámara fotográfica digital con la que suelo viajar, pero con frecuencia la olvido en la habitación del hotel. Y sin embargo, cuando llegan amigos a Nueva York no dejo de ofrecerme a hacerles conocer la ciudad, porque no hay mejor excusa que ésa para que yo la conozca un poco más, nunca del todo, es imposible conocerla del todo. Mi casa está a cuatro horas de Nueva York, y mucha gente cree que vivo en la misma ciudad por la forma tan inmediata en que me ofrezco a acompañarlos el fin de semana a pasear por Manhattan. Y claro, luego me es difícil encontrar el restaurante griego al que prometí llevar a una editora española, o la librería Macondo –toda ciudad del planeta está obligada a tener una librería con ese nombre–. Y tomo la línea del metro equivocada, o me bajo en la estación en la que no debía bajarme; una vez, iba a Wall Street y terminé en Jamaica, Queens. Y me pierdo y me encuentro muchas veces en un par de horas: ¿no es esa la mejor manera de pasear por Nueva York? Soy un pésimo guía, pero mis pasos, pese a todo, van dibujando una suerte de mapa, a la manera del personaje de Paul Auster en La ciudad de cristal. Y la ciudad me salva, porque uno siempre se topa con algo: no, nunca llegué a la estación del metro en Chambers Street, para ver de cerca el puente de Brooklyn y recordar algunos versos de Hart Crane, pero una vez, sin saberlo, entré a la biblioteca Donnell en Mid-Manhattan y me topé con los verdaderos Winnie the Pooh, Tigger y Eeyore, desprendiendo detrás de una vitrina su aura de originales, más pequeños y más viejos que los simulacros que uno está acostumbrado a ver en libros y en la televisión, pero más importantes por, bueno, originales. Nueva York fue fundada en 1625, cuando la compañía Dutch West Indies creó, en el bajo  Manhattan, Nueva Amsterdam. El modesto puerto fue pronto llenándose de inmigrantes, hasta convertirse en la ciudad de inmigrantes por excelencia. Hoy uno puede visitar Ellis Island, lugar de ingreso de doce millones de personas entre fines del siglo XIX y mediados del siglo XX, y leer en una pared  del edificio los nombres de 600.000 de esos inmigrantes (no, yo todavía no he visitado Ellis Island). De acuerdo al censo del 2000, la ciudad cuenta con ocho millones de habitantes; ocho cuadras en Washington Heights cuentan con el mayor promedio de extranjeros por área: casi 9000 mil latinoamericanos (nueve cuadras de Flushing le siguen de cerca, con 8639 coreanos y chinos). Uno de cada tres neoyorquinos ha nacido en otro país; de todos los grupos de inmigrantes, quienes han crecido con mayor rapidez en la última década son los mexicanos, que se han triplicado, y los hindúes, que se han duplicado. Al menos en la mitad de los hogares en la ciudad se habla otro idioma aparte del inglés; de esa mitad, el 53% habla español. Se pueden encontrar letreros en chino y coreano en las tiendas de Queens, en español en los supermercados de Jackson Heights, en ruso en los restaurantes de Forest Hills, en bengalí en Astoria. Muchos llegan a Nueva York para quedarse. Otros son sólo turistas: once millones al año. Eso ocasiona que cualquier visita a los lugares más representativos de la ciudad tenga largas colas y empujones como parte del paisaje. Y yo, que no estoy particularmente interesado en visitar esos íconos de la icónica ciudad, lo he hecho alguna vez, gracias a un hermano o un amigo. Visité el Empire State, y recuerdo el ascensor abarrotado, y desde el piso de observación la exactitud de los versos de ese gran neoyorquino que fue Walt Whitman: “high growths of iron, slender, strong, light, splendidly uprising toward clear skies”. Edificios, y edificios y más edificios. Y por supuesto, recuerdo King Kong, porque hay pocas ciudades tan filmadas como Nueva York, y es imposible que a nuestras impresiones de la ciudad no se cuelen, por ejemplo, las de Woody Allen en Manhattan o Scorsese en Goodfellas. ¿Qué más? Siempre hay más en Nueva York. Visité la Catedral de San Juan El Divino, y descubrí que la iglesia más grande de los Estados Unidos era el símbolo perfecto de la ciudad, siempre fugitiva, siempre a deshaciéndose y rehaciéndose, nunca terminada del todo: la iglesia había comenzado a construirse en 1892 y –sí, no exagero—todavía no había sido concluida (hay más de ochenta comunidades religiosas y muchísmas más seudoreligiosas en la ciudad; entre ellas, la de los Gays y Lesbianas Budistas, las Brujas del Estado de Nueva York, y el Centro de Recursos Paganos de la ciudad de Nueva York). Visité el edificio de la bolsa de valores, y vi por una ventanita, durante cinco minutos, a algunos jóvenes muy bien vestidos vender y comprar acciones como si en ello se les fuera la vida (en ello se les iba la vida). Visité uno de los innumerables edificios de Donald Trump, que tiene esa manía que tenía Stroessner, la de bautizar con su nombre todas sus propiedades (en el caso del dictador paraguayo, aeropuertos y ciudades). Visité Macy’s, hice cola para observar las espectaculares decoraciones navideñas de las vitrinas de Saks, estuve en el Rockefeller Center y no le encontré gracia a tanta gente que trataba de ver a los adolescentes en patines en la pista de hielo. Compré libros nuevos y usados en el Strand, caminé con displicencia por la Quinta Avenida junto a neoyorquinos apurados, elegantes, obligatoriamente vestidos de negro, una bolsa con el logo de Donna Karan o Barnes & Noble. ¿Deberé decir que me maravillaron las luces de Times Square? Aunque, es cierto, terminé dándole la razón a Rodrigo Rey Rosa, que en un gran cuento escribió acerca de cómo había algo de siniestro en la forzada disneyficación (¿existe esa palabra?) de esa zona: sombras espectrales detrás de las imágenes de Pinocho y el ratón Mickey. Vi Art en Broadway, y Alberto Fuguet me convenció de ir una noche al pub de Woody Allen (Woody jamás apareció, y comí la ensalada más cara del mundo). Estuve en el museo de Arte Moderno y en el Metropolitan y en el Guggenheim más de una vez, y casi nunca pagué (pero gasté mucho en pósters de Hopper y Kandinsky). Paseé por Central Park, pero nunca en verano, de modo que me perdí Shakespeare in the Park y algún desfile al aire libre de las modelos de Victoria’s Secret. En el metro vi más de un acto violento y escuché a muchos músicos itinerantes, no todos buenos. Conocí el edificio Dakota, en el que vivía John Lennon, y el lugar donde fue asesinado. Me topé en la calle con Tom Hanks (no le pedí autógrafo). Pasé un par de años nuevos en el frío de Times Square (una vez, había tanta gente que debí quedarme a quince cuadras de donde caía la bola a la medianoche, y tuve que ver el espectáculo a través de una televisión en una café). Y sí, como no, en enero de 1997 visité el World Trade Center con mi hermano Marcelo. Recuerdo poco de esa visita, excepto que pagamos mucho para subir al último piso, y que soplaba un viento helado, y que a la salida estuvimos a punto de comprar gorras de béisbol con nuestros nombres a manera de logos. Una visita anticlimática, digamos, la que uno hace a un lugar emblemático porque es lo que toca visitar y porque no sabe que, bueno, ocurrirá lo que ocurrió. No sacamos fotos. Y sí, me hubiera gustado tener una foto del World Trade Center, aunque no sé lo que hubiera hecho con ella, probablemente la habría perdido. Pero no importa. Porque aunque no recuerdo mucho de mi visita, sí me queda, muy vívida, la imagen espectacular –porque era un espectáculo, y gratuito— de las Torres Gemelas aguardándome cada vez que llegaba a Nueva York, por avión o en Greyhound, recortadas al fondo de la ciudad sublime. Debería terminar hablando de los lugares no icónicos de la ciudad, aquellos rincones secretos que me pertenecen y que le dan vida y energía a mi Nueva York. El restaurante chino-cubano cerca de Barnard College. La tienda de bagels en la calle doce. El pequeño cine en el que vi una película francesa acerca de dos empleadas que matan a sus patrones. La revistería cerca de Columbus Circle. El estrecho departamento de Tammy cuando estudiaba en Columbia, de calefacción siempre excesiva… Pero no. Así como las fotos ocultan más de lo que revelan, las grandes ciudades nos presentan sus símbolos más obvios para que creamos que las conocemos. De los lugares de Nueva York que sólo uno conoce, mejor callar.

MURIO AYER ROBERTO FONTANARROSA

Un artista genial, que es un sello del mejor humor argentino (*)
Por: Alberto Amato (
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(Padecía una grave enfermedad neuromuscular que incluso le impidó seguir dibujando. Colaborador de Clarín desde hace décadas, brilló en varios campos).
Nos hizo reír. Mucho. A todos. Durante mucho tiempo.
Sólo por eso, deberíamos haberle colgado del pecho y las solapas las medallas al heroico valor en combates imposibles.
No intentemos colgárselas ahora que está muerto porque se nos va a reír en la cara. Y lo peor, con esa risa cargada de ironía que te calificaba para siempre como un pelotudo impenitente. Palabra ésta, la penúltima, que reivindicó la memorable tarde (para las letras) de noviembre de 2004 en la que cerró en Rosario el Congreso Internacional de la Lengua Española.
Ayer, a los 62 años, murió Roberto Fontanarrosa. Una enfermedad neurológica degenerativa, que entre otras cosas le impedía dibujar, le provocó una insuficiencia respiratoria. Murió a las tres de la tarde en el Sanatorio Central de Rosario, apenas una hora después de haber sido internado. “Mi terapia —dijo no hace mucho— es el cariño de la gente”. De haber sido cierto, Roberto seguiría vivo.
Era un genio. Y era, además, una buena persona. No es común esa conjunción. Era un amigo fiel, amaba el fútbol, la música popular, la buena mesa, el lenguaje claro y el humor.
Sobre todo el humor. Incapaz de escatimarlo, nos lo regaló durante décadas en sus trazos inconfundibles e imborrables que ya son un pedazo de historia; en sus personajes entrañables, como el gaucho Inodoro Pereyra, el Renegáu, y su perro Mendieta, o despiadados, como Boogie, el Aceitoso, el mercenario que nació sin saber que la realidad iba a terminar por copiarlo.
Fontanarrosa había nacido en Rosario en 1944. Y allí pasó casi toda su vida, aferrado a las calles y al paisaje de su ciudad, sabedor que, como aseguraba Borges, la patria es el sitio donde uno ha transcurrido su juventud.
Rara vez bajaba a Buenos Aires. Sus amigos del alma iban a verlo a Rosario. Uno de ellos, Joan Manuel Serrat, ha confiado a carcajadas algunos detalles de esos encuentros que también ya son historia.
¿Qué hacer de ahora en más sin Fontanarrosa? Borges, otra vez: sólo nos queda el goce de estar tristes. Sin solemnidades. Porque El Negro nos va a sacudir otra de sus carcajadas. Pero es una pena enorme su muerte. Es de esos tipos que no tienen reposición. No hay muchos.
Empezó su carrera como dibujante en 1968 como una prolongación lógica de su infancia anclada a legendarias revistas de historietas: “Rayo Rojo”, “Puño Fuerte”, “El Tony”, “Misterix” y la inolvidable “Hora Cero” que fundó Héctor Oesterheld a quien Hugo Pratt le dibujaba Ernie Pike, el corresponsal de guerra inspirado en un personaje real, Ernie Pyle.
En otra revista de leyenda, “Hortensia” fundada en Córdoba por Alberto Cognini, nacieron Boogie e Inodoro. En 1973, de la mano de Caloi, Altuna, Tabaré, Dobal y Crist, Fontanarrosa se instaló en este diario, para nuestro regocijo.
Ayer, cuando se conoció su muerte, algo extraño sucedió en esta redacción. Poco a poco, por sectores, la fue ganando un intenso silencio. No debe haber nada más extraño y turbador que una redacción en silencio. Nació en Deportes, donde El Negro tenía hondos y buenos amigos, y se extendió luego como una pesada ola umbría. Fue un silencio que duró poco, antes de que todo volviera a lo habitual. Pero será difícil lo habitual sin El Negro.
Fontanarrosa fue también escritor y periodista.
Tenía la repentización, la capacidad de observación y el poder de síntesis de los periodistas, tan corregidos y aumentados, que muchos de nosotros deberíamos imitarlo.
En 1983, con la democracia recién recuperada, un semanario le pidió una viñeta que sintetizara los horrores de la dictadura. Apenas una hora hora después llegó el fax, desde Rosario, claro, con el retrato de un hombre agobiado, gastado, deteriorado, envejecido, que hablaba de las virtudes de la democracia. Su entrevistador le preguntaba entonces cuál era su edad, y el tipo contestaba: “Catorce”.
Escribió tres novelas (Best Seller, El Area 18 y La Gansada) y varios libros de cuentos desopilantes, con retratos imborrables de guerreros derrotados, de futbolistas descascarados, de poetas sin rima, de fracasados del alma, de cultores del quiero y no puedo, habitantes de regiones indómitas con idiomas inabarcables.
Todos se han editado tal vez en España en un solo tomo en lo que debe ser el primer y único tratado sociológico sobre el país escrito en forma de cuentos. De todos sus formidables personajes, sobresalen los aforismos de Ernesto Esteban Echenique, que ahora también serán historia.
Dicen que Gaetano Donizetti incluyó en su opera cómica “L”Elisir d”Amore” el aria “Una furtiva lágrima” para que quedara constancia de sus intenciones y cualidades. En sus muchos cuentos de humor, El Negro incluyó páginas de alta literatura, de las que le gustaba leer aunque confesara con pudor que jamás leyó a los clásicos: “No leí El Quijote, y creo haberlo intentado”. En 2004, en cambio, admitió haber leído a Tolstoi, “Anna Karenina” y haberse sorprendido por lo cinematográfico de las descripciones. Al igual que Tolstoi, Fontanarrosa pintó su aldea para pintar el mundo entero.
Pero además expresó como nadie el sentimiento popular para desentrañar los misterios de esas cuatro o cinco cosas que nos mueven en la vida: el amor, la amistad, la locura, la muerte, la pasión. Sus libros de cuentos llevan como título el sello de las frases diarias, que repetimos una y otra vez en las casas: No sé si he sido claro, Te digo más, Usted no me lo va a creer, El mundo ha vivido equivocado.Ese humor callejero, de tablón y de real Academia que campeaba en sus cuentos era fácilmente identificable en algunos juegos de palabras y situaciones absurdas que encarnaba otros artistas geniales, Les Luthiers, con quienes el Negro colaboraba con deleite también para nuestro regocijo.
Era un tipo simple consciente de que, reveló alguna vez, la simplicidad es un punto de llegada, no un punto de partida.
Dato sabido pero ineludible, era un irreductible hincha de Rosario Central en ese universo partido en dos que es el Rosario del fútbol. Inventó un cuento de disparate para eternizar un momento de gloria del club de sus amores, el pase a la final del campeonato y a la gloria arrancados nada menos que a las manos de su rival eterno. Y le puso como título la fecha de la epopeya: 19 de diciembre de 1971.
Tenía la lucidez, y también la valentía, necesaria para quitarle dramatismo a todo, para hacerle pito catalán a la solemnidad, a la que despreciaba con el ropaje de la ironía, como lo hacía con ciertos círculos intelectuales que intentaban no hallar oro literario en su humor delirante, que buena falta le hubiera hecho a Tolstoi, dicho sea de paso.
“En el ámbito intelectual me parece muy pasible de humorizar —dijo hace año y medio en una entrevista en la revista Ñ de Clarín— Me hace gracia. Porque lo contrario de lo humorístico no es lo serio. Lo contrario de lo humorístico es lo pomposo. Todas esas instituciones que son altamente pomposas, el ejército, la Iglesia y los círculos intelectuales, se prestan para cagarse de risa. Realmente”.
Alguna vez el propio Fontanarrosa habló de sus influencias literarias: Jack London, Jorge Luis Borges, Ernest Hemingway, J. D. Salinger, Norman Mailer, pero siempre se sintió más cercano a los dibujantes y a los periodistas. Y mucho más cercano a los periodistas deportivos, que ayer se dolieron de su muerte con fiero estupor.
Fontanarrosa transpiraba fútbol. Su lógica tiene la lógica endeble de ese deporte apasionado. El Negro iba todavía más lejos: “Como juego, el fútbol es una forma de aprendizaje muy directa de la vida y más cuando se está constantemente sometido a la competencia”.
Otro de sus personajes célebres, que El Negro encerró en el difícil formato de la crónica periodística breve, estuvo también ligado al fútbol. La Hermana Rosa, pitonisa, vidente, hechicera y enamorada eterna de los vaivenes del seleccionado nacional de fútbol y de algunos de sus atletas, que también es ya un pedazo de la historia.
Enfrentó su mal con el coraje de un león. Vistió sus sentimientos con el cauteloso disfraz del optimismo. Supo y aceptó esa insospechada ironía de Dios que le quitó la movilidad para dibujar y le quitó, cómo no, dramatismo y solemnidad. No entendía ni jota de todo lo que la ciencia le decía sobre su mal: “Repito como un loro. Posiblemente padecí una atrofia monomiélica, una neurona que se muere antes de tiempo”, confesó al periodista de Clarín Camilo Sánchez. Y con un gesto pícaro decía que los médicos no lo habían tranquilizado cuando admitieron que era un mal del que se sabe poco: “Ojo, no sólo acá, en el mundo entero se sabe poco de la enfermedad”.
Cuando el daño en su cuerpo fue mayor, escribió veinte o treinta simpáticas líneas en la que anunciaba que su brazo o su mano habían quedado inútiles y que confiaba a su amigo Crist los dibujos que él iba a dedicarse a pensar. Vio un costado positivo en el drama: ahora, sus dibujos tendrían mejores colores.
Aceptó premios y homenajes con la conciencia plena que eran póstumos con adelanto. No lo dijo, pero lo pensó. En el homenaje que Clarín le rindió el año pasado cuando la entrega del Premio Novela, sus ojos brillaron con tierna malignidad cuando dijo: “Un premio a la trayectoria… Está bien que no empecé recién, pero todavía tengo mucho por delante…” Lo dijo con una sonrisa que decía más que la frase, junto a su mujer Gabriela y sostenido por su hijo Franco, de 23 años, un músico, bajista que detesta el fútbol, como debe ser.
Antonio Gala dice que el hombre siempre es más fuerte que cualquier cosa que lo mata. Dice que aún en medio de una tormenta marina el hombre nunca está a merced de un elemento: “El hombre sabe que se muere, pero el mar no sabe que lo mata”, dice el escritor español.
Tal vez el Negro no haya leído nunca a Gala, pero con ese espíritu enfrentó sus horas finales. Supo que se le iba la vida y nos ayudó a reír. Eso es ser fiel a un estilo.
Ayer mismo, este diario publicó la última genialidad de Fontanarrosa, con los colores de Crist: una viñeta de rigurosa actualidad, tamizada por una tierna ironía, sobre las andanzas de la ex ministro de Economía. Eso también es ser fiel a un estilo.
Ya sabemos como vamos a andar de ahora en más, sin el humor y la compañía entrañables del Negro Fontanarrosa.
Mal, pero acostumbrados.
(*) Tomado del diario www.clarín.com de su edición del día viernes 20 de julio de 2007.



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