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Los plagios de Bryce Echenique

Informe.21: ¡Tantas veces… Bryce!
Por:
www.peru21.com
Con los nuevos hallazgos, hasta ahora suman 27 las copias del autor de Tantas veces Pedro. En su mayoría, los plagiados son académicos españoles que colaboran en la revista Jano. De los 16 nuevos calcos, casi todos son textuales.
Si, como dice Alfredo Bryce Echenique, el plagio es un homenaje, él ha pasado los últimos años homenajeando a una considerable cantidad de académicos, escritores y periodistas, sobre todo españoles. Sin embargo, más allá de una respuesta divertida, el tema es bastante serio porque apoderarse del trabajo de otros es el más repudiado de los vicios intelectuales.
HASTA HOY ERAN 11.
Hace un año, el ensayista Herbert Morote acusó a Bryce de plagio. Como Morote era un autor poco conocido, algunos no tomaron en serio su denuncia. Bryce, incluso, lo ninguneó. Sin embargo, el 20 de marzo de este año, el tema tomó ribetes de escándalo: el embajador Oswaldo de Rivero lo acusó de haber reproducido un texto suyo. Ante las evidencias, el novelista no tuvo otra opción que reconocer la copia, pero responsabilizó de esto a su secretaria. Dos días después, el 22 de marzo, este diario hizo públicos tres plagios más. A su vez, algunos blogs hallaron otros tres. En los meses de mayo y junio, se dieron a conocer tres nuevas copias: dos fueron descubiertas por Perú.21 (15 y 30 de mayo de 2007, las víctimas fueron tres académicos españoles) y, la otra, que era vox pópuli, correspondía a un plagio hecho por Bryce, en 1993, a su amigo Guillermo Niño de Guzmán. Es decir, la excusa de un descuido o de un mal manejo reciente de archivos cayó por sí sola pues, de estas 11 reproducciones, una corresponde a 1993 y otra a 1996.
EL PEZ POR LA BOCA MUERE.
La verdad es que Bryce tiene la costumbre sistemática de apoderarse del trabajo de otros y, para ocultar lo evidente, cada día fue creando una maraña de mentiras que, paradojas de la vida, él mismo ha ido destruyendo. Por ejemplo, hace dos semanas declaró en Caretas que la excusa de su secretaria era una mentira: “Mi secretaria era yo. Todo eso me lo inventé porque estuve aturdido”, afirmó. También dejó de lado otra de sus excusas, la del complot por su oposición al régimen de Fujimori: “Bueno, ya no creo que (el complot) sea fujimontesinista. Sé quién lo paga”, le respondió a Caretas. Nosotros le preguntamos ahora: Si vio que se publicó con su nombre artículos que no eran suyos, ¿por qué no dijo nada?, ¿por qué cobró por ellos?
Como bien señala el escritor español José María Pérez Álvarez, una de sus víctimas: “Nadie se opuso a Fujimori tanto como Vargas Llosa y, que yo sepa, nadie anda por allí acusándolo de apoderarse del trabajo de otros”. Hasta ahora, lo único que no acepta Bryce es que el plagiario es él.
NUEVOS HALLAZGOS.
María Soledad de la Cerda es una periodista y profesora universitaria chilena. Cuando se enteró de las denuncias contra Bryce, su instinto de investigadora la llevó a revisar los textos publicados por el novelista durante los últimos años. Una a una aparecieron las evidencias de nuevas copias. Ella se contactó con nosotros y nos informó de sus hallazgos. Luego de que Perú.21 verificara la información, podemos hacer públicos 16 nuevos plagios del autor de Un mundo para Julius. De ellos, 15 fueron publicados por la revista española Jano donde, curiosamente, Bryce es colaborador.
De todos los textos, tres pertenecen al periodista español Juan Carlos Ponce: ‘La angustia de Kafka’ (Jano N° 1404, octubre de 2001), ‘John Steinbeck, el novelista de los oprimidos’ (Jano N° 1423, marzo de 2002) y ‘Sartre y la literatura’ (Jano N° 1498, noviembre de 2003). Bryce tituló a sus artículos: ‘La angustia de Kafka’ (El Comercio, 22/6/2003, y La Nación de Argentina, 21/12/2003), ‘John Steinbeck, la voz de los oprimidos’ (La Nación de Argentina, 29/6/2003) y ‘El verdadero Sartre’ (El Mercurio de Chile, 12/5/2006). Dos conclusiones previas: Bryce plagia, incluso, textos sobre literatura, materia que, se supone, domina. Luego, muchas veces ni siquiera cambia el título del original. Los dos primeros son copias casi textuales -otra práctica común-, y el tercero lo es en un 80%.
Nos comunicamos con Ponce quien, además de confirmar las malas prácticas de nuestro novelista, nos dijo: “Coincido en que el plagio, en algunas ocasiones, es un acto de admiración. Yo añadiría que la admiración lleva implícitos respeto y reconocimiento”.
REINCIDENTE.
Hace algunas semanas, el diario El País (España) informó que Bryce se había comunicado con José María Pérez Álvarez, ‘Chesi’, un conocido escritor español, y le había ofrecido disculpas por el plagio que le había hecho. Tendrá que disculparse otra vez. Copió casi literalmente el artículo ‘La locura’, que fue publicado por ‘Chesi’ en Jano y en Galipress, en 2005, y por Bryce, con el mismo título, en la revista mexicana Nexos N° 351, de marzo de 2007.
Otros autores ‘multicopiados’ son Juan Soto Viñolo y Carmen Lloret, que son padre e hija. Ella se llama Carmen Soto Villa, es filósofa, vive en Viena y firma algunos textos con seudónimo. De ellos, Bryce se apropió de ‘Cary Grant, un ícono del cine’ (Jano N° 1414, enero de 2002) y de ‘Andy Warhol: El arte como negocio’ (Jano N° 1424, marzo de 2002). El escritor peruano tituló a ‘sus’ textos ‘Cary Grant y el sueño americano’ (La Nación, 4/4/2004) y ‘Un artista de los negocios’ (La Nación, 2 de marzo de 2003). Otra vez, salvo algunas palabras, la reproducción es literal.
Al médico Blas Gil Extremera también le copió dos textos: ‘John Ford, la épica del western’ (Jano N° 1564, mayo de 2005) y ‘El intrigante Antonio Salieri’ (Jano N° 1359, octubre de 2000). El primero es calcado casi íntegramente -incluido el título- por Bryce en la revista Nexos N° 343, de julio de 2006. Al segundo lo titula ‘El envidioso Antonio Salieri’ y lo publica en la Revista de Libros de El Mercurio (Chile), el 1 de setiembre de 2001. Gil, luego de confirmar los plagios, declaró a Perú.21 que tomaba el tema “con sorpresa”.
Al español Cristóbal Pera, Bryce le calcó el texto ‘Culturas y civilizaciones’ (Jano N° 1581, octubre de 2005), que publicó con su nombre el 17 de setiembre de 2006, en El Comercio. Otro texto que el autor de El huerto de mi amada plagió es ‘William Blake y los proverbios del infierno’, de Jorge de la Paz, publicado en el N° 59, año 1986, de la revista de la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior, de México (ANUIES). Bryce lo copia casi todo y lo titula ‘Las andanzas de ultratumba de William Blake’. El texto aparece en El Universal de Caracas (23/11/2002).
El 15 de febrero de 2004, en La Nación de Argentina, el narrador peruano publica el texto ‘PsicoWoody’ (apareció antes, el 5 de abril de 2003, en la Revista de Libros de El Mercurio con el nombre ‘La cabeza del cine psico: Woody Allen’). Este es un calco de ‘El psicoanálisis en el cine de Woody Allen’, un artículo del médico español Benjamín Herreros Ruiz, aparecido en Jano N° 1425, de marzo de 2002.
REPRODUCE HASTA EL TÍTULO.
A los siguientes cinco artículos, Bryce no les cambia ni siquiera el título: 1) ‘El divorcio de Woody Allen’, de Albert Mallofré, publicado en Jano N° 1490, octubre de 2003. La versión del narrador peruano aparece en Nexos N° 324, de diciembre de 2004 y, también, el 24 de enero de 2005 en La Nación de Argentina. 2) ’1905, el año milagroso’, de Victoria Toro, Jano N° 1561, abril de 2005. Bryce lo publica en El Comercio, 16/10/2005. 3) ‘La enfermedad de la nostalgia’, de Luis M. Iruela, Jano N° 1580, octubre de 2005. Consta como texto del novelista en El Comercio, 28/5/2006. 4) ‘Contra las fotos de ataúdes con soldado dentro’, de Josep Pernau, Jano N° 1523, de mayo de 2004. Bryce lo publica en El Comercio, 31/7/2005. 5) ‘Estrellas médicas’, de Sergi Pàmies, Jano N° 1517, de abril de 2004. Consta como texto del peruano en Nexos N° 342, de junio de 2006. Nos comunicamos con Pàmies, quien nos dijo: “No me parece tanto un plagio como una fotocopiadora”.
Después de estas pruebas, ¿Bryce seguirá responsabilizando a la prensa?
(Tomado de www.peru21.com con autorización de Augusto Alvarez Rodrich [alvarezrodrich@peru21.com] o ver el artículo en el enlace directo: http://www.peru21.com/P21Impreso/Html/2007-07-18/ImP2Cultura0755839.html. Edición del miércoles 18 de julio de 2007)

Extraños en el paraíso

A 25 años de la muerte de John Cheever
Por Maximiliano Barrientos
(Hace un cuarto de siglo un cáncer renal acabó con la vida de John Cheever, uno de los escritores más brillantes de su generación. Su influencia y su obra gozan de una salud intachable, y todo indica que se mantendrá así en sucesivas generaciones. A continuación, una semblanza del narrador al que se apodó sabiamente como el Chéjov de los suburbios).

Esto aparece en alguna parte de sus Diarios: “Escribir bien, con pasión, con menos inhibiciones, ser más cálido, más autocrítico, reconocer el poder de la lujuria tanto como su fuerza, escribir, amar. (…) No disimular nada ni ocultar nada, escribir sobre las cosas más cercanas a nuestro dolor, a nuestra felicidad; escribir sobre mi torpeza sexual, el sufrimiento de Tántalo, la magnitud de mi desaliento -creo entreverlo en sueños- , mi desesperación”.
Y durante casi cincuenta años, desde que concibió Expulsado, relato publicado a sus diecisiete años en la revista New Republic en el que cuenta su expulsión de la Academia Thayer, John Cheever, uno de los escritores más brillantes e influyentes de la segunda mitad del siglo XX, fue fiel a esa norma estética que el mismo se impuso, y sus narraciones -las cinco novelas pero especialmente los 161 cuentos que vieron la luz primeramente en revistas como New Republic, Collier’s Story, Atlantic, Esquire y, sobretodo, The New Yorker-, le valieron el sobrenombre del Chéjov de los suburbios.
Su universo es la crónica detallista del infierno invisible subyacente a las familias privilegiadas que llevan placenteras vidas en los suburbios, habitando amplias casas con piscinas donde los hombres tienen una animada vida social con fiestas y reuniones y grandes trabajos y saludables hijos y una esposa que no los abandona, hombres que no se ven afectados por grandes tragedias -no hay muertes ni actos heroicos (el malestar es mucho más silencioso y sus causas más sutiles)-. Su universo, uno de los más singulares y complejos de la ficción contemporánea norteamericana, es el testimonio -escrito con una de las prosas más solventes y enigmáticas de su generación- de los muladares escondidos tras el barniz de normalidad, pero también es la búsqueda de redención -e ahí los destellos místicos que el escritor y periodista Rodrigo Fresán asemeja con los que habitan la obra de J.D. Salinger- en un mundo contingente; por eso, sus personajes –muchos alteregos del propio Cheever- se encuentran en sitios acomodados como extraños, extranjeros que no entienden por qué las relaciones humanas se volvieron un campo de batalla, por qué la esposa súbitamente se tornó una enemiga y sobretodo, no entienden cuándo llegaron ahí ni cuáles fueron las culpas o las causas que determinaron tantos cuestionamientos. Sus personajes buscan una salida y una visión redentora. Y Cheever a veces la entrevé. Y Cheever dejó algunas obras maestras en el camino (Adiós, hermano mío, La cura, El ladrón de Shady Hill, Las joyas de los Cabot, El nadador o El brigadier y la viuda de golf), en la persecución de esa visión.
Estar lejos de casa o no saber dónde quedó. Estar lejos de casa en su propia casa, con la gente que ama y necesita y ve como extraños -o ellos a él-, e ahí su universo.
LEJOS DE CASA
Cheever nació en 1912 en Quincy, Massachusetts. Después de la expulsión de su colegio por haber sido encontrado fumando y por demostrar una notoria falta de interés por sus estudios, se dedicó a la literatura a tiempo completo, viviendo de los cuentos que vendía a muy buen precio a las revistas y semanarios antes mencionados, pero fue The New Yorker -bajo la edición de William Maxwell, Gus Lombrano y Harold Ross- el que lo acogió en una familia donde se publicaba a los escritores más talentosos de esos años: John Updike, Truman Capote, Vladimir Nabokov, J.D. Salinger y Philip Roth por nombrar algunos de esa camada (ahora también sigue siendo una plataforma de grandes valores, Rick Moody, Michael Chabon, Lorrie Moore, Haruki Murakami o veteranos activos como William Trevor y Alice Munro son algunas de las firmas que aparecen con frecuencia), lo que le permitió desentenderse de las obligaciones que acarrea un empleo convencional para mantener a la familia que había formado en 1937, año en que se casó con Mary Winternitz.
***
El gran tema de Cheever -anticipándose a la literatura de ficción y no ficción actual que lo ha convertido prácticamente en un cliché- es la familia como problema, como territorio de guerra, como ruinas de un paraíso extraviado. Su literatura, descarnada e intimista, explora las relaciones entre esposo y esposa, hijos y padres, y deja constancia -en párrafos hermosamente escritos- de la soledad de gente que al parecer lo tiene todo y que alcanzó la cúspide del sueño americano. Sus dos primeras novelas: Crónica de los Wapshot (1957), con la que ganó el National Book Award, y El escándalo de los Wapshot (1964), son precursoras de lo que años más tarde se llamó realismo domestico o realismo sucio. Sin embargo, donde su genialidad está más latente es en los relatos cortos. Ése es el lugar donde su sagacidad alcanza cimas difíciles de superar a la hora de mostrar los quiebres, las pequeñas paranoias de todos los días, la necesidad imperiosa de reencuentros que lo curen y santifiquen, que lo devuelvan al mundo como nuevo.
***
Su literatura es la literatura del cansancio. Ése parece ser una constante en sus cuentos y novelas. Hombres envejecidos y maduros, alejados de la infancia y de la juventud, viviendo vidas que siempre estuvieron ahí, ya hechas, amoldadas. En sus ficciones, a pesar de la compleja y asombrosa arquitectura de su prosa, no hay frescura, esa frescura que se respira en escritores como J.D. Salinger o Hanif Kureishi, con quienes siempre se tiene la impresión de estar leyendo a adolescentes que miran y entienden e intentan traducir al mundo desde una galaxia donde la incertidumbre tiene todavía una rara fascinación y es una suerte de privilegio. Los personajes de Cheever siempre están agotados, como si toda su vida hubieran sido trabajadores descontentos o esposos a los que ya no los aman o padres contrariados por el afecto de sus hijos.
Quizás esto responde -alejándonos de lo puramente literario- a ese carácter conservador y a su puritanismo. Algunos críticos apuntaron que esa contradicción entre el moralista y su incapacidad para asumir su homosexualidad, su alcoholismo y una vida por momentos desenfrenada, haya sido uno de los factores desencadenantes de la problemática existencial que se filtra en su obra, sin embargo, como afirma su hijo Benjamin en el prólogo de sus Diarios, en los últimos años dejó el alcohol y logró reconciliarse con sus propios impulsos, pero la vida -en un grado mucho menor que antes- siguió siendo un problema, algo que lo preocupaba, un motivo de reflexión constante.
La búsqueda de Cheever -si su ficción puede ser entendida como tal- es un intento por reconciliarse con un territorio en guerra: su propia familia, el ansia de una vida más generosa y plena, una bondad natural que él sabía que debía estar allí pero no encontraba más que rastros difíciles en caras hostiles: desconocidos en el metro o solitarios en bares o un hermano cuya propia decadencia era un reflejo de la suya.
REGRESAR A CASA
Esto parece el paraíso es su última novela, la publicó en 1982, a los 70 años, meses antes de que un cáncer en sus riñones acabe con su vida, pero no con la leyenda.
La novela fue escrita en un momento en el que los reconocimientos empezaban a llegar de todas partes. La reciente publicación de Cuentos y relatos de John Cheever, en los que se recopiló la totalidad de sus historias, lo hizo merecedor del premio Pulitzer y del National Book Critics Circle Award, y se convirtió -raro en una colección de relatos- en el libro más vendido del año. Harvard le otorgó un doctorado a pesar de que lo habían expulsado a los diecisiete y desde entonces no había vuelto a pisar la universidad, salvo para dictar cursos de escritura creativa como un escritor confundido que, entre sus ejercicios predilectos, les pedía a sus estudiantes que elaboren una carta de amor imaginando que están en una casa consumida por el fuego. En lo personal las cosas también mejoraron, dejó el alcohol y las relaciones con su esposa Mary adquirieron una estabilidad razonable después de que Cheever aceptó sus impulsos homosexuales. Todo parecía retomar un cause que años atrás, en un momento que resultaría difícil predecir, se habían torcido. Cheever, después de años de exilio y de vagabundeo por los suburbios de su propia mente e infelicidad, empezaba a sentirse en casa, por lo que no resulta raro que quisiera cerrar una trayectoria pequeña (en cuanto a libros publicados) pero muy concisa, con una novela que festeje ese regreso tan anhelado, esa redención aparentemente definitiva.
Y esa novela fue escrita con una prosa que persigue los destellos del satori, destellos que iluminan y enceguecen, paréntesis hechos en el ruido y en el desorden que asegura que todo -por ese instante, mientras dura la fuerza del encantamiento de una de las escrituras más arrolladoras de su generación- todo irá bien. El amor y la naturaleza como fuerzas redentoras en el universo Cheever, pero también la literatura, a la que consideró el triunfo sobre el caos (La muerte de Justina). El amor, la naturaleza basta y la literatura contraponiéndose a ese mundo de suburbio en el que los hombres se degeneran paulatinamente. Eso era el paraíso para Cheever. Y el paraíso es fantasmagórico y a veces se borra y vuelven los viejos infiernos, pero nunca se quedan del todo. Aparecen y desaparecen, y sus personajes oscilan entre esas visiones y vuelven a casa o se van al trabajo, viajan en tren o ingresan a pequeños bares poco iluminados para saber que afuera siempre habrá alcohólicos y asesinos y pederastas y amenazas nucleares y esposas infieles e hijos desobedientes, pero por ese momento, en el instante en el que nada de ese ruido puede afectarlos -mientras están en el metro o en el dormitorio de sus casas de suburbio o en esos jardines con piscina tan propios del paisaje cheeveriano- todo está bien, hay orden en el caos.
***
Paraísos amenazados. Paraísos que se perdieron o que se están perdiendo. Paraísos recuperados por momentos, entrevistos apenas. La literatura de Cheever bordea esos registros. Da fe del hombre que estuvo ahí y los vivió.

La historia no tan secreta de Fantasmas asesinos

Una versión policial y las obsesiones de un idiota

Por Wilmer Urrelo

(Les pasamos una nota del mismísimo Wilmer Urrelo, reciente ganador del premio Nacional de Novela con Fantasmas Asesinos, aún no publicada, que nos cuenta de manera exclusiva para www.ecdotica.com de qué lo inspiró para escribir su novela. Como saben, Urrelo ganó el Premio Nacional de Primera Novela Nuevo Milenio con Mundo negro)

Era 1986. Un terrible crimen se cometió en la ciudad de La Paz. Un hombre había matado y violado a un niño de siete años de edad. Yo tenía diez. No conocí a ninguno de los dos personalmente. No sabía nada de ellos hasta ese momento. Me gustaba ver los Transformes y He-Man y hacerme la burla de los Cariñositos, ¡ah! y jugar Atari también. Los periódicos, la radio y la incipiente televisión de la época exprimieron el caso del niño muerto. Los políticos de la época también, pues para variar Bolivia vivía días de convulsión política: el 21060, la mano dura, Huanchaca, la intolerancia. Me avergüenza decirlo: la historia del niño me obsesionó a partir de ese momento. No podía pensar en otra cosa. Tenía todos los recortes de los diarios. Sabía los nombres de los involucrados. Cómo habían sucedido las cosas. Pero no sabía qué era violar, por ejemplo. ¿Qué me pasaba entonces? Sí sabía qué era la muerte, en todo caso. Y creo que ese año yo (y tal vez algunos otros niños) descubrimos que éramos vulnerables: que podían hacernos daño, que podíamos morir. A lo mejor por eso me obsesionaba el caso. Pasaron los años. Y creo que a comienzos de los 90’ me cambiaron de colegio. Me parece que no era un buen alumno. Más bien regular. Lo increíble fue que el colegio de marras se hallaba cerca de donde habían hallado el cadáver del niño. Prácticamente al lado donde había sido asesinado. Era como si la historia me estuviera persiguiendo. Ya éramos adolescentes. Pero pese a los años transcurridos la historia del niño circulaba todavía con fuerza entre los alumnos. Cambiada, deformada, transformada. Me había olvidado del asunto (me interesaban más las chicas). Por esa época descubrí a Vargas Llosa. Quería ser como él. Cabe resaltar que el que escribe esto era un maldito: en los recreos me metía a los cursos y abría las mochilas de mis compañeros para destrozar los cuadernos y pisar las calculadoras. Cortaba las hojas. Les ponía pegamento. Les echaba tierra. ¡Cuántos habrán llorado por mi culpa! Cuando alguien me pasaba algún slam (¿sabrán la nueva generación qué es eso?) yo hacía dibujos subidos de tono y respondía a las preguntas con obscenidades dirigidas siempre a las mamás del otro. Era un pobre idiota, en resumen. No sabía por qué lo hacía, en serio. Estaba seguro (era un adolescente, pues) que me convertiría en un delincuente. Hasta que llegó La ciudad y los perros: yo también quiero escribir. Vargas Llosa me salvó la vida. Pero la historia del niño estaba ahí todavía. Quería escribirla desde esa época. Me cambié de colegio otra vez. En esta ocasión los chicos y chicas eran más pendejos y más vivos y más todo: no eran como yo, el “niño bien” que no sabía por qué hacía las cosas. Así que no me quedó más remedio que callarme y ver. Contemplar. Vargas Llosa ya era parte de todos los días de mi vida. Ya no quería ser otra cosa que un escritor. ¡Plop! Salí bachiller. La historia estaba ahí, sin embargo transcurrieron los años y otra vez el tema fue pasando a segundo plano. Vargas Llosa ya no me gustaba tanto como al principio. Descubrí la literatura policial. Hammett, Soriano, Chandler, Himes, Giardinelli, Taibo II, etc. Aunque había algo que me molestaba: no tenía las bolas suficientes para escribir la historia del niño muerto. Del tipo que lo asesinó. De esa extraña obsesión por el tema. De cómo somos los bolivianos frente a ese tipo de temas. Quería ser escritor pero me daba miedo encarar el tema. Los años, por suerte, me dieron una nueva tregua.

Algo así parecido al valor

Mundo negro fue la primera novela en serio que escribí. Trata del robo de un manuscrito y las terribles cosas que pasan en los recovecos de los ambientes literarios (las envidias, los deseos de éxito a cualquier precio). Creo que lo hice de un tirón. Antes me había entrenado con cuentos violentos y que no hablaban del país. Transcurrían en lugares indeterminados. En cualquier ciudad del mundo. Presenté la novela a un premio y ganó. Desde ese año (2000) la historia del niño muerto volvió a perturbarme una vez más. Entonces decidí volver a encararlo. ¿No era ya un escritor después de todo? Entonces me puse a investigar: ahí estaban una vez las imágenes del asesino, del niño, de la población paceña pidiendo la pena de muerte. Los expedientes forenses. Los lugares físicos donde transcurrió todo. Pero me pasaron cosas extrañas. Tenía pesadillas. No podía dormir. Me enfermé de cosas extrañas. También retornaron los recuerdos de los años que pasé convencido de que iba a ser una rata (entiéndase: ladrón, chorro, ratero), el deslumbramiento ante chicos distintos a mí, más maduros, con más experiencia en la vida. La memoria es peligrosa, pues descubrí que muchas de las cosas que creía que habían ocurrido no pasaron jamás. Descubrí que el asesino tenía un largo prontuario. Que quizá había un tío suyo al que nadie se dedicó a investigar. Era 2003 y tenía todo para comenzar. Podía ya mentir con conocimiento de causa. Pero no tenía el valor suficiente para hacerlo una vez más. Me faltaban bolas. ¿Cómo escribir sobre algo tan terrible sin sentirse mal? ¿Sin dañarme a mí mismo? ¿Cómo hacer para tocar el fondo del vaso? Hice intentos. Vanos todos. Renuncié. Me fui a Santa Cruz. Aprendí algo de gwarayu. Me hice camba-colla. Pensaba en la historia, claro. Hasta que un día, al finalizar 2005, mientras estaba parado en el techo de mi casa reparando las tejas supe cómo escribir esa historia, pero ante todo creo que agarré valor. ¡Bendita seas Santa Cruz! Coraje. Fantasmas asesinos es una novela dura (un cuatecito mío tuvo pesadillas cuando leyó el manuscrito). No tenía salida. Creo que apuntar por otro lado hubiera sido deshonesto. Algo así como La Pasión de Cristo de Mel Gibson. Tenía que ser una novela desgarradora y sangrienta y qué mejor que el policial para encararla. Éste es el género más adecuado para escribir algo como yo quería: te da la posibilidad de registrar escenas que en otros géneros serían como el lunar peludo y café en la cara de una chica bonita. Así que escribí la historia que me había obsesionado por tanto tiempo. Todos los días. Varias horas seguidas. Al fin sin miedo. Al fin con bolas. Cuando pasaba esto se cumplían veinte años de los hechos reales. Un montón de tiempo.

Todo es mentira, algo es verdad

Fantasmas asesinos aborda la muerte de ese niño. Pero también las obsesiones de un idiota (en cierta medida yo), el amor, la situación política de finales de los años 80’, el fanatismo, la hipocresía de los bolivianos cuando ocurren casos tan terribles como el que narro. Dice Vargas Llosa que escribir una novela es como hacer un strip-tease pero al revés. En vez de quitarse la ropa el autor se la pone, camufla, cambia los hechos… pero también afirma que es una manera (el escribir) de exhibir sus demonios, sus fantasmas, sus obsesiones. ¿Será eso? Ya pasaron varios meses y aún no puedo escribir ficción. ¿Macurca literaria?, tal vez. Ahora me preocupa cómo recibirán semejante novela. En serio. Les juro. Yo mismo estoy asustado.



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