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Un encuentro cercano con el desgarro narrativo


Un encuentro cercano con el desgarro narrativo
Por: Christian J. Kanahuaty

Se suele decir que la ficción, a veces, puede ser leída como un texto sociológico o, incluso, como uno histórico. Los libros, como las novelas, por su parte, se convierten en productos de consumo cultural que sirven para entretener a las personas. Pero ocurre que no sólo es entretenimiento, sino, sobre todo, ‘desgarro’ como la novela ¿Te veré en el desayuno? del mexicano Guillermo Fadanelli.

Fadanelli cruza historias solitarias y tristes en un ambiente caótico: el Distrito Federal de México y no se entromete en la música, ni en el universo de las cantinas o de las pulquerías, como lo hizo magistralmente Roberto Bolaño en Los detectives salvajes; sino que se concentra en mundos periurbanos que no tienen más punto de contacto con el centro que el smog. Y así como el humo de los automóviles se va desplazando, el horror, la tristeza, los sueños infundados, van también recorriendo los horizontes de las periferias y es ahí donde Fadanelli encuentra a sus mejores y más entrañables personajes. Desde la dedicatoria se nos advierte:

“la siguiente es la historia de cuatro personas cuyas vidas no merecían haber formado parte de novela alguna”.

Entonces, ¿para qué la escribe? y Fadanelli hará una mueca y dirá:

“Porque esas historias igual hay que contarlas, no se podría cerrar los ojos, son historias como otra cualquiera que uno puede ver mientras camina por Condesa o Tacubaya”.

Aunque es probable que más toscamente nos diga que la escribió:

“sólo por joder a unos cuantos remilgados”.

La novela cruza y enlaza la vida de cuatro personas: Cristina (prostituta), Ulíses (oficinista, contador de profesión), Adolfo (Veterinario) y Olivia (estudiante). No contaré detalles de cómo se conocen estas personas, sino la manera sutil en que Fadanelli habla de temas como religión, moral, cosas que se pueden comprar con dinero, sueños de juventud y formalidades profesionales, además de las vicisitudes del cuerpo en sus diálogos y en las reflexiones de los personajes.

Se trata de personas solitarias, ausentes del mundo y, a pesar de ello, de una compleja red de confusiones y azares que son posibles sólo en la medida en que la ciudad infinita tiene configuran un contorno imaginario: Los arrabales.

La periferia en esta novela de Fadanelli no sólo es el trasfondo donde van ocurriendo las cosas sino es lo único que sus personajes conocen como cierto. No es un personaje, es el espíritu de cada uno de ellos lo que importa. Y esa sensación que llevan por dentro hace que se encuentren con personas que portan el mismo sentimiento por dentro, que no es el vacío, sino la tristeza, pero no es una tristeza insondable, sino que tiene un nombre definido y por esa misma razón no se la nombra.

Pero no sólo es una novela donde el contexto se presenta como primordial, sino donde los personajes escapan de las páginas y se convierten en habitantes ya no de un mundo imaginario sino de uno real. Uno donde sin duda, a pesar de sus intentos, volverán a encontrarse.

La novela nos conduce a un destino triste y casi mítico. El lugar del descanso buscado, sin importar de qué esté cubierto. El lugar dónde no importa las cosas pequeñas sino los fines. Los personajes dejan de estar solos y han pagado un precio por ello y a veces se les olvida o se han conformado, pero a pesar de entregarse a ese destino otros aún están a punto de descubrir que la puerta por donde entraron no era la única que tenían a disposición.

¿Te veré en el desayuno? es breve, fuerte, rápida y, sobre todo, desgarradora, como lo son las buenas novelas que se instalan como virus en la cabeza del lector por mucho tiempo. Es una novela que no se quiere terminar de leer y, que apenas uno lo hace, ya está pensando en la relectura. Pero eso resultaría imposible porque una tristeza tan grande no puede ser soportada otra vez. Fadanelli nos abre de nuevo una caja de Pandora donde los fantasmas de las cosas que no queremos nombrar se nos revelan y comienzan a revolotear en nuestra cabeza.

Fadanelli es un escritor atento al pulso de su ciudad y al sonido que ella emite por las madrugadas.

Fuente: Ecdótica y Youtube

Yerba Mala de cartón


Yerba Mala de cartón
Por: Mauricio Rodríguez

Escribir sobre Yerba Mala Cartonera es hablar de Aldo Medinacelli, de Claudia Michel, de Gabriel Llanos pero, sobre todo, de Crispín Portugal a quien no conocí y sólo tengo vagos recuerdos de él en plano medio, mirando la ciudad de El Alto (donde nació la Yerba Mala), de alguna fotografía o documental que vi el año pasado en la Feria del Libro. Me gustaría hablar de él, de su escritura, de los primeros intentos de publicación de cuentos dentro de tapas de cartón, de la feria 16 de julio, del suicidio, su suicidio, y ninguna nota de prensa, ningún obituario. No puedo hacerlo. Entonces: una gran parte de la historia de Yerba Mala se me escapa. Entonces: una gran parte de la historia de las cartoneras se me escapa. En cambio, diré lo que puedo decir, aunque es poco.

Yerba Mala Cartonera es publicaciones alternativas, es noche, es pubs, es un intento de ir en contra de lo establecido, de las grandes editoriales que en Bolivia no lo son porque un libro compite con una marraqueta (la marraqueta saca ventaja) y un escritor con el hambre, con el olvido, al final consigo mismo para dejar, de una vez por todas, esos humos alucinógenos de la literatura. En este ambiente nace Yerba Mala que empieza a publicar a jóvenes, sus primeros escritos, en algunos casos, experimentales. Y eso es Yerba Mala: publicaciones en cartón y fotocopia, artesanales, de no más de cien ejemplares; escritos, que son vendidos en tertulias, para consumidores que gustan de lo underground. Creo que algo más es Yerba Mala: un grito que se convierte en susurro, por las pocas voces que lo acompañan, un que dice “algo está mal en literatura boliviana, las editoriales no publican escritores jóvenes, desconocidos, la academia está encerrada en sus paredes y no promueven la crítica, no promueven la literatura, aún estamos encerrados en un provincialismo del cual debemos salir”. Tal vez Yerba Mala no sea eso, pero busca serlo.

Fuente: Ecdótica

“La Odisea” del Teatro Los Andes

Fuente: Youtube

La venganza del silencio de Alonso Cueto (booktrailer)


La venganza del silencio de Alonso Cueto

La venganza del silencio (Planeta, 2009) es el título de la reciente novela del escritor y ensayista peruano Alonso Cueto.

Un hombre de la aristocracia de Lima aparece muerto en medio de la calle, con un disparo en el corazón. Mientras las conjeturas se van apilando alrededor, el narrador, sobrino de la víctima, decide investigar quién podría ser el asesino. Entonces emergen los secretos en la vida de su tío muerto: un romance clandestino, un pasado oscuro, sus relaciones verdaderas con los parientes.

Fuente: Youtube y Etiqueta Negra

Centenario de Akira Kurosawa


Centenario de Akira Kurosawa
Por: Pedro Shimose

Yasujiro Ozu (Cuentos de Tokio, 1953), Kenzi Mizoguchi (Cuentos de la luna pálida de agosto, 1953), Iroshi Inagaki (El hombre del carrito, 1958), Kaneto Shindo (La isla desnuda, 1961), Masaki Kobayashi (Kwaidan, 1964), Hiroshi Tetsigahara (La mujer de arena, 1964) y Shohei Imamura (La balada de Narayama, 1982) cimentaron la fama internacional del cine japonés, pero ninguno como Akira Kurosawa (Tokio, 23/03/1910-ídem, 06/09/1998) provocó tantas y unánimes alabanzas en Occidente.

A partir de Rashomon (Gran premio del Festival de Venecia, en 1951) Kurosawa fue admirado por Bergman, Scorsese, Spielberg, George Lucas, Ford Coppola, Fellini, Paul Schrader, Jean Pierre Melville, Sergio Leone, Clint Eastwood y otros notables directores. No hay tratado de cine que no se ocupe de él. La crítica coincide al juzgar que Rashomon (1950) y Los siete samuráis (1954) integran las 100 obras maestras del cine del siglo XX. Este dato está corroborado por John Kobal en su libro Top 100 movies y por la revista Cahiers du Cinéma que, además de dedicarle un número monográfico, no ha escatimado elogios a su influyente obra. Borges, Cabrera Infante, Roman Gubern, Julián Marías, Terenci Moix, Georges Sadoul, André Bazin y, entre nosotros, Julio de la Vega, han confirmado su nombradía.

Fue tal el impacto que causó Rashomon en Estados Unidos, que fue vertida al teatro, primero, y después llevada al cine por Martin Ritt (The Outrage, 1964, con Paul Newman) y a la televisión, con Ricardo Montalbán como protagonista. No fue menor la influencia de Los siete samuráis. La versión estadounidense fue dirigida por John Sturges, con el título de Los siete magníficos (1960).

Rashomon se inspira en dos relatos del escritor Ryonosuke Akutagawa (1892-1927), admirado por Oscar Cerruto y Jaime Sáenz, dicho sea de paso. Aunque la película se llama Rashomon, el guión se basa en el relato En el bosque, escrito por Akutagawa en 1922. El relato Rashomon, escrito en 1915, sirvió de relleno para alargar una película que resultaba excesivamente breve para su comercialización. El resultado fue genial: la historia de una violación es contada por siete personajes (algo similar haría Faulkner en su novela Absalom, Absalom!, catorce años después de Akutagawa). Algo tiene que ver el relato del japonés con una obra teatral de Robert Browning –según Borges– y con la fenomenología de Husserl (Ortega y Gasset adoptó este método, llamándolo ‘perspectivismo’).

La filmografía de Kurosawa consta de 30 películas, entre las que podemos citar Yojimbo (1961/ El mercenario), plagiada por Sergio Leone al realizar Por un puñado de dólares, en 1964. Yojimbo inspiró muchísimas películas del género negro con sus antihéroes cínicos y solitarios. La serie de cintas neorrealistas, medio expresionistas, también forman parte del legado de este gran cineasta: Perro rabioso (1949), Escándalo (1950), El idiota (1951) y Los bajos fondos, 1957. La saga shakespeariana: Trono de sangre (1957), Kagemusha (1980) y Ran (1985), y la inolvidable Dersu Uzala (1975), en la cual exalta la amistad, el amor a la naturaleza y la vida tranquila de un hombre bueno y sencillo. Si pueden, véanla. Es el mejor homenaje que se le puede rendir a un artista que nos hizo sentir y ver el mundo de otra manera.

Fuente: El Deber y Youtube



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