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	<title>Ecdotica &#187; Uncategorized</title>
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	<description>Noticias literarias, descarga de libros gratuitos, selección de cuentos de manera mensual</description>
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		<title>Carta a Miguel Esquirol</title>
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		<pubDate>Tue, 25 Dec 2007 14:52:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Paz Soldan</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<category><![CDATA[miguel esquirol]]></category>

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		<description><![CDATA[Carta a Miguel Esquirol Por: Michael Gamarra Estimado Miguel Esquirol: Gracias por ese mensaje, que aunque masivo y provenir de alguien a quien no conozco personalmente, tiene el valioso toque del contacto entre un ser humano y otro, lo cual lamentablemente hoy, a una parte grande de la humanidad se le está paulatinamente incitando a [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><center><a href='http://www.ecdotica.com/2007/12/25/carta-a-miguel-esquirol/363/' rel='attachment wp-att-363' title='miguel.jpg'><img src='http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2007/12/miguel.thumbnail.jpg' alt='miguel.jpg' /></a></center><br />
<strong>Carta a Miguel Esquirol<br />
Por: Michael Gamarra</strong><br />
Estimado Miguel Esquirol:<br />
Gracias por ese mensaje, que aunque masivo y provenir de alguien a  quien no conozco personalmente, tiene el valioso toque del contacto  entre un ser humano y otro, lo cual lamentablemente hoy, a una parte  grande de la humanidad se le está paulatinamente incitando a perder. El &#8220;progreso&#8221;, el mismo que en los años 30 motivó al genio de Charles  Chaplin producir aquel impactante film &#8220;Tiempos Modernos&#8221;, parece  querer en el tercer milenio conducirnos a una raza de Robots, en la  que todos pensaremos y actuaremos de igual forma, despreciando los  colores de la diversidad, y encasillándonos en un gris monótono. frío  y rígido, totalmente reñido con nuestra condición de seres vivos. Cada día es más frecuente que al llamar por teléfono a una  organización, grande o pequeña, nos encontramos conque quien nos  habla es una máquina incapaz de distinguir matices y sólo sabe que lo  que no es blanco debe ser negro y viceversa.Hacia dónde nos conducirá eso no puedo imaginar. Por otra parte resulta alarmante el incremento del egoísmo que se  palpa en todas las esferas, pero en especial en aquellos que cuando  han llegado a posiciones destacadas, olvidan por completo la  responsabilidad que tienen para con la sociedad que los ha elevado a  dicho sitial.Por mi parte, soy de los que cree que todavía, en especial en las  culturas iberoamericanas, late un humanismo que no quiere dejarse  doblegar por el pragmatismo de estos tiempos.El proteger ese humanismo, mantenerlo y difundirlo al resto del  mundo, es una forma de fortalecer la esperanza de que habrá para  nuestros descendientes un mundo mejor, sin intolerancia, sin guerras,  sin terrorismo, sin sobresaltos.Personalmente he encontrado en la difusión de nuestra lengua y  literatura, un camino hacia esa meta, no importa que sea una  &#8220;estrella inalcanzable&#8221;. Gracias nuevamente, y adelante. Sigue escribiendo, Miguel Esquirol.  Encontrarás lo que buscas. Con deseos de un exitoso 2008, para ti y todos tus amigos, con un  ingrediente importante: buena salud. Cordialmente desde Australia</p>
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		<title>Del Toro filma en Bolivia</title>
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		<pubDate>Tue, 04 Dec 2007 17:30:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Paz Soldan</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<category><![CDATA[Che]]></category>
		<category><![CDATA[Del Toro]]></category>
		<category><![CDATA[Guevara]]></category>
		<category><![CDATA[película]]></category>

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		<description><![CDATA[Del Toro filma en Bolivia y se reúne con Evo Morales El actor puertorriqueño Benicio del Toro aprovechó ayer un descanso en el rodaje de &#8220;Guerrilla&#8221;, sobre Ernesto &#8220;Che&#8221; Guevara, para visitar al presidente Evo Morales, un confeso admirador del desaparecido guerrillero cubano-argentino. Sin la boina y la barba que lo han acompañado en estos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href='http://www.ecdotica.com/2007/12/04/del-toro-filma-en-bolivia/301/' rel='attachment wp-att-301' title='beniciodeltoro.JPG'><img src='http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2007/12/beniciodeltoro.thumbnail.JPG' alt='beniciodeltoro.JPG' /></a><br />
<strong>Del Toro filma en Bolivia y se reúne con Evo Morales</strong><br />
El actor puertorriqueño Benicio del Toro aprovechó ayer un descanso en el rodaje de &#8220;Guerrilla&#8221;, sobre Ernesto &#8220;Che&#8221; Guevara, para visitar al presidente Evo Morales, un confeso admirador del desaparecido guerrillero cubano-argentino.<br />
Sin la boina y la barba que lo han acompañado en estos meses, y con un sombrero de ala similar al que usan los campesinos bolivianos, Del Toro se dirigió a quienes rodearon las puertas del palacio presidencial a su salida con un &#8220;hola, saludos para todos&#8221;, para luego desaparecer en una camioneta todo terreno sin comentar lo conversado con Morales.<br />
La dirección de prensa del palacio presidencial indicó a la AP que el mandatario le obsequió al boricua ganador del premio Oscar un charango, instrumento de cuerda andino, y varios libros envueltos en papel regalo. Agregó que su conversación duró entre 15 y 20 minutos y giró en torno a &#8220;Guerrilla&#8221;, un filme del estadounidense Steven Soderbergh que sigue a &#8220;The Argentine&#8221; (El argentino), del mismo director.<br />
Según sus productores, ambas cintas se apegan a &#8220;El diario del Che en Bolivia&#8221;, manuscrito que dejó el guerrillero ejecutado por el ejército boliviano hace 40 años tras una fracasada campaña en la selva oriental de este país.<br />
El cineasta boliviano Rodrigo Bellot, encargado de apoyar la producción a nivel local, comentó a la AP que el equipo no puede brindar información de momento, pero dejó entrever que el rodaje se realiza por estos días en Bolivia.<br />
El proyecto de Soderbergh sobre el Che data de alrededor de 2003 y, en principio, debía filmarse en gran parte en Bolivia, informó entonces el director, cuyo plan era realizar una sola película bajo el título &#8220;Camisa blanca&#8221;.<br />
Los planes, empero, cambiaron, y &#8220;El argentino&#8221;, la lucha del Che en Cuba hasta la victoria de la guerrilla, se filmó este año mayormente en España y parte en Nueva York. Y &#8220;Guerrilla&#8221;, cuyo sitio de rodaje principal también es España, trata sobre los intentos del Che por extender la guerrilla a Sudamérica en los años 60.<br />
Hacia 2003, Soderbergh y Del Toro pidieron una entrevista con el vicepresidente y luego primer mandatario Carlos Mesa (2003-2005), a la cual no asistieron. Y tras una larga espera, un colaborador de Mesa dijo que una representante de la producción llegó al despacho a pedir disculpas, sin dar mayores explicaciones.<br />
(<em>www.lostiempos.com</em>)</a><a href="http://www.lostiempos.com/noticias/04-12-07/tragaluz.php<br />
"></p>
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		<title>¿Por qué no te callas?</title>
		<link>http://www.ecdotica.com/2007/11/16/%c2%bfpor-que-no-te-callas/</link>
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		<pubDate>Fri, 16 Nov 2007 10:59:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Paz Soldan</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[¿Por qué no te callas? Por: Pedro Shimose Investido Presidente de Venezuela, en 1998, el coronel Hugo Chávez suscitó el siguiente comentario del recientemente fallecido presidente Luis Herrera Campins: “¡A comprarse alpargatas que lo que viene es bailar joropo!”. En otras palabras, quiso decir que con Chávez empezaba el populismo chévere. Allí donde va, Chávez [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href='http://www.ecdotica.com/2007/11/16/%c2%bfpor-que-no-te-callas/263/' rel='attachment wp-att-263' title='porquenotecallas.jpg'><img src='http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2007/11/porquenotecallas.thumbnail.jpg' alt='porquenotecallas.jpg' /></a><br />
<strong>¿Por qué no te callas?<br />
Por: Pedro Shimose </strong><br />
Investido Presidente de Venezuela, en 1998, el coronel Hugo Chávez suscitó el siguiente comentario del recientemente fallecido presidente Luis Herrera Campins: “¡A comprarse alpargatas que lo que viene es bailar joropo!”. En otras palabras, quiso decir que con Chávez empezaba el populismo chévere.<br />
Allí donde va, Chávez arma la gorda. El socialista democrático venezolano Teodoro Petkoff cuenta que el comunista José Vicente Rangel –partidario de Chávez– escribió, en el curso de la campaña electoral de 1998, un artículo titulado Por la boca muere el pez, en el que “alertaba a Chávez acerca de su habla camorrera y balandra” (propia de matones y delincuentes). Cuando Rangel llegó al poder del bracete de Chávez –militar golpista reconvertido en demócrata– excusó a su jefe diciendo: “Ése es su estilo”. Rangel llegó a ser el segundo hombre importante del régimen bolivariano, pero renunció a su cargo siete años después, cansado del ‘estilo’ de su caudillo parlanchín y bochinchero.<br />
Con su estilo mitinero, el coronel Chávez va por el mundo exhibiendo sus malas maneras, su rechazo olímpico de protocolos y normas de cortesía, diciendo lo que piensa sin pizca de diplomacia y con desprecio del arte de la discreción. ¿Puede un político impertinente, metepata y desprovisto de sutileza sentirse ofendido y agraviado porque el rey de España lo invitara a callar? Puede, pero no debería. El Presidente bolivariano olvidó que no estaba en su programa ¡Aló, Presidente!, desde el cual ha insultado a los presidentes Bush, Fox, Uribe, García y Aznar, se ha mofado de Condoleezza Rice y ha arremetido contra la monarquía inglesa y contra los empresarios españoles. Al Presidente del Perú lo llamó ‘pícaro, corrupto y ladrón’. Calificó al diplomático chileno José Miguel Insulza, actual secretario general de la OEA, de ‘pendejo’. (En Venezuela, pendejo significa tonto, idiota, estúpido). “Debería renunciar a la secretaría general (de la OEA) el insulso doctor Insulza”, dijo y se preguntó: “¿Qué quiere ser ahora? ¿Un virrey del imperio? Venezuela es libre, doctor Insulza… Vaya que bien pendejo es el doctor Insulza, un verdadero pendejo, de la pe a la o”. También aconsejó a Insulza que “no se meta con Venezuela, porque no permitiremos a nadie que se meta en nuestros asuntos internos”.<br />
El otro día, Chávez no se dio cuenta de que estaba en Chile, país anfitrión de la XVII Cumbre Iberoamericana. Fiel a su estilo, se entrometió en los asuntos internos de Chile. Habló de la política exterior chilena respecto al alegato boliviano por una salida al Pacífico (¿no habrá perjudicado las gestiones del primo Evo Morales sobre tan delicado tema?) y le enmendó la plana a la presidenta Bachelet, criticando públicamente la agenda de la Cumbre centrada en el tema de la ‘cohesión social’ y censurando la política neoliberal de la socialdemocracia chilena.<br />
Es conocida la afición de algunos presidentes iberoamericanos a entonar en público canciones mexicanas. Al ecuatoriano Abdalá Bucaram, al peruano Alan García y al venezolano Carlos Andrés Pérez les encanta la canción ranchera El rey, de José Alfredo Jiménez. A Hugo Chávez también: “Con dinero y sin dinero, / hago siempre lo que quiero / y mi palabra es la ley. / No tengo trono ni reina, / ni nadie que me comprenda / ¡pero sigo siendo el rey!”. Queda patente que, en el fondo, nuestros republicanos añoran la monarquía, siempre que los reyes sean ellos. Y cuando la atacan es por pura envidia. Después del altercado de la Cumbre, Chávez da la impresión de que ignora lo que es una monarquía constitucional. De hecho, Chávez –sin ser rey– tiene más poder en la República Bolivariana de Venezuela que don Juan Carlos en el Reino de España. El rey Juan Carlos es jefe del Estado, pero no gobierna. Para eso están el Presidente y sus ministros.<br />
El presidente Chávez abandonó Santiago de Chile sin entender estas sutilezas, muy satisfecho de ser fiel a su estilo chabacano, que hasta a un rey sacó de sus casillas.<br />
<em>(Fuente: www.eldeber.com.bo) </em></p>
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		<title>Nueva York</title>
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		<pubDate>Wed, 25 Jul 2007 13:41:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Paz Soldan</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[NUEVA YORK: CRÓNICA DE UNA CIUDAD FUGITIVA Por: Edmundo Paz Soldán Hace algunos años, cuando estudiaba en Berkeley, mi mamá llegó de visita y la llevé a conocer San Francisco. Me quedé pasmado por la cantidad de fotos que sacó de North Beach, Chinatown y Alcatraz. Hubo un momento en que pensé que, más que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>NUEVA YORK: CRÓNICA DE UNA CIUDAD FUGITIVA </strong></p>
<p><strong>Por: Edmundo Paz Soldán </strong></p>
<p>Hace algunos años, cuando estudiaba en Berkeley, mi mamá llegó de visita y la llevé a conocer San Francisco. Me quedé pasmado por la cantidad de fotos que sacó de North Beach, Chinatown y Alcatraz. Hubo un momento en que pensé que, más que la experiencia en sí, lo que justificaba su viaje eran las fotos de éste. Se me ocurrió –y luego lo escribí en un cuento— que acaso hubiera sido un gesto más original no sacar ninguna de las fotos que había sacado, y dedicarse a fotografiar a todos aquellos edificios y calles y esquinas que habían hecho legendaria a la ciudad. Fotografiar más bien el verdadero universo de la ciudad, la anónima y fascinante topografía que permitía y sobre la que descansaba la existencia de algunos ya muy obvios símbolos de postal. El verdadero desafío consistía en visitar Nueva York y no sacar fotos de la estatua de la Libertad, ir a París e ignorar la torre Eiffel, en la ciudad de México recorrer el Zócalo sin una cámara fotográfica a la mano. Si todavía no está muy claro, lo confieso: no soy un buen turista. No sé muy bien cuál es la puerta de entrada y la de salida a la hora de visitar ciudades. Tengo una cámara fotográfica digital con la que suelo viajar, pero con frecuencia la olvido en la habitación del hotel. Y sin embargo, cuando llegan amigos a Nueva York no dejo de ofrecerme a hacerles conocer la ciudad, porque no hay mejor excusa que ésa para que yo la conozca un poco más, nunca del todo, es imposible conocerla del todo. Mi casa está a cuatro horas de Nueva York, y mucha gente cree que vivo en la misma ciudad por la forma tan inmediata en que me ofrezco a acompañarlos el fin de semana a pasear por Manhattan. Y claro, luego me es difícil encontrar el restaurante griego al que prometí llevar a una editora española, o la librería Macondo –toda ciudad del planeta está obligada a tener una librería con ese nombre&#8211;. Y tomo la línea del metro equivocada, o me bajo en la estación en la que no debía bajarme; una vez, iba a Wall Street y terminé en Jamaica, Queens. Y me pierdo y me encuentro muchas veces en un par de horas: ¿no es esa la mejor manera de pasear por Nueva York? Soy un pésimo guía, pero mis pasos, pese a todo, van dibujando una suerte de mapa, a la manera del personaje de Paul Auster en La ciudad de cristal. Y la ciudad me salva, porque uno siempre se topa con algo: no, nunca llegué a la estación del metro en Chambers Street, para ver de cerca el puente de Brooklyn y recordar algunos versos de Hart Crane, pero una vez, sin saberlo, entré a la biblioteca Donnell en Mid-Manhattan y me topé con los verdaderos Winnie the Pooh, Tigger y Eeyore, desprendiendo detrás de una vitrina su aura de originales, más pequeños y más viejos que los simulacros que uno está acostumbrado a ver en libros y en la televisión, pero más importantes por, bueno, originales. Nueva York fue fundada en 1625, cuando la compañía Dutch West Indies creó, en el bajo  Manhattan, Nueva Amsterdam. El modesto puerto fue pronto llenándose de inmigrantes, hasta convertirse en la ciudad de inmigrantes por excelencia. Hoy uno puede visitar Ellis Island, lugar de ingreso de doce millones de personas entre fines del siglo XIX y mediados del siglo XX, y leer en una pared  del edificio los nombres de 600.000 de esos inmigrantes (no, yo todavía no he visitado Ellis Island). De acuerdo al censo del 2000, la ciudad cuenta con ocho millones de habitantes; ocho cuadras en Washington Heights cuentan con el mayor promedio de extranjeros por área: casi 9000 mil latinoamericanos (nueve cuadras de Flushing le siguen de cerca, con 8639 coreanos y chinos). Uno de cada tres neoyorquinos ha nacido en otro país; de todos los grupos de inmigrantes, quienes han crecido con mayor rapidez en la última década son los mexicanos, que se han triplicado, y los hindúes, que se han duplicado. Al menos en la mitad de los hogares en la ciudad se habla otro idioma aparte del inglés; de esa mitad, el 53% habla español. Se pueden encontrar letreros en chino y coreano en las tiendas de Queens, en español en los supermercados de Jackson Heights, en ruso en los restaurantes de Forest Hills, en bengalí en Astoria. Muchos llegan a Nueva York para quedarse. Otros son sólo turistas: once millones al año. Eso ocasiona que cualquier visita a los lugares más representativos de la ciudad tenga largas colas y empujones como parte del paisaje. Y yo, que no estoy particularmente interesado en visitar esos íconos de la icónica ciudad, lo he hecho alguna vez, gracias a un hermano o un amigo. Visité el Empire State, y recuerdo el ascensor abarrotado, y desde el piso de observación la exactitud de los versos de ese gran neoyorquino que fue Walt Whitman: “high growths of iron, slender, strong, light, splendidly uprising toward clear skies”. Edificios, y edificios y más edificios. Y por supuesto, recuerdo King Kong, porque hay pocas ciudades tan filmadas como Nueva York, y es imposible que a nuestras impresiones de la ciudad no se cuelen, por ejemplo, las de Woody Allen en Manhattan o Scorsese en Goodfellas. ¿Qué más? Siempre hay más en Nueva York. Visité la Catedral de San Juan El Divino, y descubrí que la iglesia más grande de los Estados Unidos era el símbolo perfecto de la ciudad, siempre fugitiva, siempre a deshaciéndose y rehaciéndose, nunca terminada del todo: la iglesia había comenzado a construirse en 1892 y –sí, no exagero—todavía no había sido concluida (hay más de ochenta comunidades religiosas y muchísmas más seudoreligiosas en la ciudad; entre ellas, la de los Gays y Lesbianas Budistas, las Brujas del Estado de Nueva York, y el Centro de Recursos Paganos de la ciudad de Nueva York). Visité el edificio de la bolsa de valores, y vi por una ventanita, durante cinco minutos, a algunos jóvenes muy bien vestidos vender y comprar acciones como si en ello se les fuera la vida (en ello se les iba la vida). Visité uno de los innumerables edificios de Donald Trump, que tiene esa manía que tenía Stroessner, la de bautizar con su nombre todas sus propiedades (en el caso del dictador paraguayo, aeropuertos y ciudades). Visité Macy’s, hice cola para observar las espectaculares decoraciones navideñas de las vitrinas de Saks, estuve en el Rockefeller Center y no le encontré gracia a tanta gente que trataba de ver a los adolescentes en patines en la pista de hielo. Compré libros nuevos y usados en el Strand, caminé con displicencia por la Quinta Avenida junto a neoyorquinos apurados, elegantes, obligatoriamente vestidos de negro, una bolsa con el logo de Donna Karan o Barnes &amp; Noble. ¿Deberé decir que me maravillaron las luces de Times Square? Aunque, es cierto, terminé dándole la razón a Rodrigo Rey Rosa, que en un gran cuento escribió acerca de cómo había algo de siniestro en la forzada disneyficación (¿existe esa palabra?) de esa zona: sombras espectrales detrás de las imágenes de Pinocho y el ratón Mickey. Vi Art en Broadway, y Alberto Fuguet me convenció de ir una noche al pub de Woody Allen (Woody jamás apareció, y comí la ensalada más cara del mundo). Estuve en el museo de Arte Moderno y en el Metropolitan y en el Guggenheim más de una vez, y casi nunca pagué (pero gasté mucho en pósters de Hopper y Kandinsky). Paseé por Central Park, pero nunca en verano, de modo que me perdí Shakespeare in the Park y algún desfile al aire libre de las modelos de Victoria’s Secret. En el metro vi más de un acto violento y escuché a muchos músicos itinerantes, no todos buenos. Conocí el edificio Dakota, en el que vivía John Lennon, y el lugar donde fue asesinado. Me topé en la calle con Tom Hanks (no le pedí autógrafo). Pasé un par de años nuevos en el frío de Times Square (una vez, había tanta gente que debí quedarme a quince cuadras de donde caía la bola a la medianoche, y tuve que ver el espectáculo a través de una televisión en una café). Y sí, como no, en enero de 1997 visité el World Trade Center con mi hermano Marcelo. Recuerdo poco de esa visita, excepto que pagamos mucho para subir al último piso, y que soplaba un viento helado, y que a la salida estuvimos a punto de comprar gorras de béisbol con nuestros nombres a manera de logos. Una visita anticlimática, digamos, la que uno hace a un lugar emblemático porque es lo que toca visitar y porque no sabe que, bueno, ocurrirá lo que ocurrió. No sacamos fotos. Y sí, me hubiera gustado tener una foto del World Trade Center, aunque no sé lo que hubiera hecho con ella, probablemente la habría perdido. Pero no importa. Porque aunque no recuerdo mucho de mi visita, sí me queda, muy vívida, la imagen espectacular –porque era un espectáculo, y gratuito— de las Torres Gemelas aguardándome cada vez que llegaba a Nueva York, por avión o en Greyhound, recortadas al fondo de la ciudad sublime. Debería terminar hablando de los lugares no icónicos de la ciudad, aquellos rincones secretos que me pertenecen y que le dan vida y energía a mi Nueva York. El restaurante chino-cubano cerca de Barnard College. La tienda de bagels en la calle doce. El pequeño cine en el que vi una película francesa acerca de dos empleadas que matan a sus patrones. La revistería cerca de Columbus Circle. El estrecho departamento de Tammy cuando estudiaba en Columbia, de calefacción siempre excesiva… Pero no. Así como las fotos ocultan más de lo que revelan, las grandes ciudades nos presentan sus símbolos más obvios para que creamos que las conocemos. De los lugares de Nueva York que sólo uno conoce, mejor callar.</p>
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		<title>MURIO AYER ROBERTO FONTANARROSA</title>
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		<pubDate>Fri, 20 Jul 2007 22:34:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Paz Soldan</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Un artista genial, que es un sello del mejor humor argentino (*) Por: Alberto Amato (aamato@clarin.com) (Padecía una grave enfermedad neuromuscular que incluso le impidó seguir dibujando. Colaborador de Clarín desde hace décadas, brilló en varios campos). Nos hizo reír. Mucho. A todos. Durante mucho tiempo. Sólo por eso, deberíamos haberle colgado del pecho y [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Un artista genial, que es un sello del mejor humor argentino (*)<br />
Por: Alberto Amato (</strong><a href="mailto:aamato@clarin.com"><strong>aamato@clarin.com</strong></a><strong>)<a href="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2007/07/robert.jpg" title="robert.jpg"><img src="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2007/07/robert.miniatura.jpg" alt="robert.jpg" /></a></strong><br />
(<em>Padecía una grave enfermedad neuromuscular que incluso le impidó seguir dibujando. Colaborador de Clarín desde hace décadas, brilló en varios campos</em>).<br />
Nos hizo reír. Mucho. A todos. Durante mucho tiempo.<br />
Sólo por eso, deberíamos haberle colgado del pecho y las solapas las medallas al heroico valor en combates imposibles.<br />
No intentemos colgárselas ahora que está muerto porque se nos va a reír en la cara. Y lo peor, con esa risa cargada de ironía que te calificaba para siempre como un pelotudo impenitente. Palabra ésta, la penúltima, que reivindicó la memorable tarde (para las letras) de noviembre de 2004 en la que cerró en Rosario el Congreso Internacional de la Lengua Española.<br />
Ayer, a los 62 años, murió Roberto Fontanarrosa. Una enfermedad neurológica degenerativa, que entre otras cosas le impedía dibujar, le provocó una insuficiencia respiratoria. Murió a las tres de la tarde en el Sanatorio Central de Rosario, apenas una hora después de haber sido internado. &#8220;Mi terapia —dijo no hace mucho— es el cariño de la gente&#8221;. De haber sido cierto, Roberto seguiría vivo.<br />
Era un genio. Y era, además, una buena persona. No es común esa conjunción. Era un amigo fiel, amaba el fútbol, la música popular, la buena mesa, el lenguaje claro y el humor.<br />
Sobre todo el humor. Incapaz de escatimarlo, nos lo regaló durante décadas en sus trazos inconfundibles e imborrables que ya son un pedazo de historia; en sus personajes entrañables, como el gaucho Inodoro Pereyra, el Renegáu, y su perro Mendieta, o despiadados, como Boogie, el Aceitoso, el mercenario que nació sin saber que la realidad iba a terminar por copiarlo.<br />
Fontanarrosa había nacido en Rosario en 1944. Y allí pasó casi toda su vida, aferrado a las calles y al paisaje de su ciudad, sabedor que, como aseguraba Borges, la patria es el sitio donde uno ha transcurrido su juventud.<br />
Rara vez bajaba a Buenos Aires. Sus amigos del alma iban a verlo a Rosario. Uno de ellos, Joan Manuel Serrat, ha confiado a carcajadas algunos detalles de esos encuentros que también ya son historia.<br />
¿Qué hacer de ahora en más sin Fontanarrosa? Borges, otra vez: sólo nos queda el goce de estar tristes. Sin solemnidades. Porque El Negro nos va a sacudir otra de sus carcajadas. Pero es una pena enorme su muerte. Es de esos tipos que no tienen reposición. No hay muchos.<br />
Empezó su carrera como dibujante en 1968 como una prolongación lógica de su infancia anclada a legendarias revistas de historietas: &#8220;Rayo Rojo&#8221;, &#8220;Puño Fuerte&#8221;, &#8220;El Tony&#8221;, &#8220;Misterix&#8221; y la inolvidable &#8220;Hora Cero&#8221; que fundó Héctor Oesterheld a quien Hugo Pratt le dibujaba Ernie Pike, el corresponsal de guerra inspirado en un personaje real, Ernie Pyle.<br />
En otra revista de leyenda, &#8220;Hortensia&#8221; fundada en Córdoba por Alberto Cognini, nacieron Boogie e Inodoro. En 1973, de la mano de Caloi, Altuna, Tabaré, Dobal y Crist, Fontanarrosa se instaló en este diario, para nuestro regocijo.<br />
Ayer, cuando se conoció su muerte, algo extraño sucedió en esta redacción. Poco a poco, por sectores, la fue ganando un intenso silencio. No debe haber nada más extraño y turbador que una redacción en silencio. Nació en Deportes, donde El Negro tenía hondos y buenos amigos, y se extendió luego como una pesada ola umbría. Fue un silencio que duró poco, antes de que todo volviera a lo habitual. Pero será difícil lo habitual sin El Negro.<br />
Fontanarrosa fue también escritor y periodista.<br />
Tenía la repentización, la capacidad de observación y el poder de síntesis de los periodistas, tan corregidos y aumentados, que muchos de nosotros deberíamos imitarlo.<br />
En 1983, con la democracia recién recuperada, un semanario le pidió una viñeta que sintetizara los horrores de la dictadura. Apenas una hora hora después llegó el fax, desde Rosario, claro, con el retrato de un hombre agobiado, gastado, deteriorado, envejecido, que hablaba de las virtudes de la democracia. Su entrevistador le preguntaba entonces cuál era su edad, y el tipo contestaba: &#8220;Catorce&#8221;.<br />
Escribió tres novelas (Best Seller, El Area 18 y La Gansada) y varios libros de cuentos desopilantes, con retratos imborrables de guerreros derrotados, de futbolistas descascarados, de poetas sin rima, de fracasados del alma, de cultores del quiero y no puedo, habitantes de regiones indómitas con idiomas inabarcables.<br />
Todos se han editado tal vez en España en un solo tomo en lo que debe ser el primer y único tratado sociológico sobre el país escrito en forma de cuentos. De todos sus formidables personajes, sobresalen los aforismos de Ernesto Esteban Echenique, que ahora también serán historia.<br />
Dicen que Gaetano Donizetti incluyó en su opera cómica &#8220;L&#8221;Elisir d&#8221;Amore&#8221; el aria &#8220;Una furtiva lágrima&#8221; para que quedara constancia de sus intenciones y cualidades. En sus muchos cuentos de humor, El Negro incluyó páginas de alta literatura, de las que le gustaba leer aunque confesara con pudor que jamás leyó a los clásicos: &#8220;No leí El Quijote, y creo haberlo intentado&#8221;. En 2004, en cambio, admitió haber leído a Tolstoi, &#8220;Anna Karenina&#8221; y haberse sorprendido por lo cinematográfico de las descripciones. Al igual que Tolstoi, Fontanarrosa pintó su aldea para pintar el mundo entero.<br />
Pero además expresó como nadie el sentimiento popular para desentrañar los misterios de esas cuatro o cinco cosas que nos mueven en la vida: el amor, la amistad, la locura, la muerte, la pasión. Sus libros de cuentos llevan como título el sello de las frases diarias, que repetimos una y otra vez en las casas: No sé si he sido claro, Te digo más, Usted no me lo va a creer, El mundo ha vivido equivocado.Ese humor callejero, de tablón y de real Academia que campeaba en sus cuentos era fácilmente identificable en algunos juegos de palabras y situaciones absurdas que encarnaba otros artistas geniales, Les Luthiers, con quienes el Negro colaboraba con deleite también para nuestro regocijo.<br />
Era un tipo simple consciente de que, reveló alguna vez, la simplicidad es un punto de llegada, no un punto de partida.<br />
Dato sabido pero ineludible, era un irreductible hincha de Rosario Central en ese universo partido en dos que es el Rosario del fútbol. Inventó un cuento de disparate para eternizar un momento de gloria del club de sus amores, el pase a la final del campeonato y a la gloria arrancados nada menos que a las manos de su rival eterno. Y le puso como título la fecha de la epopeya: 19 de diciembre de 1971.<br />
Tenía la lucidez, y también la valentía, necesaria para quitarle dramatismo a todo, para hacerle pito catalán a la solemnidad, a la que despreciaba con el ropaje de la ironía, como lo hacía con ciertos círculos intelectuales que intentaban no hallar oro literario en su humor delirante, que buena falta le hubiera hecho a Tolstoi, dicho sea de paso.<br />
&#8220;En el ámbito intelectual me parece muy pasible de humorizar —dijo hace año y medio en una entrevista en la revista Ñ de Clarín— Me hace gracia. Porque lo contrario de lo humorístico no es lo serio. Lo contrario de lo humorístico es lo pomposo. Todas esas instituciones que son altamente pomposas, el ejército, la Iglesia y los círculos intelectuales, se prestan para cagarse de risa. Realmente&#8221;.<br />
Alguna vez el propio Fontanarrosa habló de sus influencias literarias: Jack London, Jorge Luis Borges, Ernest Hemingway, J. D. Salinger, Norman Mailer, pero siempre se sintió más cercano a los dibujantes y a los periodistas. Y mucho más cercano a los periodistas deportivos, que ayer se dolieron de su muerte con fiero estupor.<br />
Fontanarrosa transpiraba fútbol. Su lógica tiene la lógica endeble de ese deporte apasionado. El Negro iba todavía más lejos: &#8220;Como juego, el fútbol es una forma de aprendizaje muy directa de la vida y más cuando se está constantemente sometido a la competencia&#8221;.<br />
Otro de sus personajes célebres, que El Negro encerró en el difícil formato de la crónica periodística breve, estuvo también ligado al fútbol. La Hermana Rosa, pitonisa, vidente, hechicera y enamorada eterna de los vaivenes del seleccionado nacional de fútbol y de algunos de sus atletas, que también es ya un pedazo de la historia.<br />
Enfrentó su mal con el coraje de un león. Vistió sus sentimientos con el cauteloso disfraz del optimismo. Supo y aceptó esa insospechada ironía de Dios que le quitó la movilidad para dibujar y le quitó, cómo no, dramatismo y solemnidad. No entendía ni jota de todo lo que la ciencia le decía sobre su mal: &#8220;Repito como un loro. Posiblemente padecí una atrofia monomiélica, una neurona que se muere antes de tiempo&#8221;, confesó al periodista de Clarín Camilo Sánchez. Y con un gesto pícaro decía que los médicos no lo habían tranquilizado cuando admitieron que era un mal del que se sabe poco: &#8220;Ojo, no sólo acá, en el mundo entero se sabe poco de la enfermedad&#8221;.<br />
Cuando el daño en su cuerpo fue mayor, escribió veinte o treinta simpáticas líneas en la que anunciaba que su brazo o su mano habían quedado inútiles y que confiaba a su amigo Crist los dibujos que él iba a dedicarse a pensar. Vio un costado positivo en el drama: ahora, sus dibujos tendrían mejores colores.<br />
Aceptó premios y homenajes con la conciencia plena que eran póstumos con adelanto. No lo dijo, pero lo pensó. En el homenaje que Clarín le rindió el año pasado cuando la entrega del Premio Novela, sus ojos brillaron con tierna malignidad cuando dijo: &#8220;Un premio a la trayectoria&#8230; Está bien que no empecé recién, pero todavía tengo mucho por delante&#8230;&#8221; Lo dijo con una sonrisa que decía más que la frase, junto a su mujer Gabriela y sostenido por su hijo Franco, de 23 años, un músico, bajista que detesta el fútbol, como debe ser.<br />
Antonio Gala dice que el hombre siempre es más fuerte que cualquier cosa que lo mata. Dice que aún en medio de una tormenta marina el hombre nunca está a merced de un elemento: &#8220;El hombre sabe que se muere, pero el mar no sabe que lo mata&#8221;, dice el escritor español.<br />
Tal vez el Negro no haya leído nunca a Gala, pero con ese espíritu enfrentó sus horas finales. Supo que se le iba la vida y nos ayudó a reír. Eso es ser fiel a un estilo.<br />
Ayer mismo, este diario publicó la última genialidad de Fontanarrosa, con los colores de Crist: una viñeta de rigurosa actualidad, tamizada por una tierna ironía, sobre las andanzas de la ex ministro de Economía. Eso también es ser fiel a un estilo.<br />
Ya sabemos como vamos a andar de ahora en más, sin el humor y la compañía entrañables del Negro Fontanarrosa.<br />
Mal, pero acostumbrados.<br />
(*) Tomado del diario <a href="http://www.clarín.com/">www.clarín.com</a> de su edición del día viernes 20 de julio de 2007.</p>
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		<title>Los plagios de Bryce Echenique</title>
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		<pubDate>Thu, 19 Jul 2007 14:35:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Paz Soldan</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Informe.21: ¡Tantas veces&#8230; Bryce! Por: www.peru21.com Con los nuevos hallazgos, hasta ahora suman 27 las copias del autor de Tantas veces Pedro. En su mayoría, los plagiados son académicos españoles que colaboran en la revista Jano. De los 16 nuevos calcos, casi todos son textuales. Si, como dice Alfredo Bryce Echenique, el plagio es un [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Informe.21: ¡Tantas veces&#8230; Bryce!<br />
Por: </strong><a href="http://www.peru21.com/"><strong>www.peru21.com</strong></a><br />
Con los nuevos hallazgos, hasta ahora suman 27 las copias del autor de <strong>Tantas veces Pedro</strong>. En su mayoría, los plagiados son académicos españoles que colaboran en la revista Jano. De los 16 nuevos calcos, casi todos son textuales.<br />
Si, como dice Alfredo Bryce Echenique, el plagio es un homenaje, él ha pasado los últimos años homenajeando a una considerable cantidad de académicos, escritores y periodistas, sobre todo españoles. Sin embargo, más allá de una respuesta divertida, el tema es bastante serio porque apoderarse del trabajo de otros es el más repudiado de los vicios intelectuales.<br />
<strong>HASTA HOY ERAN 11.<br />
</strong>Hace un año, el ensayista Herbert Morote acusó a Bryce de plagio. Como Morote era un autor poco conocido, algunos no tomaron en serio su denuncia. Bryce, incluso, lo ninguneó. Sin embargo, el 20 de marzo de este año, el tema tomó ribetes de escándalo: el embajador Oswaldo de Rivero lo acusó de haber reproducido un texto suyo. Ante las evidencias, el novelista no tuvo otra opción que reconocer la copia, pero responsabilizó de esto a su secretaria. Dos días después, el 22 de marzo, este diario hizo públicos tres plagios más. A su vez, algunos blogs hallaron otros tres. En los meses de mayo y junio, se dieron a conocer tres nuevas copias: dos fueron descubiertas por Perú.21 (15 y 30 de mayo de 2007, las víctimas fueron tres académicos españoles) y, la otra, que era vox pópuli, correspondía a un plagio hecho por Bryce, en 1993, a su amigo Guillermo Niño de Guzmán. Es decir, la excusa de un descuido o de un mal manejo reciente de archivos cayó por sí sola pues, de estas 11 reproducciones, una corresponde a 1993 y otra a 1996.<br />
<strong>EL PEZ POR LA BOCA MUERE.</strong><br />
La verdad es que Bryce tiene la costumbre sistemática de apoderarse del trabajo de otros y, para ocultar lo evidente, cada día fue creando una maraña de mentiras que, paradojas de la vida, él mismo ha ido destruyendo. Por ejemplo, hace dos semanas declaró en Caretas que la excusa de su secretaria era una mentira: &#8220;Mi secretaria era yo. Todo eso me lo inventé porque estuve aturdido&#8221;, afirmó. También dejó de lado otra de sus excusas, la del complot por su oposición al régimen de Fujimori: &#8220;Bueno, ya no creo que (el complot) sea fujimontesinista. Sé quién lo paga&#8221;, le respondió a Caretas. Nosotros le preguntamos ahora: Si vio que se publicó con su nombre artículos que no eran suyos, ¿por qué no dijo nada?, ¿por qué cobró por ellos?<br />
Como bien señala el escritor español José María Pérez Álvarez, una de sus víctimas: &#8220;Nadie se opuso a Fujimori tanto como Vargas Llosa y, que yo sepa, nadie anda por allí acusándolo de apoderarse del trabajo de otros&#8221;. Hasta ahora, lo único que no acepta Bryce es que el plagiario es él.<br />
<strong>NUEVOS HALLAZGOS.</strong><br />
María Soledad de la Cerda es una periodista y profesora universitaria chilena. Cuando se enteró de las denuncias contra Bryce, su instinto de investigadora la llevó a revisar los textos publicados por el novelista durante los últimos años. Una a una aparecieron las evidencias de nuevas copias. Ella se contactó con nosotros y nos informó de sus hallazgos. Luego de que Perú.21 verificara la información, podemos hacer públicos 16 nuevos plagios del autor de <strong>Un mundo para Julius</strong>. De ellos, 15 fueron publicados por la revista española Jano donde, curiosamente, Bryce es colaborador.<br />
De todos los textos, tres pertenecen al periodista español Juan Carlos Ponce: &#8216;La angustia de Kafka&#8217; (Jano N° 1404, octubre de 2001), &#8216;John Steinbeck, el novelista de los oprimidos&#8217; (Jano N° 1423, marzo de 2002) y &#8216;Sartre y la literatura&#8217; (Jano N° 1498, noviembre de 2003). Bryce tituló a sus artículos: &#8216;La angustia de Kafka&#8217; (El Comercio, 22/6/2003, y La Nación de Argentina, 21/12/2003), &#8216;John Steinbeck, la voz de los oprimidos&#8217; (La Nación de Argentina, 29/6/2003) y &#8216;El verdadero Sartre&#8217; (El Mercurio de Chile, 12/5/2006). Dos conclusiones previas: Bryce plagia, incluso, textos sobre literatura, materia que, se supone, domina. Luego, muchas veces ni siquiera cambia el título del original. Los dos primeros son copias casi textuales -otra práctica común-, y el tercero lo es en un 80%.<br />
Nos comunicamos con Ponce quien, además de confirmar las malas prácticas de nuestro novelista, nos dijo: &#8220;Coincido en que el plagio, en algunas ocasiones, es un acto de admiración. Yo añadiría que la admiración lleva implícitos respeto y reconocimiento&#8221;.<br />
<strong>REINCIDENTE.</strong><br />
Hace algunas semanas, el diario El País (España) informó que Bryce se había comunicado con José María Pérez Álvarez, &#8216;Chesi&#8217;, un conocido escritor español, y le había ofrecido disculpas por el plagio que le había hecho. Tendrá que disculparse otra vez. Copió casi literalmente el artículo &#8216;La locura&#8217;, que fue publicado por &#8216;Chesi&#8217; en Jano y en Galipress, en 2005, y por Bryce, con el mismo título, en la revista mexicana Nexos N° 351, de marzo de 2007.<br />
Otros autores &#8216;multicopiados&#8217; son Juan Soto Viñolo y Carmen Lloret, que son padre e hija. Ella se llama Carmen Soto Villa, es filósofa, vive en Viena y firma algunos textos con seudónimo. De ellos, Bryce se apropió de &#8216;Cary Grant, un ícono del cine&#8217; (Jano N° 1414, enero de 2002) y de &#8216;Andy Warhol: El arte como negocio&#8217; (Jano N° 1424, marzo de 2002). El escritor peruano tituló a &#8216;sus&#8217; textos &#8216;Cary Grant y el sueño americano&#8217; (La Nación, 4/4/2004) y &#8216;Un artista de los negocios&#8217; (La Nación, 2 de marzo de 2003). Otra vez, salvo algunas palabras, la reproducción es literal.<br />
Al médico Blas Gil Extremera también le copió dos textos: &#8216;John Ford, la épica del western&#8217; (Jano N° 1564, mayo de 2005) y &#8216;El intrigante Antonio Salieri&#8217; (Jano N° 1359, octubre de 2000). El primero es calcado casi íntegramente -incluido el título- por Bryce en la revista Nexos N° 343, de julio de 2006. Al segundo lo titula &#8216;El envidioso Antonio Salieri&#8217; y lo publica en la Revista de Libros de El Mercurio (Chile), el 1 de setiembre de 2001. Gil, luego de confirmar los plagios, declaró a Perú.21 que tomaba el tema &#8220;con sorpresa&#8221;.<br />
Al español Cristóbal Pera, Bryce le calcó el texto &#8216;Culturas y civilizaciones&#8217; (Jano N° 1581, octubre de 2005), que publicó con su nombre el 17 de setiembre de 2006, en El Comercio. Otro texto que el autor de <strong>El huerto de mi amada</strong> plagió es &#8216;William Blake y los proverbios del infierno&#8217;, de Jorge de la Paz, publicado en el N° 59, año 1986, de la revista de la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior, de México (ANUIES). Bryce lo copia casi todo y lo titula &#8216;Las andanzas de ultratumba de William Blake&#8217;. El texto aparece en El Universal de Caracas (23/11/2002).<br />
El 15 de febrero de 2004, en La Nación de Argentina, el narrador peruano publica el texto &#8216;PsicoWoody&#8217; (apareció antes, el 5 de abril de 2003, en la Revista de Libros de El Mercurio con el nombre &#8216;La cabeza del cine psico: Woody Allen&#8217;). Este es un calco de &#8216;El psicoanálisis en el cine de Woody Allen&#8217;, un artículo del médico español Benjamín Herreros Ruiz, aparecido en Jano N° 1425, de marzo de 2002.<br />
<strong>REPRODUCE HASTA EL TÍTULO.<br />
</strong>A los siguientes cinco artículos, Bryce no les cambia ni siquiera el título: 1) &#8216;El divorcio de Woody Allen&#8217;, de Albert Mallofré, publicado en Jano N° 1490, octubre de 2003. La versión del narrador peruano aparece en Nexos N° 324, de diciembre de 2004 y, también, el 24 de enero de 2005 en La Nación de Argentina. 2) &#8217;1905, el año milagroso&#8217;, de Victoria Toro, Jano N° 1561, abril de 2005. Bryce lo publica en El Comercio, 16/10/2005. 3) &#8216;La enfermedad de la nostalgia&#8217;, de Luis M. Iruela, Jano N° 1580, octubre de 2005. Consta como texto del novelista en El Comercio, 28/5/2006. 4) &#8216;Contra las fotos de ataúdes con soldado dentro&#8217;, de Josep Pernau, Jano N° 1523, de mayo de 2004. Bryce lo publica en El Comercio, 31/7/2005. 5) &#8216;Estrellas médicas&#8217;, de Sergi Pàmies, Jano N° 1517, de abril de 2004. Consta como texto del peruano en Nexos N° 342, de junio de 2006. Nos comunicamos con Pàmies, quien nos dijo: &#8220;No me parece tanto un plagio como una fotocopiadora&#8221;.<br />
Después de estas pruebas, ¿Bryce seguirá responsabilizando a la prensa?<br />
(Tomado de <a href="http://www.peru21.com/">www.peru21.com</a> con autorización de Augusto Alvarez Rodrich [alvarezrodrich@peru21.com] o ver el artículo en el enlace directo: <a href="http://www.peru21.com/P21Impreso/Html/2007-07-18/ImP2Cultura0755839.html">http://www.peru21.com/P21Impreso/Html/2007-07-18/ImP2Cultura0755839.html</a>. Edición del miércoles 18 de julio de 2007)</p>
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		<title>Extraños en el paraíso</title>
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		<pubDate>Tue, 17 Jul 2007 15:23:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Paz Soldan</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[A 25 años de la muerte de John Cheever Por Maximiliano Barrientos (Hace un cuarto de siglo un cáncer renal acabó con la vida de John Cheever, uno de los escritores más brillantes de su generación. Su influencia y su obra gozan de una salud intachable, y todo indica que se mantendrá así en sucesivas [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>A 25 años de la muerte de John Cheever<br />
Por Maximiliano Barrientos<br />
</strong>(<em>Hace un cuarto de siglo un cáncer renal acabó con la vida de John Cheever, uno de los escritores más brillantes de su generación. Su influencia y su obra gozan de una salud intachable, y todo indica que se mantendrá así en sucesivas generaciones. A continuación, una semblanza del narrador al que se apodó sabiamente como el Chéjov de los suburbios</em>).</p>
<p>Esto aparece en alguna parte de sus Diarios: “Escribir bien, con pasión, con menos inhibiciones, ser más cálido, más autocrítico, reconocer el poder de la lujuria tanto como su fuerza, escribir, amar. (…) No disimular nada ni ocultar nada, escribir sobre las cosas más cercanas a nuestro dolor, a nuestra felicidad; escribir sobre mi torpeza sexual, el sufrimiento de Tántalo, la magnitud de mi desaliento -creo entreverlo en sueños- , mi desesperación”.<br />
Y durante casi cincuenta años, desde que concibió Expulsado, relato publicado a sus diecisiete años en la revista New Republic en el que cuenta su expulsión de la Academia Thayer, John Cheever, uno de los escritores más brillantes e influyentes de la segunda mitad del siglo XX, fue fiel a esa norma estética que el mismo se impuso, y sus narraciones -las cinco novelas pero especialmente los 161 cuentos que vieron la luz primeramente en revistas como New Republic, Collier&#8217;s Story, Atlantic, Esquire y, sobretodo, The New Yorker-, le valieron el sobrenombre del Chéjov de los suburbios.<br />
Su universo es la crónica detallista del infierno invisible subyacente a las familias privilegiadas que llevan placenteras vidas en los suburbios, habitando amplias casas con piscinas donde los hombres tienen una animada vida social con fiestas y reuniones y grandes trabajos y saludables hijos y una esposa que no los abandona, hombres que no se ven afectados por grandes tragedias -no hay muertes ni actos heroicos (el malestar es mucho más silencioso y sus causas más sutiles)-. Su universo, uno de los más singulares y complejos de la ficción contemporánea norteamericana, es el testimonio -escrito con una de las prosas más solventes y enigmáticas de su generación- de los muladares escondidos tras el barniz de normalidad, pero también es la búsqueda de redención -e ahí los destellos místicos que el escritor y periodista Rodrigo Fresán asemeja con los que habitan la obra de J.D. Salinger- en un mundo contingente; por eso, sus personajes –muchos alteregos del propio Cheever- se encuentran en sitios acomodados como extraños, extranjeros que no entienden por qué las relaciones humanas se volvieron un campo de batalla, por qué la esposa súbitamente se tornó una enemiga y sobretodo, no entienden cuándo llegaron ahí ni cuáles fueron las culpas o las causas que determinaron tantos cuestionamientos. Sus personajes buscan una salida y una visión redentora. Y Cheever a veces la entrevé. Y Cheever dejó algunas obras maestras en el camino (Adiós, hermano mío, La cura, El ladrón de Shady Hill, Las joyas de los Cabot, El nadador o El brigadier y la viuda de golf), en la persecución de esa visión.<br />
Estar lejos de casa o no saber dónde quedó. Estar lejos de casa en su propia casa, con la gente que ama y necesita y ve como extraños -o ellos a él-, e ahí su universo.<br />
<strong>LEJOS DE CASA</strong><br />
Cheever nació en 1912 en Quincy, Massachusetts. Después de la expulsión de su colegio por haber sido encontrado fumando y por demostrar una notoria falta de interés por sus estudios, se dedicó a la literatura a tiempo completo, viviendo de los cuentos que vendía a muy buen precio a las revistas y semanarios antes mencionados, pero fue The New Yorker -bajo la edición de William Maxwell, Gus Lombrano y Harold Ross- el que lo acogió en una familia donde se publicaba a los escritores más talentosos de esos años: John Updike, Truman Capote, Vladimir Nabokov, J.D. Salinger y Philip Roth por nombrar algunos de esa camada (ahora también sigue siendo una plataforma de grandes valores, Rick Moody, Michael Chabon, Lorrie Moore, Haruki Murakami o veteranos activos como William Trevor y Alice Munro son algunas de las firmas que aparecen con frecuencia), lo que le permitió desentenderse de las obligaciones que acarrea un empleo convencional para mantener a la familia que había formado en 1937, año en que se casó con Mary Winternitz.<br />
***<br />
El gran tema de Cheever -anticipándose a la literatura de ficción y no ficción actual que lo ha convertido prácticamente en un cliché- es la familia como problema, como territorio de guerra, como ruinas de un paraíso extraviado. Su literatura, descarnada e intimista, explora las relaciones entre esposo y esposa, hijos y padres, y deja constancia -en párrafos hermosamente escritos- de la soledad de gente que al parecer lo tiene todo y que alcanzó la cúspide del sueño americano. Sus dos primeras novelas: Crónica de los Wapshot (1957), con la que ganó el National Book Award, y El escándalo de los Wapshot (1964), son precursoras de lo que años más tarde se llamó realismo domestico o realismo sucio. Sin embargo, donde su genialidad está más latente es en los relatos cortos. Ése es el lugar donde su sagacidad alcanza cimas difíciles de superar a la hora de mostrar los quiebres, las pequeñas paranoias de todos los días, la necesidad imperiosa de reencuentros que lo curen y santifiquen, que lo devuelvan al mundo como nuevo.<br />
***<br />
Su literatura es la literatura del cansancio. Ése parece ser una constante en sus cuentos y novelas. Hombres envejecidos y maduros, alejados de la infancia y de la juventud, viviendo vidas que siempre estuvieron ahí, ya hechas, amoldadas. En sus ficciones, a pesar de la compleja y asombrosa arquitectura de su prosa, no hay frescura, esa frescura que se respira en escritores como J.D. Salinger o Hanif Kureishi, con quienes siempre se tiene la impresión de estar leyendo a adolescentes que miran y entienden e intentan traducir al mundo desde una galaxia donde la incertidumbre tiene todavía una rara fascinación y es una suerte de privilegio. Los personajes de Cheever siempre están agotados, como si toda su vida hubieran sido trabajadores descontentos o esposos a los que ya no los aman o padres contrariados por el afecto de sus hijos.<br />
Quizás esto responde -alejándonos de lo puramente literario- a ese carácter conservador y a su puritanismo. Algunos críticos apuntaron que esa contradicción entre el moralista y su incapacidad para asumir su homosexualidad, su alcoholismo y una vida por momentos desenfrenada, haya sido uno de los factores desencadenantes de la problemática existencial que se filtra en su obra, sin embargo, como afirma su hijo Benjamin en el prólogo de sus Diarios, en los últimos años dejó el alcohol y logró reconciliarse con sus propios impulsos, pero la vida -en un grado mucho menor que antes- siguió siendo un problema, algo que lo preocupaba, un motivo de reflexión constante.<br />
La búsqueda de Cheever -si su ficción puede ser entendida como tal- es un intento por reconciliarse con un territorio en guerra: su propia familia, el ansia de una vida más generosa y plena, una bondad natural que él sabía que debía estar allí pero no encontraba más que rastros difíciles en caras hostiles: desconocidos en el metro o solitarios en bares o un hermano cuya propia decadencia era un reflejo de la suya.<br />
<strong>REGRESAR A CASA<br />
</strong>Esto parece el paraíso es su última novela, la publicó en 1982, a los 70 años, meses antes de que un cáncer en sus riñones acabe con su vida, pero no con la leyenda.<br />
La novela fue escrita en un momento en el que los reconocimientos empezaban a llegar de todas partes. La reciente publicación de Cuentos y relatos de John Cheever, en los que se recopiló la totalidad de sus historias, lo hizo merecedor del premio Pulitzer y del National Book Critics Circle Award, y se convirtió -raro en una colección de relatos- en el libro más vendido del año. Harvard le otorgó un doctorado a pesar de que lo habían expulsado a los diecisiete y desde entonces no había vuelto a pisar la universidad, salvo para dictar cursos de escritura creativa como un escritor confundido que, entre sus ejercicios predilectos, les pedía a sus estudiantes que elaboren una carta de amor imaginando que están en una casa consumida por el fuego. En lo personal las cosas también mejoraron, dejó el alcohol y las relaciones con su esposa Mary adquirieron una estabilidad razonable después de que Cheever aceptó sus impulsos homosexuales. Todo parecía retomar un cause que años atrás, en un momento que resultaría difícil predecir, se habían torcido. Cheever, después de años de exilio y de vagabundeo por los suburbios de su propia mente e infelicidad, empezaba a sentirse en casa, por lo que no resulta raro que quisiera cerrar una trayectoria pequeña (en cuanto a libros publicados) pero muy concisa, con una novela que festeje ese regreso tan anhelado, esa redención aparentemente definitiva.<br />
Y esa novela fue escrita con una prosa que persigue los destellos del satori, destellos que iluminan y enceguecen, paréntesis hechos en el ruido y en el desorden que asegura que todo -por ese instante, mientras dura la fuerza del encantamiento de una de las escrituras más arrolladoras de su generación- todo irá bien. El amor y la naturaleza como fuerzas redentoras en el universo Cheever, pero también la literatura, a la que consideró el triunfo sobre el caos (La muerte de Justina). El amor, la naturaleza basta y la literatura contraponiéndose a ese mundo de suburbio en el que los hombres se degeneran paulatinamente. Eso era el paraíso para Cheever. Y el paraíso es fantasmagórico y a veces se borra y vuelven los viejos infiernos, pero nunca se quedan del todo. Aparecen y desaparecen, y sus personajes oscilan entre esas visiones y vuelven a casa o se van al trabajo, viajan en tren o ingresan a pequeños bares poco iluminados para saber que afuera siempre habrá alcohólicos y asesinos y pederastas y amenazas nucleares y esposas infieles e hijos desobedientes, pero por ese momento, en el instante en el que nada de ese ruido puede afectarlos -mientras están en el metro o en el dormitorio de sus casas de suburbio o en esos jardines con piscina tan propios del paisaje cheeveriano- todo está bien, hay orden en el caos.<br />
***<br />
Paraísos amenazados. Paraísos que se perdieron o que se están perdiendo. Paraísos recuperados por momentos, entrevistos apenas. La literatura de Cheever bordea esos registros. Da fe del hombre que estuvo ahí y los vivió.</p>
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		<pubDate>Thu, 19 Apr 2007 13:38:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Paz Soldan</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[La historia no tan secreta de Fantasmas asesinos Una versión policial y las obsesiones de un idiota Por Wilmer Urrelo (Les pasamos una nota del mismísimo Wilmer Urrelo, reciente ganador del premio Nacional de Novela con Fantasmas Asesinos, aún no publicada, que nos cuenta de manera exclusiva para www.ecdotica.com de qué lo inspiró para escribir [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong><span lang="ES-TRAD"><font face="Times New Roman">La historia no tan secreta de <em>Fantasmas asesinos</em></font></span></strong></p>
<p style="margin: 0cm 0cm 0pt; line-height: 150%; text-align: justify" class="MsoNormal"><strong><span lang="ES-TRAD"><font face="Times New Roman">Una versión policial y las obsesiones de un idiota</font></span></strong></p>
<p style="margin: 0cm 0cm 0pt; line-height: 150%; text-align: justify" class="MsoNormal"><strong><span lang="ES-TRAD"><font face="Times New Roman">Por Wilmer Urrelo</font></span></strong></p>
<p style="margin: 0cm 0cm 0pt; line-height: 150%; text-align: justify" class="MsoNormal"><strong><span lang="ES-TRAD"><font face="Times New Roman">(<em>Les pasamos una nota del mismísimo Wilmer Urrelo, reciente ganador del premio Nacional de Novela con Fantasmas Asesinos, aún no publicada, que nos cuenta de manera exclusiva para </em><a href="http://www.ecdotica.com/"><em>www.ecdotica.com</em></a><em> de qué lo inspiró para escribir su novela. Como saben, Urrelo ganó el Premio Nacional de Primera Novela Nuevo Milenio con Mundo negro</em>)</font></span></strong></p>
<p style="margin: 0cm 0cm 0pt; text-align: justify" class="MsoNormal"><span lang="ES-TRAD"><font face="Times New Roman">Era 1986. Un terrible crimen se cometió en la ciudad de La Paz. Un hombre había matado y violado a un niño de siete años de edad. Yo tenía diez. No conocí a ninguno de los dos personalmente. No sabía nada de ellos hasta ese momento. Me gustaba ver los <em>Transformes</em> y <em>He-Man</em> y hacerme la burla de los <em>Cariñositos</em>, ¡ah! y jugar Atari también. Los periódicos, la radio y la incipiente televisión de la época exprimieron el caso del niño muerto. Los políticos de la época también, pues para variar Bolivia vivía días de convulsión política: el 21060, la mano dura, Huanchaca, la intolerancia. Me avergüenza decirlo: la historia del niño me obsesionó a partir de ese momento. No podía pensar en otra cosa. Tenía todos los recortes de los diarios. Sabía los nombres de los involucrados. Cómo habían sucedido las cosas. Pero no sabía qué era violar, por ejemplo. ¿Qué me pasaba entonces? Sí sabía qué era la muerte, en todo caso. Y creo que ese año yo (y tal vez algunos otros niños) descubrimos que éramos vulnerables: que podían hacernos daño, que podíamos morir. A lo mejor por eso me obsesionaba el caso. Pasaron los años. Y creo que a comienzos de los 90’ me cambiaron de colegio. Me parece que no era un buen alumno. Más bien regular. Lo increíble fue que el colegio de marras se hallaba cerca de donde habían hallado el cadáver del niño. Prácticamente al lado donde había sido asesinado. Era como si la historia me estuviera persiguiendo. Ya éramos adolescentes. Pero pese a los años transcurridos la historia del niño circulaba todavía con fuerza entre los alumnos. Cambiada, deformada, transformada. Me había olvidado del asunto (me interesaban más las chicas). Por esa época descubrí a Vargas Llosa. Quería ser como él. Cabe resaltar que el que escribe esto era un maldito: en los recreos me metía a los cursos y abría las mochilas de mis compañeros para destrozar los cuadernos y pisar las calculadoras. Cortaba las hojas. Les ponía pegamento. Les echaba tierra. ¡Cuántos habrán llorado por mi culpa! Cuando alguien me pasaba algún <em>slam</em> (¿sabrán la nueva generación qué es eso?) yo hacía dibujos subidos de tono y respondía a las preguntas con obscenidades dirigidas siempre a las mamás del otro. Era un pobre idiota, en resumen. No sabía por qué lo hacía, en serio. Estaba seguro (era un adolescente, pues) que me convertiría en un delincuente. Hasta que llegó <em>La ciudad y los perros</em>: yo también quiero escribir. Vargas Llosa me salvó la vida. Pero la historia del niño estaba ahí todavía. Quería escribirla desde esa época. Me cambié de colegio otra vez. En esta ocasión los chicos y chicas eran más pendejos y más vivos y más todo: no eran como yo, el “niño bien” que no sabía por qué hacía las cosas. Así que no me quedó más remedio que callarme y ver. Contemplar. Vargas Llosa ya era parte de todos los días de mi vida. Ya no quería ser otra cosa que un escritor. ¡Plop! Salí bachiller. La historia estaba ahí, sin embargo transcurrieron los años y otra vez el tema fue pasando a segundo plano. Vargas Llosa ya no me gustaba tanto como al principio. Descubrí la literatura policial. Hammett, Soriano, Chandler, Himes, Giardinelli, Taibo II, etc. Aunque había algo que me molestaba: no tenía las bolas suficientes para escribir la historia del niño muerto. Del tipo que lo asesinó. De esa extraña obsesión por el tema. De cómo somos los bolivianos frente a ese tipo de temas. Quería ser escritor pero me daba miedo encarar el tema. Los años, por suerte, me dieron una nueva tregua.</font></span></p>
<p><strong><span lang="ES-TRAD"><font face="Times New Roman">Algo así parecido al valor</font></span></strong></p>
<p style="margin: 0cm 0cm 0pt; text-align: justify; tab-stops: 25.5pt" class="MsoNormal"><font face="Times New Roman"><em><span lang="ES-TRAD">Mundo negro</span></em><span lang="ES-TRAD"> fue la primera novela en serio que escribí. Trata del robo de un manuscrito y las terribles cosas que pasan en los recovecos de los ambientes literarios (las envidias, los deseos de éxito a cualquier precio). Creo que lo hice de un tirón. Antes me había entrenado con cuentos violentos y que no hablaban del país. Transcurrían en lugares indeterminados. En cualquier ciudad del mundo. Presenté la novela a un premio y ganó. Desde ese año (2000) la historia del niño muerto volvió a perturbarme una vez más. Entonces decidí volver a encararlo. ¿No era ya un escritor después de todo? Entonces me puse a investigar: ahí estaban una vez las imágenes del asesino, del niño, de la población paceña pidiendo la pena de muerte. Los expedientes forenses. Los lugares físicos donde transcurrió todo. Pero me pasaron cosas extrañas. Tenía pesadillas. No podía dormir. Me enfermé de cosas extrañas. También retornaron los recuerdos de los años que pasé convencido de que iba a ser una rata (entiéndase: ladrón, chorro, ratero), el deslumbramiento ante chicos distintos a mí, más maduros, con más experiencia en la vida. La memoria es peligrosa, pues descubrí que muchas de las cosas que creía que habían ocurrido no pasaron jamás. Descubrí que el asesino tenía un largo prontuario. Que quizá había un tío suyo al que nadie se dedicó a investigar. Era 2003 y tenía todo para comenzar. Podía ya mentir con conocimiento de causa. Pero no tenía el valor suficiente para hacerlo una vez más. Me faltaban bolas. ¿Cómo escribir sobre algo tan terrible sin sentirse mal? ¿Sin dañarme a mí mismo? ¿Cómo hacer para tocar el fondo del vaso? </span><span lang="PT-BR">Hice intentos. Vanos todos. Renuncié. Me fui a Santa Cruz. </span><span lang="ES-TRAD">Aprendí algo de gwarayu. Me hice camba-colla. Pensaba en la historia, claro. Hasta que un día, al finalizar 2005, mientras estaba parado en el techo de mi casa reparando las tejas supe cómo escribir esa historia, pero ante todo creo que agarré valor. ¡Bendita seas Santa Cruz! Coraje. <em>Fantasmas asesinos</em> es una novela dura (un cuatecito mío tuvo pesadillas cuando leyó el manuscrito). No tenía salida. Creo que apuntar por otro lado hubiera sido deshonesto. Algo así como <em>La Pasión de Cristo</em> de Mel Gibson. Tenía que ser una novela desgarradora y sangrienta y qué mejor que el policial para encararla. Éste es el género más adecuado para escribir algo como yo quería: te da la posibilidad de registrar escenas que en otros géneros serían como el lunar peludo y café en la cara de una chica bonita. Así que escribí la historia que me había obsesionado por tanto tiempo. Todos los días. Varias horas seguidas. Al fin sin miedo. Al fin con bolas. Cuando pasaba esto se cumplían veinte años de los hechos reales. Un montón de tiempo. </span></font></p>
<p><strong><span lang="ES-TRAD"><font face="Times New Roman">Todo es mentira, algo es verdad</font></span></strong></p>
<p style="margin: 0cm 0cm 0pt; text-align: justify; tab-stops: 25.5pt" class="MsoNormal"><font face="Times New Roman"><em><span lang="ES-TRAD">Fantasmas asesinos</span></em><span lang="ES-TRAD"> aborda la muerte de ese niño. Pero también las obsesiones de un idiota (en cierta medida yo), el amor, la situación política de finales de los años 80’, el fanatismo, la hipocresía de los bolivianos cuando ocurren casos tan terribles como el que narro. Dice Vargas Llosa que escribir una novela es como hacer un <em>strip-tease</em> pero al revés. En vez de quitarse la ropa el autor se la pone, camufla, cambia los hechos… pero también afirma que es una manera (el escribir) de exhibir sus demonios, sus fantasmas, sus obsesiones. ¿Será eso? Ya pasaron varios meses y aún no puedo escribir ficción. ¿Macurca literaria?, tal vez. Ahora me preocupa cómo recibirán semejante novela. En serio. Les juro. Yo mismo estoy asustado.</span></font></p>
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